¿Quién teme al canon feroz?

Por  |  0 Comentarios

Las limitaciones de un concepto

 

Ese «canon» que supuestamente subyuga a la literatura con una lista de autores y obras indispensables, nos dice Alberto Montaner, en realidad nunca ha existido. En este ensayo se rastrea el origen de la noción «canon» y se reflexiona sobre las dinámicas reales del gusto y la valoración de las obras literarias.

 

 

Alberto Montaner

 

Tradicionalmente, el término canon, referido a una relación de obras, se había aplicado en Europa tan sólo al conjunto de los libros de la Biblia que se consideraban genuinos e inspirados y, por lo tanto, integrantes seguros de la misma: el canon de las Sagradas Escrituras frente a los textos tenidos por apócrifos. Cuando, mucho antes de eso, se encuentra en Cicerón la expresión medio griega, medio latina kanōn scriptorum, no se refiere a una lista de obras, como podría parecer fuera de contexto, sino a una persona concreta: tu, qui kanōn esse meorum scriptorum soles («tú, que sueles ser un severo crítico de mis escritos») (Familiares, 16.17.1). En griego, kanōn se refería originalmente a una vara. De ahí pasó a designar la regla de los carpinteros y, metafóricamente, un precepto, principio o modelo de actuación en una rama cualquiera de la actividad humana, aunque con aplicaciones específicas en el ámbito de las humanidades (reglas gramaticales y retóricas), de las artes (proporciones artísticas o arquitectónicas), del derecho (ley o conjunto de las mismas) o del método lógico-matemático (la forma de operar o de obtener una inferencia correcta). De ahí que el adjetivo kanonikós designase lo «regular», esto es, lo elaborado o construido conforme a las reglas de una disciplina dada.

Lo más parecido a lo que hoy suele entenderse por canon en el ámbito literario antiguo fueron las pínakes: «tablas» o «listas», especialmente en referencia a la obra homónima de Calímaco de Cirene; pero éstas, hasta donde sabemos, constituían un extenso catálogo de la biblioteca de Alejandría, no un elenco de los autores dignos de estudio o de conservación. Cierto es que entre los griegos, como luego entre los romanos y más tarde entre los letrados medievales, existía cierta conformidad sobre cuáles eran los autores o las obras dignas de imitación (según los diversos géneros literarios). Sin embargo, ese consenso de los cultos pocas veces se tradujo en listas y mucho menos en listas institucionales, era simplemente un conjunto difuso de nombres o títulos que se suponía que cualquier persona bien formada debía conocer y que no solía ser excluyente (véanse Escobar, 2011 y 2012).

Aunque a estos autores y obras se los podría haber adjetivado de canónicos, en el sentido de «modélicos», lo cierto es que ni en griego ni en latín se les aplicó ese calificativo, ya que no era tanto que sirvieran de modelo, sino que más bien servían de ejemplo de apego a las reglas. Por ello, en latín medieval, canonicus es sobre todo lo que se atiene al derecho eclesiástico, frente al civil, y por metonimia la persona misma a la que aquel afecta. De ahí que canonicus diese lugar a nuestro canónigo, lo mismo que al francés chanoine y al inglés antiguo canonic (hoy canon), originalmente «clérigo regular» y luego específicamente «eclesiástico que disfruta de una prebenda por la que se pertenece al cabildo de una catedral o una iglesia colegial».

De hecho, el uso de la palabra «canon» referida a la literatura es muy reciente. El uso más antiguo, registrado en el Trésor de la Langue Française, s. v. «canon», son las referencias de Taine en su Voyage en Italie (1866) al «Canon d’Alexandrie» y al «canon des auteurs classiques». Por su parte, en las adiciones de 2002 del Oxford English Dictionary (OED) el ejemplo más antiguo, s. v. «canon», se toma de un artículo de la revista American Literature de 1929: «Those who read bits of Mather with pleasure will continue to feel that those bits cannot be excluded from the canon of literature until much excellent English “utilitarian” prose is similarly excluded». Ahora bien, aquí «canon» no significa «A body of literary works traditionally regarded as the most important, significant, and worthy of study», como (ateniéndose a la acepción hoy habitual) explica el mismo OED, sino simplemente «conjunto de las obras [que se consideran] literarias», como evidencia el contexto.

Hasta donde he podido llegar a saber, el primer intento de aplicar de manera sistemática el concepto de canon hoy usual (al que responde la citada definición del OED) es el de Ernst Robert Curtius en su ya clásico estudio sobre Europäische Literatur und lateinisches Mittelalter (1948, 2.ª ed., rev. 1954, trad. esp.: Literatura europea y Edad Media latina, 1955). Allí dedica un apartado (III.5) a establecer qué autores se leían en las escuelas medievales, constatando que en ellas «no [se] conoce el concepto de lo “clásico”; todos los escritores son autoridades con idéntico derecho». En consecuencia, las listas existentes, a partir de la compuesta hacia 975 por Walther de Espira, poseen esencialmente valor pedagógico y no pretenden establecer un canon con valor absoluto. Se trata, ante todo, de modelos lingüísticos, aunque también morales. Además, tales relaciones están en constante evolución y ampliación, y pasan de los once autores citados por Walther a ochenta en el Registrum de Hugo de Trimberg (1280), y eso que incluye sólo a poetas. Como concluye el mismo Curtius: «Esto por lo que se refiere a los autores leídos en las escuelas. Claro está que los grandes letrados de la Edad Media conocían también a otros autores». En los propios centros docentes, a partir del llamado Renacimiento del siglo XII, «el plan de enseñanza deja amplio margen a las predilecciones y a la libre iniciativa del maestro y del director de la escuela».

En una sección posterior (XIV.4), Curtius vuelve sobre lo que denomina ya expresamente mittelalterlicher Kanon o «canon medieval», que, cuando no coincide con el ya visto «canon escolar medieval», resulta ser una relación no menos cambiante que las de aquel, constituyendo, en muchos casos, una selección de lecturas estrictamente personal. La noción misma de autores recomendados o recomendables amenazó con desaparecer ante el creciente rechazo de las auctoritates como garantes de la veracidad del discurso, sustituidas por la lógica y los datos empíricos en la corriente nominalista. De modo que, cuando Curtius aborda la moderne Kanonbildung o «formación del canon moderno» (XIV.5), lo que se aprecia es que, a partir del Renacimiento, se apuntan los cánones de las actuales literaturas nacionales, sin que al final se alcance a fijar ninguno, mucho menos a escala europea.

Pese a esta aportación pionera, el concepto de canon no se generalizó hasta la eclosión de las posturas críticas postestructualistas. Ése es el contexto que refleja la siguiente cita (última de las que recoge el OED), tomada de un artículo de The New York Review of Books aparecido en 1999: «The canon was under attack from feminists and social historians who saw it as the preserve of male and bourgeois dominance». En efecto, fueron las críticas vertidas, especialmente, desde los estudios culturales y de género las que dieron definitiva carta de naturaleza a la noción de canon en el ámbito de la Literary Theory. No deja de resultar algo paradójico que el auge del concepto se vincule más bien a su rechazo que a su empleo y, de hecho, esto constituye uno de los elementos que lo lastran y que hacen de él algo, en realidad, escasamente operativo, salvo en el sentido restringido en que lo empleara Curtius.

Esto se debe a que, como hemos visto, en realidad the canon, individualizado con artículo, nunca ha existido. Lo único históricamente dado son diversos cánones, es decir, elencos concretos de autores u obras considerados recomendables, los cuales han variado en diacronía y a veces han competido en sincronía. Tales cánones han estado vinculados ante todo a la inevitable selección que es preciso hacer con fines didácticos, dado que la materia excede la longitud de cualquier curso efectivo. En cambio, la caracterización del canon como una entidad propia e inmutable, establecida por la mano negra de los intereses creados, no es más que una construcción ad hoc hecha por esas y otras corrientes de la posmodernidad a fin de promover sus propios modelos, planteados como alternativa a un supuesto monolito reaccionario. Esto es lo que, en el estudio de las falacias discursivas, se denomina «un hombre de paja», es decir, una versión simplificada y tergiversada de los argumentos del adversario, más fácil de rebatir que aquellos.

El problema es que, en este caso, ni siquiera existía realmente al argumento a rebatir, sino sólo la alternativa a promocionar, de modo que se creó artificialmente una categoría que en rigor no existía, el Canon por antonomasia, concebido como un coto cerrado y fijo de autores considerados indispensables. A partir de aquí, se pretendió explicar cómo surgía y se formaba ese Canon mediante la acción, más o menos coordinada, de determinados factores eminentemente extraliterarios, de tipo político, económico o sociocultural. El asunto es que, al tratarse de una entelequia no susceptible de observación empírica, era imposible encontrar datos que permitiesen dar razón del surgimiento o el funcionamiento del Canon. Tampoco importaba mucho, porque la explicación, como su propio objeto, estaban preestablecidos por la teoría misma: la interpretación «conspiranoica» de la historia y la «hermenéutica de la sospecha». De este modo se generaba un planteamiento perfectamente circular: el Canon era excluyente y represivo porque estaba elaborado por fuerzas (reaccionarias) excluyentes y represivas, que aspiraban con él a perpetuar su dominio sobre las conciencias individuales y, con ello, sobre la colectividad. En suma, como tantos otros productos culturales anteriores a la ideología que los criticaba, se trataba del perverso resultado de un poderoso cónclave, secreto y maligno, dedicado a subyugar a sus receptores.

El caso es que, sin haber profundizado en cómo surgen, se transforman y, en su caso, eventualmente desaparecen los cánones (siempre en plural), resulta imposible saber qué fuerzas inciden en tales procesos, y aunque no cabe negar el ineludible influjo del contexto sociopolítico y cultural, la forma en que éste opera sobre aquellos no puede darse por sentada. De los ejemplos que aducen Curtius y Escobar, lo que se deduce es, ante todo, la inercia que opera en tales listas, donde se repiten numerosos nombres que no sabemos si responden a lecturas reales. En realidad, salvo para los planes de estudios desde la formalización de la enseñanza pública en el siglo XIX (con la excepción de la preexistente ratio studiorum de los jesuitas, de alcance social mucho más limitado), ni siquiera tenemos la seguridad de que esos cánones constituyeran otra cosa que un desideratum. En suma, desconocemos la dinámica tanto endógena como exógena de los cánones e incluso su verdadero peso social, así que en muy malas condiciones estamos para analizar, no digamos ya explicar, su funcionamiento. Lo que sí está claro es que, por lo común, no han pretendido ser excluyentes, sino selectivos, y esto eminentemente por razones prácticas, como queda dicho. Podemos dar por sentado que en esa selección han influido, entre otras cosas, opciones ideológicas, pero esto, que es perfectamente admisible como hipótesis de trabajo, tiene que someterse al contraste con los datos empíricos. Si no, como tantas otras afirmaciones de la Literary Theory, se convierte en un apriorismo, cuando no en un dogma de fe.

Para complicar aún más la cuestión, varias de las corrientes que criticaban el Canon que ellas mismas habían forjado no aspiraban a desmantelarlo, sino a sustituirlo por un nuevo Canon, supuestamente abierto y progresista, pero que seguía obedeciendo a la misma lógica del que se pretendía erradicar. Es decir, de hecho, al pretender deconstruir el Canon, lo que se estaba era directamente construyéndolo, dado que previamente no existía. Si uno compartiera los principios analíticos de quienes condujeron esta operación, no dejaría de aprovechar la ocasión para presentarla como un coup de force destinado a otorgarles a sus promotores justamente el poder de decidir quién entraba o no en ese recién erigido Canon. En justicia, hay que señalar que otros críticos del Canon llegaron justamente a la conclusión más coherente con su planteamiento: que aquel había de eliminarse. Sabia decisión, si no fuera porque, como reza el viejo y expresivo refrán, para este viaje no hacían falta alforjas.

Ahora bien, como en tantas otras ocasiones, el guante lanzado por los detractores fue recogido por los presuntos agraviados, que se convirtieron en los defensores de un concepto que, en rigor, había carecido de efectividad, o bien dio lugar a una tercera vía, que pretendía conciliar la validez del Canon en abstracto con la crítica o, al menos, con la revisión del Canon establecido en concreto. De estas, la primera postura ha sido la más influyente y la ejemplifica bien Harold Bloom con su controvertido The Western Canon (1994). En principio, una virtud de este planteamiento era reivindicar, frente a los análisis postestructuralistas (estos sí, canónicos), el papel del componente estético, es decir, del específicamente literario. Sin embargo, no criticó el concepto mismo de Canon propuesto por la que él denomina School of Resentment y a cambio exacerbó el papel del juicio estético en su constitución, pese a que, como él mismo reconoce, «el yo individual es el único método y el único criterio para percibir el valor estético». Esto aboca al subjetivismo total y convierte lo que debería ser la solución en parte del problema.

En efecto, el gusto, aunque no sea arbitrario, tampoco es objetivo. Fruto de pautas socioculturales (derivadas en parte de la existencia de sucesivos y variables cánones artísticos) combinadas inextricablemente con circunstancias tan personales como intransferibles, el juicio estético es esencialmente subjetivo y, aunque pueda explicarse históricamente, no puede fundamentarse ontológicamente, a menos que se participe del concepto eidético de Belleza, al modo platónico. De este modo, incluso coincidiendo con los teóricos del canon en que el estudio de la literatura debe basarse en su dimensión estética, ello no implica confundir el análisis con el enjuiciamiento. Porque, ¿qué hacemos al estudiar una obra literaria? Examinamos una obra del ser humano y para el ser humano. Ahora bien, si confundimos la explicación racional con el efecto subjetivo que produce en el lector, es mucho más honesto dejar a la obra literaria producir su efecto y dar por concluida la indagación. Por el contrario, si lo que se pretende es realizar una investigación a la vez racional y empírica (es decir, eso que incluso en el ámbito de las Humanidades se entiende por ciencia), la solución pasa por entender por qué y cómo se disfruta de la lectura y, por lo tanto, de dónde nace su valoración. En suma, aunque ésta sea inherente a la recepción de la literatura (como manifestación estética que es), resulta ajena al estudio de la misma (salvo como uno de sus objetos).

A todas luces, la noción de un Canon antonomástico como elemento fundamental en la determinación y funcionamiento del campo cultural de la literatura carece de apoyo empírico. Por tanto, la utilidad del concepto como herramienta de análisis es, a mi entender, nula y su uso sólo tiene interés, desprovisto de la mayúscula (con todo lo que ello implica), como un procedimiento auxiliar en el caso de establecer un programa de estudios, necesariamente limitado (es decir, con la finalidad escolar que siempre tuvieron los cánones). En este caso, sí puede tener interés plantear alternativas justificadas a las nóminas vigentes (véase, por ejemplo, aquí). Por su parte, el estudio de la literatura tiene como objeto la comprensión de un conjunto abierto de fenómenos y productos socioculturales que responden al mecanismo de la lectura estética (esto es, los textos literarios en su composición, difusión y recepción), no la elaboración de un ranking de autores o de obras, que ha de quedar al arbitrio de cada cual, según sus particulares gustos.

En este terreno, es fundamental subrayar una distinción muy pocas veces efectuada o, al menos, asumida: una cosa es el lector, con su capacidad libérrima de escoger, interpretar y valorar las obras literarias, y otra el estudioso de la literatura, cuya misión es explicar las obras en la relación dialéctica (o más propiamente, en la antiperístasis) entre el texto y sus sucesivos contextos, tanto el de origen, que enmarca a un tiempo su producción y su primera recepción, como en los posteriores, que dan cuenta de las diversas recepciones experimentadas y, con ellas, de la pervivencia o no de una obra en el acervo cultural vigente. En este sentido, sí es de utilidad estudiar los procesos de «canonización», es decir, los que han hecho que una obra o un autor se conviertan en «clásicos», pero esta ha de ser una indagación abierta, sin explicaciones prefabricadas. Algo que poco o nada tiene que ver con ese supuesto Canon.

 

 

 

_________________

Alberto Montaner es filólogo e historiador, arabista y heraldista, además de poeta. Es catedrático en la Universidad de Zaragoza, España, participa en la revista sobre heráldica Emblemata y es miembro de la Sociedad Heráldica Española, presidente de la Sociedad de Estudios Medievales y Renacentistas, y miembro de la Asociación Hispánica de Literatura Medieval, de la Asociación Internacional Siglo de Oro, y de la Sociedad Española de Historia del Libro. Dirigió la Unidad de Estudios Árabes e Islámicos del Instituto de Estudios Islámicos y del Oriente Próximo. Erudito precoz, a los 17 años ganó el Premio European Philips Contest for Young Scientists and Inventors por un estudio sobre El Cid.

Revista de crítica, creación y divulgación de la ciencia

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *