Las elecciones son lo de menos

Tal vez Marichuy no se convierta en la primera candidata indígena a la presidencia de México, pero la lucha de los pueblos originarios va más allá de la contienda electoral. Francisco Montaño se entrevistó con Marisela Mejía, concejala del Concejo Indígena de Gobierno, para ofrecernos los detalles de esa lucha.

Marisela Mejía es concejala del Concejo Indígena de Gobierno (CIG), en el que representa al pueblo otomí de Santiago Mexquititlán, Querétaro, cerca de la colindancia con el Estado de México. Como muchos indígenas alrededor del país, se encuentra trabajando para que María de Jesús Patricio Martínez, Marichuy de cariño, aparezca en la boleta electoral que se usará en los comicios presidenciales mexicanos de junio próximo, como vocera, no representante, del CIG.

Aunque eso es lo que menos importa.

Por eso, Marisela prefiere contar la labor de organización que emana del CIG, suerte de órgano paralelo al Congreso Nacional Indígena (CNI), cuya estructura organizativa sobrepasa la coyuntura electoral encabezada por su candidata: «Al interior del Concejo, muchos pueblos indígenas comparten sus diferentes dolores, pero también sus diferentes proyectos». Como el suyo, una iniciativa para que las mujeres de Santiago puedan ofrecer sus muñecas de trapo a precios justos, sin tener que atenerse al comercio informal, sin tener a los policías persiguiéndoles las espaldas por vender en el metro o en las banquetas. «Esto (su trabajo de organización) lo hacemos siempre, aunque no sea tiempo de elecciones», dice, sentada en una sala del Café Zapatista La Selva en la Ciudad de México.

Aunque su proyecto aún se encuentra en ciernes, también me cuenta que el Concejo tiene ejemplos importantes de los que las comunidades menos avanzadas pueden aprender, como la Unión de Cooperativas Tosepan, en Cuetzalan, Puebla, en la que productores de origen náhuatl y totonaca comercian la producción local de café, miel, vainilla y pimienta bajo esquemas de comercio sustentable. Detrás de estas acciones, está la premisa de ya no ser abusados por los intermediarios o grandes propietarios de la tierra, como le pasaba a la propia Marichuy, cuya familia rentaba tierras y era estafada por los propietarios y terratenientes en Tuxpan, Jalisco. Esta circunstancia se mantuvo hasta que la ahora precandidata se metió en la administración de las finanzas familiares y reclamó lo justo. Después de esta acción no hubo terrateniente dispuesto a arrendarles nada y a su papá le dijeron que su hija le estaba faltando al respeto por saber más que él.

Detrás de la organización también existen implicaciones relacionadas con  el involucramiento directo de los pueblos originarios en el sistema político. La consecuencia inmediata es el rechazo de los pueblos originarios a la incidencia institucional y la nula creencia en las elecciones como método para elegir el futuro que desean. ¿Cómo rebatir esa postura después de que el estado de derecho en México los ha desaparecido por tanto tiempo? El estado no reconoció, y en gran parte sigue sin reconocer, sus lenguas, esas a la que la propia Marisela se refiere como «dialectos»; no los tomó en cuenta en el reparto agrario; los redujo a la calidad de animales en muchos bandos municipales en los que, hasta bien entrado el siglo XX, era ilegal que caminaran por las banquetas. Más recientemente, por ejemplo, la vía institucional fue esa que firmó unos Acuerdos de San Andrés Larráinzar, hasta la fecha incumplidos. Acuerdos que, por cierto, ningún candidato tendrá en su agenda.

Los indígenas, después de 500 años de rebeliones, represiones y exterminio, no buscan más la política institucional. No buscan incidir en el sistema político a través del legislativo o alguno de los tres niveles de gobierno. Por ello, poco les importa quién resulte electo: no esperan nada de él ahora, como tampoco lo hicieron en 2006 y 2012, cuando algunas voces sugerían una alianza con Andrés Manuel López Obrador, el representante más visible y consolidado de la izquierda mexicana moderna. Esa fue una alianza que se cayó antes de construirse: tan pronto como López Obrador pudo opinar sobre la candidatura de Marichuy, dijo que esta le hacía el juego al gobierno.

Detrás de ese desánimo institucional se sigue, por ejemplo, que los pueblos originarios rehúsan ser tanto contribuyentes plenos como receptores potenciales de dinero público, a pesar de vivir en condiciones de pobreza y pobreza extrema. Y por otro lado, ¿por qué hacerlo, si su contribución no se verá reflejada en reconocimiento jurídico o social pleno? Las condiciones sociales de los pueblos originarios durante el último sexenio indican que es más probable que el dinero público sea invertido en un sistema de seguridad que no los protege del crimen organizado; en proyectos de inversión extranjera que buscarán expropiar sus tierras; o en un sistema de salud que no puede ofrecerles eso: salud.

Por esos factores, la candidatura de Marichuy representa dos guiños significativos en su calidad de mujer y su ocupación como médico tradicional. Por un lado, Marichuy es la primera mujer precandidata que llega con una plataforma política que tiene como objetivo poner a los indígenas en el mapa. «Aunque al principio hubo algo de rechazo a su candidatura por ser mujer, el Congreso se compone de un representante hombre y una mujer por cada pueblo, así que las mujeres dijimos que iba a ser ella, porque además es médico», afirma Marisela.

En cuanto a la medicina, hay que decir que por años el estado mexicano, escudado detrás de un enfoque científico y alópata casi en su totalidad, no ha conseguido dar cobertura médica universal en términos reales; por no mencionar su firma en los tratados comerciales que han facilitado el acceso a comida chatarra en muchos rincones del país. Los múltiples institutos y programas de salud, muchas veces no consiguen llegar a comunidades nativas rurales y, cuando llegan, sirven solo como primera parada para un hospital de segundo nivel. Marichuy trabaja con un conocimiento alternativo, que sin tener las pretensiones totalitarias de la ciencia, se ocupa de los pacientes en tanto que personas y les da las herramientas para curarse a partir de sustancias disponibles, como cuentan wirrarikas de zonas alejadas de Zacatecas a los que ha dado entrenamiento en estos temas. Donde el gobierno abandona, Marichuy sana.

¿Quiere decir que, si el CNI no quiere ayuda estatal, la identidad de los pueblos es separatista y no quieren ser mexicanos? Las paredes de cualquier Caracol zapatista, decoradas con banderas de México, aclaran esa pregunta fácilmente. Se asumen como mexicanos que ya se cansaron de ser sistemáticamente omitidos de la toma de decisiones sobre su propio futuro. Para ser claros: ya se cansaron de esperar.

Por eso, la elección es lo que menos importa.

Porque la batalla de Marichuy ha reflejado las dificultades técnicas por las que tienen que pasar los ciudadanos para participar en política: el método diseñado por el Instituto Nacional Electoral para la recolección de firmas ha demostrado ser ineficiente y su funcionamiento fue cuestionado desde los primeros días de precampaña. Posteriormente, la compañía desarrolladora y el Instituto confirmaron que la aplicación estaba diseñada para smartphones de última generación, una condición restrictiva para muchos indígenas que no siempre tienen acceso a estos gadgets y viven en zonas con conectividad limitada. Sumado a estas limitaciones, está el hecho de que hubo dificultades con el procesamiento adecuado de las firmas. De acuerdo con Marisela, estas son dos de las principales trabas que enfrenta Marichuy para juntar todas las firmas requeridas oficialmente.

Pero la precampaña también busca que el país voltee a ver la organización indígena, que ha demostrado ser lo suficientemente fuerte como para registrar una precandidatura a la presidencia de la república. Porque, si algo parece seguro, es que Marichuy no logrará juntar el número de firmas requerido por la legislación para aparecer en la boleta; contaba con poco más de 200 mil firmas a mediados de enero, muy lejos de las 886 mil 593 requeridas. Para muchos, acostumbrados a los moldes de la democracia liberal y el pragmatismo resultadista, eso deberá ser calificado como un fracaso. Esto no es así para la organización indígena, especialmente la surgida del seno zapatista, que ha aprendido a equivocarse con mejor precisión cada vez. Se equivocan todos los días, en los Caracoles, en sus Municipios Autónomos, sus cooperativas, sus escuelas y sus hospitales. Se diría que han identificado que el ansia por hacerlo todo bien a la primera es una imposición que tenemos los mestizos, aún colonizados. Los indígenas han aprendido que «van lento porque van lejos» y que perdiendo por su cuenta ganan más que sobre los hombros de otros.

Marisela reconoce que no se llegará a la cifra de firmas requeridas, pero afirma que el apoyo mostrado por algunos sectores de la sociedad anima al CIG a continuar organizando a sus comunidades. Entonces, aunque la campaña no logró su objetivo último: aparecer en la boleta presidencial, logró mostrar las simpatías de las que goza la causa originaria en México. «El compromiso que nos ha mostrado la gente nos obliga a seguir organizándonos. Aunque esperaremos a que termine el proceso electoral, los proyectos actuales serán continuados. Nuestro sueño no se acaba si Marichuy no aparece».

 

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Posted by Francisco Montaño

Francisco Montaño es comunicólogo por la UNAM, consultor con una fuerte ética de la convicción, investigador intermitente y aprendiz de conocimientos del sur. Sobre todo, humano.

  1. Indiscutiblemente los avances realizados a nivel social en sus comunidades nos da una lección de organización participativa, solidaridad y justicia; les tocará andar el camino que Andrés Manuel López Obrador inicio hace 18 años y fue el camino de la denuncia constante y el trabajo transformadose desde la comunidad, el colectivo y finalmente el partido; se quiera ver o no o admitir o no; sin duda los 500 años de invisibilización no terminarán ni quizás hagan la diferencia con una recién estrenada postura semi-politica, semi-social, semi-cultural como se traducen sus posturas ya que la integración pareciera que es imposible en estos momentos, si bien es cierto y personalmente abogó por que mantengan su independencia hegemónica, es necesario y urgente que los gobiernos los consideren como ciudadanos indispensables para el desarrollo del país (a nivel económico y social) y sin duda alguna quienes nos dan sentido de pertenencia y origen al resto de los mexicanos; algo que al gobierno de Andrés Manuel se le puede exijir como parte de sus propuestas y planteamientos, no solo de campaña, quién critiqué o se niegue a esta posibilidad, quiere separación y no cambio ni conciliación..

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