Los cuentos de Lucia Berlin

A partir de «Manual para mujeres de la limpieza» (Alfaguara, 2015), Eduardo Cerdán disecciona la narrativa de Lucia Berlin, prodigiosa narradora estadounidense del siglo XX.

La obra de la norteamericana Lucia Berlin es un manual no para mujeres de limpieza, como se intitula la antología de 43 cuentos suyos que se publicó en 2015, sino para la creación literaria. Cualquier buen libro lo es, claro, pero la cuentística de Berlin tiene una cualidad muy especial que tiene que ver con las historias en que se fija. Lo suyo es lo menudo, lo cotidiano, y casi siempre ancla la vista en un momento insospechado de la historia: antes o después de que ocurra el asunto tremendo, sensacional. Todo es material literario, nos recuerda Berlin. Ubicada al centro de la mayoría de sus historias, la escritora transforma en ficción hechos, seres y paisajes que recoge de su propia vida. Los nombra como tales, además, y a lo largo de los textos que se recogen en Manual para mujeres de la limpieza –cuya traducción a un fatigoso español peninsular se encuentra en Alfaguara– las presencias se repiten, se atomizan, se afantasman, se entrometen.

Nacida en Alaska en 1936, Lucia Berlin tuvo una existencia difícil hasta su muerte a los 68 años. Vivió en varias partes de América que, por supuesto, aparecen en sus cuentos: Texas, Chile, México, Arizona, Nuevo México, Nueva York, Colorado… Hablaba un perfecto español y en la adultez fue cercana a la Ciudad de México, donde visitaba a su hermana enferma de cáncer. «Fatalista, suicida, corrupta», definió a la capital de este país nuestro que «huele a sexo y a jabón», donde un paseo de dos cuadras «es sensualidad pura, está cargado de peligro». De una madre alcohólica –como ella misma lo fue después–, un padre ausente –que ya viejo terminó olvidándose de ella– y una familia marcadamente racista, Berlin ocupó su vida temprana en El Paso para escribir varios relatos en los que despliega un imaginario del desierto que se asemeja al de nuestros escritores norteños. Son arcilla de sus cuentos la llamada «experiencia femenina» (del mismo modo en que Carver se ocupó de la masculinidad), la violencia cotidiana, la disfuncionalidad familiar, el alcoholismo y la vida de la clase media, entre otros asuntos, que trata desde el registro humorístico y el de la nostalgia. Berlin se desempeñó como profesora, como telefonista en una central, como recepcionista en un consultorio médico, como sirvienta y como ayudante de enfermería, trabajos cuyos universos también se recrean en sus cuentos.

El lenguaje de la estadunidense es notable: figuras, imágenes, onomatopeyas, diálogos, todo es una fiesta. Qué personajes, además, y qué caracterizaciones. He aquí, por ejemplo, el fragmento en que Sally y Lucia, en el cuento «Mama», delinean la personalidad de su madre:

 

—Odiaba la palabra «amor». La decía del mismo modo en que la gente dice la palabra «puta».

—Odiaba a los niños [responde Lucia]. Una vez me reuní con ella en el aeropuerto, cuando mis cuatro hijos eran pequeños. Gritó «¡Quítamelos de encima!» como si fueran una jauría de dobermans.

—No sé si renegaba de mí por casarme con un mexicano o porque era católico.

—Culpaba a la Iglesia católica de que la gente tuviera tantos hijos. Decía que los papas habían empezado a correr el rumor de que el amor hacía feliz a la gente.

 

A pesar de que –por su tendencia a los finales abiertos– no leemos en Berlin remates que nos tomen desprevenidos, la sorpresa es un recurso importante en sus textos. Es una sorpresa que se cuela en el trabajo lírico con el lenguaje, en la descripción de los caracteres y de los ambientes, en los actos de los agonistas que –aunque pertenecen a un orden absolutamente anodino– la cuentista sabe convertir en algo extraordinario. Los cuentos de Lucia Berlin se mueven en los márgenes de la verosimilitud. Se trata de una escritora realista, heredera de Chéjov y de Proust, que exagera, se burla, se divierte, traslapa tiempos, fusiona personajes. El juego que a partir de los setenta se llama «lo autoficcional» aparece con enorme libertad en estos relatos que no hallan su fuerza en tales o cuales categorías, sino en su buena factura narrativa, como debe ser. Si lo que se cuenta de veras ocurrió, si los personajes fueron como se los describe, es lo de menos; importa el trabajo literario, la mirada oblicua que disecciona lo que se ha dado en llamar «condición humana» y que, desde luego, nos interesa a todos.

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Posted by Eduardo Cerdán

Narrador y ensayista xalapeño, es profesor adjunto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Colabora en publicaciones periódicas como Confabulario de El Universal, La Jornada Semanal, Letras Libres, Literal, Crítica y La Palabra y el Hombre, entre otras. Textos suyos aparecen en antologías de cuentos mexicanos e hispanoamericanos (UV, UAM-X, BUAP y Ediciones Cal y Arena), así como de ensayos sobre literatura hispánica (Sussex Press). Es editor de narrativa en la revista Cuadrivio y colabora con el Grupo Planeta México. Ha sido traducido al inglés y al francés. Twitter: @Eduardo_Cerdan

  1. Excelente análisis de una cuentista extraordinaria

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