Tuesday, 21st October 2014

El niño de los perros

Publicado el 29. abr, 2012 por en Cuento, Literatura

Para Roberto Ruiz Guadalajara y sus perros todos

 

 

Carolina Toledo

 

 

Boris tenía diez años y ya sabía qué era la tristeza. Y no se trataba de una tristeza común, como la de esas aflicciones menores que hinchan el olvido. Furiosita se le acababa de perder. Ah, desde siempre fue incorregible. Nunca le gustó dormir en el piso ni le daba la gana andar con correa, además ¿cómo se suponía que Boris iba a dirigir la bicicleta, cuidar que no se cayera la bolsa de papel con el pan para la cena de la canastilla y encima maniobrar la correa? Por eso le permitía correr a sus anchas por las calles polvorosas mientras él pedaleaba a la velocidad de la luz y el viento le refrescaba el bochorno de la tarde en su velocípedo estrella. Ahora se arrepentía de haber sido tan indulgente, pero es que tenía una forma de mirar con ojitos chantajistas-rompecorazones de borrego a medio morir y tenía un gruñidito especial con la agudeza exacta de una queja tierna y confidente, y que no se parecían a nada que hubiese visto o escuchado antes en ningún otro perro, que terminaban por hacer que Boris no sólo aceptara dejarla dormir a hurtadillas en su cama sino hasta que anduviera sin correa.

Cuando se detuvo a sujetarse las agujetas muy cerca de la iglesia,  Furiosita se echó a perseguir una pelota descarriada de goma y tonalidades grisáceas (aunque Boris afirmaría haberla visto en tecnicolor) tan de súbito, tan de repente, que cuando reaccionó fue demasiado tarde. Sus ojos ya no la encontraron. La buscó por horas e incluso se perdió el partido de canicas de las siete con todo y la promesa de intercambiar sus agüitas por las de rayas y salpicaduras de colores y de escuchar el concierto hipnótico de sus pizzicati, porque lo que en realidad le gustaba de jugar a las canicas era escuchar la progresión de sus chasquidos o al verlas al trasluz, contemplar en su redondez hialina las formas azarosas de cintas y espirales de un pigmento detenido. Le gustaban los sonidos y los colores, ¿o sería que lo que en realidad le gustaba era una secreta relación entre los colores que generaban los sonidos? Como sea, si había algo que en serio le gustaba a este bateador aficionado que a los siete tuvo el privilegio de ver caminar al hombre en la luna en la pantallita blanco y negro de su televisor de bulbos era la fascinante naturaleza canina y el devenir de sus reflexiones en torno a sus colas oscilantes.

No terminaba de maravillarle que a diferencia de sus contemporáneos homo sapiens  los perros nunca se aburrían de los mismos juegos o de las fintas de siempre. Era sorprenderte darse cuenta de que Furiosita jamás se cansaba de las chicuelinas y verónicas de salón con que toreaba su frontispicio de madona medieval con medio cuerno incluido, porque le había salido un tumorcito de esos benignos que fácilmente se confunden con mitologías. La felicidad de los perros habría de ser como la felicidad de sus veranos en donde la virtud se encuentra en la noción de que al día vacacional de hoy le sigue un idéntico mañana de juegos interminables.

Además de Furiosita, Boris tenía otros dos perros; un «salchicha» y un Habanero. Al primero lo llamaba a veces por palmadas y silbidos u otras por señas y gestos porque padecía un extraño caso de ceguera y sordera estacional. En invierno el culpable de su sordera era el paquidermo timpánico de su oído medio, llamado Eustaquio, y a quien fuera de los hábitos connaturales de su especie le daba por invernar con la trompa bien tapada y las orejas cubiertas en detrimento de la dieta de villancicos y cascabeles correspondiente a las fechas. La ceguera le llegaba en la primavera y el verano cuando se exacerbaba el tedio que le había pegado un muy francés Basset Hound, perro de hastío sacado de alguna prosa decadente y antiguo compañero de canasta en la tienda de mascotas. Era entonces cuando optaba por no salir de casa y hasta se negaba a abrir los ojos a fin de no ver la manada de babeantes parejitas de patas entrelazadas que como verdaderos perros en celo desfilaban por la cuadra, aunque quizá se debiera a que, dada su hipersensibilidad ante pólenes y polvos era más cómodo mantenerlos cerrados; la cosa es que se le irritaban tanto que llegaba al punto de no abrirlos por meses enteros. Por las razones antes enunciadas, aunadas éstas, además, a un aullido particularmente cadencioso, Boris, que era un melómano versátil aunque aún incipiente, habría de nombrarlo Beethoven en su época gélida y romántica y Art Tatum cuando sus extravagantes depresiones tropicales.

El otro era un trotamundos retirado que un día había seguido a Boris desde los arrabales del mercado hasta su casa y cuyas mañas callejeras se le notaban en su costumbre de hurgar en el bote de basura de la cocina y en las pulgas que provocaban su necesidad irrefrenable de frotarse la entrepierna en los sillones y, con mucha más frecuencia y un peculiar gusto que se le notaba en las muecas, en las pantorrillas mujeriles; hecho que le ganó ser bautizado como Comezones.

Y es que elegir el nombre del cachorro es un acto que no debe tomarse a la ligera y de hecho es en gran medida el can mismo quien se autonombra por las maneras de sus aspavientos al conducirse y por su aspecto en general. En realidad, uno habría de nombrar a su perro «perro» hasta que éste se ganara su nombre. He ahí que el reto recae en la perspicacia y destreza del amo en identificar las características que lo definen a fin de no caer en caprichos como suele suceder, por ejemplo, con el nombre de los niños: chocantes, opuestos y hasta risibles, como su propio nombre, un verdadero nombre de mascota, proclive a la chanza y vedado del hipocorístico cariñoso de cualquier tipo. Boris, el niño con nombre de perro. Boris guau guau. Borris Perrovski: el niño perro. Pero en realidad bien sabía Boris –y por eso no le molestaban– que todos esos apodos estaban decididamente equivocados o al menos incompletos; en todo caso si  por lo extranjero de su nombre y por su aspecto fuese un perro, sería un Terrier Ruso Negro, un perro espía, un Sobaka Stalina de la resistencia de melena azabache profundo y tan alborotada que haría de su semblante casi una caricatura, ah, como el Oso Negro de la etiqueta de la botella de ese líquido que a simple vista parecía agua, pero que olía a rayos y sabía peor y que su padre se tomaba de golpe en las fiestas y convites y que ocasionaba que los ojos se le pusieran tan rojos como al salchicha estival y que también le provocaba un muy afortunado ímpetu despilfarrador y generoso, gracias al cual Boris había adquirido sus mejores libros de cuentos y vinilos del bazar de sus vecinos hippies y herbolarios (esto último, a juzgar por su afición a cultivar plantitas verdes que luego empleaban en cigarrillos, infusiones y hasta en panqueques). Por eso Boris era cuidadoso al nombrar a sus perros y también por eso, cuando mucho, se limitaba a ponerles aquellos nombres célebres cuya carga histórica les daba su valía,  mas nunca aventuraba un nombre, digamos, cotidiano. No quería correr el riesgo de, si se diera el caso, sufrir su influjo a la hora de elegir a sus camaradas y preferir a aquellos, independientemente de si le agradasen o no, cuyo onomástico fuese idéntico.

Se ha dado el caso de muchos dueños que al no advertir los peligros de elegir un nombre al azar han sido víctimas de sus propias afecciones, sobre todo en lo que a  la vida sentimental se refiere, al optar –por extraño que parezca– por parejas que llevan el mismo nombre de su animalito doméstico. Sin embargo, aun teniendo en mente esta exhortación apelativa se debe estar consciente de que una vez que el amor hacia las mascotas se instala en el corazón y el subconsciente –y mientras más pronto más afincado– se cargará por siempre con el peso instintivo y hasta patológico de aquellos lazos amorosos con los que, haciendo a un lado las fortuitas coincidencias del nombre, saldrán a relucir en las siempre confusas relaciones entre machos y hembras ¡ya el parecido en el aspecto y hasta en la manera de ser!

De asuntos de esta índole y demás reflexionaba Boris en sus infantiles y muy caninos coloquios. Sus perros, además, eran escuchas incomparables. Sabían guardar silencio cuando él hablaba y limitarse a asentir amablemente cuando coincidían en algún punto. Eso sí, cuando discrepaban no tardaban en emitir sus quejas refunfuñadas e incluso, en sus momentos de mayor pasión, lanzaban ladridos arrebatados para hacerse oír por Boris. Pero también se requería habilidad para entenderlos a ellos; captar las indirectas de sus ladridos o los microtonos de sus aullares que indicaban la pena exacta: mal de amores o esa melancolía empedernida que les llegaba con la luna llena. Y si bien hacía buenas migas con los otros dos, Furiosita se volvió su favorita por osada y elegante y aunque le arañaba las manos y le mordía los zapatos era la más educada a la hora de descargar los furores intestinales y la única que compartía el espíritu aventurero de tímida sonrisa de Boris. Sólo ella aguantaba los largos paseos en bicicleta sin fatigarse y además, cuando corría a su lado, tenía la majestad del caballo velocísimo y alado de los griegos y la determinación de un toro furioso embistiendo entre las callecitas de esa extraña fiesta de San Fermín. Era la Atalanta de las manzanas, sólo que esta vez no habría de detenerse a recogerlas. Era la ligereza encarnada de un pájaro supersónico con alas de avión. Por eso la llamaba Furiosita, al correr era una perra arrebatada e invencible, posesa por los más nobles dioses de la velocidad. Y así, por avenidas y calles, se veía transitar a aquel bólido suicida de Lalaika de orejas largas, caídas y suavísimas como un gorro ruso de alas laterales integrado a la par del ingrávido y fulminante Sputnik de propulsión humana de lámina blanca y canastilla de metal. Bípeda rodante de negrísimas suelas y melena escondida en el casco espacial de béisbol del niño Gagarin.

Se dio cuenta, aunque nunca podría aceptarlo abiertamente, de que bien podría prescindir de sus otros perros y quedarse únicamente con Furiosita cuando en una ocasión en que optó por dejarla en casa para acompañar a su madre a hacer compras en el centro de la ciudad, mientras buscaba un bocadillo contundente en el menú de una lonchería de paso para sosegar sus apetitos luego del ajetreo de su mañana mercantil, leyó «Bagel con jamón y queso crema» y se acordó de que una vez en el parque un señor bonachón de boina vasca y barba y voz oscuras le dijo que Furiosita era un perro de caza inglés llamado bigl que en  realidad se escribía  B-E-A-G-L-E, casi igual que el panecito que recién descubriría. Así se dio cuenta de que la extrañaba. Desde entonces se le hizo costumbre pedir el Bagel con queso untable en vez de los sándwiches con queso americano que sabían a plástico y a salir con ella como compañera de viaje y copiloto guardián cada vez que fuera posible porque era su favorita y además tenía sangre de cazadora. Estaban entre iguales. Porque él se sabía con sangre de guerrero desde que una vez en sus paseos había visto la estatua del Tezozomoc, antiguo estratega de piedra y obsidiana marciales, como defensor espiritual de su colonia. Supo entonces que su ciudad era cuna de guerreros. Ah, también Furiosita era digna de una escultura cuando se quedaba quietecita, en su perfecta posición de descanso perruno. Era como la Diana cazadora de la fuente pero sin esas tetas espantosas que le colgaban y que seguramente no le permitían disparar sus flechas con soltura. No, no, no, era como esas Amazonas, como la Pentesilea de la portada de su libro de aventuras fabulosas en el cual leyó que se quitaban el pecho derecho para poder cazar mejor.  «Ay, qué bueno que soy niño», pensaba Boris sentado en la jardinera de piedra mientras descansaba las piernas, las ruedas de su cohetito urbano y esperaba en una mirada afortunada divisar a su perrito.

Se estaba haciendo tarde. Cada vez había menos gente deambulando en la plazuela y el sol ya no brillaba y las nubes como algodones de azúcar habían sido devoradas por la luz grisácea que precedía al anochecer. Ya tenía hambre, pero no  podía volver a casa sin Furiosita y además mientras la estuvo buscando había dejado caer de la canastilla la bolsa del pan con las teleras y los bizcochos de dulce.  No había forma de engañar a su madre: se habían mojado con los restos de  un charco y hasta desbaratado. Sabía que lo iban a castigar. Pero sobre todo le dolía Furiosita. Ya extrañaba que su cuerpo le calentara las pantorrillas fatigadas al dormir y sus extrañas sacudidas y bufidos entre sueños, donde dejaba al descubierto una antigua alma bovina o de corcel. Ya estaba extrañando la embestida ansiosa con que siempre  lo recibía cuando regresaba de la escuela y aquellos ojos de perrotauro inocente que lo miraban con admiración inigualable, comparable únicamente con el asombro aquel de quien ha avistado a un superhéroe. ¡Ay! Dónde se habría metido. Quizá ya habría vuelto a casa. A lo mejor al no encontrarlo había seguido el camino de vuelta al hogar ¡Lo conocía perfectamente! Del parque donde se había perdido había que irse derecho hasta llegar al quiosco enfrente de la iglesia, la identificaría bien al ver el árbol de colorín. Después, en la avenida inmediata, se hacía flanco derecho con paso firme y recto hasta llegar a la esquina donde estaba la papelería con sus franjas azules, blancas y rojas, vestigios indudables de una vieja peluquería. De ahí habría que pasar una cuadra más hasta divisar las rejas repletas de los rojos y lilas de las buganvilias y jacarandas que sobresalían de su patio. ¡Furiosita sabría cómo llegar! Con todo, echaría otro vistazo por si acaso aún se encontraba por allí.

Se puso en pie y la buscó en los alrededores con una extraña sensación en el pecho. Era la primera vez que estaba preocupado. Quizá, pensaba, esto es lo que se siente ser adulto. No estaba ni en el quiosco ni bajo el colorín enfrente de la iglesia desde donde Boris solía escuchar la música del órgano porque no lo dejaban entrar con Furiosita. El metálico y envejecido retumbo de las tardes que se deshacían en sus pupilas de niño pizpireto y venturoso pero, a juzgar por el oxímoron en las líneas desmayadas de su mirada vencida al sonreír, proclive a la melancolía.

Con la sombra de la tarde y una desconocida congoja encima, dejó la bicicleta en la entrada de la iglesia, puso su casco en la canastilla y entró.  Desde que había alcanzado una relativa independencia infantil para ir a jugar al parque sin supervisión –una vez que ya fue apto para hacer los mandados– la iglesia se convirtió en un recinto obligado de visitas solitarias. Le gustaba sentarse enfrente para ver el retablo que le recordaba el marco del portarretratos de la foto de su madre que estaba en un librero, dorado y pesado y lleno de adornos y digno de nombrarse, si hubiese conocido  la palabra, churriguera. Le gustaba lo evidente del silencio, su voz de eco que expandía el murmullo, el rechinar de sus zapatos y el crujir de la madera al sentarse. El sonido, como los colores, era un juego de luz y sombras: el eco tomaba sólo un rasgo sonoro de las cosas y ese solo rasgo era magnificado e irrumpía en el vacío con violencia y con espanto que profanaban la calma, pero como no había casi nadie, a excepción de algún devoto ocasional que le dedicaba su último rezo a una cajita de madera que había enfrente, se metió las manos a las bolsas del pantalón cuando se acordó de sus canicas. Sacó dos y sujetó una en cada mano mientras miraba de refilón para cerciorarse de que nadie lo viera. Entonces, con la certeza de una de las más grandes travesuras las chocó para escuchar el vidrio pellizcado que hacía cosquillas en los oídos una dos tres veces hasta que una se le escapó de las manos y se fue rodando y baliendo al pie del retablo y de la caja de madera. Se acercó a recogerla  y de paso se asomó a las simetrías pardas y angulosas de esa caja que con un poco de imaginación parecía una barca diminuta. Ahí, como si nada, había una niña descolorida que tenía trenzas, aretes de piedritas rojas y olía raro. Parecía dormida pero Boris sabía que estaba muerta. Una muerta anónima ante el altar de la iglesia, sin deudos doloridos ni siluetas gemebundas, navegando sola en el mar de luz cansada de las sombras. Qué insoportable morir y no poder hacer nada y estar así, completamente solo, sin tu mamá ni tus perros ni tus hermanos ni nada ni nadie, le decía Boris en el pensamiento a ese rostro exangüe que se teme como a una muñeca dormida de porcelana porque se tiene la convicción de que en cualquier momento abrirá los ojos.

Por más que no le gustara que la niña no tuviera un color normal y oliera extraño, por más que le aterrara de una forma desconocida y que supiera que tenía que irse ya, llegar a casa y ver a Furiosita, Boris no podía dejar de mirarla. ¿Qué se sentiría estar muerto? De repente, en un impulso, Boris le tocó la manecita pálida y verdosa y el frío más frío que jamás hubiese sentido, más frío que las baldosas del piso en navidad o el agua que descansa de la noche a la mañana en la pileta en enero, le traspasó las manos, le llegó al tuétano y hasta el fondo mismo de su asombro y de su corazón. Y quizá le hizo daño y le enfermó como esos resfriados que llegan de golpe, porque en la cara de la niña vio entonces todos los rostros conocidos, vio la cara muerta de sus hermanos y hermanas, de sus camaradas de la cuadra y de los niños de la escuela. Vio el rostro heroico de su padre y la familiaridad hermosa de las mejillas maternas y hasta las fauces de su perro salchicha y de Comezones, seguidas por los ojos incomparables y la frente perricornia de Furiosita. Y entre todos esos gestos acostumbrados, pudo vislumbrar su propio semblante con una mueca dolorosa de derrota. ¡Ay! Boris pegó un grito  que se retuvo en las paredes del santuario y salió de ahí, sin poder correr de tanto que las piernas le temblaban y sin atreverse a mirar hacia los lados para ver si lo estaban viendo. Sin subirse a ella tomó su bicicleta y la llevó a un lado como a una compañera de consolación y se fue a casa ya con la penumbra puesta que, para ser una noche veraniega, le pesaba con una inusual gravedad y le imponía un yugo que sólo soportaba mirando hacia la acera. Mientras pensaba qué decirle a su mamá de las teleras y el pan dulce, pensaba también que al llegar y encontrar a Furiosita, después de reprenderla en serio y de jurarle que nunca más la dejaría andar sin correa, le contaría lo que había pasado en la iglesia y cómo había visto todas las caras, la de ella, la de su mamá y hasta la suya aparecer en la cara de la niñita muerta. Le contaría cómo había visto por primera vez un muerto y que hasta lo había tocado. El frío más frío que jamás olvidará. Iba tan rápido y tan concentrado, con tantas cosas instaladas en el corazón, con un recién adquirido sentido de la pérdida, pero sobre todo del horror, que ni siquiera supo cómo había llegado tan rápido ante las flores de sus árboles ennegrecidas por el manto de la noche. Boris pasó el portón y dejó caer la bicicleta a un lado, presuroso para ir a la recámara fraterna y encontrar sobre su cama y enroscada a la meditación trascendental en la que su perro favorito dormitaba. Pero para entonces, Furiosita aún no había llegado a casa.

 

 

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Carolina Toledo (Ciudad de México, 1987) es una lectora melancólica, una melómana especializada y una flâneuse profesional. En el 2010 obtuvo el segundo lugar en el concurso universitario de poesía «Décima Muerte» organizado por la UNAM. Cuenta con estudios en Etnomusicología por la Escuela Nacional de Música y está por terminar la carrera de Letras Modernas Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

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