Apocalípticos integrados

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Santo, el enmascarado de papel, contra los profetas aldeanos

Cuando alrededor de los años 50 en México se escribía, se dibujaba, se imprimía y se leía historieta por montones, los Sensacionales alimentaban de ida y vuelta las ficciones sobre lo real que el pueblo mexicano compartía. Una de ellas, de las más grandes en la historia de la cultura popular, era el Santo, El enmascarado de Plata de José Guadalupe Cruz. Armando Bartra, especialista del tema y poseedor de material único y original, nos cuenta cómo los mundos cada vez más alucinantes y los villanos cada vez más terroríficos que el Santo enfrenta en esta serie se van decantando en el imaginario popular, cuyas pesadillas colectivas vuelven en forma de delgadísimos papeles de china vendidos como volantes donde se anuncia un sinfín de apocalipsis sin salvador…

 

 

Armando Bartra

Las visiones del porvenir que alimentaron los sueños y pesadillas de los mexicanos rasos del siglo XX no fueron utopías tecnológicas propias de países metropolitanos, sino profecías bíblicas acordes con nuestra condición de sociedades tradicionales, vaticinios oraculares proclamados con la estentórea elocuencia de los presagios medievales.

Durante la centuria pasada dos eran las visiones de futuro disponibles: la meliflua, que se anunciaba en los auspiciosos discursos de los políticos del sistema, y la terrorífica, que abonaba las narraciones apocalípticas de la cultura popular. Como es de suponerse, en el siglo de la gran desilusión revolucionaria, de las guerras mundiales, de los campos de exterminio y de la bomba atómica, los mexicanos del común creían más en los siniestros vaticinios de los agoreros del desastre que en los paraísos prometidos de los demagogos vocacionales.

Los profetas predilectos del México profundo del medio siglo fueron historietistas populares como José Guadalupe Cruz, cuyos cómics eran devorados por millones de neolectores más o menos urbanos, pero también anónimos versificadores de pueblo chico que anunciaban el fin del mundo en rústicas hojas volantes impresas con tipos móviles sobre vistoso papel de China.

 

 

I. En el principio fue la tele

Y en aquel tiempo se levantará Miguel, príncipe grande, que es el defensor de los hijos de tu pueblo […]. Y en aquel tiempo tu pueblo será salvado.

Daniel 12.1

 

 

El Enmascarado de Plata de las historietas es un guerrero del Señor, un arcángel vengador; es el azote del Anti-cristo y –más en familia– es el adalid de la Virgen de Guadalupe, responsable de que el Malo se mantenga lejos de los mexicanos rasos. Porque la Revista Atómica de los cincuenta es un cómic de metafísica-ficción y José G. Cruz un profeta menor y no canónico, pero cuyos seguidores son legión.

Por casi medio siglo la lucha libre había sido un espectáculo modesto y artesanal sostenido por gladiadores de la legua que, al modo de los teatreros errantes de la edad media y las troupes circenses, se la vivían puebleando por caminos cacarizos y en autobuses tosijientos; juglares del encordado que entre semana arriesgaban cabellera, máscara y esqueleto en cuadriláteros improvisados y ante auditorios rústicos, reservando viernes y sábados para zarandearse frente al culto público que llenaba las arenas citadinas. Hasta los años cuarenta del siglo pasado, el catch era un espectáculo en vivo y barato, frecuentado mayormente por la raza pinolera. Pero vino la tele y los alevantó.

En mayo de 1951 debuta el Canal 2 de televisión, que de arranque transmite las luchas a «control remoto» desde la Arena Coliseo con tal éxito que al año siguiente se inaugura un encordado en el Estudio A, y desde el 9 de febrero el programa sabatino Las Luchas de Televicentro se comienza a producir en las propias instalaciones de Telesistema Mexicano. De esta manera el Medico Asesino, Gardenia Davis, Gory Guerrero, Tarzán López, Black Shadow, el Santo, Cavernario Galindo, el Charro Aguayo, la Tonina Jackson, Lalo el Exótico, Boby Bonales, figuras del encordado que en los treinta y cuarenta tenían que recorrer miles de kilómetros y darse cientos de costalazos a dos de tres caídas para que los vieran en persona menos de 10 mil espectadores, comienzan a colarse directamente en los hogares por la magia de la televisión. Al principio los aparatos receptores son pocos y caros, lo que se suple haciendo de la pequeña pantalla espectáculo compartido por familiares, amigos y vecinos, pero pronto la pasión por luchas y teleteatros multiplica los equipos. Así, los que «a batacazo limpio» habían construido su módico cartel entre los mexicanos de a pie, gracias a la caja mágica acceden a los espectadores clasemedieros y devienen rentables estrellas del espectáculo.

Uno de los primeros en percatarse de lo que está sucediendo es José Guadalupe Cruz, monero de la generación fundadora del cómic mexicano moderno, que desde mediados de los treinta había trabajado para Editorial Panamericana y a principios de los cincuenta incursiona en la edición con Muñequita, un semanario misceláneo al que seguirán publicaciones de una sola historia como Adelita y las guerrillas, de Alfonso Tirado; A batacazo limpio, de Rafael Araiza; La Pandilla, de Arturo Casillas; entre otras. En agosto de 1952, seis meses después de que Emilio Azcárraga inaugurara su encordado de Televicentro, uno de los rudos de la pantalla chica debuta en la historieta de José G. Cruz bautizada Santo, el enmascarado de plata. ¡Un semanario atómico! Un año más tarde el subtítulo cambia a ¡Una revista atómica!, pues desde septiembre de 1953 aparece lunes, jueves y sábados, periodicidad que Cruz habría hecho diaria de no ser por la rebelión de sus exhaustos colaboradores, y que se mantiene por 20 de sus casi 30 años de vida, volviéndolo el cómic más rápido del mundo: 30 páginas por entrega, 90 páginas semanales, 36 viñetas diarias, más de dos viñetas por hora de vigilia… Poco le falta a la del Santo para ser una historieta en tiempo real.

Sus seguidores son innumerables: si le atribuimos un tiraje conservador de 300 mil ejemplares por número, a razón de no menos de cinco lecturas por fascículo, tendríamos un millón y medio de lectores, esto sin contar que desde 1954 y hasta los sesenta las aventuras del luchador también circulan en tomos de 250 páginas, que por lo general se leen más veces pues son menos frágiles que los cuadernillos; además de que, cuando menos hasta los sesenta, había establecimientos especializados dotados de rústicas bancas de madera donde por una módica renta se podían leer los manoseados volúmenes.

La idea y los guiones de la historieta son de José G. Cruz, quién también define el concepto gráfico, aunque delega en otros la puesta en viñeta. Técnicamente se trata de un fotomontaje narrativo, sistema inaugurado por Ramón Valdiosera en 1943 –tres años antes de que los italianos publicaran los primeros fummetti– y que desde 1954, con Ventarrón y otras series, Cruz y sus colaboradores elevan a la condición de poética monera, pues a diferencia del habitual naturalismo de las fotonovelas, sus collages tienen casi siempre una intención expresionista. Durante los 5 años canónicos de la revista, de 1952 a 1956, el fotomontador y dibujante José Trinidad Romero se ocupa de la realización gráfica, ayudado por sus hermanos –uno de los cuales tomaba las fotografías– y por Juan Tovar, Arturo Dávila y el fondista Horacio Robles, entre otros. Cuando los Romero se retiran, Robles queda como cabeza del equipo.

Telesistema Mexicano transmite las luchas de 1951 a 1955, año en que el Regente Ernesto P. Uruchurtu prohíbe que en la Ciudad de México los encuentros de catch se transmitan por la tele, y también que haya combates entre mujeres. Pero el mal está hecho: los guerreros del ring salen de la pantalla chica pero entran en los hogares mediante las historietas, y desde 1952, con La bestia magnífica (Chano Urueta), Huracán Ramírez (Joselito Rodríguez) y El enmascarado de plata (René Cardona), se cuelan también en el cine. De esta manera los luchadores pasan de gladiadores errantes a héroes plurimedia.

En las viñetas los héroes del pancracio son multitud. Tras en éxito de La revista atómica, en 1953 José G. Cruz publica Black Shadow y después Halcón Dorado, del mismo género, e instruye a Araiza para que A batacazo limpio, que originalmente era de box, incursione en la lucha libre. Aunque ya desde 1952 aparecía La Pantera Roja, de Editora Continental, una historieta dibujada e inspirada en los superhéroes enmascarados del cómic norteamericano, cuyo protagonista lucha en los encordados, aunque también en el lejano oeste, el espacio exterior, el continente negro… Pero la estampida se desata en 1953 cuando en Pepín, inefable cotidiano de Editorial Panamericana, aparece el fotomontaje A cuerpo limpio, con la Tonina Jackson y Rolando Vera; Manuel del Valle, ex colaborador de Cruz, publica El misterio del Medico Asesino; Editorial SUEN lanza Cavernario. El emperador de la selva, y Gory Guerrero. El amo del barrio; Editorial Duval entra a la competencia con Blue Demon, demonio azul. ¡Una revista tabú! Al año siguiente debuta El Ángel. Paladín de la justicia, un enmascarado de rostro desfigurado que en el número 30 se hace cirugía plástica y reaparece encarnado por el luchador, crooner, actor y galanazo Wolf Ruvinskis; Paquito, de Editorial Panamericana, recluta a Enrique Llanes para protagonizar Hombre de acero, y así sucesivamente.

Pero fuera de El Santo todo es Cuautitlán, porque la revista de Cruz no sólo es la primera: es canónica. Hay series como A cuerpo limpio, o Gory Guerrero. El amo del barrio, donde los ambientes luchísticos sirven al melodrama arrabalero clásico y repiten lo que en el cine había sido La bestia magnífica; otras, como La Pantera Roja, son deudoras de adalides estadounidenses como El Fantasma, de Lee Falk; y las hay chocarreras, como A batacazo limpio, cuyo equivalente fílmico es El luchador fenómeno (Fernando Cortés). El enmascarado de plata es otra cosa. Ahí José G. Cruz y José Trinidad Romero transforman al fotomontaje de los dramones románticos y otras truculencias intimistas, en recurso narrativo de aventuras extrovertidas que por lo general se mueven entre la ficción científica y la Biblia ficción.

 

 

Ética y poética de los gladiadores de las viñetas

En cuanto a la cultura popular, el proverbial siglo de la masificación es en realidad el de la privatización del disfrute. En la pasada centuria los crowd-media, vigentes hasta el XIX, devienen mass-media propiamente dichos al pasar del gentío congregado en lugares públicos a las multitudes anónimas y atomizadas que participan del imaginario global mediante el disfrute intimista de los cómics, la radio y la televisión. El cine es la excepción, cierto; pero la oscuridad aísla, de modo que en última instancia uno está solo también frente a la pantalla grande.

Como los circos, maromas, corridas de toros y peleas de gallos, el catch de las arenas es un espectáculo participativo de raíz medieval que deviene moderno y aséptico al transmitirse por televisión. Pero el tránsito a un soporte electrónico no modifica su ética ni su estética: las luchas de la tele siguen transcurriendo en el minimalista escenario del ring y su gracia ancestral reside en la violación del reglamento, es decir, en la transgresión de la ley moral legitimadora de furias justicieras. «Porque existe una ley, adquiere todo su valor el espectáculo de las pasiones que la desbordan», escribe Roland Barthes en Mitologías, y agrega: «…el catch verdadero sustenta su originalidad en los excesos…», que con frecuencia desembocan en «la más barroca de las confusiones».  Pero el barroquismo y la confusión de los encuentros en las arenas –y de su retransmisión televisiva– están circunscritos a un espacio acotadísimo (el ring y sus alrededores) y un tiempo tiránico (dos o tres caídas), de modo que la saturación corre por cuenta de las bizarras caracterizaciones y la abigarrada trama.

Al trasladarse a la historieta cambian por fuerza las premisas del drama luchístico, que en el nuevo soporte ya no está sujeto a la aristotélica unidad de tiempo y espacio. Representar en viñetas lo que ocurre en la arena es opción empobrecedora que pronto se abandona; en vez de esto, Cruz y sus seguidores expanden el simbólico cuadrilátero al libérrimo ring de la imaginación, transmutan la creativa pero limitada parafernalia de los luchadores en las generosas posibilidades del fotomontaje, sustituyen las dos o tres caídas por incontables episodios de Continuará. Las estrellas del catch se ponían máscaras, capas y mallas polícromas; se valían de estigmas corporales como ser gigantes, enanos, gordos, peludos, manigrandes, calvos, feos, exóticos…; Gardenia Davis repartía flores; Cavernario prodigaba mentadas; el Murciélago Velázquez liberaba vampiritos. En cambio, el Santo de las historietas desface entuertos en la colonia Bondojo, en el Circo Atayde, en la exótica Isla Perla, en el Continente misterioso, entre los hombres de las cavernas, en las profundidades marinas, en el espacio exterior, en el espacio interior, en el Hades, en los siete círculos del infierno…

Y así como mudan los escenarios, se modifican los términos del conflicto ético. Hay en la lucha libre «una suerte de belleza moral», como dice Barthes. Pero, mientras que en las arenas el bien y el mal se expresan en la dialéctica lealtad-traición y encarnan en dos bandos, técnicos y rudos, en los monitos el modelo es más complejo; para empezar, los encuentros luchísticos son binarios: dos gladiadores –o dos bandos– igualmente protagónicos, se confrontan en una batalla donde asumen, permanente o  alternadamente, el papel del bien y el mal, de la lealtad y la traición. En cambio, en las historietas hay siempre un titular, y en vez de la lógica binaria e intercambiable –según a quien le vaya el espectador–, se establece una dialéctica focalizada en el protagonista mayor. Ya no es Santo contra Black Shadow, que equivale a Black Shadow contra Santo; lo que en los cómics presenciamos es  Santo contra la injusticia, Black Shadow contra el mundo del hampa. Rota la simetría, la simplicidad y la intercambiabilidad que hacen del cuadrilátero un escenario en el fondo minimalista, en las luchas de papel el bien se fija en el mandamás de la historieta pero, a cambio, se amplia el reparto de los infractores y se multiplican al infinito los villanos. Aquí el bien es uno y el mal múltiple; sin embargo, se mantiene el maniqueo dualismo trigo-cizaña, que por necesidad se resuelve en la dialéctica infracción-castigo, es decir, pecado-penitencia.

Al transitar de la lógica dual e intercambiable de los contrincantes al monismo épico del hombre virtuoso contra el mundo pecador, la lucha libre pasa de representar una y otra vez el eterno conflicto maniqueo –sin más mudanza que caracterizaciones y vestuarios–, a dramatizar las filias y fobias históricamente situadas de los lectores del común. En ella emergen los temores más profundos, los miedos inconfesables inscritos en el inconsciente colectivo.

 

Santo, santo, santo…

«¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!», anuncia el mensaje que Dante pone a la entrada del Infierno. «Todos los audaces que han osado llegar, han pagado con su vida», reza el cartel que anticipa los nuevos peligros que acechan a Santo en la Selva Negra. Y así como en el Canto XIII de El Infierno, los suicidas arbóreos dicen a Dante: «…hombres fuimos y ahora estamos convertidos en troncos…», así en el episodio 62 Cruz escribe: «Los árboles parecen figuras de condenados en vida, las ramas semejan brazos que se estiran y retuercen angustiosamente y los troncos tienen ojos gigantes y afiebrados».  El paralelismo es persistente. Si en el Canto X Dante describe el «sexto círculo [sc. del infierno] donde los herejes gimen metidos en sepulcros de fuego», en el episodio 127 Cruz escribe: «…sigamos al enmascarado de plata a través de la caverna que conduce al lugar donde se encuentra el rey de la maldad. Escalofriantes lamentaciones, ayes de dolor, brotan de todos lados, mientras convertidos en teas los condenados arden sin cesar…».

En sus casi tres décadas, la Revista atómica fue muchas cosas, pero principalmente fue un descenso a los infiernos de la maldad, con la diferencia de que en los nueve círculos Dante y Virgilio encuentran a los pecadores condenados, mientras que Santo se topa con los pecadores en activo; pero en los dos casos hay recuento de vicios: lujuriosos, impíos, sodomitas, usureros, rufianes, seductores, simoniacos, adivinos, barateros, sismáticos, falsarios son algunos de los habitantes del infierno de Dante; mientras que en el de Cruz, el enmascarado de plata no combate vicios genéricos, sino encarnados en rufianes carismáticos como Rasputín, el Cíclope, Minotauro, el Dragón, Doctor Muerte, el Jinete sin cabeza, el Hombre invisible, el Hombre lobo, el Hombre de las nieves, el Hombre de fuego, el Mago Merlín, Ali Baba, el Asesino misterioso, Araña Negra, el Búho, el Robot, la Paloma asesina de pico envenenado, la banda de los Frailes, los asesinos de niños de Guanajuato, el Muerto, el Hijo del muerto, los zombis, el Pulpo gigante, el Tiburón.

Y si la imaginería de Cruz como autor de los guiones es dantesca, el realizador gráfico José Trinidad Romero se inspira en las socorridas ilustraciones de Gustave Doré a La Divina Comedia y a La Biblia para realizar sus infernales fotomontajes; aunque, en verdad, el resultado está más cerca de las truculencias de estampa moralizante y catecismo aleccionador que de la suntuosidad romántica del artista francés.

Para alimentar una revista trisemanal como la Atómica, José G. Cruz hecha mano de cualquier cosa que le sugiera historias. Para Santo, el guionista saquea argumentalmente películas, novelas, cuentos, leyendas, truculentos relatos de nana, chismes de comisaría, hechos históricos, noticias periodísticas, aunque también la mitología greco-latina, los cantares de gesta, algunos poemas épicos y, sobre todo, las Sagradas Escrituras. Cuando Santo va tras la Espada de Sigfrido, son evidentes las referencias a Los Nibelungos, con sus sagas sangrientas en pos de tesoros y damas. Pero cuando enfrenta a Belcebú y su caterva de ángeles caídos, con ayuda del anacoreta Jacob y una manita del Arcángel Miguel, es claro que don Guadalupe ha estado leyendo La Biblia, o cuando menos las Profecías de la Madre Matiana. Y también remiten a la historia sagrada los capítulos donde el enmascarado defiende a Anaan del malvado Mister Donogan, quien pretende quitarle las 12 monedas por las que Judas vendió a Cristo.

Si Santo, el de los encordados, era un rudo que había sido Rudy Guzmán, Murciélago II y Hombre de Rojo antes de adoptar la mascara plateada, el Santo de las historietas es un arcángel vengador, un guerrero del Señor y máximo antagonista de Satán, del Demonio, de Luzbel, de Belcebú, es decir, chicotito del Maligno, del Anti-Cristo, del Contrario de Dios. Y si el Padre Eterno sale poco en la historieta, lo suple con prestancia la Virgen del Tepeyac, protectora del Santo, a quien el enmascarado se encomienda antes de marchar al combate y a quien agradece salir con bien de sus batallas metafísicas. Ella siempre le responde; su influjo benigno despista al Conde Drácula cuando éste persigue al Santo cerca del atrio de la Basílica; si otros repelen vampiros con crucifijos, el enmascarado los hace retroceder con una estampita de la virgen que nunca falta en su… ¿trusa?; y es la madrecita de Tepeyac la que hace el milagro de que el tullido Orito vuelva a caminar, para vergüenza de Mister Oro, el hombre más rico y más malvado del mundo, que pese a todo su dinero no puede aliviar la poliomielitis de su vástago, porque Santo, el enmascarado de plata es, ante todo, una revista guadalupana.

La diferencia específica de la Revista atómica respecto de sus semejantes está en que sus ámbitos y personajes trascienden tanto el intimismo localista del costumbrismo melodramático, como los escenarios convencionales de las aventuras extrovertidas (el África negra, los Mares del Sur, el Egipto de los faraones, la galaxia), para ubicarse igualmente en el inframundo demoníaco donde se desarrollan guerras metafísicas contra los poderes del mal. Pero también hay en la historieta referencias a una cotidianidad y circunstancia específicamente mexicanas. Así, en una de las primeras aventuras aparecida en diciembre de 1952, nos enteramos de que la seductora Loto Azul viajó a la Ciudad de México, desde  la remota isla donde habita, sin más propósito que presenciar el combate entre Santo y Black Shadow, lucha que efectivamente había ocurrido tres semanas antes; en otra, el enmascarado combate al Hombre de las mil máscaras y a Fiorello, el payaso malvado, en las pistas del Circo Atayde, que por esos días se presentaba en la capital; en otra más, publicada en noviembre de 1957 cuando Rodolfo Guzmán acababa de firmar contrato con Alberto López para las primeras películas del Santo, el enmascarado de las historietas combate a Mister Bluff, un director de cine estafador que, con la excusa de que el dinero recabado por la película sería para la Ciudad de los niños desamparados, pensaba birlarle al Santo el millón de pesos que le debía por su actuación. El falso orfanato de Bluff remite a una efectiva Ciudad de los niños, que por esos meses se edificaba en Monterrey, igual que los crímenes de La mafia del Pocho, que envenenaba al pueblo ordeñando vacas tuberculosas, hacen referencia a las denuncias sobre venta de leche insalubre, que había sido noticia de ocho columnas. Pero la traslación no siempre es tan directa y transparente.

 

Los masiosares del Enmascarado de plata

La multitud de villanos que atosiga al Santo de las historietas es catálogo exhaustivo de los demonios que poblaban las pesadillas mexicanas a mediados del siglo XX; temores del inconsciente colectivo occidental que José G. Cruz no fue el primero en descubrir y exorcizar, pues eran discurso subyacente en todos los medios de comunicación masiva, mensajes más o menos subliminales que por lo general se originaban en Estados Unidos, la metrópolis mass-mediática del planeta.

Santo el enmascarado de plata aparece en 1952, en plena guerra de Corea, y sintomáticamente una de las primeras villanas es la oriental Loto Azul, que sin duda encarna el «peligro amarillo».  Pero la habitante de Isla Perla es también una mujer seductora y dominante, una perversa dama de armas tomar que dramatiza la repulsa de los machos a las mujeres libres, peligrosamente multiplicadas debido a la generalización del trabajo femenino en puestos de varones durante la segunda guerra mundial; y aun más atrás subyace el temor varonil a las mujeres con demasiada iniciativa, como Flora la vampira, Medusa, las brujas, o Kuria, la emperatriz del planeta Arfus. Es aportación del realizador José Trinidad Romero el que las tentaciones satánicas y las Sirenas de cantos seductores vistan púdicos trajes de baño Carolina de una sola pieza.

Pero la crisis del paradigma falócrata también se expresa en el gusto perverso por las mujeres golpeadas… y por las mujeres golpeadoras. La línea sadomasoquista no es muy fuerte en las aventuras del Santo, posiblemente porque Cruz no quería que se las prohibieran a los niños, pero sí en otras del mismo editor, como Adelita y las guerrillas y Valentina, protagonizadas por mujeres «machas» que a ratos adoptan actitudes de dominatrix.

Oblicua expresión de la hostilidad con que la cultura machista ha recibido siempre los comportamientos femeninos emancipados, es la procaz fascinación por los crímenes seriales cuyas víctimas son mujeres que se han salido de «su lugar»: desde la saga de Jack el destripador, hasta el feminicidio de Ciudad Juárez, pasando por los asesinatos de Gregorio Cárdenas. Y es precisamente un socias de Goyo, que se hace llamar nada menos que Tararí-tatay o el Uyuyuy nanita, quien se enfrenta, no a un Santo, sino a un Ángel: el justiciero encarnado por Wolf Ruvinskis.

La tirria por el «pueblo bajo», el temor a los «bárbaros» que murallas afuera amenazaban a los civilizados y hoy se han colado en el vecindario, es fobia antigua de quienes quizá no ocupan el penthouse pero tampoco viven en el sótano social; miedo que se intensifica durante la centuria de las revoluciones que fue el siglo XX, y que en la historieta de Cruz se manifiesta en los enfrentamientos de Santo con los sombrerudos seguidores del Nahual, con los «hombres primitivos», con los «hombres de las cavernas», con los «nativos», con los «naturales».

El temor a la plebe es parte del rechazo al extraño, al extranjero, al otro; fobia que en los cincuenta, cuando la URSS lanza el primer Sputnik, alimenta el miedo paranoico a los ovnis y otras amenazas que vienen del cielo. La lucha de Santo contra los Monstruos del Espacio y contra Kuria, mandamás del planeta Arfus, son buenos ejemplos del temor a los peligros que se originan en el espacio exterior.

Pero también el espacio interior nos amenaza. Gracias a la popularización de las teorías de Freud, en el siglo del psicoanálisis descubrimos los monstruos del inconsciente, íntimos demonios que se liberan durante el sueño. A este novedoso frente de lucha se avoca el Santo cuando combate al villano Morfeo, amo de los sueños y las pesadillas.

Fobia planetaria, pero muy especialmente mexicana, es el antiyanquismo, reflejo condicionado que en Cruz se evidencia en los muchos villanos gringos: Carter el cow boy, el hijo de Dillinger, Mister Bluff, Mister Oro, Mister Donogan. Pero el rechazo al imperio vecino no es nada frente al encono contra la «conspiración soviética», contra el «Oso Ruso», contra los «agentes de Moscú», contra el «peligro comunista», contra la «amenaza roja»; inquina que cunde en las «democracias occidentales» desde los primeros cincuenta tras el fin de la luna de miel de los «aliados» y el inicio de la «guerra fría». En esta tesitura, nuestro héroe enmascarado se enfrenta a los robots de Moloff, y en 1956 combate al «terror comunista», enemigo del «mundo libre». Pero la repulsa del Santo a los «agentes del Kremlin», como las burlas del monero Rafael Araiza a los luchadores enviados por Pepe Bigotes (José Stalin), son francamente olvidables frente al inefable anticomunismo de Médico Asesino, protagonista de otra gran historieta de luchadores, realizada por Manuel del Valle, un discípulo de Cruz que extrema hasta lo indecible el estilo ya muy desorbitado de su maestro.

Estaba un día el Médico combatiendo a Papelón, un muñequito recortado del periódico, quien había encogido al luchador, lo había metido en una botella y lo había tirado al río; ahí se lo traga un pez, que a su vez es pescado, permitiendo que el héroe escape antes de que lo cocinen, sólo para ser perseguido por perros, gatos y ratas, hasta caer en una ratonera que lo conduce a la tumba de Cleopatra y Ramsés, momias resucitadas asesinas de doncellas, a las que el enmascarado fustiga, previa recuperación de su tamaño normal, momento en que recibe un oportuno telegrama de México llamándolo a proteger a los pilotos de la Carrera Panamericana, quienes se están yendo al barranco. Pronto el enmascarado descubre que el culpable de los falsos accidentes es su viejo enemigo Joe Adonis, un carita que ahora, además de bandido común, es «comunista de hueso colorado»; y ahí empiezan las aventuras del Médico Asesino contra los fanáticos de Lenin.

El «rojillo» Adonis, quien seduce jovencitas para que luchen por liberar del capitalismo a las costureras de los talleres de La Merced, es miembro del «comunismo internacional». Para atraparlo, Médico pide su ingreso al Partido y se cuela en sus perversos ambientes; entre otros, salones donde tiene que practicar bailes «dislocados» como el mambo. Acusado de «agitador», cae en la cárcel, pero sorpresivamente sale bajo fianza para continuar su trabajo «disolvente»: discursos ante «la juventud izquierdista» en los que el galeno de los encordados habla de «Lenin, el conductor de las grandes masas proletarias que llevaban la vanguardia del movimiento comunista en la URSS, y que ofrendando su vida enarboló la bandera roja y negra emblema de la esperanza libertadora de los trabajadores…». Tanto destaca el enmascarado, que el Partido lo envía a encabezar una revolución en curso: «¡…están peleando sin líder…! ¡Y así solo irán al fracaso! Tú eres el indicado. Irás a ese país con todo el mando y poder, para que sigan enarbolando nuestra insignia». «Los obedeceré a ustedes ciegamente y triunfaré», responde el «camarada Médico». Y el luchador se va a la revolución en un vuelo de Mexicana de Aviación y acompañado de su pequeña hija (la Lagrimitas) para despistar. Ahí se encuentra a «las mujeres [que] con el puño amenazante en lo alto pedían la caída del imperialismo, y sus voces ardientes y juveniles entonaban frenéticas La Internacional». Pero la represión es inminente, se avecina una masacre. Providencial, interviene el luchador de la bata blanca: «Esperen camaradas… Así no se gana la batalla… Escúchenme primero… Así no realizaremos nuestros ideales. Soy el Médico Asesino, camarada O” 2 de la Ciudad de México». Persuadidas, las masas siguen al líder: «Sus ojos azules y su actitud serena, la exposición clara de las ideas que expresó ante la multitud, pidiendo trabajo, igualdad, pan escuelas, tierras para el campesino… lo hicieron ídolo de las multitudes». Y es que el Médico libertario no habla a nombre del comunismo, sino inspirado por la invencible ideología de nuestra Revolución: «México… ha sido uno de los baluartes para defender las ideas que pelea este pueblo. Nosotros fuimos guiados por el más grande estadista de la igualdad. Y así… nuestros ideales siguen siendo sembrados por nuevos camaradas, los que han hecho realidad los sueños de la igualdad… Es el mensaje que a nombre de ellos traigo para luchar al lado de este pueblo». Entonces «…las banderas ondearon… el canto de La Internacional retumbó en las calles y como una llamarada estalló el júbilo del pueblo con la presencia del gigantesco enmascarado que era su líder…».

 

Armagedones de continuará

«Un resplandor inundó… el estadio, fulgurando como si una inmensa bomba… hubiera estallado… una pálida claridad [lo] cubría todo… Jim sonrió al soldado japonés; sintió el deseo de decirle que aquella luz era una premonición de muerte…». El estallido de «un segundo sol» es el centro de El Imperio del Sol, capítulo medular de la autobiografía del mismo nombre, que a su vez es clave de la alucinada obra de J. G. Ballard, inglés nacido en Shangai, quién a los 15 años y extraviado en la China ocupada por los japoneses, fue tocado por el improbable relámpago de Hiroshima, experiencia fundacional que cruza El viento de la nada, El mundo sumergido, Playa terminal, Exhibición de atrocidades, Crash…, obras apocalípticas que prolongan la «premonición de muerte» del artista adolescente.

Como Ballard, toda la generación del medio siglo está aquejada del «síndrome de la Bomba». José G. Cruz, quien tenía 28 años cuando se colapsaron Hiroshima y Nagasaki, pertenece a ella; por eso el autor de Santo el enmascarado de plata es un monero apocalíptico; por eso en la gran cajonera con imágenes clasificadas por el editor hay tantas de la Bomba; por eso la publicación es Una revista atómica; por eso el ominoso hongo nuclear ocupa la portada del número 356, publicado en abril de 1955; por eso en el número 505, de marzo de 1956, la amenaza es la radioactividad; por eso el fin del mundo es tema obsesivo y recurrente en una saga por lo demás ingenua y naive.

Pero más que antiutopía tecnológica, los «últimos días» crucianos son bíblicos, no sólo porque el catolicismo es sustrato cultural del monero y de sus lectores, también porque, como en la edad media de las pestes, hambrunas y matanzas, a mediados de la centuria pasada el fin del mundo parecía inminente, y que mejor para expresar la «premonición de muerte» causada por la Bomba, que el Apocalipsis según San Juan.

«Al punto se sintió un gran terremoto, y el sol se puso negro […] y la luna se volvió de sangre» (5,2), «Y las estrellas cayeron del cielo sobre la tierra» (6,13), «Y el cielo desapareció […] y todos los montes y las islas fueron movidos de sus lugares» (5,15), escribe el de Padmos. «La fuerza que extrae su potencia del sol ha sido lanzada […], habrá una lluvia de devastación», dijo el presidente Truman el 6 de agosto de 1945. «En el momento de la inaudita explosión, el aire se volvió llamas y los muros polvo», reporteó LIFE el 20 de agosto. «Un relámpago luminoso cubrió el cielo […], a mi rededor sólo encontré muerte […], humo […], todo quemado en una inmensa burbuja», relató a la misma revista un soldado japonés.

En su estupor, testigos y cronistas usan giros casi bíblicos: «Fue un terrorífico relámpago de luz en pleno día […]; luego humo brotando en un hongo de ceniza de 20 mil pies» escribió LIFE; «Impenetrable nube de humo cubrió la ciudad», reportó el New York Times del 7 de agosto; «Y subió el pozo del abismo; y subió del pozo un humo como de un gran horno; y con el humo de este pozo quedó obscurecido el sol» (9,2), anunció el profeta.

En 1945 dos bombas atómicas borran del mapa las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, y evaporan a cien mil personas; en mayo de 1951 Estados Unidos ensaya una bomba de hidrógeno cien veces más poderosa que aquéllas; en abril de 1952 la prueba de otra Bomba H., en Nevada, es transmitida en directo por televisión… En octubre de 1953 el Santo escucha de Jacob la profecía de la Madre Matiana, que Trinidad Romero se encarga de ilustrar con tremendos fotomontajes: «Los apocalípticos jinetes lanzarán toda su furia destructora… La guerra asolará al mundo… Los niños serán arrebatados de sus cunas y asesinados… Las madres buscaran inútilmente a sus hijos entre los escombros… El hambre se enseñoreará de todo el planeta… Los que aún no hayan muerto, comerán cadáveres… disputándoselos unos a otros… El mundo quedará convertido en un yermo… sin vegetación y sin vida… Y cuando esto ocurra se repetirá el diluvio universal…».

La visión apocalíptica de San Juan es optimista, pues anuncia el triunfo de Dios, la salvación de sus siervos y el castigo de los enemigos; en cambio, quizá porque desconfía de la bondad humana, la profecía de Cruz carga las tintas en la destrucción, la muerte y la condenación: «…los malos, los criminales y los perversos, serán arrojados sin clemencia al fuego eterno del infierno donde ya nada ni nadie podrá salvarlos».

Escuchado esto de labios del agonizante Jacob, Santo emprendió el «regreso a la civilización», pensando quizá que no eran más que palabras de viejo y profecías de monja; pero a medio camino sus pensamientos fueron «…cortados bruscamente por un ensordecedor estrépito: parecía que la tierra bramara… Un temblor… recorrió el cuerpo del enmascarado de plata… Santo reconoció en aquellos espectros a… ¡LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS! ¡…los cuatro azotes de la humanidad! “Ya empiezan a rondar por la tierra, preparando la gran catástrofe –pensó”. La guerra ya se ha enseñoreado del mundo, y pronto le seguirán el hambre, la peste y la muerte». «Pensativo… preocupado como antes jamás lo había estado… el enmascarado de plata continuó su camino».

Cuando escribía esto quizá Cruz estaba leyendo el último libro del Nuevo Testamento: «Y se le concedió el poder de desterrar la paz de la tierra, y de hacer que los hombres se matasen unos a otros» (4,4) «Tenía por nombre muerte […] y diósele poder […] para matar a los hombres a cuchillo, con hambre, con mortandad» (6,8). Pero en todo caso, es seguro que el monero se daba tiempo para leer en el periódico que aún no terminaba la guerra de Corea, que los franceses se fortificaban en Dien Bien Phu en espera del ataque del Viet Minh, que el senador Mc Carthy atizaba la guerra fría con su persecución anticomunista; y no lo sabía, pero posiblemente anticipaba que cinco meses más tarde Estados Unidos haría estallar en el Pacífico una bomba 600 veces más poderosa que la de Hiroshima.

 

Guadalupanos


En la Biblia el mensaje de esperanza es que, tras el fin del mundo y el Juicio Final, llegará la Nueva Jerusalém, donde «no habrá más muerte, ni luto, ni clamor, ni pena» (21.2.4). En la Revista atómica, la buena nueva es que la «primera humanidad» no perecerá, cuando menos no por invasiones de extraterrestres, pues el Santo está ahí para impedirlo: «La gente… celebra… haberse salvado de la invasión… de Arfus… ―¿No se siente orgulloso de lo que ha hecho para salvar al mundo, Santo? –pregunta el Padre Ruíz. ―Lo que yo hice, lo hubiera hecho cualquier ser humano», replica el enmascarado, que en el trance de preservar a la humanidad pescó un catarro.

Pero el justiciero no es más que un instrumento; el verdadero mérito es de la Virgen de Guadalupe: «―Esto lo emocionará aún más Santo –dice el Padre Ruíz–. Vea a nuestros conciudadanos llegando en imponente peregrinación hasta la Basílica… para dar gracias a la Señora de América por el bien que ha hecho al mundo… ―La Virgen Morena es mi patrona y mi guía –reconoce Santo– [y] jamás dejaría a sus hijos en los momentos de prueba… A ella me encomendé en todo momento, sabiendo que no permitiría la masacre espantosa que se había proyectado en Arfus… ¡Gracias por haber oído mis ruegos madre mía!».

Acto seguido, el enmascarado de plata y el Padre Ruíz marchan a Siberia para rescatar del comunismo a la familia del Doctor Rock Continuará…

Santos milagrosos que mantienen el mal a raya y una suprema madre protectora que ocupa el lugar del padre eterno, conforman la bizarra teología de las historietas de luchadores. Tan lejos de la ortodoxia bíblica, tan cerca de la religiosidad popular.

 

 

II. Profecías aldeanas

 

Señores vengo a contarles

con un dolor sin segundo,

las señas particulares

para el final de este mundo.

Ambrosio Irenéo. Hoja volante

 

 

Si por las historietas del Santo accedemos a los temores de los compatriotas de ciudad, asomarnos a los miedos del México profundo en un país que a mediados del siglo XX aún era más rural que urbano, demanda pasar de los cómics a los romances, del papel periódico al papel de China, de historietistas moderadamente famosos como José G. Cruz, a escribidores casi anónimos, como Gilberto de Velasco, Ambrosio Irenéo o Félix Cruz.

A fines de los cuarenta y en los primeros cincuenta del pasado siglo, las matazones de la guerra europea y los estragos de la bomba atómica contaminaban de Apocalipsis las pesadillas de quienes escuchaban radio y leían periódicos; pero otros eran los Armagedones que quitaban el sueño a los rurales.

En un rústico impreso titulado Un niño que nació hablando, ilustrado con un dramático dibujo que muestra volcanes en erupción, iglesias que se derrumban, calaveras ominosas y rostros dolientes, el versificador Gilberto de Velasco nos transmite una mala nueva en el modo rimado de los romances viejos y las «noticias» que aspiran a  perdurar en la memoria:

Año de mil novecientos

cuarenta y ocho pasado,

ésta fecha memorable

que gran terror ha causado.

[…]

Serían las doce de la noche

cuando un cometa salió,

y el pueblo de Santa Inés

iluminado quedó.

[…]

La ráfaga del cometa

a un ranchito iba a dar,

fue donde nació el profeta

que al momento pudo hablar.

[…]

Al llegar el sacerdote

a este niño insinuó:

¿Eres un astro del cielo

o profeta del señor?

El niño le contestó:

Escucha y ponme cuidado,

quiero que como profeta

todo esto sea publicado.

Para el año venidero

el dinero no valdrá,

los ricos y pordioseros

sin comer se quedarán.

Habrá grandes aguaceros

y pueblos se acabarán,

grandes volcanes de lava

por doquier reventarán.

[…]

Esta plaga de la aftosa

seguirá punto por punto,

todo el ganado vacuno

se acabará en este mundo.

A Dios pidamos perdón

y a María Guadalupana,

que se apiade de nosotros

y salve a la especie humana.

 

Difícil, en verdad, encontrar reseña más ceñida de las desgracias realmente acaecidas en el México de los cuarenta: desde «volcanes de lava», como el Paricutín, que en 1942 sepultó el pueblo michoacano de Parangaricutiro, y «grandes aguaceros» como las lluvias torrenciales que en 1944 ocasionaron graves inundaciones, pasando por la nada metafórica hecatombe que en 1947 y 1948 ocasionó el sacrificio de más de medio millón de reses infectadas por la fiebre aftosa, y culminando con la rigurosa predicción económica: «el dinero no valdrá», pues, efectivamente, en los cuarenta la inflación se dispara y el precio de los alimentos se triplica; pero, además, el recién nacido de Santa Inés debió ser un verdadero profeta financiero, pues anunció el derrumbe monetario días antes de la gran devaluación de 1948.

Más que predicciones, los versos de Velasco son extrapolación al inminente futuro de los males que durante los cuarenta ya aquejaban a los campesinos, empujándolos a consultar el cielo en busca de señales anunciadoras de un fin del mundo que se antojaba inminente.

Pero lo cierto es que los rústicos mexicanos viven siempre al filo del Apocalipsis, pues en otra hoja volante, Ambrosio Irenéo nos transmite en forma de corrido una profecía escuchada 13 años antes en Petatlán:

Señores vengo a contarles,

con un dolor sin segundo,

las señas particulares

para el final de este mundo.

Señores pongan cuidado

con muchísimo esmero,

que nació un niño hablando,

en el estado de Guerrero.

Año de mil novecientos

en el treinta y cinco actual,

les traigo acontecimientos

de un niño fenomenal.

[…]

Fueron corriendo al momento

al templo a hablarle al curita,

para saber el intento

que hacía la criaturita.

Luego llegó el señor cura

y preguntó con esmero,

diciéndole a la criatura

que si era un ángel del cielo.

Le respondió el inocente

a todos los familiares:

Se nos anuncia una peste

y fuertes calamidades.

Traigo señas muy notables

para nuestra conclusión:

seis años de hambres y pestes;

¡Pidamos a Dios perdón!

Seis años de tempestades

y seis años de temblores

y seis de esterilidades;

padre, elija las mejores.

Serían mejor los temblores,

pero con moderación;

¡Madre mía de los Dolores,

tennos por Dios compasión!

[…]

 

Como los milenaristas urbanos de las historietas, los profetas rurales de las hojas volantes son anticomunistas, pero su fobia no viene del antisovietismo de la guerra fría, sino de la repulsa –de inspiración clerical– a una «revolución mexicana hecha gobierno» que siempre se arropó con la parafernalia socialista. Y como el citadino, el anticomunismo rural es plebeyo, de modo que va acompañado de justiciera repulsa a los ricos. En la hoja volante titulada Las profesias [sic] del rey Salomón, leemos:

Los ricos caerán de plano

y el dinero no valdrá;

todos han de trabajar

y el Anticristo vendrá.

Tendrá que llegarse el día

que el burro mande al arriero,

que el rico sirva de esclavo

y el pobre tenga dinero.

Habrá tormentas de lumbre

eclipses de sol y luna,

y después de mil combates

triunfará al fin la Comuna.

Correrán ríos de sangre,

todo se ira cuesta abajo,

no habrá mas que una bandera,

la bandera del trabajo.

Aborto de los infiernos,

saldrán mil predicadores

desconociendo fronteras

para los trabajadores.

Estos serán Anticristos

que prometerán la gloria,

para los pueblos en masa,

siendo siempre vil escoria.

Muchos se pondrán en contra

de la Religión querida,

y aunque quieran combatirla

pero no será destruida.

Llenará luego este mundo

la religión como ley,

y todos labios humanos

dirán Viva Cristo Rey.

[…]

 

Y, como siempre, en el fondo de la aprensión está el rechazo a un progreso científico ominoso que para los campesinos mexicanos de mediados del siglo XX aún era el de la primera guerra mundial. Escuchemos las ya citadas Profesias… [sic]:

Y es matemático y cierto

y probable, sin ser saurín,

que al final del siglo veinte

le verán al mundo el fin.

Mil casos raros habrá,

inventos mil se verán,

que los vivientes de entonces

asombrados quedarán.

Habrá trenes voladores

y carreteras por el viento,

sin alambres hablarán,

de polo a polo al momento.

Por debajo de los mares

viajarán como pescados,

ahullarán [sic] los pordioseros

igual que los elevados.

Harán máquinas mortíferas

con gases envenenados,

para matarse los hombres

como hoy se matan venados.

[…]

 

Pese a que tienen poco más de cincuenta años y aún se venden en algunos mercados de provincia, los versos suenan arcaicos. Sin embargo, ¿son, en verdad, tan distintos de aquéllos los miedos colectivos que nos sobrecogen en el tercer milenio? ¿No tenemos hoy perturbadoras profecías apocalípticas sobre el calentamiento global, el deshielo de los polos y la elevación del nivel del mar; sobre la fiebre aviar y la porcina; sobre el SIDA; sobre el terrorismo atómico; sobre la clonación humana, sobre los transgénicos?

 

 

___________
Armando Bartra. Profesor del posgrado en Desarrollo Rural de la UAM-Xochimilco, director del Instituto de Estudios para el Desarrollo Rural «Maya» A.C. y coordinador del suplemento La Jornada del Campo del diario La Jornada desde 2008. Filósofo de formación, pensador de lo social en el oficio, estudioso de la cuestión agraria desde 1970 y experto en historieta y cartel mexicanos, con casi una centena de libros, artículos y folletos publicados. Entre sus obras más recientes se encuentran El capital en su laberinto. De la renta de la tierra a la renta de la vida (2006), El hombre de hierro (2008) y Tomarse la libertad. La dialéctica en cuestión (2010).

1 comentario

  1. Ricardo

    Marzo 31, 2011 at 4:23 am

    Formidable análisis. Estoy trabajando sobre José G. Cruz (en concreto, su Adelita) y me ha sido muy útil para tener una visión general de la evolución de Cruz y de su serie Santo. Ojalá algún día aparezca el Puros Cuentos IV, hace mucha falta.

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