¿Doble conquista? El cine y la guerra por el agua en Bolivia

La conquista y el saqueo de los recursos naturales son dos heridas aún abiertas en las sociedades latinoamericanas. En este texto, Javier Abellán reflexiona sobre la problemática de la privatización del agua en Bolivia y otras naciones a partir de «También la lluvia» (2010), película de Icíar Bollaín.

La historia del contacto entre Europa y América a finales del siglo XV, personificado en la figura de Cristóbal Colón, ha servido de inspiración a la industria del cine en multitud de ocasiones. En España, la temprana y todavía muda La vida de Cristóbal Colón y su descubrimiento de América (Gérard Bourgeois, 1916) tuvo como principal sucesora, décadas después, a Alba de América (Juan de Orduña, 1951), cuyo objetivo no era otro que exaltar el papel protagonista del país en tal acontecimiento, minusvalorado por la británica La verdadera historia de Cristóbal Colón (David MacDonald, 1949). Fueron también los británicos, junto con los estadounidenses, quienes pusieron mayor interés en la explotación cinematográfica del quinto centenario del descubrimiento. Muestra de ello son 1492: La conquista del paraíso (Ridley Scott, 1992) y Cristóbal Colón: el descubrimiento (John Glen, 1992). Habrían de transcurrir algunos años más hasta que el cine hispano se atreviese a tocar el tema, pero la espera valdría la pena: la propuesta resultó ser mucho más original que las convencionales ficciones históricas provenientes del mundo anglosajón.

La coproducción hispano-boliviana También la lluvia (Icíar Bollaín, 2010) es la historia de una película dentro de otra. Un equipo de cineastas procedentes de ambas orillas del Atlántico, capitaneados por un director mexicano y un productor español, pretenden rodar un filme sobre la llegada de Cristóbal Colón al continente americano. Cuentan con un presupuesto ajustado, por lo que deciden olvidarse del Caribe y llevar el rodaje a Bolivia, el país latinoamericano con mayor porcentaje de población indígena y uno de los más pobres del continente. La combinación de ambos factores les permitirá contratar un gran número de extras sin grandes dispendios. Serán quechuas, es cierto, y no los taínos que encontró Colón. Pero, ¿qué importa? ¿Acaso los espectadores notarán la diferencia?

Comienza el rodaje y el equipo no tarda en tener problemas con Daniel, el indígena que han contratado para que dé vida al cacique taíno Hatuey, primer rebelde de América contra los conquistadores españoles. Daniel resulta ser un rebelde también fuera de escena y se ha convertido en el líder de un movimiento de protesta contra el proceso de privatización del agua que se está llevando a cabo en Cochabamba al mismo tiempo que se rueda la película. La tensión entre los manifestantes y la policía se incrementa cada día que pasa y el productor del filme teme que su Hatuey acabe en cualquier momento detenido y en prisión, lo que provocaría la paralización del rodaje o incluso podría significar el punto y final del proyecto. Para evitar el trágico desenlace, trata de convencer a Daniel de que se mantenga al margen del conflicto, pero este se niega. Hasta el momento, los sectores más humildes de la población boliviana han respondido al proceso de privatización excavando con sus propias manos una serie de pozos para almacenar el agua que cae del cielo. Sin embargo, una ley recién promulgada les ha prohibido el acceso a estos pozos. A sus pozos.  La situación ha llegado a tal extremo que el enfrentamiento parece inevitable y Daniel no puede concebir la posibilidad de hacerse a un lado y observar mientras sus compañeros luchan contra lo que consideran un atropello. Compañías cuyos propietarios están en Londres y en California han comprado a las autoridades bolivianas sus ríos y sus lagos. Ahora pretenden quedarse también la lluvia.

 

 

Daniel es un personaje de ficción, pero el conflicto en el que está a punto de verse inmerso no lo es. Se trata de una serie de protestas que ocurrieron en Cochabamba durante los primeros meses del año 2000 y que desde entonces nos son conocidas como la Guerra del Agua. Las raíces de esta «guerra» pueden rastrearse desde finales de la década de 1980, cuando Bolivia comenzó a implementar los planes de ajuste estructural puestos como condición por el Banco Mundial para tener acceso a las ayudas financieras de dicha institución. Los servicios de abastecimiento de agua potable y saneamiento se encontraban en un estado muy deficiente en Bolivia y el Banco Mundial exigió como parte del requerido ajuste estructural la privatización de las principales empresas del sector en el país. La situación había sido tradicionalmente preocupante en el valle de Cochabamba, que por sus características naturales sufre una escasez crónica de recursos hídricos. Desde los años setenta ya venían dándose protestas por parte de movimientos campesinos que criticaban los proyectos destinados a la explotación del agua para consumo de la ciudad, mientras que en la urbe apenas la mitad de la población tenía acceso a la red pública de abastecimiento de agua y la otra mitad se organizaba en pequeñas asociaciones de consumidores o se abastecía a través de carros cisterna.

En un contexto como este, el rápido proceso de privatización tuvo como consecuencia una escalada de la tensión y el estallido de la Guerra del Agua, acontecimiento que tratan de retratar, de manera fiel, los responsables de También la lluvia. En septiembre de 1999 se concede la prestación del servicio a un consorcio internacional –compuesto por capital estadounidense, británico, español y también boliviano– y un mes después se aprueba una ley con el objetivo de dar seguridad jurídica y económica a la nueva concesionaria, garantizándole la exclusiva de la distribución en las zonas de concesión. Esto suponía poner patas arriba, en apenas dos meses, los tradicionales usos y costumbres en la gestión del agua en la zona, caracterizada por la existencia de multitud de pequeñas cooperativas de usuarios. Pero lo que verdaderamente desesperó a la población y la puso mayoritariamente en contra de la privatización fue que tan solo tres meses después, en enero del 2000, la empresa concesionaria incrementó las tarifas del agua en un 35 % de media (en algunas zonas se triplicó el precio). En las semanas siguientes, miles de personas se echaron a la calle y el enfrentamiento con las fuerzas de seguridad se saldó con la declaración del estado de sitio, más de cien detenidos, unos cincuenta heridos y un menor de edad muerto. Es en este violento conflicto en el que, ya en el terreno de la ficción, se ve inmerso Daniel, y ante el cual toda la camarilla de cineastas que trabajan con él deberá tomar posición a medida que su proyecto empieza a verse comprometido como consecuencia de los disturbios.

Que También la lluvia presente los hechos derivados de la Guerra del Agua de forma paralela a la llegada de Colón al continente americano, situando una película dentro de otra, no es cuestión baladí: fueron extranjeros los que ansiaron nuestro oro de la misma manera que son extranjeros los que ansían nuestra agua, se nos vendría a decir según la lectura más facilona que admite el filme. Aunque se aprecia un esfuerzo por evitar –con discutible acierto– la maniquea contraposición forastero-indígena, la película sí pretende poner de relieve el carácter a veces conflictivo del encuentro entre lo local y lo global. Y es que el caso de Cochabamba no puede considerarse aislado ni especial en modo alguno, al menos en lo que respecta a las causas del enfrentamiento y su gestación. Las décadas de 1970 y 1980 fueron, en todo el mundo, las del resurgir del liberalismo económico, tras la caída en desgracia del keynesianismo como consecuencia de las sucesivas crisis del petróleo. El Estado, que durante los años sesenta había jugado un papel esencial en las economías más avanzadas del planeta, pasó a ser considerado un lastre para el desarrollo económico. El mercado debía ganar terreno, tanto en el Norte como en el Sur. Era una idea compartida por las principales instituciones económicas internacionales, entre ellas el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, todas con sede en la ciudad que sirvió al economista John Williamson para bautizar el acuerdo con el nombre de «consenso de Washington». No fue Bolivia el único lugar donde se promovió la privatización. Se aplicó como receta general en casi cualquier rincón del mundo. En Malí, por ejemplo, se exigió, entre otras cosas, el traspaso de la red pública de ferrocarriles a manos privadas, episodio también retratado por el séptimo arte en Bamako (Abderrahmane Sissako, 2006).

Experiencias como la de Cochabamba llevaron al Banco Mundial a reconocer que la privatización no era la panacea para todos los males. Puede tener resultados apreciables, como demuestra la relativamente exitosa privatización del servicio de abastecimiento de agua en la ciudad de La Paz, también en Bolivia, donde se tomaron medidas para suavizar la transición y minimizar el impacto en el empleo y en los precios para las clases más humildes. En otros casos, sin embargo, como el de la ciudad de Santa Cruz, se reveló como mejor opción el mantenimiento del modelo cooperativista que venía funcionando desde hacía más de veinte años, con fama de buena gestión. En definitiva, la experiencia acumulada ha sepultado la fe en la privatización como tratamiento universal, en el sector del agua o en cualquier otro, mientras que ningún dogma alternativo ha llegado para sustituirla. Este es el mensaje principal que el economista turco Dani Rodrik, profesor en Harvard, transmite en Goodbye Washington Consensus, Hello Washington Confusion? (2006): es el tiempo de «la humildad, la diversidad de políticas, las reformas selectivas y modestas, y la experimentación».

Tras la Guerra del Agua, el gobierno boliviano se vio obligado a rescindir el contrato con la empresa concesionaria y esta decidió abandonar el país. La película termina en ese momento: con el fin del conflicto arrancan los créditos. Sin embargo, los problemas de abastecimiento de agua en Bolivia, ya crónicos, permanecen. Tras el cese de los disturbios llegaron la remunicipalización del servicio en Cochabamba y la reducción de tarifas, pero la empresa siguió acusando los problemas de ineficiencia y corrupción que sufría antes de la privatización y la mejora del servicio se demostró difícil de conseguir. A la mala gestión, pública y privada, se le ha unido el cambio climático, causando en los últimos años la peor crisis de recursos hídricos que el país ha sufrido en décadas. Bolivia, junto con su vecino Perú, es uno de los países más vulnerables al calentamiento global debido a su dependencia de lagos y glaciares como reservas naturales de agua durante el invierno, y muchos de estos cuerpos de agua están desapareciendo debido al incremento de las temperaturas. Pero esto ya no lo verá el espectador en la película de Bollaín.

Quizás sean otros largometrajes, todavía por llegar, los que nos acerquen algún día a esa preocupante cuestión que es la gestión sostenible del agua en la América Andina aún en la actualidad. Su aparición en un futuro próximo no parece improbable si tenemos en cuenta que el asunto ha dado sobradas muestras de su capacidad para atraer la atención de las cámaras. Ya fue llevado al cine, esta vez documental, antes del conflicto boliviano: en A guerra da água (Licínio Azevedo, 1995), el director brasileño retrataba el problema de escasez hídrica en Mozambique a través de cuatro historias cruzadas ambientadas en una pequeña aldea del país africano. También contamos con una visión desde Asia, Europa y Norteamérica en Water Wars (Jim Burroughs, 2009). El tópico del líquido elemento como desencadenante de luchas por su control se ha repetido constantemente en las últimas décadas, calificándolo unas veces de «nuevo petróleo», otras veces de «nuevo oro». Un buen ejemplo de la segunda metáfora es Blue Gold: World Water Wars (Sam Bozzo, 2008), documental basado en el libro Blue Gold: The Fight to Stop the Corporate Theft of the World’s Water (Maude Barlow y Tony Clarke, 2005). En el terreno de la ficción, una interesante propuesta sobre la materia es Pumzi (Wanuri Kahiu, 2009), cortometraje keniano de ciencia ficción cuya trama se sitúa en los años inmediatamente posteriores a la Tercera Guerra Mundial, también conocida como la Guerra del Agua. De Water Wars (Cirio H. Santiago y Jim Wynorski, 2014), mezcla de peleas, carreras y chicas en cueros, característica del cine B de explotación, mejor no hablar.

También la lluvia es un filme hispano-americano y rezuma amor por América, por España y por el cine mismo; no agasajándolos, sino mostrándolos a todos en su desnudez de manera inmisericorde. Podría decirse que trata sobre la relación entre los pueblos y los lagos y ríos que les dan la vida, pero también aborda el contacto, violento o amistoso, de los pueblos entre sí. Tiene, qué duda cabe, un afán moralizador; no podría ser de otra manera tratándose esta de una película sobre otra cuyo protagonista es Antón de Montesinos, el primer defensor de la dignidad de los aborígenes americanos famoso por aquel: «¿No son acaso hombres?». Moralizante y maniqueo son dos adjetivos que se pasean frecuentemente de la mano, pero en este caso la moraleja se sustenta eficazmente sobre la cervantina virtud de la autocrítica y el reconocimiento de lo complejo como esencia de lo humano. En esta película el egoísmo acompaña al compromiso, el idealista se confunde con el avaro, y el bienintencionado, que ante una copiosa cena se interesa por la lengua de los quechuas, calla cuando el cínico le pregunta: «¿Cuánto tiempo recordarás que agua se dice yaku?».

 

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Posted by Javier Abellán

Economista por la Universidad Complutense de Madrid e investigador contratado en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma universidad. Anteriormente ha sido becario en el Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda de España.

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