El anticanon de la crítica

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Muchas veces, la crítica literaria parece olvidar la experiencia primordial de la literatura: la vitalidad de leer una obra y dejarse envolver por ella. En este ensayo de humor agudo y abierta denuncia, Jorge Limón desmenuza los vicios del canon seguido por los críticos más académicos y esboza un provechoso anticanon para la crítica literaria.

 

  

Jorge Rodrigo Limón Bonilla

 

Me gustaría hablar, como lo requiere el tema de la presente edición, del canon. Pero no para entrar en el tópico del canon literario. No porque no sea harto necesario, tampoco porque no haya nada nuevo que aportar a la discusión. No hablaré, pues, de ese canon, porque hacerlo me resulta de algún modo paternalista y, por otro lado, me pondría en el predicamento de ponerme en el lugar del connoisseur de la literatura. Cada uno es responsable de cuidar el agua, saber con quién coge o decidir qué libros lee.

Opto aquí por tirar pedradas al aire, con riesgo de que alguna me caiga, pues mi blanco es la crítica literaria. O para encuadrarlo: el canon de la crítica literaria. So pena de que mi frente termine ensangrentada, ten presente, lector, que si lo que digo es inteligente y mordaz va para mí; si en cambio mi argumentación se vuelve terca y llena de contradicciones, el proyectil va para terceros. Sobre advertencia no hay engaño.

Entonces, quiero hablar de ese canon, y de ese conjunto «autorizado» de personas que se dedican a hablar, escribir y publicar líneas «serias» sobre literatura. Es verdad: todos leemos literatura, todos nos apropiamos de ella consumiéndola de una u otra manera. Todos tenemos juicios e impresiones tan personales como válidos. Algunos individuos, unos menos que otros, escribirán artículos o libros a partir de sus experiencias literarias y vivirán de ello. O sea que la literatura tiene su pléyade de seguidores cuyo principal pasatiempo es cuestionarla en todos sus puntos y desde todas las perspectivas. Esta actitud es inherente a la literatura, es una función de ésta. No puede haber crítica sin literatura (téngase en mente esto).

Ahora bien, puede una obra literaria vivir –y morir, por supuesto– sin haber suscitado crítica alguna. No obstante, tanto las grandes obras, las canónicas, como las pequeñas suelen llevar arrastrando consigo un grillete, puesto por la crítica, el resto de sus días. Hay obras que corren la ventura de generar en torno a su existir una superabundancia de textos críticos. Suele ocurrir que la crítica misma, muchas veces, da una concepción determinada de la obra, sin ser precisamente lo que la obra misma está tratando de decir. Estos textos críticos al margen son, de entrada, útiles. No obstante, hay que ir a tientas, pues sería tonto querer conocer a Cervantes primero por lo que se ha escrito sobre él –lo cual tomaría muchos años de la vida– y después por su obra. En este sentido, el lector que pretenda hacer crítica para sí, sin preocuparse por publicar sus opiniones –pues su objetivo único y primordial es la obra misma–, puede y debe prescindir de todo lo que sea «en torno a…». Lo único que requerirá será sentir dentro de sí una pasión al momento de vivir la experiencia literaria, una lectura atenta y una honestidad total en lo que respecta a la idea que se ha hecho de la obra. El acto de disfrute queda contenido en él mismo y ahí trasciende, no se requiere más.

El crítico, que es en sí un lector, tiene, por ende, las mismas características. Tendríamos que pensar que el buen crítico es el lector ideal tan anhelado que no se conforma con la vivencia inmediata y siente la necesidad de plasmarla sobre la página. Parto del supuesto de que el crítico de la literatura siente una pasión por la literatura y su necesaria explicación. También, cosa vital, de que realiza una lectura atentísima, pues en el dominio de su objeto de reflexión y estudio residirá gran parte de su calidad crítica. Finalmente, es esencial que lo que escriba sea completamente suyo, no en el sentido de la originalidad, sino en el sentido de la fidelidad a su propio modo de pensar.

Sin amor o sin pasión por la obra, cualquier labor crítica resulta estéril. Es imposible decir algo de un texto si de una u otra forma no hemos sido emocionados o alterados en cualquier sentido posible por él. Desde luego que toda reacción, incluida la pasividad, significa algo. Sí, pero sólo en el nivel del lector. En cambio, si algún poema o cuento me dice algo, pero de una manera incompleta, surge la necesidad de la glosa, y por tanto de la escritura. Valga la analogía: uno no escribe poemas o cartas de amor si no está enamorado. Si llegasen a existir tales versos o misivas, estarían despojados de toda significación por no corresponder a una realidad exterior, no importando su perfección y depuración técnica. Ahora bien, se da el caso de ciertas apreciaciones críticas que parecen tender hacia el desprecio por una obra o un autor. Es normal que esta crítica exista; no todo puede ser miel sobre hojuelas. Es también normal que el crítico sienta la necesidad de decir que tal o cual cosa «no le parece» por una u otra razón; no hay que tener mayor reparo con esto.

Éste es sólo el primer paso para atreverse a continuar penetrando la jungla de la escritura crítica. Viene en seguida la lectura honesta y detenida. Es quizá este punto el que se preste a mayor fingimiento, pues el proceder mental lleva a una representación esquemática de cómo es la obra. Es decir, la lectura crítica puede, según el crítico, devenir en una reflexión certera y diáfana o en una mera catalogación de los elementos constitutivos del texto. ¿Cuántos estudios no delatan, no su falta de lectura atenta, sino su falta de reflexión a partir de la información obtenida? Saber el número de hipálages[1] u oxímoros[2] en Góngora sirve de poco o de nada; no obstante si esta lectura atenta y minuciosa va más allá y se dedica a entender en qué contexto, cómo y por qué aparecen estas figuras, la poesía –y valga para la literatura en general– queda explicada en un nivel más profundo.

 

La lección de anatomía

Desde luego, existe el caso extremo dentro de la creación crítica de quien dice cosas sin haber tenido un acercamiento estético, es decir humano, con la literatura, y que, por consiguiente, no se ha preocupado de leer con fineza (hablaré de esto más adelante). Hay, pues, un tercer aspecto que la crítica tiende a pasar muchas veces por alto: la fidelidad al yo escritor. Hay una constante tendencia a pensar que la crítica o ciencia de la literatura, para tener rigor, debe despojar lo más que se pueda al escritor de sus sentimientos. Creo que esta moda, propia de nuestra época, obedece al surgimiento de la Revolución industrial y termina, en cierta medida, después de los bombazos atómicos. Piénsese que la concepción de mundo, a partir del auge tecnológico, comenzó a quedar supeditada al discurso científico. La crítica literaria no pudo huir de esto y, obviamente, quedó cubierta bajo este manto.

Entonces, se pretendía que el estudio de una novela o de un poema requería bata y bisturí. El crítico trataba al ente literario como un cadáver, y en su lista de protocolo se intentaba, primero, buscar la causa de muerte y después saber quién era el muerto. No obstante, sería injusto decir que el rigor científico de una época ahogara todo ímpetu de lecturas legítimamente humanas. Los padres fundadores de nuestro pensamiento contemporáneo –antes del desastre de las guerras mundiales– Nietzsche y Freud basaron su pensamiento en la lectura atenta, cariñosa y personal de la literatura, del legado clásico. No había, pues, límites para el estudio de las humanidades. Todo aspiraba a un rescate mayor de las literaturas escindidas de la comprensión a lo largo de casi milenio y medio. Pero el Diablo, que no duerme, llevó a los críticos, eruditos y a la institución de la crítica a enfrascarse tanto en su especialización que cuando quisieron voltear a la realidad, el mundo comenzaba a desmoronarse. Poco se pudo hacer: los herederos de aquellos dos genios dieron voces de la catástrofe que venía, pero era ya muy tarde. Tendrían que pasar unos años, después de la tragedia en Hiroshima y Nagasaki, para que se repensara cómo asir el mundo y sacar de él esperanza. Éstas son nuestras épocas y horizontes teóricos.

La fidelidad del crítico queda hoy día pendiente de la carga cultural que lo rodea. Es obvio que, a la par de la inexistencia de una escritura creativa «pura», tampoco existe una crítica desojada de lo otro. Éste es el nudo del problema de la fidelidad: el yo. No me refiero a la aspiración de suprimir a «ese maldito yo» cuando hago crítica literaria; tampoco a hacer una lectura hermética y hablar sólo de lo que está en el texto. No, un punto medio es necesario. Es dejar hablar a mi yo (consciente y subconsciente) sobre lo que le dice la literatura. Además, cabe agregar, la escritura misma es un combate y una tregua conmigo mismo. Pues una cosa es tener la idea y la sensación de apropiación o entendimiento de la obra literaria, y otra, muy diferente, es poner eso en escritura: objetivarlo. En otras palabras, no rechazo la escritura fenomenológica a partir de Un coup de dés,[3] ni tampoco la lectura política a partir del Quijote. Sólo señalo que, si la intención de la crítica literaria es explicar la literatura misma, me resulta poco honesto irse por las ramas y no por el tronco del problema. El asunto del problema podría reducirse a que los críticos no escuchan lo que los autores les quieren decir, sino lo que ellos quieren o creen haber escuchado.

 

Y los críticos de hoy, ¿qué?

Dejé un cabo suelto a propósito de aquella crítica que está alejada de la literatura, que abandona el yo y que, por lo tanto, desconoce qué es la pasión estética. Con toda justicia se me preguntará si es verdad que existen críticos de esta calaña. Yo respondo que sí, y que para nuestra desventura forman parte medular del establishment de la crítica hoy. Este establishment tiene ciertas peculiaridades. Está formado por gente que por vueltas de la vida accedió a los ámbitos académicos, pero que nunca tuvo un contacto directo con la literatura; no era parte de su mundo cotidiano. Así pues, para alcanzar a, o mejor dicho, competir con aquellos que toda la vida la han pasado en el fenómeno literario, ingieren una cantidad ingente de teorías y postulados que no logran digerir bien. Suponen que la teoría, muchas veces extraliteraria, antecede y justifica la novela o la pieza teatral.

Hace poco, unos días antes de redactar esto, me encontré con un artículo que tenía como intención principal hablar del fuego en la poesía de sor Juana. El autor tendría sus motivos para hablar de Foucault, Deleuze, el barroco y la emblemática. Terminada la lectura del artículo yo sabía muchas cosas sobre voluntades de sí, pliegues, retorcimientos y hermenéutica; algo menos sabía del fuego como representación literaria; de sor Juana y de su poesía, nada, pues había quedado relegada en alguna línea del primer párrafo. Y es que no entiendo por qué atreverse a hablar de La guerra y la paz atendiendo más a Henri Troyat que a Lev Tolstói, o hablar de Electra, Orestes e Ifigenia a partir de Freud y no de Sófocles o Esquilo. No digo que esté mal, sólo que se me hace una pérdida de tiempo –tiempo efectivo de vida– saber, por ejemplo, si la edición del Quijote de 1605 dice algo diferente a la edición revisada por Cervantes, y no reparar en la complejidad e implicaciones que existen para hacer hablar a Sancho del modo en que lo hace. Se pierde esta crítica en seres y en tiempo, en diégesis, en voluntades, representaciones y daseines (sic.), sin antes haber respirado directamente del ente literario. Pues la experiencia literaria es en su fase principal una vivencia, que quizá después fragüe en concepto. La incongruencia en la que caen estos neoacadémicos –el término es de Antonio Alatorre–[4] es tan grande como si hoy un hombre del siglo XXI pretendiese ser un iniciado en los misterios de Eleusis[5] por haberse leído toda la bibliografía al respecto.

No hay que temer a este canónico grupo, que parece ir en ascenso; tan sólo hay que guardar distancia. Son seres llenos de actitudes pretenciosas, con un grado casi nulo de sensibilidad estética y creyentes de que todo fue inventado en la posmodernidad. Despojan a la literatura de su efectividad vital. La demostración de que este establishment, el crítico, peca de desconocimiento de la literatura es que a veces, en los casos extremos, se ocupan de obras que para nada tienen el carácter de universales. Confían tanto en sus metodologías que cualquier texto les satisface para llegar a sus conclusiones, porque, como ya quedó dicho, la literatura queda en el lugar menos privilegiado.

En fin, la luz se apoca y yo debo terminar lo que empecé. No estoy seguro de que esto de la crítica sea tan importante como para tomárselo en serio, de igual manera que discutir cuál es el canon literario más justo y por qué. Pienso que ni la crítica determina cabalmente a la literatura, ni ésta, junto con aquélla, al lector. Supongo que aunque no seamos inmunes ni indiferentes a cualquier estímulo externo a nosotros, siempre cabe deslindar esto de aquello. Saber cuándo un texto crítico es eso mismo y no una extensión de la obra literaria, y saber cuándo la literatura es ficción y no la vida real. Quizá en ciertos modelos, ya un tanto alejados a nosotros, la palabra formaba al mundo y no el mundo a la palabra. En nuestro tiempo esto es diferente. Hay que dudar de todo lo dicho, sin entrar en un delirio paranoico y semiótico, sino tratando de discernir qué y hacia dónde motiva los discursos. Si uno se toma muy a pecho lo que nos es contado, uno acabará como aquellos que no sabían que el Werther era una novela y terminaban suicidándose. Contra la mala crítica, más crítica. Pero no más artículos o textos metacríticos (entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem);[6] sí una actitud de comprensión del mundo atenta, con todo el yo presente y, ¿por qué no?, con un poco de cariño.

 


NOTAS

[1] Hipálage: figura retórica consistente en referir un complemento a una palabra distinta de aquella a la cual debería referirse lógicamente. (RAE)

[2] Oxímoron: Combinación en una misma estructura sintáctica de dos palabras o expresiones de significado opuesto, que originan un nuevo sentido. (RAE)

[3] Poema de Stéphane Mallarmé, publicado en 1897.

[4] Ver Antonio Alatorre, Discurso de ingreso a El Colegio Nacional, [26 de junio de 1981, salutación de Fernando Salmerón], El Colegio Nacional, México, 2013.

[5] Población griega de Eleusis donde se llevaban a cabo, anualmente, rituales de iniciación en el culto a las diosas Deméter y Perséfone. Los iniciados, entre ellos Pitágoras, accedían momentáneamente al tiempo y espacio sagrados.

[6] «Navaja de Ockham», principio metodológico y filosófico de parsimonia.

 

 

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Jorge Rodrigo Limón Bonilla nació el mismo año que Estados Unidos tuvo su lunes negro y Michael sacó su disco Bad –que para el que escribe es realmente malo–, es decir, en 1987. Lleva toda la vida residiendo en Coyoacán y bajo el apoyo paterno, aunque dice que se esfuerza diariamente para sustentarse por sí mismo –le otorgo el privilegio de la duda. Estudia letras hispánicas en la UNAM y dice –de nuevo el privilegio aquel– que pronto se titulará. Espera ver otros textos suyos publicados y no una tercera guerra mundial.

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

1 comentario

  1. Adam Vázquez

    abril 19, 2015 at 5:28 pm

    Es un artículo muy bonito Limón. Felicidades por tu ejercicio de legitimación de un lector idealizado que siente un compromiso absoluto con su sensibilidad. Como sabrás, esos otros lectores y producciones de las que hablas, legitiman sus estrategias de maneras distintas: quizá desde la pedantería hasta el puesto en la también tan abstracta “academia”. Pero qué peligroso, una vez más, andar reprobando o aprobando conciencias. Me parece que hay espacios pertinentes para todo tipo de crítica, desde el “me gustó porque considero que es precioso” hasta el “ultimadamente toda escritura es un intento por alejarse del borramiento, porque el referente absoluto implica el abandono del conocimiento”, etc. No creo que exista una práctica lectora más legitima que otra a priori. Toda práctica hegemónica se autoproclama legítima y en ese sentido con el caso de la crítica en general, me parece más fructífero detectar desde dónde y para qué escribe tal crítico, qué tradición lo sustenta y cuáles son las implicaciones de tal. Poco me importa si el crítico tiene buen o mal corazón, o de otra forma, si tiene la sensibilidad necesaria o no para acercarse a la literatura (¿cómo saberlo? por otro lado). En este caso lo que interesa es si la crítica es productiva, ya que toda escritura, lamentablemente y como hemos visto, sólo generará más escritura. En fin, luego lo platicamos en persona.
    Un abrazo

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