Un crimen pro natura

De las teorías de Thomas R. Malthus a nuestro presente, Javier Abellán escribe sobre los conflictos sociales y económicos que la serie «Utopía» (Dennis Kelly, 2013) lleva a la pantalla chica.

Suena la radio en una tienda de cómics. Se encuentra, creemos, en algún lugar de Londres. La persiana está medio bajada, señal de validez universal para advertir a los viandantes que, aunque todavía hay algunos clientes dentro, el local está a punto de cerrar y no se admite la entrada de nadie más. A pesar de ello, un par de tipos traspasa la puerta. El flaco, en elegante traje azul, suelta una bolsa amarilla en el suelo, saca lo que parece una tubería de metal y se acerca a uno de los chavales que ojean las novedades. El gordo, en pantalón de chándal y chaqueta de cuero, se dirige al mostrador. Pregunta por el manuscrito de una novela gráfica inédita. Resulta que ya se ha vendido. Decepcionado, lanza la segunda pregunta, la más importante: «¿Dónde está Jessica Hyde?». La respuesta a esta última tampoco le complace y los que se encontraban en la tienda en ese desdichado momento acaban, todos, muertos.

Así comienza la serie Utopía (Dennis Kelly, 2013), con una escena que recuerda sobremanera a la inicial de Forajidos (Robert Siodmak, 1946), en la que una pareja de gánsteres aparecía en un restaurante en busca de un hombre conocido como el Sueco. ¡Incluso Neil Maskell, válgame Dios, tiene un cierto parecido a William Conrad! Utopía, sin embargo, ha sido más celebrada por sus innovaciones que por sus referencias. Se ha hablado mucho de su fotografía, caracterizada por la ubicuidad de ese amarillo saturado que, desde la bolsa del matón flaco, se convierte en sustento visual de toda la historia. Poco tiempo después podríamos observar tratamientos similares del color, quién sabe si por inspiración directa, en el ámbito cinematográfico hispano: Vis a vis (2015) y La casa de papel (2017), ambas codirigidas por Álex Pina junto con otros colegas, harían análogo uso del amarillo, primero, y del rojo, después. Pero no solo al ojo sorprendió Utopía, también al oído: por su banda sonora, onírica y enrarecida, el compositor chileno-canadiense Cristóbal Tapia de Veer recibió el Craft and Design Award de la Royal Television Society británica.

El codiciado manuscrito, por el que ya hemos visto verter sangre, parece ser la segunda parte nunca publicada de Los experimentos Utopía, novela escrita por un loco suicida tras la que existe todo un fenómeno fan. Unos la admiran por razones puramente artísticas. Otros ven en ella algo más: creen que su argumento –un científico que pacta con el diablo a cambio de conocimiento– oculta una historia real relacionada con la enfermedad de las vacas locas, el asesinato de Indira Gandhi, o vaya usted a saber qué. Con cuatro de estos frikis, más o menos conspiranoicos, contacta el comprador del manuscrito, alias Bejan, a través de un foro de internet para hacerles partícipes de su descubrimiento, y tras acabar él muerto y el resto repentinamente acusados de los más variados delitos –asesinato, violación, pornografía infantil– o asaltados en su domicilio, estos deciden que, definitivamente, Utopía no es solo una novela. Alguien cree que ellos tienen la segunda parte, alguien cree que ellos saben dónde está Jessica Hyde, y ese alguien está dispuesto a hacer lo que sea necesario con tal de dar con ellos. Maldito el favor que les hizo Bejan al contarles que existía Utopía: Parte 2.

No queda más remedio que huir y, al mismo tiempo, tratar de averiguar quiénes son los perseguidores y qué es lo que pretenden. No es sino hasta el quinto capítulo cuando se revela toda la verdad, pero debe permitírsenos adelantar lo fundamental, sin destripar las intrigas y vaivenes de la trama, de lo contrario resultaría imposible abordar el tema central de la serie; de todas formas, el espectador atento puede intuir por dónde van los tiros desde el mismo comienzo del primer capítulo. Ya en la tienda de cómics, en aquella radio que sonaba incluso antes de que ningún personaje abriese la boca, se escuchaba: «Aumentan las presiones sobre el gobierno para que tome medidas contra el incremento descontrolado del precio de los alimentos. Los más básicos han doblado su precio en el mercado internacional en los últimos seis meses, lo que se refleja en los precios astronómicos que alcanzan en los supermercados».

Resulta que los asesinos que persiguen a nuestros protagonistas forman parte de una organización conocida como la Red, cuyo principal objetivo no puede ser más noble: poner fin a la escasez de alimentos a escala global. Lo malo es que, al parecer, su método no consiste en incrementar el numerador del cociente, esto es, buscar la forma de aumentar la producción para abastecer a una creciente población. No. Ellos están interesados en el denominador. La solución, piensan, es mucho más simple y radical: hay que reducir el número de bocas que alimentar.

La serie lleva así a la televisión, a través de una trama ficticia, lo que constituye un problema muy real que viene discutiéndose desde antiguo. Quien más contribuyó a su consideración bien pudiera ser el economista y demógrafo Thomas R. Malthus. Con la publicación de su Ensayo sobre el principio de la población en 1798, quedaría enunciada la ya archiconocida ley de Malthus, la cual daría lugar al también afamado –y más aterrador– concepto de catástrofe maltusiana. Según el británico, el carácter limitado de los recursos naturales implica la existencia de un límite al crecimiento de la población; límite que al alcanzarse desencadena automáticamente la aparición de hambrunas y guerras. Estas calamidades provocan una reducción de la superabundante población, lo cual permite devolverla a un nivel de equilibrio conforme a la capacidad natural del entorno.

Malthus no era idiota. No se le escapó que el progreso técnico podía incrementar la productividad de la tierra y permitir alimentar a más personas en el futuro. En la Inglaterra de su época ya se estaban produciendo algunas de estas innovaciones, que pocas décadas después de su muerte se complementarían con las primeras prospecciones en busca de petróleo; gracias a este novedoso y viejo recurso natural, los humanos accedieron a una ingente cantidad de energía acumulada durante millones de años en el subsuelo. Con él se mueve la maquinaria y se fabrican los fertilizantes que sostienen los actuales niveles de productividad agrícola, altísimos en términos históricos. El resultado: la primera mitad del siglo XX vio un incremento inusitado de la tasa de crecimiento de la población mundial, que pasó de situarse en torno al 0.5% anual a alcanzar el 2%. El problema, como bien sabemos, es que el modelo de crecimiento basado en el petróleo no es sostenible en el largo plazo, por dos razones: primero, porque se trata de un recurso no renovable; segundo, porque acarrea problemas medioambientales relacionados con la contaminación, el empeoramiento de la calidad del aire, el calentamiento global y la escasez de agua dulce.

La Red es consciente del problema, como lo es toda la humanidad al menos desde la década de 1970. Se producen entonces las primeras crisis del petróleo, y la inflación, antes una cuestión secundaria, se convierte en compañera infatigable de viaje. Se da algo desconocido en tiempos pretéritos: las caídas en la producción, con el consiguiente incremento del desempleo, se combinan con aumentos de los precios a pesar de la caída abrupta de la demanda. Se podría decir que vivimos desde entonces en una larga y constante crisis de oferta que dificulta cada día más la obtención de la energía necesaria para producir lo que deseamos y, por tanto, encarece inexorablemente nuestra existencia. Así lo vieron los fundadores del Club de Roma, una organización formada en 1968 por políticos, economistas, científicos y toda clase de líderes internacionales especialmente preocupada por la cuestión demográfica. El famoso informe que el Club encargó al Instituto Tecnológico de Massachusetts y que se publicó en 1972 con el título Los límites del crecimiento concluyó que, a falta de cambios sustanciales en el modelo de crecimiento a escala global, la catástrofe maltusiana llegaría en menos de cien años.

No es coincidencia que la serie Utopía sitúe el origen del proyecto de la Red precisamente en Roma, y precisamente en los años setenta. No obstante, existe una diferencia fundamental entre el club real y la red ficticia. El Club de Roma ha venido abogando en las últimas décadas por un cambio de mentalidad, por un giro radical en los modos de vivir. Muchas de sus recomendaciones, y otras llegadas desde distintos ámbitos, se han puesto en práctica: reciclaje de residuos, desarrollo de energías renovables, promoción de la planificación familiar, etc. Pero desde la Red se mofan de tal ingenuidad: «Un tercio del terreno cultivable se ha vuelto estéril debido a la degradación del suelo, y aun así seguimos creando bocas que alimentar. ¿Y cómo luchan contra eso? ¿Con bombillas de bajo consumo?». Es necesario tomar medidas drásticas. El problema, sencillamente, es que somos demasiados.

Ninguna otra escena mejor que la siguiente para ilustrar la visión de la Red. Uno de sus miembros, mientras espera el autobús en una estación, se topa con una mujer acompañada de su hijo. Ambos, le cuentan, se dirigen a París, de vacaciones. Es un largo viaje por carretera. Lo lógico sería tomar el avión, pero la madre tiene una gran conciencia medioambiental y, sabiendo que el avión es el medio de transporte colectivo más contaminante, decide sacrificar algunas horas de sus vidas con tal de ayudar a la conservación del planeta. El hombre, sonriendo, le dice entonces: «¿Y por qué ha tenido al niño?». Ante la cara de estupefacción de ella, considera necesario explicarse. «Nada produce más CO2 que un humano del primer mundo y usted ha tenido uno. ¿Por qué? ¿Por qué lo ha tenido? Producirá quinientas quince toneladas de CO2 a lo largo de su vida, lo mismo que cuarenta camiones. Haberlo tenido será equivalente a realizar seis mil quinientos vuelos a París. Usted podría haber volado noventa veces al año, ida y vuelta, un viaje cada semana de su vida, y eso no tendría el impacto en el planeta que va a tener su hijo. Por no mencionar los pesticidas, los detergentes, los plásticos y los combustibles nucleares que se usarán para que esté caliente… Traerlo al mundo fue un acto egoísta. Fue algo brutal. Usted ha condenado a otros al sufrimiento. Si este asunto le preocupa tanto, lo que tiene que hacer es cortarle el cuello ahora mismo».

El objetivo de la Red, ya es hora de decirlo, consiste en esterilizar a la raza humana. Al menos a casi todos. Planean liberar un virus, crear miedo y alarma a nivel mundial ante una nueva enfermedad. Después, cuando todo el mundo se pelee por un remedio, allí estarán ellos para proveer la vacuna. En ella se encuentra una proteína que provocará la infertilidad del 95% de la población. En menos de cien años, cuando todas esas personas hayan muerto sin reproducirse, solo quedarán unos quinientos millones de personas en todo el mundo, un número suficiente para garantizar la supervivencia de la especie sin poner en riesgo la sostenibilidad del planeta.

El plan, evidentemente, no despierta demasiadas simpatías entre el público general. Aunque desde 1991 existe –de verdad– un Movimiento por la Extinción Humana Voluntaria, con sede en Estados Unidos, más radical aún que el ficticio proyecto de la Red, parece obvio que no son muchos los que lo secundan. Esterilizar al 95% de la población mundial, por supuesto, sin su conocimiento ni aprobación plantea manifiestos dilemas morales. Más aún cuando recordamos que no se trata solo de esterilizar: para llevar adelante su plan y mantenerlo oculto ante posibles amenazas se han visto obligados a matar a cientos, miles de personas –en la primera escena de la serie mueren cuatro–, y muchas más morirán a causa del virus-cebo que pretenden liberar hasta que su vacuna comience a distribuirse.

Desde la Red son conscientes de ello, pero no están dispuestos a dejarse frenar por minucias: «Cuando se agoten los recursos, y sabiendo lo que sabemos de nuestra especie, ¿de verdad creen que nos vamos a limitar a compartir lo que haya? Nos acusan de realizar un genocidio. No actuar es el genocidio». Más vale un control dictatorial de la fecundidad, con algunos asesinatos controlados de por medio, que una catástrofe maltusiana. Tienen sus intenciones muy claras: «Lo que nos toca hacer está por encima de la moral». La referencia a Dostoievski es transparente, incluso explícita, a diferencia de la velada al Fausto de Goethe: una niña, de las que más han sufrido a causa de la Red, se nos mostrará exponiendo en voz alta la cuestión al hacer un trabajo escolar sobre Crimen y castigo. Otro de los perseguidos por la perversa organización acabará por preguntarse: «¿Y si los malos no son malos?».

A la hora de responder, se debería tener en cuenta no solo el resultado perseguido por «los malos» –una eventual reducción de la población–, sino también otro indisolublemente aparejado: el previo envejecimiento de la misma. Si solo unos cuantos seleccionados por el azar pueden tener hijos, ¿serán esos pocos jóvenes capaces de mantener a la gran masa de viejos estériles con la que se verán obligados a convivir? Sin una abundante población capaz de trabajar y pagar impuestos, no habrá pensiones, ni atención sanitaria, ni bonos de transporte… «Ser viejo será estar muerto si no eres rico».

Suena familiar esta cuestión a los ciudadanos del creciente número de países donde hoy las tasas de fertilidad se sitúan por debajo de los dos hijos por mujer, nivel considerado necesario para mantener la población estable. Esto es lo único que Malthus no supo prever: pensaba que, siempre que los medios materiales lo permitiesen, los humanos tenderían a reproducirse sin freno. Nunca pensó que se produciría un control voluntario de la fecundidad, y ahora que este es una realidad, lo que podría contribuir a alejar la amenaza de la catástrofe maltusiana, los gobiernos, lejos de alegrarse, se preocupan por la sostenibilidad de sus sistemas públicos y ensalzan las bondades de la familia numerosa. No es la catástrofe que Malthus tenía en mente la que más temen los hombres de hoy, sino otra más inmediata: la catástrofe del envejecimiento. Para nuestra desgracia, no es posible evitar aquella sin pasar por esta; aunque todo parece indicar que, probablemente, nos comeremos las dos, como en Utopía si la Red consigue llevar a término sus planes.

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Posted by Javier Abellán

Economista por la Universidad Complutense de Madrid e investigador contratado en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma universidad. Anteriormente ha sido becario en el Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda de España.

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