Saturday, 2nd August 2014

En qué cabeza cabe

Publicado el 29. abr, 2012 por en Cuento, Literatura

Édgar Adrián Mora

 

 

¡Cómo se retorcía el gato! Moviéndose de un lado a otro. Se arrastró hasta que el polvo del suelo se le quedó pegado a los pelos duros y empapados de sangre. No supe por qué lo hice. Será porque escuché en la televisión que los animales soportaban más el dolor que las personas. Entonces se me ocurrió que el gato no debería de experimentar dolor. Si hasta mi madre dice que tienen siete vidas, ¿no? Pues si pasara algo malo, sólo estaría gastando una vida del gato. Le quedarían seis si es que no había malgastado ninguna de las otras. Aparte el gato es fuerte. Lo he visto caer de la azotea sin emitir ruido alguno. Se ha quedado atrapado entre las ramas del ciruelo del patio tratando de atrapar algún pajarito y solamente se pone a maullar. Papá lo patea cada que puede. Dice que deja los sillones llenos de pelos y que esa costumbre de subirse a la mesa no puede ser buena. Pelea con mamá porque dice que ella lo consiente demasiado. Mamá le dice a papá que es un salvaje y que más le vale que ni yo ni mi hermano lo veamos hacer eso con el gato porque entonces también lo vamos a hacer. A mí me da igual que se peleen. No me importaría en lo absoluto si no fuera por el ruido que hacen. Mamá tiene una voz chillona. Como de ganso. Dice mi hermano que al chillido del ganso se le llama graznido. Lo que quiere decir que cuando mi mamá habla, en realidad no habla, y tampoco grita. Ella grazna. Como los gansos. Papá no grita tanto. Pero cuando lo hace, nos deja callados a todos. Sólo lo hace cuando mamá ha graznado demasiado tiempo sin que se calle, o cuando mi hermano o yo hacemos alguna travesura grave. Un día tiramos la televisión de la sala. Nuevecita. Papá nos había dicho. No nos había gritado, nada más nos había dicho que no quería vernos con el balón de futbol dentro de la casa. Y habíamos cumplido. Cuando mi hermano y yo practicábamos a pegarle con la cabeza al balón, mi padre no estaba en casa. Que es igual a decir que no nos estaba viendo. ¿No es así? Pero igual se puso muy enojado. Como quien dice, se emputó. Que es lo que dicen mis primos cuando hablan mal de su padre. Estaba «remputado». Y eso quiere decir que el tío estaba muy enojado. Tan enojado como para jalarles las orejas o darles de nalgadas. Mis primos dicen que no duele. Que es como cuando te caes por andar patinando o te da un balón en la mera panza. Te deja sin aire. Pero ellos gritan muy fuerte. Dicen que sólo así mi tío se asusta y deja de pegarles. Mi mamá usa otra palabra cuando papá se enoja y grita y sale dando un portazo que tira el cuadro del abuelo colgado a un lado de la puerta. Dice mi mamá que papá anda con carácter draconiano. Yo no sé qué quiere decir eso. Mi hermano tampoco, a pesar de que lee muchos libros sin dibujos y gana medallitas en la escuela. Mis primos, ni pensarlo, son más imbéciles que mi tío. Dejar de pegarles nomás porque los mensos se ponen a gritar. Bueno, decía que mi madre dice que papá se pone draconiano. Un día, mientras viajábamos en la camioneta y yo tenía algunas ideas acerca de si tener padres era necesario, le pregunté a mamá que qué quería decir draconiano. Así nada más le solté la pregunta. Ella se me quedó viendo durante unos instantes y después me preguntó que dónde había oído la palabra. Tú la dices, le respondí. Cuando papá anda muy enojado comienzas a decirnos que no le hablemos porque anda con carácter draconiano. Quiere decir que está muy enojado y que no se puede platicar con una persona enojada, me responde mientras entrecierra los ojos. Eso ya lo sé, le dije, lo que no acabo de comprender es por qué usar esa palabra. Draconiano. Es fácil, dice mamá, mientras esquiva un auto que se nos atraviesa en el camino; digo draconiano porque papá se pone como un dragón, y cuando dice esto infla las mejillas y expulsa el aire con un ruido como si escupiera fuego. A mamá le huele la boca muuuy feo. No quedé conforme con la respuesta de mi madre. Así que le pregunté a Abraham. Abraham es amigo de mi padre. Trabaja con él a veces. Cuando papá comienza a decir que en este país no hay futuro; que todos los políticos son unos ratas (así, ratas); que siempre se trata de joder a la gente que comienza a progresar, entonces es cuando viene Abraham a la casa. Se sienta en la sala, abre su portafolio y comienza a revisar papeles. Papá lo deja trabajar en la sala y se va a la cocina a prepararle un café o a fumar un cigarrillo en la terraza. Abraham es un tipo inteligente. No lo digo yo, lo dice papá cada vez que Abraham lo saca de un problema; lo confirma mamá cada vez que papá lo dice. Fue por eso que le pregunté a Abraham qué era draconiano. Él me miró con curiosidad por instante. Dónde oíste la palabra, me dijo. ¿Por qué tanta curiosidad por saber dónde escucha uno las palabras?, ¿qué tiene que ver eso con su significado? Le tuve que contar las peleas de papá y mamá y de lo que mamá decía cada vez que papá se emputaba. Lo dije así, sin parpadear, sabía que era una mala palabra pero no me importó. Abraham era inteligente y sabría comprender. Le mencioné entonces la explicación de mi madre. Él se quedó pensativo por un instante y después me corroboró algo que yo ya sabía: mamá es una hocicona que no sabe lo que dice. Abraham me contó la historia de un rey que se llamaba Dracón. Dracón era un rey que hacía leyes, es decir, decidía lo que las personas podían hacer o no en su ciudad. En la época de Dracón, siguió diciéndome, la mayoría de las personas eran soldados, vivían en guerra constante. Los pueblos se cuidaban de que alguien, desde dentro de la propia nación, los traicionara. Para eso, Dracón hizo leyes muy severas. Severo quiere decir que si alguien cometía alguna falta recibiría un castigo muy fuerte. ¿Y qué castigos eran?, alcancé a preguntarle a Abraham. La tortura, la esclavitud o la muerte, me dijo (seguro de que yo no sabía muy bien qué era lo que me estaba diciendo). Entonces entró papá. ¿Qué haces aquí?, me dijo con humor draconiano. Nada, le contesté, Abraham me contó la historia de un rey. Sal a jugar al patio, Abraham tiene cosas mucho más importantes que hacer, que andar contando historias de reyes. Anda, ve al patio, y llévate al gato que otra vez se anda subiendo a la mesa de la cocina. Salí de la sala. Le di las gracias a Abraham que sólo sonrió y regresó al montón de papeles puestos sobre la mesa de centro. Es un niño muy inteligente, alcancé a oír que Abraham le decía a mi padre. Sí, lo bueno es que pronto entrará a la escuela, le respondió él. Pasé por la cocina. Ahí estaba el gato, lamiendo unas migajas de pan que alguien había dejado sobre la mesa. Si papá lo hubiese visto, seguro que lo baja y le da una patada. Pero papá es débil, ni siquiera cuando mi hermano y yo tiramos la tele de la sala se atrevió a pegarnos. Seguro que si hubiera sido mi tío y nosotros sus hijos, nos mata. Pero él sólo gritó mucho, se peleó con mamá y no nos dejó salir a jugar en varias semanas. Si yo fuera mi padre, me hubiera portado draconiano. Draconiano, me gusta la palabra. Justo cuando pienso esto, el gato voltea el cartón de leche y riega su contenido. La leche se dispersa sobre la mesa, comienza a gotear por las orillas, cae al suelo como un aguacero. Pinche gato, pienso para mí, merece un castigo draconiano.

No me quedé en el patio. Decidí salir a la calle. En el patio podían oírse los maullidos del gato y mamá se pondría histérica. Cada vez es más difícil tratar de entenderla. Si no se enoja por una cosa, se enoja por otra. La otra vez le dijo a papá que quería trabajar. Salir de la casa. Probar otro ambiente. Papá le dijo que él no se oponía siempre y cuando sus hijos (o sea, mi hermano y yo) estuvieran bien atendidos. Al final mamá no entró a trabajar. A sus hermanas les dijo que lo hacía por nosotros. Que no confiaba en dejarnos al cuidado de otra persona. Yo sabía que la verdadera razón era que mamá es una perezosa de primera. Se la pasa durmiendo o viendo la tele. Cuando vienen sus amigas que trabajan y se quejan de lo que ocurre en sus trabajos, ella sólo dice que gracias a Dios no tiene necesidad de sufrir todas esas cosas. Después, cuando sus amigas se van, se mete a su cuarto y se pone a llorar. No entiendo, si dice que no tiene que sufrir lo que sufren sus amigas, entonces por qué les tiene envidia. Abro la puerta de la entrada. Hace mucho ruido. Mamá le dijo a papá que le pusiera aceite para que no rechinara tanto. Pero papá nunca lo hizo. Es por eso que ahora, con el ruido de la puerta, el gato se asusta y casi se me escapa de entre las manos. Decido ir al parquecito que está a la vuelta de la casa. Mamá nos deja ir a mi hermano y a mí cuando quiere dormir tranquila o cuando se pone a hablar mal de mi papá con sus amigas. Antes de salir eché todo lo que necesitaba en una bolsa. Seguro que al gato no se le volverá a ocurrir siquiera volver a subirse a la mesa de la cocina. El gato se retuerce entre mis manos. Es un animal fuerte, pero estoy seguro de poder dominarlo. Cierro la puerta de la entrada. Hace un ruido espantoso. Mi hermano se asoma en la ventana de su cuarto. Trae un libro en la mano. Me mueve la cabeza cómo preguntando qué es lo que estoy haciendo. Con las dos manos en las que sostengo al gato, le señalo el parque. Él ya no me hace caso y se vuelve a meter a la cueva que llama cuarto. Yo me dirijo a mi destino. Escucho la voz de los soldados del reino pedir justicia con gritos aterradores. Los enemigos se aterran ante los gritos. Yo pido ser el verdugo que castigue al traidor. Entro al estadio. El público grita emocionado. Como si hubiera caído el gol del campeonato.

Fue difícil mantener al gato quieto mientras clavaba los desarmadores en el piso polvoriento del parque y le amarraba con cinta las patas. Lo demás fue fácil. Solamente dos personas me vieron. Una me interrumpió groseramente. Era una muchacha que siempre cruzaba el parque cuando volvía de la escuela. ¿Qué haces?, me preguntó, seguramente antes de ver al gato dominado sobre el suelo. Después intentó gritarme. Se puso histérica e intentó, incluso, quitarme al gato. Le mostré uno de los cuchillos de la caja de herramientas de mi padre. Lárgate de aquí, le grité, tengo cosas más importantes que hacer que estarte soportando. Me sentía poderoso, como si el ejercicio de la justicia fuera algo que te volvía inmenso, invencible. La miré dudar. Ella era mucho más grande, pero no sabía lo que quería. Se quedó mirando al gato sin saber qué hacer. Yo volví a hincarme en la tierra. Tomé un embudo pequeño y el destapacaños. Esperé un momento. Tal vez los tipos de la televisión no tenían razón después de todo. El gato se retorcía y quería zafarse de los nudos que le había hecho alrededor de las patas. Es posible que, al final, le doliera lo que estaba haciendo. Antes de usar el destapacaños, volteé a ver si la chica seguía mirando lo que hacía. Se había ido. En el parque no estábamos, aparentemente, más que el gato y yo. Éste ya no se quejaba ni hacía nada. Simplemente abría el hocico como si gritara, pero sin gritar. También había dejado de moverse tan rápido. Me senté en el piso. Salió una nube de polvo que me hizo toser varias veces. Un perro apareció tras unas bancas del parque. Olisqueó dos o tres árboles y después se puso a mear en uno de ellos. Se acercó. No era un perro fuerte, ni mucho menos. Era un perro callejero al que mi hermano y yo solíamos lanzarle piedras pequeñas hasta que éste, rendido, se iba moviendo la cola al fondo de la calle o se ponía a aullar de dolor cuando alguno de los proyectiles que le lanzábamos daba en el blanco. A veces se echaba a media calle y los autos tenían que rodearlo para no pasar sobre su cuerpo lleno de llagas y de mechones de pelo llenos de aceite, mugre y suciedad. Tan fácil que hubiera sido, simplemente, aplastarlo. Pero la gente no lo hacía. Los escuchaba todos los días quejarse de que otra vez el perro se había puesto en medio de la calle y todos los autos se habían detenido. A algunos hasta les parecía gracioso. El perro se quedó mirando al gato tirado en el suelo. Seguramente pensaba en que el gato sería una buena cena. Era noche cerrada, el parque estaba iluminado por unos cuantos focos. Se acercó con el hocico dirigido al suelo. ¿Quién puede respetar a alguien que pretende ganar algo mostrando su miseria? Era como los limosneros que todos los días se acercan a la ventana de la camioneta de mamá mostrando sus rostros ahumados, carcomidos, sus huesos amenazando con salirse de la carne, los ojos irritados cubiertos de una tela blanca, sus hijos envueltos en trapos miserables. Mi madre, a veces, les daba unas monedas. Ellos la veían de reojo, todavía con el rostro viendo hacia el suelo y daban las gracias. Se retiraban cojeando, arrastrando los pies, revolcando la mirada. Tomé una piedra y se la arrojé al perro. Dio en el blanco. El perro comenzó a aullar, pero no se fue del todo. Se puso detrás de las bancas. Es que acaso no te basta con lastimar a un animal y quieres hacerlo con otro. La voz era fuerte, la escuché a mis espaldas. Cuando volteé estaba viéndome como si estuviera a punto de golpearme. Lo reconocí a pesar de la ropa que traía. Esa nariz ganchuda y esos ojos de ratón asustado no podían ser más que de una persona: el padre Ismael. Habíamos tomado el catecismo con él. Mi hermano y yo lo escuchábamos hablar del infierno y de los castigos eternos que les esperaba a todos los pecadores. El padre era conocido por ser uno de los más severos. Daba los sermones más fuertes y dejaba las penitencias más difíciles de cumplir. La gente por lo regular evitaba confesarse con él. Sabían que el padre juzgaría con severidad el castigo al que se harían acreedores. Era un sacerdote draconiano, pensé con felicidad y entonces una sonrisa iluminó mi rostro. ¿De qué te ríes, muchacho cabrón? Mira lo que le hiciste a esta pobre criatura de Dios; en qué cabeza cabe… Vi al padre a los ojos y le mostré una de las patitas del gato que tenía encerrada en una de mis manos. Es lo que le iba a arrojar al perro callejero cuando el sacerdote llegó. Si el padre era lo suficientemente justo, sabría respetar mi decisión. El padre abrió los ojos de una forma en que realmente me asustó. Luego caminó hacia mí con decisión. Lo vi venir sabiendo que él era el encargado de administrar la justicia por las faltas que hubiese cometido. Entonces ocurrió, una luz se prendió en una de las casas que rodeaban el parque. Se escuchó el ruido de una ventana abriéndose y la música escapó en dirección hacia los árboles. El sacerdote se detuvo al escuchar la música y ver esa luz encendida. Miró la ventana, después me miró a mí, vio al gato en el suelo. No supe qué habrá pensado. Se santiguó y me dejó en el parque. Yo ya no podía seguir más tiempo ahí. Se había hecho de noche y mi madre no tardaría en salir a buscarme. Era hora de regresar a casa. Tomé el frasco de alcohol y lo rocié sobre el gato. El gato no hizo ningún movimiento. Seguramente estaba muerto y esta vida había sido su última vida. Arrojé la pata sobre el cuerpo empapado. Después, prendí un cerillo y el fuego ardió generoso. Como las luces de un reino perdido en la antigüedad.

¿Han visto al gato? El graznido de mi madre a veces es más insoportable que otros días. Nadie le contesta. Mi hermano está completamente perdido en un libro de tapas verdes. Le digo que me cuente lo que está leyendo. No lo entenderías, enano, me responde, estás muy pequeño para entender estas cosas. Hace mucho tiempo que no hago nada con mi hermano. A él comienzan a interesarle otras cosas. Va mucho al cine. Lee muchos libros. Mi mamá dice que, seguramente, se volverá loco. No tiene amigos, me dice, eso es muy malo. Todas las personas deberían tener amigos. Yo la escucho sin que mi opinión cambie. De verdad que mi madre es una estúpida. ¿Han visto al gato? El graznido esta vez es muy cercano, mi madre se trata de retorcer para mirar tras el refrigerador. Nadie le contesta. Mi padre entra. ¿No has visto al gato? Le pregunta otra vez. No, ni me interesa, ojalá que esté muerto. Yo despego mi vista del cereal y volteo a ver a mi padre. Él se sirve un vaso de refresco y sale de la cocina. Abraham lo espera en la sala. Los dos parecen más preocupados que de costumbre. Abraham me saluda con la mano. Yo le respondo desde la cocina. Mi hermano cierra el libro que está leyendo y suspira. Órale, dice. Me le quedo viendo mientras mastico un puñado de cereal azucarado y la leche se me escapa por las orillas de los labios. ¿Qué me ves, cara de res?, me dice. ¿Sabes quién fue Dracón?, le pregunto directamente. No, ni me interesa, dice y se levanta de la mesa. Se lleva su libro. Se oye una voz que viene desde el patio. Lo voy a preguntar otra vez, ¿alguien ha visto al gato? Mi madre, hay que decirlo, cada día es más irritante.

 

 

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Édgar Adrián Mora nació en Tlatlauquitepec, Puebla en 1976. Es profesor de Historia de América Latina y Literatura. Ha publicado Memoria del polvo (México, UACM, 2005), Claves para comprender América Latina (México, Unión Radio/ Lazo Latino, 2007) y Agua (México, Tártaro, 2011). Su blog es fabricadepolvo.blogspot.com.

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