«Bamako» o las falacias de la cooperación internacional

Inauguramos «Cine, economía y sociedad», columna de Javier Abellán en la que se analizará el cine desde el punto de vista económico y sociológico. En esta primera entrega, Javier escribe sobre «Bamako» (2006), de Abderrahmane Sissako.

El drama judicial, como subgénero cinematográfico, puede constituir una fuente de reflexiones de calado socioeconómico de gran interés. Al fin y al cabo, este tipo de filmes retratan disputas entre individuos o colectivos y, por tanto, revelan las tensiones existentes en la sociedad e ilustran los mecanismos que esta ha dispuesto históricamente para lidiar con ellas. Es por eso por lo que no resulta sorprendente que Bamako (Abderrahmane Sissako, 2006) se descubra como un rico manantial de ideas y debates; asombra, eso sí, lo explícito de su planteamiento.

La acción transcurre en un patio de vecinos de la ciudad que da nombre a la película, capital de Malí. La línea ferroviaria que la une con Dakar, capital de Senegal, ha sido privatizada pocos años antes y el nuevo propietario ha establecido una política marcada por el abandono del tráfico de pasajeros, la apuesta por el transporte de mercancías, disminución de salarios y recortes de plantilla. No solo los sindicatos del sector tratan de combatir esta situación; los habitantes de los pueblos que viven al pie del ferrocarril en la zona de Bamako también tienen motivos para la queja: vivían de lo que podían vender a los pasajeros del tren, que ya no volverán a hacer parada allí.

A todo esto se añaden las sospechas de corrupción: se dice que, antes de pasar la línea a manos privadas, las autoridades malienses recibieron una carta proveniente del Banco Mundial en la que se amenazaba con retirar las subvenciones para educación y sanidad si Malí se negaba a privatizar su red de ferrocarril. Todo este malestar desemboca en una curiosa denuncia que, a su vez, dará lugar a un singular juicio: por la parte demandante, «la sociedad civil»; en la parte contraria, «las instituciones financieras internacionales». Y ese juicio se celebra en un patio de vecinos de Bamako.

A lo largo de las dos horas que dura la película, diferentes personajes, representantes de la sociedad civil maliense, exponen la cruda realidad que vive el país y toda África. Se habla de la precariedad del sistema sanitario («una mujer enferma en un pueblo corre el riesgo de morir porque la enfermera que tiene las medicinas no la tratará ya que no puede pagarle»), la falta de educación («la adquisición de conocimientos debería ser igual para todos pero dos tercios de nuestros niños son analfabetos»), la malnutrición, la mortalidad infantil, el sida, el desempleo crónico y, como resultado de todo lo anterior, la emigración («vemos africanos que optan por la emigración, que son refugiados económicos, arrestados, esposados, deportados, humillados y devueltos a casa»).

Declara como testigo Madou Keita, uno de esos emigrantes. Cruzó, junto con otros treinta «refugiados económicos», Níger y Argelia, llegó a Marruecos y trató de pasar a España. Las autoridades marroquíes se lo impidieron. Lo llevaron a él y a sus compañeros hasta el desierto del Sáhara, desde donde se dirigieron de nuevo hasta Argelia, que esta vez les cerró sus puertas. En total, caminaron durante una semana, sin agua ni comida. Del grupo inicial, alrededor de diez sobrevivieron a la travesía; del resto no se sabe nada.

Ese país del que Madou Keita trató de huir queda reflejado en la película no solo a través de las declaraciones de los participantes en el juicio. El filme ofrece también una ilustración de lo narrado, pues mientras se suceden testimonios, réplicas y contrarréplicas, la vida sigue en el propio patio de vecinos y más allá de él. Vemos a algunas niñas, que no están en la escuela, cuidando de sus hermanos menores; otras, ayudando a sus madres a hilar el algodón. Al mismo tiempo, alguna mujer saca agua de los pozos situados en la vía pública; otras cocinan la comida del día o elaboran las famosas telas malienses de llamativos colores. Lo que vemos en imágenes se nos dice también con palabras: «nuestros países no se derrumban porque, a nivel doméstico, la mujer juega un importante papel». Podemos ver hasta una boda.

Los representantes de la sociedad civil maliense no solo detallan su sufrimiento. También señalan a aquellos a los que consideran culpables del mismo: el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y, en general, los países desarrollados acreedores de Malí y de sus vecinos africanos. Llama la atención que el papel de malo de la película recaiga fundamentalmente sobre el Banco Mundial, la única de las instituciones mencionadas cuya misión se define de forma expresa en términos que podríamos calificar de humanitarios. Quizás esa sea precisamente la razón: ¿para qué tachar al FMI de desalmado si el objetivo de dicho organismo siempre ha sido la estabilidad financiera y no la lucha contra la miseria? La verdadera traición vendría del Banco Mundial, esa institución que nació para «reducir la pobreza, aumentar la prosperidad compartida y promover el desarrollo sostenible» y que sin embargo no parece haber contribuido a la consecución de ninguno de dichos fines. Bamako mete así el dedo en la llaga al cuestionar no solo los mecanismos de funcionamiento del sistema capitalista que habitualmente son objeto de crítica incluso en el mundo desarrollado, sino también las supuestas bondades de la bienintencionada política de cooperación internacional al desarrollo.

Los profesionales y estudiosos de la ayuda al desarrollo –economistas y politólogos principalmente– están más que familiarizados con las críticas hacia ella, que vienen de lejos. Casi desde el nacimiento de la política de cooperación, posterior a la descolonización de África en la década de 1960, su eficacia ha sido reiteradamente cuestionada. ¿Sirve para algo la ayuda al desarrollo? Tras más de cinco décadas de experiencias tanto satisfactorias como decepcionantes, no hay una respuesta concluyente a esta pregunta. Poco después del cambio de siglo, el debate académico encontró hueco en la opinión pública gracias a dos libros superventas salidos de la pluma de sendos economistas estadounidenses, ambos relacionados con el quehacer del Banco Mundial.

El primero apareció en el año 2005, su título es The end of poverty (El fin de la pobreza en su traducción al español) y se debe a Jeffrey Sachs. En esta obra, Sachs reconocía los errores cometidos por la ayuda al desarrollo pero confiaba en la capacidad de mejorar el diseño de la política de cooperación gracias a la experiencia acumulada y abogaba por un aumento de los recursos destinados a este fin. El optimismo que emanaba de la obra de Sachs llevó a William Easterly a publicar un año después The white man’s burden (en español, La carga del hombre blanco), en el que criticaba la idea del diseño de proyectos de cooperación desde arriba, de forma unilateral, y proponía reformar profundamente la política de cooperación focalizando las actuaciones en proyectos de menor tamaño destinados a la satisfacción de necesidades específicas.

Sin embargo, el malestar de los personajes de Bamako respecto a la actuación del Banco Mundial en su país no parece estar ligado a cuestiones fundamentalmente técnicas como las que apuntan Sachs y Easterly. Sus quejas encuentran mejor explicación a la luz del análisis que, algunos años antes, realizó el premio Nobel en Economía Joseph Stiglitz en su también influyente libro Globalization and its discontents (el título se modificaría levemente en su traducción al español, que quedaría en El malestar en la globalización).

Stiglitz carga las tintas contra una de las características determinantes del sistema de financiación que desarrollaron las instituciones económicas internacionales a partir de finales de la década de los 70: la condicionalidad. Para poder recibir ayuda, los países receptores están obligados a poner en marcha un determinado repertorio de políticas económicas que trata de aplicarse de forma uniforme en cualquier estado del mundo y que por lo general incluye medidas como la apertura de la economía a través de la reducción de aranceles, la privatización de empresas públicas («lo que beneficia al norte», según los representantes de la sociedad civil maliense en el filme, pues son las empresas del norte las que adquieren y explotan esos negocios), el control del gasto público y la lucha contra la corrupción.

Este último factor ha sido mencionado a menudo, tanto en entornos académicos como en conversaciones de bar, como una de las principales causas de la ineficacia de la ayuda, argumentando que buena parte del dinero acaba en manos de la élite local, que controla las instituciones en el país receptor y las utiliza en su beneficio. Sobre ello también se habla en la película, y los propios malienses reconocen su parte de culpa: «Podríamos haber desarrollado un sistema de control para los administradores, ejercer la presión necesaria para controlar y denunciar a los especuladores. Lo hemos aceptado a veces. Si tenías a un pariente bien colocado, estabas contento de aprovecharte con él del sistema». Pero consideran que la condicionalidad de la ayuda no contribuye a la desaparición de los comportamientos corruptos. Lejos de ello, los fomenta. Porque la condicionalidad arrebata al país receptor la capacidad de decidir autónomamente su política económica, que viene predefinida desde fuera. Y con el fin de la soberanía nacional viene aparejada irremediablemente la deslegitimación de las medidas adoptadas, que no son consecuencia de un proceso democrático de toma de decisiones. Los gobernantes pierden el interés, si es que algún día lo tuvieron, en atender a las exigencias de su población porque no es a ellos a quien se deben, sino a los dictados llegados desde el exterior. «Los corruptores siempre vienen de los países ricos, nunca de los pobres», resume uno de los abogados de la causa civil.

Aunque Stiglitz, al criticar la condicionalidad en su forma más inflexible, estaba reprobando principalmente al FMI, los habitantes de Bamako acusan también, y especialmente, al Banco Mundial. Recordemos que uno de los testigos acusa a dicho organismo de amenazar, subrepticiamente, con retirar sus ayudas si el gobierno maliense se niega a privatizar su red de ferrocarril. No es extraño, pues, que toda la trama gire en torno a la caracterización del Banco Mundial como el corruptor, el causante del mal que muchas veces sirve de pretexto al mundo desarrollado para justificar la pobreza de zonas como Malí y, en general, el continente africano.

Pero, ¿por qué habría de hacer eso el Banco Mundial?, ¿qué interés puede tener en la privatización del ferrocarril maliense? Los denunciantes tienen claro lo que constituye, a su juicio, el origen de todos los males: la deuda externa. Esa deuda contraída con instituciones financieras internacionales y también con países de Europa o Estados Unidos y que resultó impagable tras la subida de los tipos de interés experimentada tras la profunda crisis mundial de la década de los 70. Consideran que, dados los tipos de interés aplicados, la deuda está realmente saldada. Sin embargo, la condicionalidad impuesta por instituciones como el Banco Mundial sigue teniendo un único objetivo: «Todo el dinero que recibimos debe utilizarse para recuperar y mantener nuestra solvencia en relación a nuestros acreedores». Por tanto, «no puede emplearse en la economía nacional».

El Banco Mundial es, pues, a sus ojos, «la piedra angular, el centro de gravedad de este capitalismo que ha perdido la cabeza». No pretende ayudar a los países que financia, sino a los acreedores de los mismos. A pesar de que muchos países en desarrollo son enormemente dependientes de la ayuda internacional, los personajes de esta película llegan a plantearse el renunciar a ella si eso permite repudiar la deuda. Uno de los representantes de la causa civil afirma ante el juez: «Creo que el uso correcto de nuestros propios recursos podría hoy salvaguardarnos de esa manipulación de la opinión pública internacional».

Independencia y soberanía, pues, parecen ser las principales reivindicaciones, aun conociendo el coste que traerían aparejado: «El ajuste estructural ha puesto claramente a África en un círculo vicioso que empieza con la deuda. La deuda es una piedra alrededor del cuello de África, el signo de lealtad del esclavo a su amo, […] ha puesto a África de rodillas, privándola de su soberanía financiera, desmantelando su administración pública». Todo ello se declama en un melodioso pero firme francés, que es el idioma en el que el guion de Bamako está escrito en su mayor parte. No obstante, también se cuela una frase en español. Uno de los defensores de la causa civil se pasa por un momento a nuestra lengua citando, dice, «a los latinoamericanos», para proclamar: «La deuda es impagable». Y es que, efectivamente, Latinoamérica ya ha visto esta película.

 

 

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Posted by Javier Abellán

Economista por la Universidad Complutense de Madrid e investigador contratado en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma universidad. Anteriormente ha sido becario en el Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda de España.

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