En tierra de nínfulas

Eduardo Cerdán esboza su lectura de «Territorio lolita», libro en el que Ana Clavel se sumerge en el deseo masculino y la «letal» sensualidad de las nínfulas.

Hace dos años, con la mención del entonces inédito en los agradecimientos de su novela El amor es hambre, Ana Clavel anunció su libro de ensayos que acaba de editarse en Alfaguara: Territorio Lolita. Una mirada al «ciclópeo deseo masculino» –dice la autora–, el libro aborda tanto a Lolita, el espécimen creado por Vladimir Nabokov, como al gran género (y mito) que él fijó con el nombre de nínfulas, esas «gracias letales» de entre nueve y 14 años. Luego de diez años, Clavel cierra con este título un ciclo de libros sobre el tema, inaugurado con su novela Las Violetas son flores del deseo.

La primera mitad de Territorio Lolita propone una genealogía de las nínfulas con una curiosidad incluso filológica, que lleva a la autora a decir –por ejemplo– que la adaptación nínfulas es mejor que ninfetas (calca del inglés nymphets), porque aquélla aumenta «el grado de sonoridad dulce de una consonante líquida como la “ele”, una suerte de ensoñación fonética que conocía muy bien Nabokov». Amén de hablar ampliamente sobre el autor ruso y su célebre creación, la autora de Paraísos trémulos señala como antecedentes de Lolita a Helena de Troya y, sobre todo, a una prostituta vienesa del siglo XIX: Josephine Mutzenbacher, quien inició su vida sexual a los nueve años y cuya vida noveló Felix Salten, el autor de Bambi que se erigió como el mitólogo decimonónico de las enfants fatals.

Ana Clavel también presenta a «las hermanas menores de Lolita»: Alice Liddell, inspiración de las novelas de Lewis Carroll –quien gustaba de retratar, en un acto de obvia sublimación, a niñas disfrazadas y desnudas–, y Caperucita Roja en la erótica versión de Charles Perrault, en la que la niña se desnuda y se acuesta al lado del Lobo. La escritora discurre, asimismo, sobre la máscara de decencia en la época victoriana y sobre la contraparte masculina de las nínfulas: los fáunulos, como Tadzio de La muerte en Venecia y Peter Pan. Lo anterior, ya se dijo, es la parte medular del libro; la segunda mitad se enfoca en otras niñas daimónicas representadas en la literatura, en las artes visuales y en el cine. Es este un paseo más caprichoso –si se quiere– que el de la primera mitad de Territorio Lolita, pero igual de fascinante y urdido con la misma agudeza que se fija en las afortunadas casualidades y en los detalles de orden literario.

Era de veras necesario que una voz como la de Ana Clavel, quien ha forjado una «literatura del deseo», se arrojara a analizar un arquetipo sobre el que han teorizado tantos hombres. Los hallazgos de la mexicana acerca de las nínfulas como objetos, pero también como sujetos de deseo, constituyen una contribución notable del libro. Ajena a la corrección política, Clavel observó –como lo hacía su admirado Nabokov con los lepidópteros– la sexualización y la muy negada sexualidad de las niñas desde una postura que marida, con gran acierto, vehemencia y rigor.

 

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Posted by Eduardo Cerdán

Narrador y ensayista xalapeño, es profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Colabora en publicaciones periódicas como Confabulario de El Universal, La Jornada Semanal, Letras Libres, Literal, Crítica y La Palabra y el Hombre, entre otras. Textos suyos aparecen en antologías de cuentos mexicanos e hispanoamericanos (UV, UAM-X, BUAP y Ediciones Cal y Arena), así como de ensayos sobre literatura hispánica (Sussex Press). Es editor de narrativa en la revista Cuadrivio y colabora con el Grupo Planeta México. Ha sido traducido al inglés y al francés. Twitter: @Eduardo_Cerdan

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