Héroes y ladrones en «La casa de papel»

La serie española «La casa de papel» sirve a Javier Abellán para analizar dos elementos clave de la economía: la teoría cuantitativa del dinero y la inflación.

El pasado mes de mayo, el estreno de una nueva serie de televisión sorprendió a la audiencia española hasta el punto de que, en pocas semanas, Netflix se interesó por ella, la añadió a su catálogo y espera distribuirla a nivel internacional a partir del otoño que está a punto de comenzar. Se trata de La casa de papel (Álex Pina, 2017), una producción que combina la agudeza, el humor negro y el cuestionamiento moral tan característicos de la ficción contemporánea (¿hace falta que recordemos Breaking Bad?) con el suspenso propio del thriller y el ritmo del cine de acción tradicional. A ello se le añade una cuidada fotografía y una banda sonora bien escogida. Aunque es «My life is going on», escrita e interpretada por Cecilia Krull, con música de Manel Santiesteban, el tema de cabecera de la serie y el que más ha dado que hablar, son otros, influenciados por Utopia (Dennis Kelly, 2013), los que soportan el peso dramático. El segundo gran apoyo, esta vez visual, es el omnipresente color rojo, cuyo lugar ocupa el amarillo en la ficción de Dennis Kelly.

Pero no es nuestro propósito ofrecer aquí un análisis estilístico de la serie. Pasemos al argumento. Ocho personajes, amigos de lo ajeno y con poco que perder, son reunidos por el Profesor –que así se le conoce durante toda la temporada– para proponerles un negocio. En realidad, un atraco. El atraco más grande de la historia. Pretenden asaltar nada más y nada menos que la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, esto es, el lugar donde se imprime el dinero. Lo que vamos a decir ahora no lo descubre el espectador hasta los últimos minutos del primer capítulo, pero difícilmente puede considerarse un destripe, pues cualquier sinopsis que pueda encontrarse por la red lo adelanta sin miramientos: los asaltantes no quieren robar el dinero que se encuentra en el edificio –eso podrían hacerlo en cualquier banco asumiendo un riesgo menor–, sino encerrarse allí el mayor tiempo posible e imprimir sus propios billetes. El Profesor ha hecho cálculos y estima que si logran escapar tras once días de encierro, se embolsarán dos mil cuatrocientos millones de euros.

Escabullirse con tal cantidad de dinero tras ocupar durante más de una semana los titulares de todos los medios de comunicación no debe de ser cosa fácil y el Profesor lo sabe. Por ello, ha ideado un plan que les permita contar con un poderoso factor a su favor: la opinión pública. Al fin y al cabo, no van a robar el dinero de nadie. Horas después de este singular atraco, las cajas fuertes y cuentas corrientes de todo el país seguirán en el mismo estado en el que se encontraban los días anteriores. Nadie tendrá razones para odiar a estos odiosos ocho. En palabras del Profesor, no harán más que pensar: «Qué cabrones, ojalá se me hubiera ocurrido a mí». Es el sueño hecho realidad del cabeza de familia de los Simpson, elocuentemente expresado en aquella ocasión en la que Marge le impidió tomar una generosa cantidad ofrecida por Artie Ziff, el antiguo novio de ella, con aquello de: «¡No puedo aceptar su dinero!… ¡No puedo imprimir mi propio dinero!… ¡Debo trabajar para ganar dinero!… ¿Por qué no mejor me muero?». Los asaltantes llegan a autoproclamarse «héroes de toda esa gente» que piensa de la misma manera. Se consideran incluso robinhoods. Ataviados con monos rojos y cubiertos con máscaras de Dalí, piensan: «les vamos a caer hasta simpáticos». Pero, ¿lo conseguirán? ¿Tendrán a la opinión pública de su parte? Todo ello dependerá, por supuesto, de que sus acciones no se lleven por delante ninguna vida inocente y de que, efectivamente, imprimiendo su propio dinero no perjudiquen la situación económica de nadie. Y es aquí donde la teoría económica puede ayudar a comprender si sus expectativas son fundadas o no.

La cuestión de si la creación de dinero sirve para solucionar problemas o para causarlos es un clásico en el pensamiento económico, tanto que sus orígenes pueden rastrearse hasta la obra de Martín de Azpilcueta, filósofo y teólogo del siglo XVI, catedrático en la Universidad de Salamanca. El análisis concienzudo y el paso de las centurias han cristalizado en lo que hoy se denomina teoría cuantitativa del dinero y cuya base constituye una simple ecuación que en economía ocupa un lugar casi comparable, aunque más discutido, al que en física ostenta la famosa equivalencia entre masa y energía propuesta por Einstein. Dado que solo son cuatro letras las que conforman dicha ecuación, nos atrevemos a escribirla sin temor a asustar a nadie:

 

D × V = P × C

 

La letra D representa la cantidad de dinero existente. La letra V, la velocidad a la que dicho dinero se mueve de mano en mano, de comprador a vendedor, de una persona a otra. La letra P es el nivel de precios y la letra C representa la cantidad de cosas que existen y que se pueden comprar y vender con el dinero disponible. Según esta sencilla ecuación, cada vez que se imprime dinero, si permanece constante la velocidad a la que ese dinero se mueve, hay algo a la derecha del igual que tiene que aumentar: bien el nivel de precios, bien la cantidad de cosas disponibles para comprar y vender. Es esta relación fundamental la que está detrás de los debates sobre política monetaria a los que estamos acostumbrados hoy en día, especialmente tras el estallido de la crisis económica mundial que comenzó en 2008 y que ha puesto patas arriba todo lo que creíamos saber acerca del papel del dinero en la evolución de la economía. Tras varias décadas en las que lo ortodoxo era pensar que la impresión de dinero (un incremento de D) solo podía provocar un aumento de los precios (nuestra letra P), la realidad obligó a creer que también podía fomentar la producción de cosas, de bienes y servicios (letra C), y por tanto hacernos más ricos o, al menos, frenar el rápido proceso de empobrecimiento que comenzábamos a sufrir. Fue así como los más importantes bancos centrales del mundo acabaron dispuestos a inyectar ingentes cantidades de dinero en los mercados, cosa que en la iglesia de la economía constituía pecado capital con pena de excomunión tan solo unos años antes.

¿Qué efectos podríamos esperar, por tanto, de la impresión de dinero que los asaltantes a la casa de papel pretenden llevar a cabo? Recurriendo a la ecuación ya conocida por todos nosotros, ese incremento de D podría provocar, en primer lugar, un aumento de C. Esto es, de la producción, de las cosas que podemos comprar, vender y gozar. Si se diera tal caso, la opinión pública estaría sin duda muy contenta con la acción de estos «atracadores». Por otro lado, podrían provocar un incremento de P, del nivel de precios. Dicho de otro modo, generarían inflación, cosa que no suele gustar a las familias que ven la televisión y leen los periódicos. ¿Existe la posibilidad, entonces, de que lo que en principio parecía un robo sin afectados se convierta en un atraco con víctimas? Para responder a esta pregunta es necesario comprender el mecanismo por el que un incremento de la cantidad de dinero en circulación puede provocar un aumento de los precios. Este pasa por el crecimiento, a su vez, de la demanda.

Es por todos conocido –tengan estudios en economía o no, tengan cualquier tipo de estudios o no los tengan en absoluto– que el precio de cualquier producto depende de dos factores: la oferta y la demanda. Cuando son muchos los que tratan de comprar un producto escaso, el precio se eleva. Cuando el producto se encuentra en todas partes y son pocos los interesados en él, suele salir barato. La impresión de nuevo dinero puede actuar en este esquema como estímulo de la demanda: es razonable suponer que aquellos a quienes llega ese dinero no lo guarden debajo del colchón, o al menos no todo, sino que incrementarán en mayor o menor medida su demanda de bienes y servicios. Si la oferta no responde acordemente, es inevitable observar un incremento de los precios.

No obstante, para que la impresión de nuevo dinero tenga como efecto un proceso de inflación deben darse dos condiciones fundamentales. La primera, ya apuntada: el dinero recién creado debe entrar en el circuito económico para estimular la demanda. Esto no siempre ocurre, como es el caso, por ejemplo, de Estados Unidos: dado que el dólar estadounidense se utiliza como moneda de reserva a nivel internacional, la Reserva Federal puede imprimir ciertas cantidades de dinero sin provocar un incremento de los precios internos del país, pues parte de los nuevos billetes sale inmediatamente de Estados Unidos y nunca llega al mercado de bienes y servicios nacional. La segunda condición para que la impresión de dinero provoque inflación es obvia: resulta necesario que la cantidad de dinero inyectado en la economía sea lo suficientemente grande. Imprimir tan solo un puñado de nuevos billetes puede solucionar el mes a una persona con bajos ingresos, pero difícilmente influirá en la demanda agregada y en el nivel general de precios.

Los dos mil cuatrocientos millones de euros que nuestros protagonistas pretenden obtener con su peculiar atraco suponen sin lugar a dudas una cantidad astronómica a repartir entre menos de una decena de personas y representan un porcentaje no desdeñable, aunque pequeño, del valor de todo lo producido en España en un año: aproximadamente el 0.22 %, lo mismo que el país ha presupuestado para ayuda oficial al desarrollo durante el año 2017. Sin embargo, están muy lejos de las cifras necesarias para provocar un proceso inflacionista. El Banco Central Europeo ha inyectado en los últimos años billones de euros sin dar lugar a tal resultado. A esto habría que añadir la elevada probabilidad de que el dinero impreso por esta banda de asaltantes nunca llegue a entrar en el circuito económico nacional. Lo gastarán, es más que seguro, en productos de lujo, mansiones, barcos, islas, muy lejos del territorio de donde proviene y de donde habrán huido con la esperanza de nunca ser alcanzados. No se generará tampoco un clima de desconfianza hacia la moneda tras esta emisión extraordinaria, de carácter puntual, por lo que sería descabellado creer en la posibilidad de un proceso de hiperinflación similar al experimentado en Alemania durante la década de 1920, periodo magistralmente retratado por el historiador Frederick Taylor en The Downfall of Money (2013). Las consecuencias para el conjunto de la población serán nulas.

Dicho esto, ¿es suficiente la ausencia de efectos colaterales negativos para ganarse el favor de las gentes? Ciertamente es de esperar que no sufran ningún daño –ni físico ni económico– de llegar los planes del Profesor a buen puerto, pero tampoco obtendrán beneficio alguno. ¿O sí? ¿Forma parte del plan comprar a la opinión pública a través del reparto de una porción del botín? Para saberlo tendremos que esperar al final de la serie, para el que todavía no se conoce fecha pero sabemos que no se alargará más allá de 2018. Entonces llegará el momento de refrescar la ecuación básica de la teoría cuantitativa del dinero y, en función del desarrollo de los acontecimientos, evaluar nuestros supuestos y reformular las predicciones si resulta necesario.

 

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Posted by Javier Abellán

Economista por la Universidad Complutense de Madrid e investigador contratado en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma universidad. Anteriormente ha sido becario en el Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda de España.