Las hojas de las margaritas son las favoritas de los fantasmas

Yeni Rueda escribe sobre «Algunas margaritas y sus fantasmas», novela de Paulette Jonguitud poblada de espectros y denuncias contra la violencia de género.

En una de mis partes favoritas de El retrato de Dorian Gray, Dorian llega tarde a una cita con Lord Henry después de pasar toda la tarde leyendo un libro que este mismo le envió, y le hace saber que le ha fascinado. Lord Henry le contesta que ya sabía que le gustaría; sin embargo, Dorian recalca que él nunca dijo que le había gustado, sino que estaba fascinado y que hay una gran diferencia entre ambas cosas. Así como a Dorian, me es imposible negar la fascinación que me dejó la lectura de la más reciente novela de Paulette Jonguitud, pues al igual que el libro misterioso que Lord Henry envía a su nuevo amigo, hay algo monstruoso en el de Paulette que lo hace cada vez más atrayente y, aunque parece conducir al lugar más profundo de la oscuridad, hay vetas de luz a lo largo de toda la historia. Me refiero a Algunas margaritas y sus fantasmas, novela que llegó hace poco a los lectores bajo el sello editorial, recién estrenado en México, Caballo de Troya, perteneciente a Penguin Random House, el cual busca ser un escaparate para los narradores jóvenes combinando las características de un sello independiente –conformado por narrativas diferentes a las imperantes en el mercado– y la visibilidad de un editorial multinacional.

Podríamos decir que Algunas margaritas y sus fantasmas es una novela sobre el rango de emociones que provoca el duelo. También es una denuncia frente a la mortífera violencia de género que viven las mujeres en nuestro país. Igualmente, puede calificar como una novela sobre fantasmas, no de los que arrastran cadenas o hacen crujir escalones de madera, sino de los espíritus que interactúan muy poco con los vivos y cuya constitución es diferente: son tanto el vestigio terrenal de los muertos como la reacción de los vivos frente a su ausencia: una Madre que hace una muñeca para atenuar la soledad de su hijo muerto, un medio Hermano que carga con el fantasma del Hermano Mayor y de su Madre, que, en realidad, continúa viva; y una fotógrafa que busca ponerle punto final al duelo por la muerte de su hermana gemela, tratando de retratar los fantasmas de dos hombres que vivieron siglos atrás. La ausencia es clave para la existencia de estos fantasmas citadinos.

Por otra parte, la novela también reflexiona sobre el papel de la fotografía en la vida cotidiana y social, particularmente el ejercicio del retrato ya no solo para capturar una figura individual, sino para darle imagen a la zozobra causada por un conflicto particular que afecta a todas las mujeres del país. Esta reinterpretación del retrato personal como un puente de enlace con la angustia colectiva se hace notar en la serie de fotografías que realiza Óscar, una de las protagonistas de la novela, en compañía de su hermana gemela, donde esta es fotografiada en lugares peligrosos, completamente desnuda, como retando al peligro o exagerándolo para hacer notar el nivel de vulnerabilidad en el que viven las mujeres por su sola condición de mujeres y, también, por los lugares que habitan. No es gratuito que las locaciones para las fotografías sean lugares que representan la marginalidad social. La reflexión sobre el retrato y la fotografía no se detiene en la mera representación de un acto performativo de este proyecto. Más adelante, Óscar se dará a la tarea de capturar los fantasmas de Joseph Merrick y Alan Turing y retratar por primera vez a alguien que no sea su hermana.

Todo el ejercicio se traslada a la novela a través de retratos narrativos, en los que la autora nos permite introducirnos en la piel de estos personajes que también sufrieron la pesada carga que una sociedad prejuiciosa dejó caer sin misericordia sobre ellos. Óscar se plantea esta tarea como una manera de cerrar la ausencia de su hermana muerta a causa del cáncer. Un duelo y una muerte privilegiada, porque no hubo incertidumbre sobre la causa de la muerte, es un dolor que se puede nombrar y hubo tiempo para tratar de entenderlo, algo que muy pocas familias pueden tener en un país de fosas clandestinas y mujeres violentadas.

Tomando en cuenta la particularidad de estos relatos podemos notar la importancia que le da Jonguitud a la imagen literaria –e incluso, poética–, un elemento que generalmente no relacionamos con la narrativa. Uno de las características que más fuerza le da a este mecanismo es, justamente, la descripción espacial que abarca el mundo exterior y el mundo interno de los personajes. Los gestos que los definen son tanto sus acciones como sus reflexiones sobre el mundo que los rodea y que parece consumirlos. La recuperación de la descripción y de las imágenes literarias como forma de construcción narrativa resulta interesante cuando la tendencia actual está más concentrada en la acción acelerada y la sucinta conformación de los universos narrativos.

Pero si la descripción como disparador de la novela funciona, es porque no se limita a mostrarnos los escenarios por los que se mueven los personajes: la casa de la Madre, la cámara de Óscar y la celda de Joseph Merrick parecen convertirse en una extensión orgánica de los personajes que se mueven entre ellos o con ellos. Son los mismos espacios narrativos los que nos empujan, junto con los personajes, al universo de la novela, convirtiéndose en un vehículo eficiente para aquellas denuncias o inquietudes que la autora ha señalado en diversas entrevistas: los feminicidios, la reconfiguración de las figuras fantasmagóricas y del cuidado familiar.

La conformación de una novela, sobre todo considerando su brevedad, con tantos niveles temáticos y narrativos, puede resultar fácilmente caótica; sin embargo, la habilidad con la que Jonguitud logra darle coherencia a cada uno de los elementos resulta notable. La autora parece estar consciente de la necesidad de equilibrio entre el fondo y la forma, algo que, pese a parecer obvio y básico, no evita la frecuente aparición de novelas desiguales, en donde los personajes parecen títeres oxidados de los autores. En Algunas margaritas y sus fantasmas sucede todo lo contrario; salvo un par de momentos en los que las situaciones parecen un tanto forzadas, los personajes actúan por su cuenta, y brillan por su autonomía.

Paulette Jonguitud nos entrega una novela compleja no solo por la narrativa laberíntica, sino porque uno de sus propósitos es visibilizar una problemática social. Desarrollar productos culturales bajo esta premisa puede ser un tanto problemático; tanto editor como autor deben buscar un equilibrio que muy fácilmente puede inclinar la balanza hacia el lado equivocado. En el caso particular de la violencia de género, es importante comenzar a reafirmar la idea de que no puede existir análisis del conflicto sin tomar en cuenta las problemáticas de clase. Si bien todas las mujeres son susceptibles a actos violentos, no todas los sufren de la misma manera, ni pueden enfrentarlos o resistirlos con las mismas herramientas. Es por ello que en los últimos años se ha buscado fomentar el análisis interseccional en los feminismos, y que realmente podamos luchar por todas las mujeres. Para esta perspectiva, resulta vital no usurpar la voz de los oprimidos en pos de crear un objeto estético. Si ya contamos con el privilegio de tener un canal de comunicación amplio (a través de un libro, una exposición de fotografía o una pantalla de cine) lo mejor es ser honestos con nuestra posición y posibles privilegios y hablar desde lo que conocemos de primera mano o, en el mejor de los casos, dar un paso atrás y abrir esa plataforma para aquellos que tienen una voz pero que no están siendo escuchados. Intentar imitar una clase social, o una voz narrativa que no es la nuestra en el contexto de la denuncia social, me parece no solo arriesgado, sino arribista.

Si bien Algunas margaritas y sus fantasmas nos presenta personajes recurrentes, vinculados de alguna manera con el arte (una fotógrafa y un aspirante a escritor), pareciera que, en este caso, el estereotipo es una apuesta por la sinceridad artística de la escritora. Al ir conociendo a los personajes podemos darnos una idea del entorno social al que pertenecen y entender que incluso ese mundo alejado de la «marginalidad» no se escapa de la rapacidad de la violencia. En realidad, ninguna mujer está segura.

Al optar por una preocupación universal –el miedo a la muerte o la violencia machista– Jonguitud logra abordar el tema de los feminicidios de manera cuidadosa, no solo a nivel narrativo, sino también ético. No usurpa la voz de una mujer precarizada, sino que traslada sus preocupaciones personales, que independientemente de la clase, son compartidas por la mayoría de las mujeres. La novela es congruente con el campo literario y con el papel social que este representa. Y si bien no se trata de una novela que rompa paradigmas, sí puede ser un punto de partida para: a) reconocer el miedo que a veces, de tan cotidiano, normalizamos y b) intentar cambiar esta realidad, no solo por nosotras, sino por todas las generaciones de mujeres que nos anteceden y las que nos preceden. Entonces, la literatura y la ficción literaria se activan: dan pie al diálogo entre autores y lectores para luego, con suerte, reflejarlo en la realidad de la que todos formamos parte.

 

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Posted by Yeni Rueda

Yeni Rueda López es narradora y editora de Revista Moria. Fue fundadora y coorganizadora de Lateralia|Festival de Edición Independiente en Morelos. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías y publicaciones periódicas, así como en la plaquette «Tres gotas de agua» (Simiente, 2013).

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