Lisístrata rediviva: mujeres en huelga dentro y fuera del cine

«Lisístrata», obra clásica de Aristófanes, sirve a Radu Mihaileanu para retratar la inequidad de género y la precariedad del agua en su filme «La fuente de las mujeres».

 

Algo tiene el nombre de Mérida que parece otorgar a las ciudades que lo reciben un porvenir marcado por el cultivo de las artes y las ciencias. Así sucede con la Mérida mexicana, primera Capital Americana de la Cultura y única ciudad que puede enorgullecerse de haber ostentado dicho título en dos ocasiones, tras volver a recibir la misma distinción el pasado año. Lo mismo ocurre con la Mérida española, Patrimonio Mundial, sede desde 1933 del que quizás sea el más afamado festival de teatro clásico grecolatino del mundo. Y es que, ¿cómo podría el espectador no rendirse ante la escena cuando la obra, sea cual sea, se representa sobre un escenario sin igual, levantado en tiempos del emperador Augusto? Cuando uno se sienta en el graderío del teatro romano de Mérida, percibe una íntima conexión con ese pasado del que tantos somos herederos a ambos lados del Atlántico. Parece uno sentirse más romano, o sentir a los romanos más nosotros. Una sensación, desengañémonos, basada más en afanes que en realidades, pues es sabido que a los romanos, como a nosotros, les gustaba más el circo que el teatro. Dejamos de ser romanos precisamente cuando pretendemos serlo.

En ese marco incomparable que brinda el teatro romano de Mérida, se representó, en el año 2010, la obra Lisístrata, del dramaturgo griego Aristófanes. Trata sobre una mujer, la que presta su nombre al título, que, decidida a poner fin a la guerra entre atenienses y laconios, propone a todas las féminas de ambos bandos llevar a cabo una huelga sexual, esto es, abstenerse de mantener relaciones íntimas con sus maridos hasta que estos cesen las hostilidades y firmen la paz. El argumento invita inmediatamente a la sonrisa a quien lo desconoce, y es esta clave cómica la que explota Aristófanes: los varones, atenienses y laconios, erectos todos, acabarán aceptando las demandas de las mujeres a cambio de que estas salgan de la Acrópolis de Atenas, donde se habían encerrado, y vuelvan a yacer con ellos.

No pocos se lamentan de que sea esta obra, una comedia, a ratos ciertamente chabacana, la que ostente el honor de haber reunido a un mayor número de espectadores en la ya larga historia del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Ya saben: los aristócratas de la cultura suelen preferir el drama; y el hecho de que Lisístrata arrebatara el primer puesto a otra obra cómica, el Miles gloriosus, de Plauto, no hizo sino reafirmarlos en la sospecha de que no hay mejor garante de éxito entre la plebe que abundantes dosis de simpleza y obscenidad. Sin embargo, algo más debe de tener la obra de Aristófanes, que cautiva al público de hoy: una versión anterior, representada en 2007, ocupa el tercer puesto en la clasificación de obras por número de espectadores, y hace tan solo dos años, en 2016, volvió a representarse a modo de ópera flamenca con el título La guerra de las mujeres. ¿Qué mejor acompañamiento para el levantamiento de Lisístrata que la profunda rebeldía del flamenco, tan bien retratada por los hermanos Carlos y Pedro Caba en el libro Andalucía: su comunismo libertario y su cante jondo? Puede que solo el rap se le aproxime: ahí está la canción Lisístrata, de la ya tristemente fallecida Gata Cattana.

Si la creación de Aristófanes, que ha conseguido mantenerse sobre los escenarios, con gran éxito de público, más de dos mil años desde su primera aparición, no se conforma con eso y da también el salto a la música, ¿cómo no iba a recorrer el sendero, tan frecuentado en nuestros días, que lleva del teatro al cine? En La fuente de las mujeres (Radu Mihaileanu, 2011) tenemos un ejemplo sobresaliente de la inmortalidad –y universalidad– de Lisístrata. La acción se sitúa en nuestro tiempo, en una pequeña aldea enclavada en algún lugar de Marruecos. Como es tradición, las mujeres se encargan del mantenimiento del hogar, lo que incluye el transporte de agua desde la fuente más cercana; esta se encuentra a varios kilómetros de distancia, al final de un camino pedregoso, en lo alto de una montaña. El trayecto tiene no pocos riesgos, y nada más comenzar la película somos testigos del peligro: de entre las mujeres que avanzan cargadas con cubos de agua, una de ellas, embarazada, resbala y cae, con tan mala fortuna que pierde al niño que llevaba en su vientre.

«¡Ha muerto otro niño en la montaña!», retumba en los baños donde las mujeres aprovechan para socializar al abrigo de las miradas de los varones. No es la primera vez que sucede. Leila, quien ha proferido el grito, lo sabe bien, pues ella misma perdió un bebé en ese camino que separa la aldea de la fuente. A sus compañeras les incomoda hablar del asunto, pero la joven se niega a aceptar que cosas así sigan sucediendo. Los hombres deben tomar conciencia de la injusticia que supone para las mujeres verse obligadas a realizar ese trabajo. Deben colaborar o, mejor, exigir al gobierno que canalice el agua hasta la aldea, como ya se ha hecho en otros lugares. El problema es que los hombres, exentos de tal obligación, no tienen ningún motivo para movilizarse. ¿Cómo lograr que se involucren? Leila encuentra entonces la manera: «Haremos una huelga de amor». Ningún varón podrá tocar a su esposa hasta que no hayan logrado traer el agua a la aldea. Y así, en una escena poderosa y evocadora, plagada de magistrales interpretaciones, Leila se convierte en una Lisístrata rediviva con acento magrebí.

Es fácil advertir el diferente tono de La fuente de las mujeres respecto a la obra de Aristófanes. Si en esta predomina lo cómico, en aquella el fundamento es dramático. El sempiterno atractivo de Lisístrata no se debe únicamente al humor procaz de su creador, sino que permite también una reapropiación moderna fundamentada en el empoderamiento de la mujer y su rebeldía frente a un mundo regido por las normas que establecen los varones. Es cuando menos dudoso que el dramaturgo griego plantease reivindicación alguna en lo que respecta al lugar de la mujer en la sociedad, como tampoco lo hacen sus personajes. Sin embargo, el mero reconocimiento de la mujer como ser capacitado para la reflexión y la toma de decisiones en materia pública («¿cómo hacéis estas cosas, marido mío, de forma tan estúpida?», se pregunta Lisístrata al oír a su hombre tratar asuntos de guerra) aporta material suficiente sobre el que sustentar una reinterpretación del clásico en clave feminista. Eso es lo que hace Mihaileanu en La fuente de las mujeres, al tiempo que relaciona, con buen criterio, la cuestión de la igualdad de género con otro de los temas más preocupantes de nuestro tiempo: el acceso sostenible y equitativo a un recurso natural tan básico como el agua.

Hace menos de tres años, en septiembre de 2015, los 193 países que forman parte de Naciones Unidas se comprometieron a alcanzar diecisiete objetivos –denominados objetivos de desarrollo sostenible– antes de 2030. El quinto de estos objetivos consiste en «lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y niñas». El sexto es «garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos». Quizás no por casualidad se sitúan estos dos objetivos uno junto al otro, y es que para el cumplimiento del primero, como nos enseñan Leila y sus compañeras, es indispensable la consecución del último.

Durante las últimas décadas se han logrado importantes avances en lo que respecta al acceso a fuentes seguras de agua potable: en 2015, último año para el que disponemos de datos, solo el 9% de la población mundial se veía privada del acceso a este tipo de servicios. La cifra global, sin embargo, esconde importantes disparidades: en el África subsahariana, el porcentaje de población sin acceso al agua se situaba en el 32%, y la situación es aún peor en los pequeños países insulares de Oceanía, donde el 44% de la población no dispone de fuentes seguras de agua potable. Si a esto añadimos las diferencias existentes entre la ciudad y el campo, es fácil advertir que la mayor parte de la población rural de las zonas más pobres del planeta se ve obligada a utilizar aguas contaminadas e insalubres, lo que redunda en altas tasas de mortalidad infantil.

La situación en África del Norte no es tan preocupante como al sur del Sáhara o en las islas del Pacífico: en 2015 solo el 7% de la población de la región no disponía de una fuente de agua potable cerca de su hogar. Pero, mala suerte, Leila y sus vecinos se encuentran dentro de este reducido porcentaje. Como se ha señalado, en cualquier país del mundo son los pequeños núcleos de población los últimos en conseguir un servicio de abastecimiento de agua de calidad, dado que no son rentables para las empresas privadas ni constituyen un caladero de votos interesante para los políticos a nivel nacional. El resultado es el que ya conocemos gracias a la película de Mihaileanu: los habitantes de estas aldeas se ven obligados a realizar largas caminatas para llegar hasta la fuente más cercana de la que brote un agua de calidad suficiente.

Hasta aquí las diferencias entre la ciudad y el campo, apuntadas en La fuente de las mujeres. Pero el filme va más allá y pone el acento en una injusticia añadida, más conspicua por la falta de agua y que se manifiesta en el mismo seno de la población rural: la desigualdad de género. Tradicionalmente –y esto ha ocurrido en todos los lugares del mundo– han sido las mujeres las encargadas de abastecer de agua al hogar, como parte de sus responsabilidades en el ámbito doméstico. Lo que en sí mismo constituye un acto de discriminación ve amplificados sus efectos allí donde el abastecimiento de agua requiere largos desplazamientos: las mujeres disponen de menos tiempo para integrarse en el mercado laboral y, lo que es aún más sangrante, las niñas disponen de menos tiempo para ir a la escuela. Ello incide de manera directa en las posibilidades de desarrollo personal del género femenino. Dos metas tan dispares a primera vista como el acceso al agua y la igualdad de género, por tanto, se revelan en la práctica estrechamente relacionadas. Los profesionales de la cooperación internacional para el desarrollo hace mucho tiempo que son conscientes de esta conexión y hoy es habitual abordar ambos objetivos de manera conjunta.

No basta, sin embargo, con ofrecer financiación para la construcción de infraestructuras hidráulicas. El ingenuo optimismo, confiado religiosamente en las bondades de la tecnología, choca de forma frecuente con una realidad amarga. Hoy sabemos que las instituciones, normas, comportamientos y costumbres sociales influyen sobremanera en las cuestiones más materiales y mundanas. También en el acceso al agua. La huelga de Leila y el resto de mujeres de la aldea no convencerá a los varones para que reclamen ante las autoridades un servicio digno a este respecto. Muchos de ellos preferirán procurarse una segunda esposa que esté más dispuesta al contacto carnal que la antigua. Y es que, si las huelguistas consiguen el agua corriente, no pararán ahí. Después querrán lavadoras. Y después, ¿qué tareas domésticas les quedarán por hacer? Querrán estudiar, trabajar… El modo de vida tradicional se perderá. Solo algunos hombres, la mayoría jóvenes y de mentalidad más abierta, lucharán por conseguir la atención del gobierno. Y será, paradójicamente, el miedo a esa misma revolución social, pero a escala nacional, lo que convencerá a los políticos de que hay que tomar cartas en el asunto antes de que esa ocurrencia de la huelga pueda llegar a extenderse.

Mihaileanu reinterpreta el mito lisistrático destacando su aspecto más severo y reivindicativo, pero rinde el debido tributo al clásico comediógrafo. La película está plagada de geniales retazos humorísticos, como el momento en el que llega a la aldea una cáfila de turistas, ante los que las mujeres se disponen a cantar y bailar: aprovechan para recriminar a sus maridos entre cánticos, y ellos no pueden hacer otra cosa que aplaudir y sonreír, fingiendo folclorismo ante los visitantes que no entienden ni jota de la bella lengua magrebí. Es una lástima que estas mujeres no logren encontrar el amor de sus maridos en las palabras pronunciadas en su idioma y deban recurrir al español para expresar en voz alta sus anhelos. Vocalizan exquisitamente el «te quiero» que escuchan en las telenovelas mexicanas, y una de ellas cambiará su nombre, Loubna, por el de Esmeralda, la protagonista del culebrón. Solo así podrá cerrar los ojos y oír que alguien le dice: «Te quiero, Esmeralda».

Fuera de la pantalla, en las calles y plazas de todo el mundo, las mujeres también se declaran en huelga. En 2016, tras varias iniciativas de carácter local, se institucionalizó a nivel global el movimiento que vendría a denominarse Paro Internacional de Mujeres. El 8 de marzo de 2017, Día Internacional de la Mujer, se convocó la primera huelga laboral para exigir el fin del acoso sexual, de la violencia de género y de la discriminación salarial. El seguimiento fue desigual, los sindicatos la apoyaron con reticencia o incluso la desdeñaron, por lo que consistió fundamentalmente en paros informales. No obstante, la iniciativa alcanzó gran repercusión en Argentina. Y hace tan solo unos días, cuando el calendario volvía a marcar el 8 de marzo, fue España la que dio la campanada. El Paro Internacional de Mujeres se consolida y esta vez han sido los principales sindicatos españoles los convocantes de la huelga –cosa que no ha sucedido en la mayoría de países que la apoyan–, lo que le ha otorgado una dimensión sin precedentes. Primero Argentina y después España… Las mujeres hispanas parecen estar decididas a encabezar el movimiento feminista del siglo XXI. En algunas de sus manifestaciones se oye la Lisístrata de Gata Cattana.

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Posted by Javier Abellán

Economista por la Universidad Complutense de Madrid e investigador contratado en la Facultad de Ciencias Económicas de la misma universidad. Anteriormente ha sido becario en el Instituto de Estudios Fiscales del Ministerio de Hacienda de España.

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