El trazo doble de los mapas
Los mapas están indisolublemente hermanados con las líneas: son ellas las que los definen y acotan, pero no sólo para orientar o dibujar límites artificiales. En este texto, Mario Note recorre el trazo doble que dejan tras de sí las líneas para entrever todos los significados de los mapas.
Mario Note Valencia
Las líneas de los mapas señalan una ruptura casi siempre imaginaria del terreno. Las más concretas y volubles pertenecen a las trazadas por Gaia, como las costas del océano, la línea fluvial de un río, lunares acuíferos o tumores herbáceos. Los mapas (que nacen con los trazos de la mano) son resonancias de un organismo vivo que, si se mueve un poco, se pierde para el mapa pero no para el viajero.
Más allá de fragmentar la visión de espacio sobre los lugares, las líneas artificiales confieren un sentido de estadía para quien las imagina y orbita conforme a sus funciones, de manera que el viajero dice «antes estaba allá, ahora estoy aquí». El allá y el aquí son también espacios surcados por líneas; cada lado a partir de la línea adquiere color y tono propios. La pequeña cerca de madera que se levanta entre los patios de un vecindario responde a esta perspectiva: el pasto recortado de un lado de la muralla doméstica no se atiene al crecimiento silvestre que sucede en el otro.
La geografía política justifica el hecho de que cada patio nacional se preocupe sólo de su pasto. Incluso con esta premura por cercar países, sabemos que ya dentro de ellos existen muchas más líneas divisorias. Parece que el encasillamiento rige la voluntad de saberse en un lugar, aunque las zonas metropolitanas son el triunfo del delirio espacial ingobernable. El constante caminar en zonas metropolitanas no responde a una toma de conciencia razonada sobre qué lugar se pisa, porque el mapa apenas se funde por primera vez (y muchas veces cada día) para quien la erige en su experiencia citadina.
Las observaciones de los mapas metropolitanos se escapan. Según los mapas hay tres o cuatro bloques de mácula urbana que pertenecen a uno u otro nombre, y estos nombres referencian a uno u otro lugar, pero cada transeúnte sin darse cuenta lleva la ciudad en sus hombros, orquesta intercambios geográficos según su errancia y hace un intercambio colorido de zonas, transgresiones que por supuesto nada importan a quien camina porque se encuentra en plena ejecución del concierto.
entendieron que ese dilatado mapa era inútil
Borges
Para el que pone un pie y hace un paso, el tiempo que tarda en descargar su peso sobre la planta del pie, se llama fundar. Es acto erotizado levantar un mapa, incluso un placer inflamar líneas hasta desdibujarlas; para este caso es tan benigna la usura, la usanza, de la que habla Ezra Pound cuando canta: «Con usura se hincha la línea /con usura nada está en su sitio (no hay límites precisos)».
Erigir mapas, como comer, hablar, aprender, palpar, puede ser un acto erótico cuya empresa se extiende a precisiones y delirios del terreno explorado. Por más precisión que se tenga, las costas se desvanecen y reformulan, pues la sensación auténtica de una costa consiste en su inmutabilidad del instante. Si alguien comprende más sobre la fugacidad, supongo que son los animales y las cosas. El instante de una ola dura lo que la eternidad, y las líneas un instante en cuanto al acto de trazar.
El hacedor de mapas es estimulador del viaje, su conciencia alcanza el grado cognitivo que delimitar una ciudad es imposible si ésta sólo aparece auténtica durante su vagancia urbana. Quizá para los desiertos, mares de arena, se tenga que recurrir a la fabricación de cartas portulanas, en la que nuestra posición en la tierra sólo es un punto más con respecto al puerto y a los otros puntos. Armar un mapa demográfico revela al final de cuentas qué tan aislados a suerte y conveniencia estamos de nosotros mismos. Sin embargo, como nos enseña el sufismo, el mapa no es el territorio.
Este es el mapa de tu espalda
Ruy Sánchez
La nomenclatura de los mapas es otro acto igual de erotizado: nombrar. Quien nombra posee, llama, aleja, desata, une, desea. Pero el mapa de la Tierra es igual de delirante a los ojos humanos, no sabemos si con ese nombre nos alejamos más de la esencia auténtica de nosotros o nos acercamos más al descubrimiento de un mundo cuyas dimensiones pueden medirse y constatarse con nuestro cuerpo; llaman a este accidente marino la Dorsal del Pacífico y a esta península la conocen llaman Bota Itálica.
El cielo nocturno es un mapa de nodos estelares y con los siglos se han armado los viajeros para llamarlos según los objetos cotidianos de su tiempo: donde hace mucho tiempo veían sólo a un dios griego, ahora ven la figura de un astrolabio. Acaso la lengua es un astrolabio sobre el paraíso terrenal del Otro, el trazo es el aliento, la voz que no fue más que gemido porque tradujo lo inefable, o es posible que uniendo tierras con sus cuatro elementos aparezca el cielo sobre nuestros vientres y se diga, por fin, que se ha visto un mapa instantáneo en el ritual amatorio. Entonces los enamorados salen a fundar las nuevas tierras con el nombre de sus contrarios.
e impondrá a los hombres leyes y murallas
Zeus sobre el destino de Eneas
Los mapas son un rostro. Estas grandes invenciones que permiten que la imagen del mundo quepa en un pequeño lapicero de globo terráqueo, no nacieron sólo de la necesidad de viajar, sino de conocer para conquistar, quiero decir, dominar. Los mapas también supieron dar con la ubicación débil del Otro para un futuro ataque.
Intensificar el trazo sobre los mapas consta de erigir una barrera. Las casas están construidas sobre un proyecto arquitectónico, las habitaciones por lo general tienen su propio aire, color y tono. En un espacio donde lo público es riesgoso, lo privado se vuelve esencial. Al parecer la privacidad es de más fácil construcción que merecerla, y la exclusividad entonces comprende desde cerrar la boca para comer, hasta dormir con la puerta cerrada para que nadie entre mientras el cuerpo resbala en movimientos auténticos, caprichosos e imprevisibles.
Aunque las líneas deben ser imaginarias, existen lugares donde se esfuerzan en arrastrar el símbolo peyorativo de la división y el límite, levantan burdos monumentos que llaman Muro. Hay mapas que marcan las tensiones territoriales con líneas rojas, sobrepujadas, tendidas a la fuerza, directas y ensanchadas por la soberbia del dominio, del simbólico dominio.
A mayor escala estas líneas sobre los mapas parecen cicatrices. Las cicatrices también son imaginarias, aunque la herida intensifica más el espacio dividido que el sensible dibujar de los territorios. Hablar de territorios es hablar con la inmediatez de los fragmentos, porque es muy difícil saber cuáles fueron las causas primeras que conducen a las separaciones culturales. Las culturas como «habitaciones del mundo» pueden ser la macroconcepción de las líneas divisorias.
Derrotado por la muralla.
Sufro la lejanía.
Pedro Vázqueznieto
La ciudad de Tijuana en un principio me dejó con el espejismo de una frontera franqueable, a tal grado que abandoné los mapas para recorrerla cada vez que pude a pie o en automóvil. Hubo un trazo que se impuso con violencia a las demás líneas geográficas que conocía hasta ese momento. El camino a sus playas me condujo paralelo al muro que supone definir dónde termina México y dónde comienza Estados Unidos.
Quizá sea necesario adoptar esta línea como la cicatriz de dos territorios y contar con que la frontera norte de México no es donde termina, sino donde comienza. También es necesario voltear al sur o a cualquier otro lado, percibir por un momento que se trata de una enorme cerca que divide al menos dos patios distintos y no una pared que separa habitaciones.
La condición del Río Bravo ha señalado los límites desde el siglo XIX, por eso lo llaman frontera natural. Pero cuando ambos lados se derrumben, el Río Bravo volverá a ser, para felicidad de los viajeros, lo que era: accidente natural, hermosa sutura, fluctuación al mar. El río une, arrastra sin ribera y ambos lados están en conversación simultánea.
En varios lugares del suroccidente de México se ha convertido en ritual, para que quienes van a la frontera, regresar con una botella de agua y tierra del Río Bravo. Lo hacen no como quienes tratan de constatar que estuvieron ahí, sino porque alguien llega y lo redime, vuelve al agua mítica y una gota basta para ser el semblante de ese río.
La disposición natural del Bravo está en desembocar al mar. El pueblo wixárika entiende mejor el sentido de los lugares del mundo, pues cualquier paisaje explorable es indispensable cuidarlo para poder caminarlo y conocerlo. La intervención moderna provocó lo contrario sobre una tribu del sur de Asia, para quienes su mapa estaba en lo que veían y tocaban, su historia en la misma región selvática. Cuando el mundo moderno destruyó su hábitat, desapareció árboles y ríos, los residentes sufrieron amnesia histórica. La cartografía era un organismo vivo.
Acá se destruyó un pedazo de humanidad, pero crecieron las urbes y las líneas de colores en los mapas, que por fortuna siempre podemos sortear. La línea de los mapas es testimonio de la intervención y ranura de poderío. Es un trazo doble y al igual que el sueño une o desata. La línea, si acaso no fuera moral políticamente incitaría al cruce desinhibido de viajeros, estos pasos que son los resquicios para la recreación de la estadía. Y la concepción de vecindario con patios como suburbios tendría lo cálido de una Gran Vecindad.
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Mario Note Valencia (Alcuzahue, Colima, 1991). Coordina La Cultura Efímera y labora incondicionalmente en Potro Azabache Editores.





