¿Pagarle al asegurado? ¿Para qué?

Las aseguradoras se enriquecen a costa de sus clientes, y el cine ha sabido satirizarlo en algunas de sus piezas maestras, como «Forajidos», de Robert Siodmak.

Ernest Hemingway nació con el siglo XX, lo que equivale a decir que nació con el cine. Y como no podía ser de otra manera –sin parca de por medio–, ambos crecieron juntos. La juventud del escritor, en la segunda década de la centuria, trajo consigo la aparición de sus primeras obras, poco antes de que El cantante de jazz (Alan Crosland, 1927) iniciase el rápido proceso de transformación del cine mudo en sonoro: el séptimo arte alcanzó su dorada madurez así como los niños mudan la voz y ensanchan los hombros en un abrir y cerrar de ojos. Siendo compañeros de generación, el escritor y la industria estaban destinados a mantener un estrecho contacto y los relatos y novelas de aquel recorrieron en varias ocasiones los caminos que comunican el papel y la pantalla. La mayor parte de ellos lo hizo con buena fortuna, aunque las adaptaciones que cosecharon mayor éxito fueron las primeras, estrenadas a mediados de los años cuarenta: Tener y no tener (Howard Hawks, 1944) y Forajidos (Robert Siodmak, 1946).

La película de Siodmak es a día de hoy, con todo mérito, uno de los grandes clásicos del cine negro, más bien policíaco. La prodigiosa escena inicial –un par de tipos de guante y gabardina entrando en un restaurante en busca del Sueco, con intención de matarlo– constituye una traslación escrupulosamente fiel del relato «Los asesinos» de Hemingway, y al talento de este se debe en gran medida el espléndido resultado.

 

 

Hay que saber cuándo seguir a los maestros. Unos veinte años después, Código del hampa (Don Siegel, 1964) se distanció del buen hacer del escritor estadounidense y quedó en artefacto a medio camino entre libre adaptación de Hemingway y remake de Siodmak, sin llegar a la altura de ninguno de los dos. La presencia de Ava Gardner sería suficiente para sentenciar la superioridad de la primera adaptación sobre la de los años sesenta, pero la cosa no queda ahí: Forajidos no solo puso en movimiento a los personajes de Hemingway; también supo destilar sus diálogos amargos y a la vez llenos de humor e ironía y dosificarlos a lo largo de una eficaz estructura narrativa. ¿Qué le quedaba, pues, a Código del hampa?

Tomémosle la palabra a uno de los carteles de promoción de la película, donde figuraba como principal reclamo el siguiente mensaje: «Explosively new… in color!». Quizás era lo único que podía aportar. Un nostálgico de los de raza, de esos que no hacen distinción entre baby boomers y millennials, bien podría señalar estas dos películas como ejemplo ilustrativo de los decadentes derroteros de la velocidad y de la técnica que habría de tomar el cine tras su edad de oro.

El relato de Hemingway termina antes de que la siniestra pareja dé caza al Sueco, pero Forajidos se atreve a enfrentarlos y construir una historia que gira en torno al resultado del encuentro. A partir de ahí, el cine toma el relevo a la literatura, y lo hace con maestría. El desenlace del cara a cara, que no resulta necesario desvelar, desemboca en una investigación para esclarecer el porqué de la misión del dúo gansteril. En este terreno, si se permite el excurso, se encuentra la única virtud de Código del hampa frente a Forajidos: la actitud del Sueco ante sus perseguidores, y no la causa de la propia persecución, se erige como leitmotiv de la pesquisa, lo que imprime cierta hondura psicológica a una trama, en principio, puramente detectivesca.

Así pues, los matones buscan al hombre, lo encuentran y el desaguisado resultante activa una investigación que, curiosamente, en ninguna de las dos adaptaciones de «Los asesinos» corre a cargo de la policía. Aquí también –y perdónese el empecinamiento– la solución de Siodmak se muestra más imaginativa y perspicaz que la de Siegel: el responsable de la indagación será el empleado de una compañía de seguros.

Como consecuencia del encuentro entre el Sueco y la pareja de gánsteres, la compañía de seguros Atlantic debe desembolsar una póliza de cuantía considerable para el ciudadano de a pie –por los comentarios de uno de los personajes de la película sabemos que equivale, aproximadamente, al salario anual de un policía con experiencia–, pero despreciable a ojos de la empresa, que maneja una enorme cantidad de dinero. Aun así, el protocolo habitual se pone en marcha y la compañía no tarda en enviar al encargado de hacer preguntas, solicitar explicaciones y requerir papeles. Quizás demasiadas inquisiciones para lo que en realidad es irrelevante.

Cuando el inspector es solicitado por el máximo responsable de la compañía e informa al jefazo de la tarea que tiene asignada, este no tarda en dejar clara su posición: «¿El caso de los dos mil quinientos dólares? ¡Olvídalo! […] Estoy intentando dirigir una organización, las reclamaciones se me amontonan. Aunque contratase a otros seis inspectores no me pondría al día y tú andas haciendo el tonto». Esto recuerda al automatismo denunciado en Legítima defensa (Francis Ford Coppola, 1997), traída también al cine desde la literatura como adaptación de la novela homónima de John Grisham, en la que otra compañía de seguros tiene como política estándar el rechazo de todas las reclamaciones con el objetivo de alargar los trámites, desalentar a sus clientes y ahorrarse así el pago del máximo número posible de pólizas. ¿Estaba Siodmak denunciando, a su manera, irónica y satírica, lo mismo que vendrían a decir mucho tiempo después y con más amargo tono Grisham y Coppola?

Aventurar una intencionalidad en este sentido por parte de los responsables de la película es arriesgado, pero el hecho de que sea el negocio de una compañía de seguros el elemento en torno al cual se estructura toda la trama ha merecido oportuna atención con anterioridad. La aparente anécdota se torna fenómeno, a juzgar por el trabajo de Anna M. Siomopoulos, especialista en cine norteamericano: en Hollywood Melodrama and the New Deal (2012), la profesora estadounidense incluye a Forajidos, junto con otras películas de la época como Pacto de sangre (Billy Wilder, 1944) o El cartero siempre llama dos veces (Tay Garnett, 1946), en una subcategoría del cine negro cuyas tramas tienen como motivo principal las actividades de las compañías de seguros. Siomopoulos se atreve incluso a bautizar a este tipo de filmes con una expresiva fórmula, insurance noirs, y relaciona su surgimiento durante los años cuarenta con el crac de 1929, la Gran Depresión que le sucedió y el New Deal que se formuló como respuesta a la crisis: este ambicioso programa de política económica generaría, a ojos de buena parte de la clase media, numerosas y convenidas connivencias entre Estado y grandes corporaciones –algunas de ellas compañías de seguros– que solo beneficiarían a un puñado de plutócratas.

Habíamos dejado al inspector protagonista de Forajidos informando a su jefe sobre el caso de poca monta al que dedica su valioso tiempo, y al segundo ordenándole dejarlo y ponerse a trabajar en asuntos más importates. Sin embargo, la cosa cambia cuando, gracias a la curiosidad y eficacia del empleado, se descubre una relación entre el caso aparentemente insignificante y otro de formidable magnitud, en el que la compañía Atlantic había perdido pocos años atrás algo más de un cuarto de millón de dólares. Entonces el mandamás comienza a prestar atención y da permiso al inspector para continuar con sus indagaciones hasta descubrir toda la verdad. Gracias a eso tenemos película. Es el negocio, la búsqueda de beneficio, la que alimenta la trama detectivesca: si el inspector consigue recuperar el dinero perdido, será el empleado más rentable que la compañía haya tenido jamás. Ya fuera del cine, en la vida real, quizás sea poco probable dar con un subordinado con tan merecido sueldo, pero lo cierto es que, por lo que sabemos, a las aseguradoras sus detectives les salen muy pero que muy rentables; y es que no son pocos los clientes que, a pesar de los riesgos que corren, se atreven a engañar a sus compañías con la intención de ingresar un dinero como caído del cielo.

Sin salirnos del medio audiovisual, con un pequeño salto del cine negro al documental, tenemos en Estafadores de seguros (Begoña Chamorro, 2015) algunas estimaciones sobre este problema que tanto preocupa a compañías como la ficticia Atlantic. El documental pone en evidencia el incremento del número de estafas a las aseguradoras en épocas de crisis económica, así como la complejidad que puede llegar a alcanzar el fenómeno, con la formación de redes profesionales dedicadas a falsear accidentes, siniestros y robos. Frente al negocio de las aseguradoras surge, así, otro paralelo: el del fraude. No sorprende, por tanto, que las compañías de seguros estén dispuestas a invertir ingentes cantidades de dinero en el reclutamiento de personal dedicado a descubrir engaños. El equipo de Estafadores de seguros había dedicado a estos profesionales, poco tiempo antes, otro documental: Detectives (Begoña Chamorro, 2014). Según el mismo, eliminar el fraude por completo incrementaría en un dieciséis por ciento los ingresos del sector asegurador; conseguir ese objetivo es, en la práctica, imposible, pero la inversión en detectives permite a las compañías reducir la magnitud del problema y ahorrar cientos de millones cada año.

 

Con fraude o sin él, resulta evidente que la industria del seguro hace todo lo posible por ahorrarse cada póliza. Pero, ¿y si al final, a pesar de todo, hay que pagar? Esta posibilidad no se le escapa al director de la Atlantic; sin embargo, se muestra tranquilo ante su inspector preferido: «Tú conoces el negocio de los seguros. La pérdida de un año determina la prima que se ha de pagar al siguiente». Es decir, pase lo que pase, la empresa no asumirá ningún coste; se lo cargará a sus clientes, aumentando así los ingresos y manteniendo constante el beneficio: «Nuestro deber es mantener las pérdidas al mínimo de forma que las tarifas no tengan que subir. Así servimos al público».

Por supuesto, el empeño por mantener las tarifas al mínimo no responde al amor de la compañía por sus clientes, sino al miedo a perderlos: si la aseguradora de la competencia es más eficaz a la hora de evitar pérdidas y ofrece primas más competitivas, podría robarle parte del negocio. Por eso, a pesar de las extravagancias de nuestro protagonista y a su interés por dedicarse a investigar casos de muy dudoso resultado, el jefe no se atreve a prescindir de él: «Te despediría si no supiera que te contrarían en la Prudential», le dice con una media sonrisa en la cara. Y así, medio en serio medio en broma, es como Siodmak añade al negro algunos tintes de color, mezclando la pureza del género con la enrevesada maraña de anhelos e intereses propios de la sociedad de su época, que son también de la nuestra.

 

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Posted by Javier Abellán

Economista por la Universidad Complutense de Madrid e investigador contratado en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma universidad. Anteriormente ha sido becario en el Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda de España.

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