AMLO o la contradictoria continuidad del capitalismo

AMLO no es un socialista ni el gran transformador que pregonan sus seguidores. A partir de un análisis del proyecto de nación de Morena, Alejandro De Coss sostiene que López Obrador representa una contradictoria continuidad del capitalismo, donde las fuerzas del mercado son atemperadas por el estado.

En los debates sobre la candidatura de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), la crítica a menudo tiene un rostro paupérrimo. Se reciclan los mismos argumentos sobre un supuesto terror tropical, una afrenta final a una democracia sana y a un país que, salvo por la enorme desigualdad, la guerra sin fin aparente, la descarada corrupción y la voracidad neoliberal, marcha bastante bien. Sobra decir que ante la distancia que existe entre esos análisis y la realidad inmediata de millones de mexicanos, esta narrativa no parece tener demasiado éxito. La imagen del país que AMLO presenta, que es la de un estado capturado por una mafia que lo usa para su beneficio exclusivo, es bastante más coherente y atractiva. Al menos así lo muestran las encuestas que lo ponen a una cómoda distancia de Ricardo Anaya, su más cercano competidor.

Aquí quiero afirmar que hay espacio para otro tipo de crítica hacia la candidatura de AMLO y el proyecto del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena). No me interesa desarrollar argumentos huecos sobre supuestas tendencias autoritarias o intereses monárquicos. Me parece que hay poco por ser ganado ahí. En cambio, considero que mucho más se puede aportar si la crítica se enfoca menos en la figura de AMLO, torcida hasta lo irreconocible por detractores y promotores, y más en el proyecto de nación que Morena ha propuesto. Este es un documento largo, con 461 páginas. En él hay propuestas variadísimas, que van desde la ganadería hasta las cuestiones de seguridad nacional. Otras tantas políticas públicas que valdría la pena discutir, como la muy mencionada amnistía que se daría en el marco de la guerra contra el narcotráfico, no se encuentran ahí. Muchas de las formas en las cuales AMLO imagina el futuro de México exceden el contenido del documento.

Aquí me enfocaré solo en dos aspectos de las propuestas del candidato de Morena. Una se refiere a la idea de estado que AMLO ha articulado. Esta es una que lo imagina como mediador entre clases sociales, reconciliando intereses que serían opuestos. La otra es la que se refiere a los imaginarios infraestructurales del proyecto de nación, en particular en la cuestión hídrica. Ahí, el proyecto imagina a la naturaleza y al espacio como objetos enteramente manejables y al estado como el rector de su transformación en la búsqueda de ampliar el circuito de acumulación capitalista. Mi argumento será que, lejos de la radicalidad que se la ha asignado, sea como virtud o peligro, el proyecto que AMLO encabeza promete la continuidad del capitalismo en México, aunque con algunos cambios y frenos. Estos, agrupados en la idea de populismo, pueden explicar cómo las contradicciones del proyecto se resuelven, pero, sugiero, esta solución solo puede ser temporal bajo las premisas aquí analizadas.

 

El estado en el proyecto presidencial de Morena: mediación y conflicto de clase

 

Lo que queremos es que el gobierno represente a todos. Así como hubo la separación en su momento del Estado y de la Iglesia, porque a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, así se necesita ahora una separación del poder económico del poder político, y que el gobierno represente a todos, eso es lo que propongo.

Andrés Manuel López Obrador, 3 de mayo de 2018

 

Poco hay de izquierda radical en el epígrafe de esta sección. No hay rastros bolivarianos, ni llamados a una encarnizada rebelión de la clase trabajadora y los condenados de la tierra. Lo que AMLO propone no es nada sino el sueño burgués liberal de un estado que funcione para todos. El aparato gubernamental no como representante de una clase u otra, sino como un árbitro. El conflicto de clases mediado y sublimado en el estado, sus representantes y sus instituciones. Los desaforados gritos que repiten como mantra «¡Venezuela! ¡Venezuela!» son bien desinformados, deliberadamente manipuladores, o resultado de la firme convicción de una élite dominante que rechaza ver tocado cualquier interés propio. El estado ya no como el comité que defiende los intereses comunes de toda la burguesía, sino de un reducido sector de esta.

En este contexto, la propuesta que AMLO pone sobre la mesa parece representar al resto de la burguesía mexicana, esa que ha quedado crecientemente fuera del reparto de los bienes y propiedades del estado, sin negar que de ello se han beneficiado en los últimos treinta años. Ahí están Alfonso Romo, coordinando el proyecto de nación de Morena, o Tatiana Clouthier como su carismática vocera. Ambas son figuras que vienen de la burguesía norteña, la que durante mucho tiempo ha representado, al menos en su imaginario, a la burguesía nacionalista, apoyada por los gobiernos priistas de mediados del siglo XX, aunque de formas diferenciadas e inconstantes. La promesa, o propuesta, de separar al poder económico del político sería aquí una que avisa a los empresarios: restauraremos al comité para defender los intereses de toda su clase y no solo la de los allegados a Enrique Peña Nieto, la vilipendiada «mafia en el poder».

El sueño de AMLO es uno donde la corrupción es expulsada del proceso de acumulación de capital. Una idea por demás noble que pone el dedo sobre la voraz forma en la cual un sector de la burguesía mexicana se ha apoderado del estado y sus negocios en los últimos treinta años. Una crítica simple, pero efectiva, que apela a muchos mexicanos, cansados de observar que no existen consecuencias para desvíos millonarios de dinero público, contratos a modo que enriquecen a proveedores que no tienen mayor mérito que el ser amigos de la persona correcta, entre tantas otras prácticas que desnudan la función del estado mexicano contemporáneo. Separar al poder económico del poder político significa aquí la posibilidad de restaurar al capitalismo a un estado de funcionamiento óptimo, uno que no existe más que en teorías que solo viven distantes de la práctica.

La corrupción no es un exceso maligno del capital, que puede ser removido quirúrgicamente, sea a través de una institución o la voluntad del gobernante en turno. Es una parte consustancial al proceso de acumulación de aquél, que cobra distintas formas en función del sitio que ocupa determinada unidad económica en una red global de relaciones de producción y consumo. En México, la corrupción es visible como un proceso que determina las formas en las cuales el estado produce el espacio, como ciertos sectores de la burguesía maximizan sus ganancias, y la forma en la cual el proceso de acumulación excede cualquier voluntad regulatoria. En los centros de la economía global la corrupción también es parte central del proceso de acumulación. Los grandes bancos blanquean dinero en Londres o Nueva York; las fortunas de los oligarcas globales tuercen a placer cualquier reglamentación urbanística, creando ciudades desiguales que son materialización de la corrupción a escala global. Lejos de ser una externalidad al capitalismo, la corrupción le es intrínseca.

Cambiemos el tono. Asumamos, al menos por un párrafo, que es posible separar a la corrupción del capitalismo, así como es posible separar al poder económico del poder político. ¿Qué le queda ya no al burgués, sino al trabajador? Su único recurso sigue siendo vender su fuerza de trabajo. Puede tener la promesa, hecha también por Morena, de un incremento salarial, y la certeza de que no habrá más seguridad social que esa. Los impuestos a los empresarios continuarán bajos, como el mismo proyecto de nación menciona. La dinámica de acumulación no solo no desaparecerá, sino que será fomentada. El estado no buscará intervenir en la economía, salvo para promocionar ciertos sectores industriales en un marco capitalista. En la cuestión sindical, AMLO se ha pronunciado a favor de la democracia en el sector. Sin embargo, el proyecto de nación no hace mención alguna a la libertad sindical o cualquier tema relacionado de forma concreta, y cuando lo menciona, se refiere únicamente al sector petrolero. Cuando se mencionan conflictos laborales, se dice que grupos de expertos propondrán soluciones para estos. En el documento, la clase trabajadora sigue siendo objeto de control y no un grupo capaz de representarse a sí mismo. En la separación del poder político y el poder económico, los obreros son arrojados debajo de las ruedas del capital, aun cuando este quiera ser representado como uno justo y limpio.

Parece entonces que la radicalidad del proyecto de Morena es una que se puede identificar como burguesa. El que exista un acercamiento a distintos grupos religiosos, representados no solo por el Partido Alianza Social (PES), sino también por sacerdotes como Alejandro Solalinde, habla de un arreglo burgués que va más allá de lo liberal. Esto no debe ser visto necesariamente como un acercamiento a la iglesia como institución, sino a su función en la organización de la sociedad y como una cuestión de fe profesada de forma individual. Esta sería una que se identifica como definitoria del pueblo al que Morena busca apelar y, por tanto, objeto de representación discursiva y política. Un error común es asumir que esta ruptura del imaginario liberal implica necesariamente una ruptura en la continuidad de la política burguesa. Esta continúa, aunque presente algunos tímidos rasgos keynesianos, mezclados con nociones clásicas del estado como mediador del conflicto de clase. Despojado el capitalismo de la corrupción, podría –ahora sí– ser el detonador del progreso y la modernidad en México. El trabajador debe, por lo tanto, ponerse del lado del burgués nacionalista y honesto por la grandeza de México y en contra de sí mismo.

 

Los imaginarios tecnopolíticos de Morena: naturaleza, capitalismo y estado

 

La propuesta fiscal del Proyecto de Nación establece como su primera prioridad el coadyuvar a la estabilidad macroeconómica, a través de unas finanzas públicas en equilibrio, sin aumentar las tasas impositivas ni crear nuevos impuestos, ya que la mayor parte del ajuste fiscal va a provenir de la nueva política en materia del gasto público.

Morena, Proyecto de Nación, p. 149

 

 

Si en el imaginario del estado como espacio de representación Morena apuesta por un imposible equilibrio entre clases con intereses divergentes, ¿qué nos dice su imaginario tecnopolítico e infraestructural sobre el país que quisieran construir? Me parece que la respuesta no es absolutamente clara, al menos si consideramos las tensiones que hay dentro del Proyecto de Nación del Movimiento. Ahí, las propuestas oscilan entre la continuidad en materia fiscal y macroeconómica, al tiempo que adelantan cambios en el rol del estado y su relación con la economía y el medio ambiente. El Proyecto parece emerger de un compromiso entre sectores diversos, que hoy están dentro de Morena, pero que provienen de trayectorias históricas distintas. Sin embargo, considero que, a pesar de estas diferencias, es posible hacer una crítica concreta al Proyecto de Nación en, al menos, dos aspectos relevantes: la cuestión fiscal y la política industrial y de infraestructura.

La política fiscal que Morena propone es una que ofrece continuidad. Explícitamente menciona que su intención es seguir por el camino de disciplina fiscal que caracteriza a los supuestos de la economía neoliberal. La apuesta para lograr un desarrollo más justo no se finca en la creación de impuestos nuevos hacia las élites del país, sino en el cobro eficiente de los ya existentes. De igual forma, se deja claro que no habrá una política de endeudamiento, sino una centrada en el superávit fiscal. Una mayor igualdad no sería entonces resultado de una política de redistribución ni de inversión proveniente de la deuda. El arreglo fiscal que favorece a la oligarquía nacional está a salvo, pero se les pide encarecidamente a los oligarcas que, ahora sí, paguen lo que deberían. No queda claro cómo es que esta política de cobranza se haría efectiva. No hay menciones concretas de la cuestión del perdón fiscal. No se habla de los impuestos como una medida de justicia social; aparecen más como un inconveniente que debe ser minimizado. No hay rastro del castrochavismo que muchos de los detractores del proyecto encabezado por AMLO utilizan como limitado argumento una y otra vez.

Eso no quiere decir que la continuidad sea absoluta, o que no existan líneas para marcar una diferencia con las políticas actuales. Así lo menciona el mismo proyecto, al afirmar, entre otras cosas, que se buscará crear un fondo mixto –público-privado– para «detonar» proyectos de infraestructura en el país, principalmente en el sur. La idea del fondo otorga mayor presencia al estado, quien, de la mano de los bancos, se encargaría de desarrollar grandes proyectos que serían después licitados a actores privados. Los fondos, en parte, provendrían de un ahorro en el gasto burocrático y de lo recuperado a través de la supresión de la corrupción. De igual forma, la presencia del estado es también clara en lo que se refiere a la política industrial; su mera existencia es ya indicativo del nuevo arreglo propuesto. Aquí, Morena plantea abiertamente romper con la inercia neoliberal, para lograr construir una industria mexicana que se fundamente en el desarrollo de tecnología, la creación y fortalecimiento de empresas mexicanas y la expansión del mercado interno. Lejos de ser una colección de medidas socialistas, el proyecto de nación de Morena es decididamente capitalista –tal vez mucho más que el de los opositores al mismo.

El imaginario económico del proyecto de Morena se perfila aquí de forma clara. A pesar de la continuidad en cuestiones fiscales y macroeconómicas, propone un rol distinto para el estado, en particular a través de la creación de una política industrial y del desarrollo de infraestructuras. Me gustaría centrarme, por ahora, en este último punto. Destaco dos propuestas concretas que el proyecto de nación esboza. La primera se refiere a la creación de una Zona Estratégica Norte. Esta sigue la lógica de las zonas económicas especiales, mencionando como ejemplos globales a las de Shenzhen o Suzhou en China (p. 172, con una ortografía alternativa). De igual forma, las propuestas se refieren a las Zonas Económicas Especiales, propuestas por la administración de Peña Nieto, como proyectos que «tienen en general el contenido correcto de incentivos a la inversión y el empleo» (ídem), pero que han sido planteados de forma errónea en términos geográficos. Aquí, el estado se vuelve garante del beneficio privado a través de la transformación del espacio en función del capital.

La infraestructura también juega un papel central en el futuro imaginado del sur-sureste del país. Entre los varios proyectos específicos que contiene el documento que presenta las propuestas de Morena para 2018-2024, destaco tres: el «Tren Turístico Transpeninsular» (pp. 239-241); el proyecto de autosuficiencia hídrica y otros relacionados al tema del agua (pp. 242-249), y el «Corredor Transístmico para el Desarrollo Integral del Istmo de Tehuantepec» (pp. 254-265). Los tres comparten, argumento, una visión del desarrollo y el progreso eminentemente capitalista, apuntalada en visiones modernas sobre la producción de la naturaleza y el espacio. En ellas, el estado es un promotor de las actividades transformadoras del capital, permitiendo y guiando su inversión para maximizar la apropiación de recursos naturales y mano de obra, para vincular regiones antes lejanas y, así, acelerar y profundizar el ciclo de acumulación de capital. El espacio aniquilado por el tiempo, como alguna vez escribió Marx.

En estos proyectos, existen narrativas que resultan más provechosas de analizar al intentar comprender qué tipo de país imagina el plan de Morena. Como mencioné antes, la propuesta parece ser construir al estado como un entramado de instituciones y políticas que fomenten la transformación del espacio para el desarrollo del capitalismo. Este proceso tiene varias aristas. Una es la del desarrollo del turismo; otra más involucra la creación de infraestructura hidráulica para la producción agrícola y el desarrollo urbano, y la última involucra la transformación total del territorio en el Istmo de Tehuantepec, contemplando la construcción de nuevas ciudades, así como la ampliación de aeropuertos y puertos en la zona. Una de las cosas que une a estos proyectos es la presencia del estado como ordenador del territorio y productor de relaciones socio-espaciales, como una forma de geopoder (Parenti, 2014) institucionalizado.

Esta función del estado no ha cesado de existir. No es un elemento del que pueda despojarse, para volverse simplemente un mediador entre actores económicos supuestamente independientes. El estado siempre es parte del ordenamiento territorial, aunque quienes ejercen su poder pretendan negar esta cuestión. Durante los últimos tres sexenios, esto ha sucedido a través de la promoción de la minería a gran escala, de la privatización de la industria petrolera o de la creación de las Zonas Económicas Especiales, entre otras cosas. Aquí, el estado pretendía dar un paso atrás, pero sin su continua presencia no solo en materia jurídica o de seguridad, sino también de regulación (o desregulación) económica (Mitchell, 1998), los beneficios exorbitantes de las compañías que explotan el territorio serían imposibles. En todo caso, la función imaginada en el multicitado proyecto cambia. El beneficio supuesto sería nacional, compartido por trabajadores y capitalistas por igual, una cara más de la propuesta imposible del estado como perfecto mediador del conflicto de clases.

El imaginario infraestructural del proyecto de Morena es uno donde el espacio es legible por completo. El territorio está ahí para ser producido a través del despliegue de la ciencia y la tecnología. Las ciudades se erigen, totalmente planeadas; las regiones se diseñan, como ya lo hicieran en Estados Unidos a principios del siglo XX (pp. 257-258), y el estado garantiza que esto suceda de forma eficiente y equitativa. Las cuestiones de autonomías posibles y reales en dichos territorios no son discutidas. Las críticas ecológicas al capitalismo no son tomadas en cuenta. Si en algún lugar el pasado aparece en el proyecto de nación, podría ser aquí. Ese pasado es el de la modernidad capitalista, en la cual el cambio climático, la idea de la finitud de los recursos o la posibilidad de una relación sociedad-naturaleza distinta no son cuestión central. Incluso cuando se habla del desarrollo forestal (pp. 362-365), la visión que impera es una productivista, donde la función de la naturaleza es servir al fin último de la acumulación de capital. El estado funcionaría, en esta visión, como el mediador perfecto que impediría los conflictos territoriales que caracterizan al capitalismo, sin cesar en la transformación capitalista del espacio. Es el sueño de un capitalismo sin fricciones ni problemas, que sea justo para explotados y explotadores por igual.

 

Reflexiones finales: el pueblo y el futuro del capitalismo en México

En materia económica y de infraestructuras, el proyecto de nación de Morena ofrece ralentizar el momento neoliberal sin proponer abandonar sus políticas públicas centrales. Esto es especialmente claro en lo que se refiere a las cuestiones macroeconómicas y fiscales. En ambos casos no se ofrece más que continuidad de las políticas actuales: superávit, austeridad y no a la ampliación de la base fiscal tasando a las personas físicas y morales que presenten mayores ingresos. En este sentido, el proyecto no es siquiera socialdemócrata; mucho menos presenta algo de la radicalidad que los detractores de la figura de AMLO utilizan como arma en una batalla que parece que perdieron hace tiempo. El cambio viene con las propuestas de desarrollar un mercado interno, de fortalecer el rol del estado o de crear políticas industriales concretas. Medidas todas que aspiran no a ofrecer alternativas al desarrollo capitalista, sino a apuntalarlo, aceptando que algunas de sus consecuencias más negativas deberían ser contenidas.

La capacidad de reducir estas consecuencias se puede poner en entredicho. Algunas de las medidas contenidas en el proyecto responden a una serie de acciones estatales insostenibles si no se modifican las prácticas fiscales y macroeconómicas antes mencionadas. Por ejemplo: desarrollar un plan hídrico basado en la construcción de grandes infraestructuras por parte del estado no es posible sin la contratación de deuda a gran escala. Si no se utilizan estos mecanismos, cosa descartada en el proyecto de nación, entonces la forma de hacerlo implica la participación de actores privados que se beneficiarían de estos proyectos. Si la cuestión es fortalecer la propiedad pública, en manos del estado, entendida como una que representa a una nación mexicana unitaria, el plan parece encontrar obstáculos importantes, aun antes de ser puesto en marcha. Incluso sin considerar las cuestiones de los conflictos por el territorio –incluyendo la construcción de autonomías– y lo relacionado al tema medioambiental, los imaginarios infraestructurales de Morena parecen atrapados en una serie de contradicciones, propias de un programa de desarrollo capitalista.

Esto me lleva al punto con el que quiero concluir este texto. Las contradicciones en materia de economía política en el proyecto de nación no se resuelven dentro de este. No podría ser así. No se espera que un proyecto capitalista sea absolutamente coherente. Esas pruebas lógicas existen tal vez solo en los modelos que han guiado la debacle neoliberal por los últimos treinta años. Su resolución debe ocurrir entonces en otro campo. Considero que ese es el de la política como conflicto narrativo, un campo en el que la coalición que encabeza AMLO actualmente parece estar venciendo. La oposición entre el pueblo y la mafia en el poder ha cobrado mayor fuerza que en anteriores ocasiones, en particular ante la evidencia sustancial del uso del estado para la satisfacción de los intereses y caprichos de una élite sin escrúpulos. Los múltiples escándalos que rodean a la administración de Enrique Peña Nieto y a su partido, el Revolucionario Institucional, dan solidez al discurso de Morena, presentando a AMLO como una opción que irrumpe en ese mundo de acuerdos a puertas cerradas y manejos discrecionales del estado, su presupuesto y sus instituciones.

El pueblo que está siendo construido está también plagado de contradicciones, pero estas no anulan la supuesta oposición fundamental entre la mafia en el poder y las bases que siguen a AMLO y su proyecto. La forma específica en la cual este proceso está siendo desarrollado merece un análisis mucho más profundo y detallado del que yo podría elaborar aquí. Sin embargo, debe considerarse como parte integral de la potencial victoria electoral en los comicios venideros y como aun más que eso. Sugiero que es a través de la figura del pueblo que se pueden resolver, temporalmente, las contradicciones que surgen de promover un proyecto abiertamente capitalista, con aspiraciones no solo a frenar parte de la vorágine neoliberal, sino a armonizar los intereses de patrones y trabajadores, de grupos conservadores y sectores liberales, entre otros.

Al lado de la idea de nación, el pueblo se convierte en un sujeto de la historia flexible, que es capaz de ensancharse o encogerse de acuerdo a las necesidades del gobierno en turno, difuminando las diferencias que necesariamente lo constituyen. Ahora, responde al objetivo necesario de sacar del poder a un sector particularmente rapaz de la burguesía mexicana y global. Restará ver si su plasticidad es tal que pueda soportar el necesario desencanto de proponer, y no lograr, la armonía de explotadores y explotados en un nuevo ciclo de acumulación de capital en México. Será entonces cuando el pueblo se enfrente a la materialidad de las políticas infraestructurales y de las prácticas de gobernar que Morena buscará implementar si su victoria al fin sucede este 1 de julio. Veremos si la voluntad de desarrollar una segunda fase del estado como administrador último de la naturaleza, la sociedad, el progreso y el futuro es la farsa que sigue a la tragedia.

 

REFERENCIAS

-Timothy Mitchell, Fixing the Economy. Cultural Studies, 1998, pp. 82-101.

-Movimiento de Regeneración Nacional, 2018. Proyecto de Nación 2018-2024, s.l.: Morena.

-Christian Parenti, The Environment Making State: Territory, Natura and Value, Antipode, 2014, pp. 829-848.

 

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Posted by Alejandro De Coss

Alejandro De Coss (Ciudad de México, 1984) es licenciado en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Es también maestro en Sociología por la London School of Economics and Political Science (LSE) en el Reino Unido, donde actualmente cursa un doctorado en la misma disciplina. Su investigación explora el proceso de urbanización del agua en la Ciudad de México a través de un análisis etnográfico e histórico de las infraestructuras que componen al Sistema Lerma.

  1. Alejandro Cortes Junio 9, 2018 at 3:11 pm

    Excelente articulo mi estimado Alejandro, es verdad que mucha gente, pero no toda ve en este triunfo la solución de sus problemas. Las cosas seguirán igual tanto para mí como para ti como para el común de los mexicanos, Considero que este control de la corrupción que aclaro no una erradicación al 100% porque como bien apuntas es parte inherente al poder y la acumulación de riqueza, daría oportunidades a un determinado sector económico burgués a crecer, y pienso yo a la creación de más fuentes de empleo.
    El neoliberalismo desenfrenado esta causando en esta época situaciones de desigualdad social más acendradas. En México vemos grandes construcciones, edificios adornando una ciudad que va cambiando de aspecto pero que en su estructura político/social va empeorando a comparación si lo vemos, a otros países. Y no hace falta verlo en otros países simplemente con consultar nuestro bolsillo vemos que el dinero de hoy no vale lo mismo que el de ayer y las diferencias entre los diversos sectores de la sociedad se hacen mayores por los niveles económicos que determinan la distancia entre los integrantes de esta sociedad haciendo percibir a cada sector una situación económica del país diferente.
    Concluyo estoy de acuerdo contigo en que a sociedad es cambiante y a través de la historia responde a determinadas condiciones, veremos la implementación de el proyecto 18 y su evolución, lo que tendrá que enfrentar y la respuesta tanto del sector burgués como del ciudadano común. Hablar de tragedia es adelantar muy pronto hechos, aunque si la estructura neoliberal y para beneficio de pocos mantiene ese poder en este sexenio tal vez el desencanto sea pronto, Pero nos toca como sociedad y a diferencia del seudo cambio de Fox en el que la sociedad celebro y ahí acabo todo porque seguimos con el mismo gobierno, pero con otras siglas. En este habrá que esperar una verdadera participación ciudadana y que dure lo que tenga que durar… Un saludo y ¡excelente articulo!

  2. Eric Hernández Junio 8, 2018 at 6:16 pm

    Bueno, lo de que no es socialista lo sabemos sus seguidores desde hace mucho, los que no lo saben al parecer son sus detractores que insisten en decir que es Chávez y demás cosas.

    Saludos.

  3. Rubén Jiménez Ricárdez Junio 5, 2018 at 12:22 am

    Qué texto tan pobre. Construir un adversario para “criticarlo” por ser lo que nunca se ha propuesto, es pueril y de aficionados. El autor descubre el agua tibia: “el proyecto que AMLO encabeza promete la continuidad del capitalismo en México”, y cuando ha dicho él otra cosa? En dónde propuso instaurar un modo de profucción no capitalista? Puras patrañas y ganas de epatar a los hermanos de “izquierda radical”.
    Voataré por amlo porque, con el país inundado de sangre, repleto de fosas clandestinas, con miles de desaparecidos; en crisis económica, política, de seguridad y, casi, de identidad, es fundamental evitar que ganen el pri o el pan-prd, responsables directos de la catástrofe.
    Votaré por amlo porque, aun sin haber ganado las elecciones, el inmenso apoyo a su candidatura, y la posibilidad cada vez más clara de su victoria electoral, han comenzado a resquebrajar las redes de poder que han operado en México desde hace más de cien años.
    Votaré por amlo porque comparto la esperanza de millones de mexicanos, más inteligentes que el desnorteado autor de este lamentable texto.

  4. Estimado Alejandro,

    te agradezco nuevamente por compartirnos tu opinión de manera tan objetiva. Me ha parecido que mucho de esto podría hacérsele ver al partido de Morena como un área de mejora. Tu conclusión, sin embargo, me parece pesimista… un final abierto. No me permite entrever una postura que podría adquirir el ciudadano en las elecciones venideras, solo una advertencia de que es probable que este partido no logre esta armonía que propone y entonces seamos súbditos de políticas neoliberales controladas por el Estado. En definitiva tus puntos son válidos, pero ¿entonces? ¿Qué puede hacer el ciudadano para enfrentar estos huecos que existe en un plan que en definitiva pretende concretar la paz de manera integral? Ojalá estas palabras lleguen a ti y puedas contactarme para platicar.

  5. Este es el tipo de contenido crítico que se debería distribuir. Tantas gracias!

  6. Me parece un muy buen articulo, y que nos demuestra en base a partir del la narrativa del proyecto de nación de Morena, los limites previsibles del mismo en las cuestiones abordada: La propuesta Fiscal y los principales proyectos de infraestructura,los cuales van en consonancia con un Neo-Liberalismo hasta cierto punto acotado y que presume responsabilidad de los grandes capitales en varias cuestiones, principalmente las impositivas y la transparencia en materia de contratos con el estado, yo añadiría aunque nos se toca y no estoy enterado que también habrá cierta reversa en la lesiva Reforma Laboral, a fin de mejorar los contratos y prestaciones de los trabajadores y en en la mas rigurosa aplicación de las leyes referentes al medio ambiente, que los industriales suelen brincarse al amparo de moches o mordidas.. Yo en lo personal espero lo que creo muchos esperan dentro de la mermada clase media, reducción -que no puede ser sino gradual y progresiva- de violencia, corrupción, impunidad, delincuencia y de la pobreza como generadora de algunas de estas lacras sociales, lo demás será ganancia…, ahora también espero que el gran capital y los demás actores sociales , económicos y políticos que se vean afectados por las nuevas medidas y reformas, van a obstaculizar por todos los medios a su favor el avance de dichos planes, no habrá “Pacto por Mexico”, que fue en el fondo un pacto a favor de la corrupción, impunidad etc…, le llenaran de piedras, lodo y escombro el camino, e incluso dadas las conexiones entre políticos y narcos, aquellos pudieran utilizar a estos para incrementar la violencia, pero no nos queda de otra, seguir con los que han llevado al país a este estado de cosas seria un suicidio anunciado…..!

  7. Demoledora reflexión final.

  8. Jorge E. López H. Junio 1, 2018 at 10:44 pm

    Excelente análisis Alejandro! Sólo permíteme un comentario: la propuesta de Morena me parece mediatizada por la influencia de gentes como Alfonso Romo. La lectura de varios libros de Obrado dejan entrever un deseo de mayor control estatal del que sugiere el Proyecto de Nación de Morena. Disciplina fiscal y obediencia macroeconómica sólo si se beneficia el Estado. Es decir, la superestructura se define mas desde dentro que por imposición externa desde el FMI o la banca mundial. Por otro lado, percibo igualmente menor tolerancia hacia la plutocracia evasora…

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