Thursday, 21st August 2014

Seguiremos al pendiente

Publicado el 29. abr, 2012 por en Academia

Anselmo Guiú como pretexto en la obra de Guillermo Sheridan

 

Guillermo Sheridan no es sólo un académico y ensayista notable; es, también, un humorista capaz de poner en entredicho la supuesta solidez de los géneros literarios y periodísticos. En este ensayo, Raúl Bravo Aduna elabora un análisis minucioso de estos rasgos de la obra de Sheridan en la figura de un personaje tan mordaz como jocoso: el reportero Anselmo Guiú.  

 


Raúl Bravo Aduna

 

 

Salida de la pluma de Guillermo Sheridan (1950), cualquier palabra es diatriba en potencia, crítica en ciernes. A los ojos del humorista y académico mexicano, todo evento en México trae consigo la posibilidad de ser analizado a base de risas, un desmenuzamiento que revela terquedades y absurdeces sociales entre risotada y risotada. Con un estilo que recuerda a Jorge Ibargüengoitia y a Octavio Paz, paralelamente y sin contradicción de por medio, Sheridan se ha caracterizado por ser una de las voces más fuertes de la sátira mexicana de las últimas décadas.

Entre la extensa producción ensayística y de crónicas de Guillermo Sheridan hay, literalmente, un sinfín de elementos, herramientas y figuras que se repiten, reciclan y renuevan a través de las palabras, y que han permanecido y cambiado a través de sus años como escritor. Sin embargo, hay uno en particular que llama particularmente la atención: el uso del nombre «Anselmo Guiú» para firmar algunos de sus textos, un pretexto que se ha vuelto más que recurrente en lo escrito por Sheridan en los últimos cuatro años.

Anselmo Guiú es un pretexto en la producción de Sheridan, pretexto que es utilizado para poder separar a la idea del autor, al evento del cronista. Guiú es un pretexto para que Sheridan pueda burlarse no sólo del acontecer mexicano, sino, además, de la manera misma en la que es narrado ante el público en general. Guiú es un potenciador de humor, que Sheridan utiliza como un medio que le permite «narrar» un «acontecimiento», a modo de cronista o reportero, permeándolo de opiniones e ideas, claras (casi transparentes), sin la necesidad de enunciarlas. Para Sheridan, Anselmo Guiú es una suerte de lente que le permite tergiversar las absurdeces que ve en el mundo, sin la necesidad de tergiversarlas, pues están siendo supuestamente expuestas sin «manipulación» de por medio –más bien, siguiendo los modelos de quienes supuestamente exponen o relatan sucesos «objetivamente».

Anselmo Guiú aparece el 21 de noviembre de 2007 junto con un pie. En esa primera aparición, sabemos que Anselmo es reportero y trabaja exclusivamente para El minutario –blog personal de Sheridan en el portal electrónico de la revista Letras Libres. El hecho de utilizar el nombre de Guiú como supuesto autor del texto –no sería sencillo intentar etiquetarlo como ensayo, crónica o reportaje, en un primer instante–, le permite a Sheridan entrar de golpe a mostrar lo que pasó, sin la necesidad de una introducción:

Las autoridades de la ciudad se manifestaron desconcertadas por la súbita aparición de un pie.

De varios metros de altura y dos toneladas de peso, el pie se apareció en la esquina formada por las avenidas Insurgentes y La Paz al sur de la ciudad de México.  («Se aparece un pie», El minutario)

Con el pretexto de que es un reportaje, Sheridan evita establecer una introducción, digamos, más literaria; se mueve directo a lo que quiere enseñar. Tras el brevísimo introito, Sheridan construye un collage de supuestas entrevistas, para conocer la opinión de la gente al respecto del aparecido pie:

«Creemos que es un pie o de ití o por lo menos de extranjero, porque no es como los pies de uno», dijo don Esiquio de la Croix, que expende periódicos en el rumbo.

«Hay unos que ya le agarraron cariño, pero yo no, porque me parece falta de respeto que sólo porque está grandote agarre y se aparezca así nomás,» dice por su parte doña Leónida Ruvinsky, que vende tortas en el parque de La Bombilla.

«Pues yo creo que está bien que haya pies, porque al fin y al cabo son una parte natural del cuerpo humano,» dijo por su boca doña Lencha Acquaviva, que vende cachitos de lotería.  («Se aparece un pie»)

Es ya evidente que se trata de un texto que cuestiona las formas que son propias del periodismo, y que utiliza, paralelamente, esas estructuras para su propio fin. Sin la necesidad de hilvanar ideas, o de crear un proceso de argumentación progresiva, Sheridan construye su sátira de una manera «sencilla» con el simple pretexto del reportaje de –otro pretexto– Anselmo Guiú.

En este sentido, no es fortuito que el epígrafe de uno de los libros más recientes de Sheridan (el primero, y único hasta la fecha, en que se incluyen «reportajes»» de Guiú), Viaje al centro de mi tierra, sean las siguientes palabras de Oscar Wilde: «La diferencia entre el periodismo y la literatura es que el periodismo es ilegible y a la literatura nadie la lee» (9). Desde el epígrafe mismo, Sheridan advierte, sin la necesidad de anunciarlo en alguno de sus textos, sino haciéndolo a través de ellos, lo que será uno de sus principales motivos de burla: el periodismo y su manera tan ininteligible de presentarse.

Sheridan logra lo anterior principalmente por medio de su reportero personal, estrella y progresista: Anselmo Guiú, quien cuenta con nueve apariciones en Viaje al centro de mi tierra (en ocho ocasiones como «autor» y una vez como personaje en el texto que cierra el libro, una suerte de ensayo construido a partir de un diálogo interrumpido entre distintos interlocutores). Algo que llama la atención de Guiú es que se trata de un personaje que evoluciona a través de las páginas de Sheridan. Cada que aparece en el libro cambia su título profesional, dándose una educación o función distinta, elemento que parece característico del mexicano (desde sus ancestros novohispanos) tal como es descrito por Julián Meza en dos entradas distintas de su Bestiario de Historia Mexicana:

Bachiller: Como no podían aspirar a títulos nobiliarios, los criollos novohispanos se hacían bachilleres. De esta manera creían estar por encima de los simples mortales. Hoy este linaje lo perpetúan licenciados y doctores especializados en desfondar el erario público o en fomentar esta ruindad desde la academia. V. Título. 

[…]

Títulos: Como en México no existen los títulos nobiliarios, los académicos se aferran a los títulos profesionales. Con ellos se dan aires de condes, duques, marqueses. La cúspide la alcanza el poseedor de un PhD que, sin embargo, no por ello deja de ser estúpido. (loc. 363; loc. 2929)

Precisamente, Anselmo Guiú va pasando por todo el escalafón socio-académico que marca la cultura laboral mexicana. En su primera aparición en el libro, en «Divisan complejo de inferioridad», Guiú firma como «pasante de licenciatura en Ciencias Periodísticas» (49, cursivas del autor), como si se tuviera que hacer énfasis en el complejo de inferioridad al que se refiere en el texto (aunque esto, claro está, viene de Sheridan, pues el pobre Anselmo no es consciente de los ridículos a los que es sometido por su creador). Para su siguiente aparición Guiú ya es «tesista de licenciatura en Ciencias periodísticas» (55); luego es ya «el Lic. Anselmo Guiú» (73) y después «el Dr. Anselmo Guiú» (155), firma que se repite una vez más en Viaje al centro de mi tierra en «Última hora: revive la Santa Muerte» (213).

Tal como menciona (o vitupera, para el caso) Julián Meza, hay una necesidad del mexicano por manifestar cuál es su título académico o laboral, pues supone cierto estatus social (pasante, tesista, licenciado, doctor, coordinador de engrapadoras, etcétera); sin embargo, Sheridan lleva este comentario al extremo: no sólo es necesario tener un título académico o laboral, sino, además, debe tener valor socio-económico: en «Tiempo de elegancia», para estar a la altura de su clase, posición social y estudios académicos, el ahora Dr. Anselmo Guiú transmuta en «Anselmo Guiú de Zavaleta y Pichardo, reportero social» (179); en «¡Merecidísimo último lugar!», donde se habla de la prueba PISA (en la que México quedó en el lugar treinta de treinta), Guiú mantiene su posición de doctor (al final, se habla de educación, ¿y quién sabe más de educación que los doctores?), pero con un toque especial, pues firma como: «Dr. Anselmo Guiú, periodista progresista» (283), como todo aquel reportero que busca cambiar a su país por medio de sus reportajes; en su última intervención como autor, Anselmo ya no sólo es periodista ni sólo doctor ni solamente progresista, ahora es todo lo anterior, pero remasterizado; todo lo anterior, pero con titulote nobiliario: «Dr. Anselmo Guiú, director del Instituto Internacional de Periodismo Catita Guiú» (291), reventando una crítica incisiva al ya conocido nepotismo mexicano, que se puede leer como aún más afanoso si se considera que estamos ante un texto publicado en una revista en la que el apellido Krauze aparece constantemente acompañado por distintos nombres de pila. Así, pues, se puede ver cómo es que el título que acompaña a Anselmo Guiú es una crítica en sí, que suele estar relacionado con el tema de las «crónicas» o «reportajes» del periodista progresista.

Sin embargo, la última aparición de Anselmo en Viaje al centro de mi tierra es muy distinta. Guiú no sólo aparece en el último texto del libro: él es el final mismo del libro. En «Ahí muere», Sheridan crea un collage con todos los personajes y voces que utiliza para complementar sus crónicas, ensayos o reportajes. En ese collage, las voces comienzan a desequilibrarse e incluso pareciera que Sheridan pierde control sobre ellas. No puede hablar. No puede decir nada. «ELPUEBLO», enemigo de Sheridan, a la usanza Okupa (tema criticado ampliamente por el autor), toma  la gestión de El minutario. Entre gritos y sombrerazos aparece una última voz tranquila, tímida incluso: «—Eh… Hola. Buenas tardes. ¿Es usted el nuevo dueño del blog? Permítame presentarme compañero, soy el Dr. Anselmo Guiú, reportero progresista…» (341). Esa voz representa, sin que sea necesario enunciarlo, un tema recurrente en la obra de Sheridan, una de las cosas que más le disgustan de la política y sociedad mexicanas: el lambisconismo institucional, el servilismo al mejor postor. En este sentido, las distintas facetas de Guiú pueden ser leídas como críticas en sí de temas específicos, además de la burla (o invectiva) en contra del periodismo y la manera en que es efectuado, particularmente en México.

Es normal que el autor de un libro de ensayos, poemas, cuentos o textos cortos en general, haga cambios cuando los materiales son integrados a un libro. Sin embargo, llama la atención la forma en que Sheridan integra sus textos a Viaje al centro de mi tierra, particularmente los textos que son de la autoría de Anselmo Guiú. Llama la atención porque Sheridan presta mucho cuidado al personaje de Guiú y a la manera en que lo construye a lo largo del libro, por medio de los textos que le atribuye; de hecho, hace distintos cambios, en particular al título que le da en cada entrega y, en varios casos, en Viaje al centro de mi tierra le atribuye algunos escritos que, en la publicación original, eran de él (de Sheridan).

El primer texto de Guiú en Viaje al centro de mi tierra, «Divisan complejo de inferioridad», fue publicado originalmente como texto de Sheridan en El minutario. Entre el texto original y el publicado en el libro hay tres diferencias: 1) en el original no hay referencia a Anselmo Guiú, y el texto se atribuye a Sheridan; 2) en la versión del libro se agregan las palabras «Tenemos a mis espaldas…» al comienzo del texto; y 3) se añaden las palabras «Seguiremos al pendiente.» al final del mismo («Divisan complejo de inferioridad»; Viaje al centro 49-50). A pesar de las diferencias, el texto original también tiene un lenguaje de corte periodístico; sin embargo, la inclusión de los elementos característicos de los textos de Guiú le da otro nivel de entendimiento y crítica a «Divisan complejo de inferioridad», más allá del cambio estructural (que da un formato de reporte televisivo o de radio), porque el complejo de inferioridad que es criticado por Sheridan en su texto, es abordado, como ya se vio, en el «título» que se le añade a Anselmo Guiú: pasante de licenciatura, en este caso.

 El siguiente texto supuestamente escrito por Guiú, tiene más cambios entre el original y la versión del libro (en vez de tres son cuatro, pero igual de importantes): 1) el título cambia; mientras que el original se tituló «Primeros indicios», la versión que aparece en Viaje al centro de mi tierra toma por nombre «Nota roja: Primeros indicios», asunto sugestivo, pues Sheridan construye con ello un juego de metaperiodismo, en el que el reportero anuncia su tipo de nota (una que, en esta caso, suele tener connotaciones negativas en el ámbito del periodismo profesional); 2) y 3) se repiten la adición de las frases «Tenemos a mis espaldas…» y «Seguiremos al pendiente» al principio y final del texto, respectivamente; y 4) aunque el texto sí se le atribuyó originalmente a Guiú, en la versión de El minutario se le da el título de doctor, mientras que en Viaje al centro de mi tierra, al designarlo como «tesista», después de ser pasante, revela una  progresión, asunto que va transmutando, como todo en la obra de Sheridan, en crítica a los usos y costumbres mexicanas («Primeros indicios»; Viaje al centro 55-58).

Así, respectivamente, de las versiones publicadas originalmente, a las aparecidas en Viaje al centro de mi tierra, pueden ser vistos los cambios hechos, similares a los enlistados en los párrafos anteriores. Por ejemplo, a «Multas» y «Tiempo de elegancia» se les agrega la autoría de Anselmo Guiú, así como los respectivos títulos que tiene el reportero sheridaniano, en los que también se crean juegos críticos con los temas de los textos.[1] A los textos que fueron «escritos» desde un principio por Guiú, se les cambia el título que porta el reportero, con la intención de construir el «progreso» socio-académico, deseo mexicano por excelencia, tan criticado por Sheridan con su personaje de nombre tan peculiar, además de hacerlo abiertamente, «con todas sus letras».

Asimismo, hay un cambio que se encuentra en todos los textos de Guiú en Viaje al centro de mi tierra: el montaje de las frases «Tenemos a mis espaldas…» y «Seguiremos al pendiente» al principio y fin de cada texto. La inclusión de dichas frases en los textos crea una réplica del formato de reportaje televisivo (a veces también de radio).

Al comenzar los textos con «Tenemos a mis espaldas…», Sheridan predispone al lector a reírse o encontrar el humor en sus textos, en especial porque estas palabras parecen hacer corto circuito con lo que se está diciendo en el texto, como puede ser apreciado en «Divisan complejo de inferioridad»: «Tenemos a mis espaldas que aproximadamente a las 15 horas del día de hoy fue divisado en la ciudad de México un complejo de inferioridad de proporciones descomunales» (49). Tal como lo propone Immanuel Kant, en su Crítica al juicio[2]

the joke must contain something that can deceive us for a moment. That is why, when the illusion vanishes, [transformed] into nothing, the mind looks at the illusion once more in order to give it another tray, and so by a rapid succession of tension and relaxation the mind is bounced back and forth and made to sway (204).

Exactamente eso es lo que sucede con el uso del «Tenemos a mis espaldas…» de Guiú, pero de manera inmediata: la expectativa se produce y desaparece al mismo tiempo, por la yuxtaposición de elementos de situaciones distintas –sin considerar, por supuesto, el hecho de que es medianamente imposible divisar un complejo de inferioridad de proporciones descomunales en la ciudad de México, aunque esté presente todo el tiempo. De tal manera, el uso de «Tenemos a mis espaldas…» refuerza aún más el potenciador de humor que ya es Anselmo Guiú en sí.

Sobre Guillermo Sheridan, el crítico mexicano Christopher Domínguez Michael apunta:

Todo lo que hace agudo y temerario (o, para algunos, insoportable) a Sheridan proviene de la religión de la poesía mexicana, lo que emana del don sintético de José Juan Tablada, de las atrabancadas elegías casi surrealistas de Efraín Huerta, del azoro del joven Paz ante las piedras mayas, de la caridad de Manuel Gutiérrez Nájera y de algunos momentos, melodiosos y obscenos, de Renato Leduc. Sólo el mejor de los lectores de López Velarde puede atinarle al punto en movimiento que separa lo falso de lo esencial, lo pintoresco de lo verdadero, tratándose de la provincia [...] La obra entera de Sheridan –ensayo y crónica– acaba por convertirse, por ese camino, en algo más interesante y duradero que la de muchísimos de nuestros novelistas, para hablar del género al que se le suele cargar la cuenta por la interpretación del mundo.  (478, itálicas añadidas)

En este sentido, Sheridan mismo (o su obra, para el caso) parece una respuesta a, o la prueba misma de, la cuarta estrofa de «Temas» de Leduc:

Va pasando de moda meditar.

oh sabios, aprended un oficio.

Los temas trascendentes han quedado,

como Dios, retirados de servicio.

La ciencia… los salarios…

el arte… la mujer…

Problemas didascálicos, se tratan

cuando más, a la hora del cocktail. (Líneas 13-20)

Si bien Sheridan no trata los tema trascendentes a la hora del cóctel, los lleva al periodismo (que casi es lo mismo), a un periodismo «falso», cabe aclarar, validado por él mismo. Sheridan opina que «para que algo califique como realidad en México, necesita el certificado de licitud de una marcha en contra o, en su defecto, a favor» (Viaje al centro 126); y tiene razón, pero su obra parece añadir algo más: el certificado de licitud de una nota periodística, o un título académico, como bien demuestra Anselmo Guiú.

Parece que el reportero progresista también viene de la tradición poética mexicana, o de la sátira inglesa del siglo XVIII, que se suele cargar en Sheridan: una suerte de personaje detestable, que bien podría haber sido creado por Leduc o Gilberto Owen, por Jonathan Swift o Alexander Pope. Sin embargo, tiene funciones muy específicas, que parece llevar a cabo perfectamente.

Ya se ha mencionado que Anselmo Guiú es un potenciador de humor, pero no se ha hablado sobre potenciadores de humor en sí. De acuerdo con Katrina Triezenberg, los potenciadores de humor tienen en el texto humorístico la misma función que tiene la sal en la comida:

In the same way that salt enhances the taste of food, thereby making it more enjoyable, the literary artist utilizes a number of techniques to enhance the reader’s experience of humor. In the same way that the taste of salt should not be confounded with the taste of the food, though, the fact that these techniques –which will henceforth be referred to as humor enhancers– add pleasure to the reading experience and probably increase the reader’s experience of humor in the text, they should not be confused with the humor itself because they have nothing (or very little, tangentially) to do with script opposition, jab lines… (412)

Igualmente, los potenciadores de humor pueden crear ambientes propensos a que el lector se ría incluso de situaciones que, fuera del texto, sería raro le parecieran graciosas. Prosigue Triezenberg:

…they serve to please us and make us feel generally well disposed toward the text, to trust the author’s mastery of his/her subject, to please our sense of aesthetics, to make us feel that we are pos-sessed of particularly good understanding and knowledge, that we are part of the author’s intellectual in-crowd, and generally to put us in a good mood, to make us feel good about ourselves and the text, and especially to lower our defenses so that we take nothing too seriously. (413)

Los potenciadores de humor, en resumen, son aquellas construcciones que se utilizan para que la audiencia reciba con sorpresa, pero de una manera influenciada, algún efecto cómico al acercarse a textos humorísticos o cómicos.

 Triezenberg limita los potenciadores de humor a cinco posibles: 1) diction[3]; 2) estereotipos; 3) factores culturales; 4) familiaridad; y 5) repetición y variación. Aunque el análisis y profundización de cada uno de estos elementos serían profundamente valiosos, no sólo para este trabajo, sino por ser temas interesantes y sugestivos en sí, por el momento bastará con su enunciación, apelando a que en realidad se explican a sí mismos. Lo importante aquí es que Sheridan aglutina a los cinco potenciadores de humor en el uso que le da a Anselmo Guiú en sus textos: usa el vocabulario propio de un reportero, a veces ininteligible y carente de significado –cosa que salta a la vista en un texto escrito, en especial cuando se espera una crónica o un ensayo; juega con estereotipos mexicanos, tanto del medio periodístico, como de la sociedad en general– por medio del uso de apellidos rimbombantes, como en el caso de «Tiempo de elegancia», por ejemplo; en la obra de Sheridan, así como en Anselmo Guiú mismo, críticas y diatribas son disparadas a diestra y siniestra contra distintos factores culturales de lo mexicano; el uso de las expresiones «Tenemos a mis espaldas…» y «Seguiremos al pendiente» son ejemplos claros de la familiaridad como elemento cómico, así como de su repetición a lo largo de, por ejemplo, Viaje al centro de mi tierra; por último, la variación como potenciador de humor puede ser rastreada en los cambios que van teniendo el título profesional y la función social de Anselmo Guiú a lo largo del libro, e incluso en sus repetidas apariciones en El minutario.

Al analizar a Anselmo Guiú como amalgama de potenciadores de humor puede verse también como un pretexto de Sheridan para entregar ideas y opiniones, que quedan veladas bajo el tejido de un texto que, en apariencia, es informativo. El problema de estos textos de Sheridan reside, quizá, en la dificultad que tienen para poder ser etiquetados en algún género con facilidad. No son crónicas ni reportajes ni artículos periodísticos pero, técnicamente, tampoco parecen ensayos.

Al ensayo se le suele catalogar de proteico: «género impuro, impropio, mixto, marginal, ambiguo, inestable, impreciso, fuera de lugar […] “excéntrico”, “híbrido”, “mestizo”, […] camaleónico, inasible» (Weinberg 16-18). Pertenece, por lo general, a distintas esferas: se mueve entre política y poesía, filosofía y narrativa, reportaje, crónica y humor, entre otras combinaciones. Sin embargo, el ensayo también puede ser considerado como prometeico, como lo hace Liliana Weinberg en Pensar el ensayo:

Prometeo es el héroe mediador, a la vez que el articulador, de la experiencia cultural; es el héroe que vincula mundos a la vez que hace ostensibles sus diferencias. Otro tanto logra hacer el ensayo en constante tarea de poner en relación órbitas que parecían apartadas a la vez que deslindar aquello que parecía unido, siempre desde su propia especificidad [...] [Y] el ensayista es un especialista en esa actividad humana por excelencia que es el acto de entender el mundo, dotarlo de sentido, ponerlo en valor.  (15-16)

Los textos de Sheridan, en los que emplea a Anselmo Guiú como supuesto autor de ellos, funcionan de las dos formas: son ensayos tanto prometeicos como proteicos, agrupan géneros, los confunden y, además, acercan esferas que parecieran antípodas irreconciliables en un principio. Si algo logra Sheridan es juntar a los grandes temas con el cóctel (acto denunciado por Leduc), a la sabiduría con la experiencia ramplona y francamente fea del mundo periodístico –no podemos olvidar las palabras de Wilde: «el periodismo es ilegible». La crónica y el reportaje se vuelven juego, gracias a Guiú, y ese juego se vuelve reflexión, reflexión propia del ensayo.

En un ensayo académico sobre el Quijote, en el que, quizá sin quererlo, Sheridan traza con cuidado la manera en que se desdoblarían (si no es que ya se comenzaban a articular de esa manera en notas, mentales o físicas) sus ensayos con Guiú:

Justo antes de la locura, hay otro modo verbal: «Que yo era un caballero andante». Este modo verbal es muy particular y se llama el copretérito lúdico. Consiste en un código de acción con el cual los niños instauran, mientras juegan, una temporalidad hipotética, imaginativa, a la que subordinan por común acuerdo el tiempo real y sus identidades reales. Este código perdura durante el tiempo del juego, que consiste en crear una fantasía colectiva y pactada entre los jugadores. La instauración de esta temporalidad mágica se pacta con el acuerdo común de una narrativa cualquiera (el viejo oeste, o las batallas espaciales, o los bomberos heroicos) de la que deriva un ámbito narrativo esencial del que, a su vez, derivan los lenguajes y escenarios consensados. Una vez pactado eso, se distribuyen los roles y se profiere la fórmula mágico-lúdica: «que yo era…» (14)

Ahí tenemos, a sus espaldas, el copretérito lúdico tan quijotesco implementando un código en el que se establecen lenguajes y escenarios listos para ser tomados. En una temporalidad hipotética que queda enmarcada por dos simples frases, que fácilmente pueden ser agregadas a ocho textos, Anselmo Guiú es, además de pretexto y amalgama de potenciadores de humor, una fórmula mágico-lúdica para Sheridan: la de «juguemos a que yo era periodista…» Guiú es un juego que desdobla una miríada de posibilidades e hilaridad, un espiral de risas que se van enrulando infinita y progresivamente.

Seguiremos al pendiente.

 

 

 

OBRAS CITADAS

 

Domínguez Michael, Christopher. Diccionario crítico de la literatura mexicana. México: Fondo de Cultura Económica, 2007. Impreso

 

Kant, Immanuel. The Critique of Judgement. Trad. Werner S. Pluhar. Indianápolis: Hackett Publishing, 1987. Impreso.

 

Leduc, Renato. «Temas». Cucsh.udg.mx. Web. 14 octubre 2011.

 

Meza, Julián. Bestiario de Historia Mexicana. México: Equilibrista, 2010. Edición Kindle.

 

Sheridan, Guillermo. «Divisan complejo de inferioridad». El minutario. Abril, 2008. Web. 14 octubre 2011.

 

—. Paralelos y meridianos. México: Equilibrista | UNAM, 2007. Impreso.

 

—. «Primeros indicios».  El minutario. Julio, 2009. Web. 14 octubre 2011.

 

—. «Se aparece un pie». El minutario. Noviembre, 2007. Web. 14 octubre 2011.

 

—. Viaje al centro de mi tierra. Oaxaca: Almadía, 2011. Impreso.

 

Triezenberg, Katrina. «Humor Enhancers in the Study of Humorous Literature». HUMOR: International Journal of Humor Research. 17. 4 (2004): 411-418. Web. 17 septiembre 2011.

 

Weinberg, Liliana. Pensar el ensayo. México: Siglo XXI editores, 2009. Impreso.

 

 

 

NOTAS


[1] Parece que el caso de «Frida Kahlo más cerca de los altares» es el mismo; sin embargo, el enlace de la versión electrónica de la revista Letras Libres al texto original produce error y no puede ser consultado al día 15 de octubre de 2011.

[2] Hago uso de la traducción al inglés de Werner S. Pluhar simplemente por considerarla más inteligible que la mayoría de las traducciones hechas al español de este texto en particular de Kant.

[3] A falta de una traducción precisa al español de la palabra diction dejo el concepto en inglés.

 

 

 

 

____________

Raúl Bravo Aduna es ensayista, poeta, traductor y director de la sección literaria de Cuadrivio. Su web personal: www.rbaduna.com

 

 

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