Leer en el trópico

Leer es una condición, un goce, pero de ninguna manera debe (ni debería) ser un imperativo. Brenda Ríos reflexiona sobre la lectura en este lúcido texto.

Brenda Ríos (1975) es una poeta, narradora y ensayista nacida en Acapulco. Ha publicado El vuelo de Francisca (2011), Empacados al vacío. Ensayos sobre nada (2013), Escenas del Jardín (2015) y Las canciones pop hacen pop en mí. Ensayos sobre lo ridículo, lo cotidiano, lo grotesco (2015). Entre otros reconocimientos y becas, obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano en 2013.

 

 

Brenda Ríos

 

¿Cómo empecé a leer? No tengo la menor idea. O bueno, sí pero no es ninguna historia edificante sobre la importancia de la lectura o de cómo esta me salvó de la pobreza o de la marginación o de mi vida «real». No creo que la lectura salve. Si acaso, ayuda a plantearnos otras historias que no son nuestras pero que parecen cercanas. Tan cercanas, que lo próximo se siente lejano. Leer es una condición, es decir, requiere constancia, entrenamiento, dedicación, voluntad, como si fuéramos gimnastas olímpicos. Pero mira, después de algunos años te puedo decir que si dejas de leer un rato, por decir que todo lo que lees no te emociona o no te parece relevante, también es válido. Luego regresarás al deporte, al ruedo, a la cancha. O no.

Bien. Mi papá leía novelas de Marcial Lafuente y mi madre leía desde Jazmín, Julia, Bárbara Cartland, Lágrimas y risas, hasta la revista Vanidades. Nótese quién leía más. No necesité ser precoz para darme cuenta de que ambos leían lo mismo: en las historias de vaqueros siempre había una mujer en problemas y un forastero rebelde que la salvaría y en las historias de amor una mujer que esperaba a ese ser único, varonil, apuesto, que la llevaría a una mejor vida. Mientras tanto, yo era la persona a quien mandaban al puesto de periódicos a comprar todo eso –para mí, unas historietas–. Me di cuenta de que mis cómics me duraban muy poco porque había poco diálogo en los dibujos. A escondidas leí muchos años, libro bajo la almohada, la lectura de mis padres. Era mejor leer muchas palabras sin dibujos. Y me duraban más.

Mi papá tenía amigos extranjeros. Gringos y canadienses. Durante muchos años creí que los únicos que leían en el mundo eran los extranjeros. Solo ellos compraban libros. A mí me tocaba verlos en los hoteles, en las albercas, leyendo libros gordos que no parecían historias de amor. Y así llegó a mis manos un libro que me cambió la vida. Ya antes había leído, prestado, El corsario negro de Salgari, que amé como podía amar una niña a una persona que no conoce. Lloré al final y me quedó una tristeza por días, semanas. Por respeto a mi duelo, no volví a leerlo. Leí mucho de los diezmados libreros de mis tíos, pero no había tenido un libro solo para mí.

Ese libro llegó y fue un bestseller: El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel. Se lo había regalado Laurie Gauthier, un canadiense, a mi mamá. Yo debía de tener once años y, como quería leer ese libro, mis padres discutieron. Mi papá se oponía a que yo lo leyera, pues contenía escenas de naturaleza sexual. Mi madre debatió: era mejor que yo supiera de una vez cómo eran las cosas. Mi madre ganó y yo gané. El canadiense me regalaría los otros libros de la saga. El último lo leímos mi madre y yo hace unos años; no es el último, nos faltan dos más. Yo debí haber sido arqueóloga porque la historia de la evolución me fascinaba, la descripción de la vida cotidiana en el Neolítico Superior, la caza del mamut, los ritos… Todo, yo amaba todo. Cada libro constaba de unas buenas 600-700 páginas y las devoré como habrienta, lo mismo que hacen ahora los adolescentes con Crepúsculo o con Los juegos del hambre. Y no los juzgo.

Mi madre adora a Danielle Steel, otro punto en común con nuestro amigo canadiense que amaba los bestsellers. Ellos juntos eran una especie de club del amor y del sacrificio lacrimógeno. Pero me hicieron bien. A la distancia que da el tiempo y el añejamiento natural, comprendí que es mejor crecer con gente que espera lo mejor de los otros, que cree en el bien intrínseco, que solo imaginar lo peor. Para eso está la universidad.

De niña le leí a mi hermano pasajes enteros de la Biblia. Me parecía un libro genial. Eran historias fantásticas. Comprendí que leer es algo que pasa de un lugar a otro para vivir, para recobrar su vida. El libro está dormido, sin que nadie lo mire, y descansa. Si vas y lo abres es como si le tocaras la puerta para salir a jugar. Y eso hice. David y Goliat, Sansón, son historias que permanecen; son mitos dramáticos que enseñan algo, muestran algo: alguien, un lector, está ahí para decirnos: «Este es el bien y mejor aprende cómo llevarlo a cabo, en qué lugar estar». Pero el mal, ay, ese mal triunfante es la fascinación. ¿Por qué vuelve la mirada la esposa de Lot, Edith, a Sodoma? ¿Por qué si les habían dicho que estaba maldita y les dan la oportunidad de salvarse? Fue la nostalgia, fue lo que ella conocía como verdadero, fue el amor a su ciudad. Un dios que castiga no es un dios para mí: eso marcó mi falta de religión.

Pero el Antiguo Testamento es literatura. Horror, erotismo, ambición política, historia de las ciudades, todo está ahí. Y sigo leyendo con ese visor. Mi personaje favorito hasta ahora es Job, este hombre –que solo tiene fe pero que es tan creyente que el mismo creador duda de él– es hermoso y puro, aun si tonto. Jung hizo un gran ensayo sobre él. Una diatriba imaginaria. Job es un héroe, incorruptible. Su entereza lo pierde. Y vaya que pierde. Por eso es un personaje amable: todos nos ponemos en su lugar y sufrimos. Eso es la literatura. Un otro espacio para sobrevivir.

Nací en Acapulco y ahí crecí. La única librería era la Librería Cristal donde los libros no se podían tocar. Y el Sanborns, donde solo llegaban best sellers y algunos de Tusquets y Alfaguara. Así leí, parada, esperando a alguien, libros enteros. Años después, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, mi vida cobró otro sentido. Pero también sé que los libros son un riesgo. Un día, en el auto, mi papá volteó a verme, íbamos en la carretera, y me dijo: «Deja ese libro, mira el paisaje». Y entendí. A veces los libros son algo que transforma, es cierto, pero hay que tener tiempo para el paisaje, para la conversación real, para las personas vivas. Porque quien solo lee y se refiere solo a libros vive una vida limitada al conocimiento, a la cita literaria, y eso está bien, pero yo he evitado a toda costa –y conscientemente– el orgullo y el pecado de la erudición. Allá ellos, flacos, pálidos, acumuladores de libros. Yo, con toda la franqueza que ostento, puedo decir que amo también no leer. Leo personas y me gusta equivocarme. Leo señales y no siempre acierto. Leer no es siempre leer bien: los contextos, las cosas.

Así que la lectura no me salvó. Yo no necesitaba ser salvada. No tuvimos lujos, pero vivimos dignamente. Algo debió pasar con los libros, que no aspiro a una vida lujosa. Jamás lo hice. Ahí fallé, de seguro. Viajé, conocí gente, me enamoré, conocí países, sufrí, me la pasé bien, tuve días de no recordar nada. Como debe ser. Y puedo comprender que, entre menos aspiremos, será mejor. He aprendido mucho con algunos escritores que siento amigos cercanos y eso agradezco: pusieron en palabras cosas que yo apenas presentía, lo que marca la vida en modo real. Pero los libros están en otra parte y nosotros también: no siempre coincidimos en el mismo sitio.

Si alguien en una fiesta se acerca y me dice qué música escucha, yo asiento con la cabeza. Si alguien viene y me dice qué autores cambiaron su vida y por qué debo leerlos, me voy a otra parte. No hay nada peor que los evangelistas literarios. No los detesto: los ignoro. Porque cada persona vive habitada con su versión de David y Goliat o Sherezada, o cual sea, y no hay nada más terrible que un sujeto, chico o chica, queriendo decir las verdades absolutas de lo que debe ser tal o cual cosa. Evito a los absolutistas y a los vociferadores de la literatura. Salvadas sean sus almas, pero yo no me quedo a escucharlos.

 

 

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Posted by Revista Cuadrivio

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

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