Monday, 22nd September 2014

Entrevista con Fernanda Solórzano

Publicado el 29. abr, 2012 por en Cuadrivio proteico

Escribir es una forma de entenderse a uno mismo

 

Fernanda Solórzano es una de las autoras que ha conquistado un lugar especial entre los lectores de crítica cinematográfica gracias a la pulcritud de su prosa y a la puntualidad de sus análisis. En esta entrevista con Marina Helguera Graf, Fernanda devela las motivaciones personales –algunas insospechadas– que la pusieron en el camino del cine y la literatura, y comparte algunas de las experiencias y referentes que han moldeado su trayectoria profesional. 

Marina Helguera Graf

Por las actividades en las que se le ha visto a lo largo de su carrera, podría parecer que Fernanda Solórzano (México, 1971) ha sido todo menos tímida. Sin embargo, justamente lo que la condujo al mundo de la literatura y la crítica cinematográfica fue usar la lectura y la asiduidad a las salas de cine como sustituto de su falta de sociabilidad.

Su carrera profesional ha pasado por la sección de redacción en revistas y suplementos como Viceversa, Saber Ver, Paréntesis, Etcétera, Letras Libres, Confabulario, Sábado o La Jornada Semanal; por agencias de modelaje; por la crítica de cine; por programas de televisión en El foco, Proyecto 40, Domingo 7 y Hechos; por obras de teatro; programas de radio en Atando Cabos; por su aparición en dos o tres cortometrajes. Pero en lo que ha sido siempre constante desde que comenzó a trabajar es en la crítica del discurso cinematográfico.

¿Cómo adquiriste el gusto y el hábito por la lectura?

No tuve una familia de intelectuales o lectores organizados. Mi papá era médico, director de un hospital; mi mamá, ama de casa. A ella le gustaba mucho leer, pero nunca fue una lectora con disciplina; leía de todo, desde Vargas Llosa hasta Luis Spota. Desde muy niña me llamaba la atención que pasara tantas horas leyendo y empecé a leer sus libros, cosas muy buenas y otras muy malas, hasta que se convirtió en un hábito.

Has dicho que eres tímida, ¿en qué aspectos lo eres y a qué consideras que se debe?

Siempre he atribuido mi timidez (entre otras cosas) a que soy hija única. Mi padre era 20 años más grande que mi madre y ya tenía seis hijos de otro matrimonio, que en realidad siempre han sido como mis tíos. Creo que el sentirme tan sola desde niña fue lo que me hizo introvertida y poco sociable. Me refugiaba mucho en los libros y en las películas, y hasta la fecha lo sigo haciendo: me gusta ir al cine sola, salir a comer sola o con mi perrita, o quedarme en mi casa a leer. He tenido momentos más sociables y épocas fiesteras, pero disfruto mucho de la soledad. Por eso creo que el radio y la televisión no son lo mío; nunca he sentido que tenga la personalidad desinhibida o espontánea que se requiere en ese tipo de trabajos.

Estudiaste Literatura de Latinoamérica en la Universidad Iberoamericana, ¿en qué momento te interesaste por hacer crítica de cine?

En esa época yo ya sabía que lo que más me gustaba era el cine y escribir ensayos, yo creo que porque ambas cosas eran una actividad evasiva. Entré a la Ibero porque daban diplomados de especialidades que me interesaban y porque pasaban películas que no se veían en otro lugar. Ahí conocí a Leonardo García Tsao y a Juan Arturo Brennan, que ya escribían sobre cine, y con ellos me di cuenta de que las cosas que más me gustaban empezaban a converger.

Has trabajado en varias revistas, ¿cuáles fueron las más importantes para tu carrera?

La primera fue Viceversa. Esta revista fue importante porque era una de las primeras que intentaban tender un puente entre la alta cultura y los temas populares. Yo trabajaba en la redacción y ahí conocí a toda la gente con la que seguiría tratando hasta la fecha. Años después me invitaron a llevar la sección de cine de Sábado y fue un paso significativo en mi carrera porque ahí colaboraban los escritores que más admiraba. Cuando salí, entré a Letras Libres, también a la sección de cine, y ahí sigo hasta la fecha.

¿Y cómo fue que entraste a la radio y la televisión?

Fue algo circunstancial y que nunca busqué por lo tímida que he sido siempre, pero sucedió en un periodo en el que decidí darme un tiempo fuera del trabajo de oficina para empezar un libro sobre ensayos cinematográficos y para cuidar a mi madre, que estaba enferma. Pablo Boullosa me invitaba de vez en cuando a colaborar en el programa del Canal 22, La barra de letras. De ahí salió otro proyecto llamado Domingo 7, en TV Azteca, que ya era semanal, y así fueron surgiendo los siguientes. No me disgustaba ese trabajo pero sabía que no era lo mío y que lo que necesitaba era tiempo para seguir con mi libro, en el que sigo trabajando desde hace cinco años.

Y también fuiste modelo y actriz…

Antes de salir de la universidad alguien me propuso modelar y acepté. Fue algo curioso porque es una profesión que no va con mi carácter y sabía que no era lo que quería, pero me divirtió conocer gente diferente. En ese momento trabajaba ya con escritores y pude conocer los dos extremos: esa pose de muchos intelectuales de no poder pensar en nada que no esté anclado en la cultura, y la de los modelos de basar su valor en la apariencia. Al final me parece que ambos círculos convergen en lo mismo: son cerrados, competitivos y de mucho ego, y me di cuenta de que no era lo que quería porque la vida es otra cosa. No entendía de qué servía escribir y ser intelectual sin tener una parte de la vida fijada a la normalidad, y entonces me echaba un chapuzón en la vida de la frivolidad del modelaje. Me sirvió mucho trabajar en revistas porque aprendí a lidiar con egos. Muchos son de personas a las que sigo admirando, pero vi que tenían también fuertes carencias y quise tomar distancia antes de caer en lo mismo.

Lo de ser actriz fue mucho más informal. En algún momento entré al taller de teatro de Ludwik Margules, pero creo que más que porque me gustara actuar, lo hice por estar cerca de él. Siempre me ha llamado la atención conocer a ese tipo de gente catalogada como ogro, como es el caso también de Enrique Krauze. Siempre he tratado de relacionarme con personas así sin el miedo de la reverencia, y cuando han visto que no juego el papel del que le tiene miedo al tirano, se abre un canal de comunicación increíble. En realidad actué en obras de teatro amateur y después hice uno o dos cortos de cine, pero siempre me sentí muy incómoda porque no era una actividad compatible con mi autismo emocional.

¿Escribirías un guión para cine?

Es curioso pero no. No me gusta escribir ficción. Supongo que tiene que ver con maneras de organizar la realidad: para escribir un guión debes partir de algo particular para tratar de expandirlo, y si escribes crítica de cine es al revés; debes encontrar un discurso dentro.

¿Y un documental?

Como idea me gusta, pero ahí vienen otras de mis manías: no me gusta organizar ni dirigir gente, ni creo que tenga la facilidad para hacerlo. Conseguir la licencia, el dinero, etcétera, sería un problema. Además, no tengo el conocimiento técnico para hacerlo; si llegara a interesarme mucho lo aprendería pero no ha surgido la inquietud. Y curiosamente es el género que más me gusta, creo que un documental tiene las mismas posibilidades que una película de ficción, pero esto apenas ha empezado a entenderse en México; últimamente se han producido documentales muy buenos.

¿Qué te pareció el documental Agnus Dei?

Me gusta, por una parte, y tengo un problema, por otra. Me parece muy importante e impactante la historia que se narra sobre un problema que evidentemente no es extraño, sino que trata un asunto extendido en México: el de los sacerdotes pederastas, pero creo que faltó profundidad; en ningún momento se confronta las versiones que se presentan. Además, en una parte de la película aparece una escena filmada con cámara escondida y me parece que incluirla no es ético dentro de la narración.

¿Qué directores prefieres y cuáles son tus influencias?

Me gustan David Lynch, Hitchcock, Roman Polanski y David Cronenberg, y mexicanos: Everardo González, Fernando Eimbcke, Gerardo Naranjo y Mariana Chenillo. De influencias podría hablar de Anthony Lane y, sobre todo, de Pauline Kael; creo que es una referencia contemporánea muy importante para los críticos de cine.

¿Cuál es la mejor lección que te han dado?

Yo citaba mucho en mis reseñas y alguna vez Enrique Krauze me dijo que no lo hiciera, que no pusiera marcos de referencia de los demás y que creara mis propios paradigmas. Admiro la prosa transparente y creo que se refleja en la fluidez de un texto; cuando no estás seguro de lo que quieres decir se refleja en tu sintaxis y generalmente empiezas a citar a otras personas porque estás oscureciendo lo que dices que en realidad no quieres decir. Es como tartamudear por escrito. Fue una lección. Me ha pasado que llevo horas en un párrafo y no avanzo, eso es porque no sé qué es lo que quiero decir.

¿Y cómo lo resuelves?

A veces hay que volver a empezar, pero antes me hago preguntas como si fuera otra persona, y al contestarlas sale el ensayo. Después le doy forma. Pero no siempre lo resuelvo. También me parece difícil escribir sobre películas que me afectan en lo personal, porque pongo una barrera para no decir cómo me afectó y empiezo a ser barroca.

¿Por qué escribes sobre cine?

Me gusta el cine y escribir sobre eso es una forma de entenderme y de entender cómo veo las cosas. Creo que un ensayo es eso; por más que quieres ser impersonal, te acabas describiendo. Álvaro Enrigue dijo una vez algo muy cierto: «El cuerpo de la obra de un crítico es, al final, una autobiografía emocional».

¿Has sentido que te has perdido de algo?

Sí, sí he dudado de que éste sea o no el trabajo para mí. O de si estoy desperdiciando una oportunidad cuando digo que no a otro proyecto. Mi mamá me instaló el «hubiera». Hay gente que reseña todas las películas que ve y hace una ficha de opinión de cada una, y  eso me hace cuestionarme la vocación: ¿Si no hago todo esto es porque no me interesa lo suficiente? Pero lo suficiente es relativo porque la cantidad o el volumen de algo no quieren decir nada. Creo que sigo llena de etiquetas que me implantaron sobre lo que debe ser y lo que no debe ser, y a veces me cuesta mucho trabajo salirme y ver desde afuera. Pero estoy segura de que trabajo en lo que me gusta, entonces creo que algo he de haber hecho bien, aunque las opiniones a veces me sigan afectando.

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Marina Helguera Graf (ciudad de México, 1987). Estudiante de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Le interesan principalmente la literatura, el periodismo y el cine.

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