Crónica de un movimiento hacia el vacío

La legitimidad del movimiento indígena es irrebatible, pero el CIG y sus simpatizantes no han sabido concitar el apoyo popular. Elia Ortega explora las contradicciones del movimiento indígena a partir de una crónica de la visita de Marichuy a la CDMX en enero pasado.

«Nunca más un México sin Nosotros» fue el grito del 1 de enero de 1994; «nunca más un México sin Nosotros» sigue siendo el precepto que se alza 24 años después una noche que huele a hielo. El granizo, que no había caído en todo enero, esta tarde fue el augurio de una congregación parca. Suena un coro congelado: «Zapata vive, la lucha sigue». Es un acto político, pero el trombón de la música también lo hace festivo. El coro alza consignas y por los meandros que toman como cauce la avenida Juárez, cerrada de tramo a tramo frente a la Alameda Central, corre el agua y en ella se van cantos y música, como buscando oídos que acudan a escuchar a María de Jesús Patricio, vocera de los pueblos indígenas.

«Trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia, justicia y paz» fue la consigna con la que los indígenas de Chiapas se levantaron en 1994. La primera declaración de la selva Lacandona restalló con rifles. Una base de tzotziles, tzeltales, choles y tojolabales apareció con las armas en alto. Chiapas en sus Altos, Selva y Norte hablaba en los términos del compromiso con la «revolución», el levantamiento tomó cinco cabeceras municipales y esperaba instrucciones para defender el avance. A los indígenas de Chiapas todo les faltaba, no tenían nada, «absolutamente nada», quedó asentado en su declaración de guerra.

Hoy, la nostalgia parece ser compás y tiempo del movimiento indígena, una nostalgia peleada con la voz grave que recuerda que casi un cuarto de siglo después, todo falta. Esta tarde esa nostalgia reclama ser escuchada. Entre los que aguardan en las inmediaciones están el señor que nomás andaba comprando unos esquites y se quedó a ver qué pasaba, la familia que caminaba de la escuela hacia su casa, el joven que venía de tomar con un par de amigos y la lluvia dispuesta a arrollar las voces congregadas a los pies del Hemiciclo. En medio de los rostros que abarcan todas las gamas del marrón, las gotas caen, continúan aparcando en los cuerpos de agua que recorren Juárez, siguen buscando oídos, y el ambiente que no dejaba de ser festivo al principio, acaba mudo. Aquí, reporteros que se pegan a la bocina le alcanzan celulares y grabadoras; allá, un anciano vestido de bosque lo recorre todo. Con el rostro pintado de verde y unas hojas en la cabeza, sonríe a todo aquel con quien cruza la mirada. Más atrás, algunos que llegaron en bicicleta permanecen montados en ella. Unas pequeñas torres erigidas con lona, pensadas inicialmente como módulos de recolección de firmas, ahora son refugio contra la promesa de aguacero; el cielo nublado es reemplazado por un techo de paraguas y en medio, frente al templete, al menos dos decenas de fotógrafos y camarógrafos esperan el inicio del evento.

María de Jesús Patricio, Marichuy, que en mayo pasado fue elegida vocera del Concejo Indígena de Gobierno (CIG), está por hablar frente aproximadamente 200 personas. Antes, un par de oradoras le dan la bienvenida a la Ciudad. Una de ellas habla de solidaridad y esperanza, entre guijarros va hilando su discurso, también habla de indignación y de la lucha, pero los genocidios apilados en las páginas marginales de la historia no permiten decir a nadie «organicémonos y luchemos» sin que la frase termine siendo parte de la colección «retórica para mitin». En la memoria están Tlatelolco, Acteal, Atenco, la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca y la supuración más reciente: Ayotzinapa y la represión de 43 historias que se cuentan en conjunto.

Las concejalas –mujeres indígenas que fueron elegidas en las asambleas de sus pueblos y son el vínculo con el CIG– se cubren con apenas unos plásticos sobre sus cabezas, plásticos que las uniforman al mismo tiempo que lucen sus vestidos típicos. Marichuy, coronada de flores, toma el micrófono. El rostro sereno, la voz atípicamente molesta. Hace tres días en Michoacán un grupo armado asaltó a los reporteros que la acompañaban. Las palabras van en el sentido de «no nos olviden», «seguimos molestos», «seguimos olvidados» y «se siguen sumando agravios». En ellas se enfilan los aditivos «muertos», «hermanos», «pueblos», «desigualdad». «Llamamos a organizarnos y a levantarnos, no dejándonos, haciendo autonomías de todas las formas y tamaños posibles, rebelarnos donde nos encontremos y con los que tenemos al lado. Vemos que la guerra será peor que nunca contra la clase trabajadora, contra los pueblos indígenas, contra las mujeres, contra los niños, contra todos», comienza.

«Nuestro tiempo ha llegado y ese no lo miden las autoridades electorales porque no hay forma de que lo entiendan, porque nuestra propuesta no puede siquiera ser comparada con ningún proyecto político neoliberal. Nuestra propuesta está en los corazones colectivos, pero la política del mal gobierno y de todos los partidos políticos nunca ha estado hecha para entender la palabra colectiva; por el contrario, está hecha para silenciarla y destruirla. Se equivocan pues quienes piensan que nuestra propuesta depende de tener o no firmas, votos o puestos», continúa, y su voz no lleva la prisa de la lluvia. Mientras habla, los que la escuchan desde abajo no se mueven un centímetro.

En el eco de su voz resuenan otras voces que piden el micrófono para exigir justicia para cada uno de sus muertos, desaparecidos, asesinadas y violadas. La oración colectiva reza nombres y apellidos de quienes, por suerte, no permanecieron anónimos a pesar del silencio institucional que pesa sobre sus muertes, desapariciones y violaciones… En el coro «vivos se los llevaron, vivos los queremos»,  una voz cantante «Ayotzinapa vive» contesta al compás de «la lucha sigue y sigue». Y más: «no has muerto, no has muerto camarada» y la consecuente promesa de que el pueblo organizado vengará su muerte. El llanto de madres, padres, hermanas y amigos taladra más que el frío. La vibración de sus voces da cuenta de que las fosas, las cabezas y las desapariciones no son pesadillas o historias mediáticas, sino recuerdos de quienes vivieron y a quienes se les vio por última vez en las montañas y en las calles, en sus casas y en sus comunidades, en todos los agujeros que hay en el país. La Avenida Juárez resulta demasiado ancha para tan poca concurrencia y demasiado estrecha para tantas historias de marginación, vulnerabilidad y miseria.

El movimiento indígena se desgañitó, pero eso lo hizo en el 94 con un ¡BASTA! Con la tradición del silencio impuesta por varios siglos, aquel enero la exigencia de reconocimiento e igualdad no quedó en murmullos. El zapatismo despertó cuando el Estado golpeó con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Con dicho acuerdo, el gobierno de Carlos Salinas dejó claro que el campo mexicano no era prioridad ni postergación; simplemente no existía, y mucho menos su gente. Por aquel entonces en México había estudiantes, obreros, campesinos, oficinistas, pobres rurales, pobres de las urbes, pobres de los cinturones de pobreza alrededor de las urbes –pobres de pobres–, pero también estaban los de allá, los pobres de Chiapas, y fueron precisamente ellos quienes se decidieron a negar su condición de subalternos. Allá, entre los que padecían la discriminación endémica de México, por «indios», y la histórica del capitalismo, por pobres, surgió la organización para obligar al gobierno priista a escucharlos. Hoy por hoy los tratados de San Andrés, que supusieron la creación de un marco legal para reconocer los derechos de los pueblos originarios en 1996, continúan «vigentes», pero el pacto de buena voluntad quedó como otro recuerdo de la historia que no se cumplió.

Por eso Marichuy no busca ser candidata a la presidencia. ¿Por qué es la lucha entonces? La curandera nahua ha dicho que no es por su presencia en el trámite descolorido de la parafernalia electorera. Porque, muy a pesar de las declaraciones de los funcionarios del INE, la pobreza y la marginación siguen siendo moneda de cambio para el régimen político electoral. «Dicen que ya nada es como en los viejos tiempos. Sin embargo, esta casa se conserva igual, con la persistencia de las cosas inútiles», reza una de las frases más socorridas de Donoso. Eso es lo auténticamente cierto por los cuatro rumbos de la nación. «No llevamos la prisa del mal gobierno, llevamos la urgencia de la lucha contra la muerte y por la vida, esa que se hace en los tiempos y formas de cada pueblo y cada colectivo. Esa se hace con tejidos finos desde abajo y en lo pequeño, nunca en la mentira electorera de arriba. Si les perdonamos, si olvidamos, todo se repetirá tantas veces que no quede nada de nosotros», enmarca Marichuy. Repetimos, ¿por qué es la lucha entonces? La lucha, agrega, es contra el no olvido y en favor de la visibilización de los pueblos indígenas, para buscar la organización en los sectores populares y la capacidad de autogestión en las comunidades, para hacer valer los derechos de quienes por herencia y por habitarlas son dueños de las tierras.

La lucha es contra el olvido al que el zapatismo ha sido confinado poco a poco, olvido del que el propio movimiento es corresponsable. El zapatismo fue perdiendo fuerza tras la «transición democrática». Sin su antagonista original –el gobierno del PRI–, guardó silencio por varios años, consignó su autonomía, en 2006 emprendió La Otra Campaña y se fue al margen hasta quedar atrapado en un cerco simbólico. La realidad es que hoy está lejos de marchar en el Color de la Tierra como en marzo de 2001, cuando millones de personas esperaron la caravana de indígenas insurgentes en la ruta de Chiapas al Zócalo de la capital. «México: no venimos a decirte qué hacer, ni a guiarte a ningún lado. Venimos a pedirte humildemente, respetuosamente, que nos ayudes. Que no permitas que vuelva a amanecer sin que esa bandera tenga un lugar digno para nosotros los que somos el color de la tierra», resonó hace 17 años en un Zócalo hecho pajar, ahí gritaron millones de hombres y mujeres, con sus niños y sus ancianos, de todos los sectores. Ninguna paja quería moverse cuando el discurso acabó.

En la actualidad, más allá de algunas élites intelectuales y estudiantes, no sabemos quiénes son los interlocutores del zapatismo o a qué otros sectores pretende convocar. «Visibilizar» es lo que se repite, lo cierto es que la política, incluso la «independiente», ha dado muestras de que se requieren recursos y trayectoria en partidos políticos para existir en la política formal. Mientras tanto, el indigenismo y sus simpatizantes –entre los que no se cuentan los grandes bloques de las clases trabajadoras de las ciudades o del campo– parecen aguardar a que la condescendencia se vuelva movimiento y lo arrase todo. En la crónica de nuestros días el zapatismo y su autonomía están, según el fiel testimonio de quienes se dedican a buscar a los sujetos de la historia en cada coyuntura, al filo de constituirse en la utopía soñada donde todos los Méxicos son posibles. Esas voces añoran, aplauden, mitifican y ensalzan un recorrido ajeno que representa la fábula que es mejor conservar en ese estado, en la región paradisiaca donde su única contribución es el turismo revolucionario. La lucha de estos pueblos no es una ocurrencia, primer precepto válido. A pesar de ello, el zapatismo se ha vuelto materia de entretenimiento en las charlas de café que una clase –pequeña, pequeñita– maneja a manera de soliloquios que proyectan al zapatismo como reflejo de conciencia, identidad y como hálito de pensamiento crítico. Es a estos simpatizantes a quienes el movimiento sigue hablando, pero con Marichuy ahí, bajo la lluvia, nuestro bloque «crítico y progresista» no se presentó, y el suceso quedó como otra historia que flota en el aire frío.

Esta noche, la madeja de morriña recorre también a un hombre vestido de bombero con un logo de Luz y Fuerza en la manga izquierda. Una lucha que el sindicalismo perdió. El de Luz y Fuerza opera la planta eléctrica, misma que falla en varias ocasiones y deja entrecortado el mensaje de Marichuy y el de las activistas que la acompañan. En los cantos se escucha la añoranza de un movimiento que exigía instaurar una república amplia en México, pero con una audiencia que ya se acota. Marichuy escucha las voces que siguen a su discurso, el evento termina y la curandera se retira por la valla que las concejalas erigen puño a puño para que pase. Faltan algunas semanas para que acabe el periodo de recolección de apoyos que el INE estableció y los presentes saben que Marichuy no tendrá suficientes firmas para llegar a la boleta. Marichuy toma una bocanada de largo aliento y sube a una camioneta blanca que la saca de la avenida. En minutos, el Hemiciclo vuelve a ser lo que fue ayer y lo que seguirá siendo mañana y pasado mañana. Y de a poco, la Avenida Juárez va perdiendo su voz hasta quedarse muda.

 

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Posted by Elia Ortega

Elia Ortega es cronista. Estudió en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

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