¿Voto de castigo o segunda oportunidad?
El próximo 6 de noviembre los estadounidenses decidirán en las urnas si Barack Obama tendrá una segunda oportunidad en la presidencia o si el Partido Republicano volverá a la presidencia, con Mitt Romney como candidato. El margen que los separa de la victoria es pequeño y aún podría haber un giro final. La crisis económica, la eventual crisis política, las reformas migratorias y la caída de Estados Unidos como potencia hegemónica en el mundo, enmarcan la contienda.
Frania Duarte
El próximo 6 de noviembre los estadunidenses acudirán a las urnas para elegir a su presidente. La competencia entre los dos candidatos, Mitt Romney por el Partido Republicano y Barack Obama por el Partido Demócrata, se encuentra bastante reñida y hasta hoy sigue siendo poco claro quién podría tomar ventaja hacia la recta final y, más aún, quién podría convertirse en el ganador. A lo largo de la historia de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, diversos factores han sido cruciales en la decisión final de los votantes para dar la victoria a uno u otro candidato, o a uno u otro partido, tales como la economía, la política exterior o hasta el propio manejo de la campaña de los candidatos.
Todo parece indicar que en la elección de este año la crisis y el crecimiento económico serán los asuntos decisivos de esta elección, por lo que en tiempos de campaña Obama intenta resaltar los ligeros avances en la materia durante su gestión, así como sus intentos por impulsar el crecimiento económico, resaltando el hecho de que fueron frenados en el Congreso por la oposición republicana. En contraste, el candidato Romney se ha centrado en atacar a Obama tomando como punto de partida las estadísticas que muestran que el índice de desempleo no ha disminuido significativamente y sigue siendo alto (hasta junio de 2012 se ubicó en 8.2 por ciento, mientras que en 2010 llegó a alcanzar el 9.8 por ciento).
Sin embargo, a pesar del descontento de la ciudadanía estadunidense con la situación económica de su país, y de algunos otros con el propio desempeño del actual presidente, éste sigue estando a la cabeza en las encuestas, aunque con menos de cinco puntos porcentuales de diferencia (al inicio de la contienda republicana la diferencia entre quien habría de llegar a ser el candidato republicano elegido para disputarse la silla presidencial y el propio Obama era todavía de diez puntos), lo cual indica que lo que el propio Romney representa, o el manejo de su campaña, no es todavía ampliamente aceptado por la gran mayoría de la población estadunidense.
La gran pregunta es si el solo planteamiento de un proyecto económico claro que a simple vista pudiera sacar avante la economía del país, así como el contenido de los discursos de los candidatos sobre el tema, será lo que convenza finalmente a los votantes, o si otros factores (la postura ante temas como la seguridad social, la educación, el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo, la inmigración y la política exterior, por ejemplo) también serán cruciales para la decisión que el primer martes de noviembre tomen los votantes.
Algunos logros y obstáculos del presidente excepcional
La elección presidencial de 2008 se presentó como un punto nodal en la historia estadunidense, no sólo porque ofrecía la oportunidad de romper con todo aquello que representaba George W. Bush, sino porque además el contendiente del Partido Demócrata, un individuo afroestadunidense que había vivido en carne propia el sueño americano y que se había caracterizado por ser un político progresista, tenía posibilidades reales de ganar. Todo esto invitó a que algunos pensaran que si ello sucedía, un cambio ocurriría en la política estadunidense, tanto al interior como al exterior.
Así, la persona de Obama parecía estar en una posición privilegiada por sobre la de su contrincante republicano, el veterano de guerra John McCain. Sin embargo, también influyeron otros elementos a su favor, tales como su capacidad para generar empatía con la gente –principalmente a través de su discurso claro y asequible, su pragmatismo y su capacidad de identificar problemas y proponer soluciones que satisfacían a la mayoría, todo lo cual ha sido producto de su trayectoria personal, académica (por su formación como politólogo y abogado) y profesional (en sus inicios fue activista comunitario en Chicago). No obstante, el contexto del país también influyó para que Obama fuera elegido presidente. Si bien las encuestas mostraban una competencia sumamente reñida entre ambos candidatos, al final el manejo ambiguo de McCain ante el septiembre negro de 2008 fue uno de los factores que inclinaron la balanza hacia el entonces candidato demócrata.
La elección de Obama como presidente de Estados Unidos elevó considerablemente las expectativas de una mejora en el manejo del país tanto a nivel interno como externo. Para la población era un hecho que pondría mucha más atención que Bush en la política interna. En el ámbito de política exterior la opinión pública local e internacional confió en que llegaba a su fin la era del intervencionismo unilateral estadunidense y, en consecuencia, concluirían las guerras en Irak y Afganistán.
No obstante, valía la pena hacerse una pregunta: ¿realmente iba a cambiar la forma en que Estados Unidos operaría su política –forma y fondo incluidos? Obama es un político que desde su campaña de 2008 ha sostenido un discurso incluyente y que jamás apeló a la división. Incluso ante los ataques lanzados por los sectores ultraconservadores hacia su persona y su desempeño como presidente, Obama no ha respondido con alguna estrategia que polarice más a la población, sino, al contrario, ha dejado que estos sectores se evidencien ellos solos, dejando entrever que no cuentan con una estrategia clara sobre el manejo del país y que únicamente adoptan la estrategia de la descalificación, la cual, aunque es muy útil para efectos de rentabilidad político-electoral, es deficiente en términos tangibles para coadyuvar a la toma de decisión de un voto razonado.
Es decir, el hecho de que Obama sea un afroestadunidense no significaba en automático que el comportamiento político ni los valores estadunidenses al interior y al exterior fueran a cambiar de una vez y para siempre. En efecto, para algunos la elección de Obama representaba un triunfo para la lucha que por décadas las minorías han sostenido para evitar la discriminación. Sin embargo, en términos de su formación personal y profesional, Obama es quizá más blanco que negro. La reivindicación racial, a la que algunos pensaron que representaba, no ha trascendido de manera visible en el manejo de la política estadunidense, pues se actúa conforme a intereses y objetivos del proyecto de nación, iniciado desde los tiempos de los padres fundadores. En uno de sus artículos, José Luis Valdés Ugalde se pregunta «¿es Obama negro?», a lo cual el autor advierte que si se toma en cuenta su color de piel, así como las acusaciones de los sectores conservadores que aún siguen sin dar crédito a que un individuo afroestadunidense sea quien gobierne su país, Obama es efectivamente negro. Sin embargo, tomando en cuenta su discurso, no lo es.[1]
La responsabilidad que recae sobre los presidentes de Estados Unidos siempre es grande y compleja, pero la de Obama ha sido doblemente complicada. No sólo ha tenido que responder a la altura de lo que su país representa en términos de poder y del proyecto de nación que detenta, sino que además ha tenido que encargarse de evitar una fractura política, económica y social interna, así como de remediar los errores de su antecesor en materia de política exterior, a fin de evitar que el declive de Estados Unidos como país hegemónico en el mundo se acreciente. En este contexto advertía, desde un primer momento, que las reformas necesarias en política interna iban a ser complicadas de lograr, y algunas hasta imposibles.
Una ventaja inicial para Obama, aunque con sus claroscuros, fue la mayoría demócrata en el Congreso. Durante sus dos primeros años de mandato se aprobaron las reformas al sistema financiero, sanitario y educativo, las cuales se encontraban entre las principales promesas de campaña. No obstante, las nuevas reformas, específicamente la reforma al sistema sanitario, no satisficieron plenamente a diversos sectores de la población puesto que para algunos su contenido fue insuficiente.[2] La gran ausente entre las reformas tanto tiempo esperadas por la población latina –el 67 por ciento de los votantes de este sector poblacional había votado por Obama– fue la reforma al sistema migratorio. Si bien Obama ha reconocido públicamente que éste no funciona, no ha logrado que una reforma al mismo prospere debido a que tanto republicanos como demócratas se han opuesto a poner el tema a debate. El único movimiento claro al respecto fue la propuesta elaborada por los senadores demócratas Feinstein, Leahy, Menendez, Schumer y Reid (la denominada REPAIR Proposal), que al final se quedó en la congeladora, pero que surgió en medio de la polémica desatada por la promulgación de la ley SB1070 de Arizona, que no era otra cosa que una ley anti inmigrantes. La gobernadora de ese estado, Jan Brewer, dijo que esta ley respondía al letargo de Obama para actuar ante temas de seguridad fronteriza; no obstante, se trataba de un movimiento político encaminado a atacar y descalificar la gestión presidencial con el fin de obtener votos para sí misma en las elecciones intermedias, y para el Partido Republicano en las presidenciales.
Las elecciones legislativas llegaron acompañadas de una polarización político-social aún mayor que en 2008. Un movimiento ultraconservador había emergido con la misión, según sus miembros, de «atraer, educar, organizar y movilizar a [los] ciudadanos [estadunidenses] para afianzar una política pública consistente con nuestros valores [estadunidenses] de responsabilidad fiscal, gobierno limitado constitucionalmente y libre mercado».[3] Se trataba de un movimiento que intentaría «restaurar el honor de la nación y los valores estadunidenses», como lo expresara una de sus impulsoras, la ex candidata del Partido Republicano por la vicepresidencia de la nación, Sarah Palin, junto con otro ferviente creyente de esta ideología, el polémico y conservador conductor de programas Glenn Beck, en un mitin que encabezaron en el Lincoln Memorial en agosto de 2010.
El objetivo del Tea Party era claro: asegurar el regreso del Partido Republicano, primero a las cámaras en 2010 y, posteriormente, a la presidencia en 2012. En este movimiento no sólo se hablaba en términos de los principios y valores estadunidenses, que desde su punto de vista se habían perdido, y del modelo de gobierno que debería implantarse (uno donde el Estado tenga menor cabida no sólo en términos de regulación económica y financiera, sino en términos de políticas públicas de carácter social), sino que además se lanzaban –y se sigue haciendo– ataques contra todo lo que representa Obama y su administración. A pesar de que este movimiento atrajo a un buen número de personas a su comienzo y se enraizó en el Partido Republicano, posteriormente su cada vez más radical y manifiesta agenda ultraconservadora generó divisiones al interior de éste. De pronto, el Tea Party no sólo representaba un peligro político para el Partido Republicano, sino para el propio movimiento.
Como muestra de ello basta el debate sobre la negociación del techo de la deuda. Para mayo de 2011, Estados Unidos estaba alcanzando el tope de la deuda ($14.3 billones de dólares), ante lo cual se buscó negociar su ampliación. Aunque se trataba de una urgente necesidad, un buen número de republicanos, encabezados por el Tea Party, bloquearon las propuestas de Obama y su partido. El acuerdo se alcanzó sólo un día antes de la fecha límite. De no alcanzarse acuerdo, el gobierno de Estados Unidos hubiera tenido que declararse sin capacidad de pago. A pesar de que sí se logró un consenso, éste fue incompleto, ya que tenía que volver a ser renegociado. Tras el evento el nivel de aceptación del Tea Party entre la población estadunidense se redujo ligeramente.[4]
A pesar de los deslices del Partido Republicano, que lejos de deslegitimar y descalificar el mandato de Obama más bien han sido contraproducentes para su partido y benéficos para el actual presidente, Obama aún no logra atraer la simpatía de la mayoría de la población a causa de la todavía crítica situación económica. Los estadunidenses esperaban ver resultados tangibles, y si bien Obama ha impulsado reformas y apoyos económicos para generar empleos e impulsar el crecimiento, algunos han sido frenados por la oposición republicana, mientras que otros se han realizado de forma parcial debido, en buena parte, a la misma causa. El gobierno de Obama quizá debiera advertir a la población que en cuatro años no se puede solucionar lo que se había venido arrastrando desde tiempos de Reagan con sus reaganomics y que terminó por estallar con el endeudamiento excesivo de G. W. Bush y sus reducciones fiscales a aquellos cuyos ingresos fuesen de $250 mil dólares o más. De hecho, una de las promesas incumplidas de Obama fue la de poner fin a los recortes presupuestales, medida que, supuestamente, finalizaría el 1 de enero de 2011. No obstante, Obama renegoció la vigencia de la misma, extendiéndola por dos años más.
Por otro lado, parece que la población no termina de quedar satisfecha con el candidato del Partido Republicano y parece dispuesta a darle otra oportunidad a Obama. En parte quizá permanezca en esas personas la esperanza de que, con base en los resultados que ha demostrado a más de tres años de mandato, Obama pueda sacar a flote la economía estadunidense e incluso pueda recuperar el lugar de EE.UU. en el mundo como país indiscutiblemente hegemónico –aunque, a decir verdad, esto último es menos importante, ya que en una elección presidencial la política exterior no es un factor crucial. Quizá haya quienes estén conscientes de que el caos político y económico es resultado de una política de varias décadas conducida por intereses personales y de partido y que, por ende, tomara algún tiempo más estabilizar todo nuevamente.
Ser o no ser… un flip-flopper
A diferencia de Obama, Romney creció en el medio del establishment estadunidense. Su padre, George Romney, estuvo al frente de American Motors y también decidió incursionar en la vida política, ganando la gubernatura de Chicago, e incluso persiguió la oportunidad de convertirse en candidato a la presidencia de su país. Si bien se ha desempeñado en la política (su principal puesto fue el de gobernador de Massachusetts en 2002), buena parte de su carrera profesional ha estado en el ramo de los negocios y las finanzas, lo cual, desde su punto de vista, le da autoridad para opinar sobre la situación económica del país y de lo que considera un insatisfactorio desempeño de Obama en este rubro.
Pero Romney no termina de agradar totalmente a la población estadunidense en general, es más, ni siquiera termina por recibir la neta aprobación de su propio partido; la aprobación parcial que ha recibido a últimas fechas no se ha debido tanto a su persona como a que él es el candidato del Partido –y éste tiene que recuperar el poder. Desde el inicio su partido había otorgado amplio apoyo a Rick Santorum, que era el candidato del Tea Party, toda vez que lo consideraban lo suficientemente conservador para representarlos. Sin embargo, aun cuando el Partido Republicano tiene una base de apoyo considerable entre la población estadunidense, ésta no es totalmente ultraconservadora, de tal modo que un candidato con una tendencia ligeramente más moderada sería el que, finalmente, recibiría el apoyo. Ese candidato era Mitt Romney.
A pesar de que fue electo por su supuesta tendencia moderada, esto también es cuestionable. Por un lado, su condición religiosa –mormón– le inclina a posiciones sumamente conservadoras en temas como el aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo.[5] Sin embargo, algunas de sus posturas sobre temas como la posesión de armas de asalto no han sido tan radicales como las del Tea Party. Por ejemplo, se ha manifestado a favor de la segunda enmienda, pero al mismo tiempo apoya la ley que prohíbe la posesión de ciertas armas de fuego automáticas que en 1994 firmara Bill Clinton y cuya vigencia no fue renegociada para su ampliación por G. W. Bush. Sin embargo, Romney no ha puesto en marcha acciones concisas en este y otros temas que efectivamente demuestren a la población su tendencia moderada o radical.
Si bien su discurso al inicio de la contienda republicana no estuvo completamente plagado del característico orgullo estadunidense WASP, su afán por ser aceptado entre los grupos ultraconservadores del partido –el Tea Party en particular– le ha hecho congraciarse con algunas de sus posturas, convirtiéndose así cada vez más en un fli-flopper, es decir, aquel que adopta cierta postura ante un tema y súbitamente cambia de posición en el sentido opuesto. Así, por ejemplo, en algún momento dijo apoyar la ley que prohibía la posesión de armas de asalto, pero en un debate entre los candidatos republicanos sostuvo que jamás la apoyaría. Lo mismo ocurrió, en otro contexto, cuando se refirió al sistema de salud. Recién Obama había iniciado su mandato, Romney celebró que el presidente se hubiese aventurado en esa empresa; dos años después se manifestó en contra del Obamacare. Ante este panorama difícilmente se puede saber qué es lo que realmente pudiera o no hacer como presidente de su país, cuestión que, por cierto, los votantes no dejan pasar por alto.
No obstante, algunos elementos de su desempeño como gobernador de Massachusetts eventualmente podrían servir como indicadores sobre las acciones que podría llevar a cabo como presidente –aunque debe aclararse que no necesariamente son equiparables las condiciones de dicho estado en 2002 con las del país actualmente. Por ejemplo, durante su campaña a la gubernatura el estado se encontraba ante un gran déficit presupuestal; Romney anunció que éste sería superado sin necesidad de elevar los impuestos. Efectivamente, en la práctica no fue firmada ninguna ley que explícitamente se refiriera a elevar impuestos (taxes), pero lo que sí llevó a cabo fue elevar los costos de las cuotas de algunos trámites burocráticos (fees), lo cual, en realidad, se trataba de otra forma de subir los impuestos, pues al final el déficit pudo controlarse con los ingresos por este concepto.
Siguiendo en el tema que hoy por hoy interesa más a los votantes, es decir, la economía, el equipo de campaña de Obama decidió asestarle un golpe a Romney exponiendo que durante su gestión como gobernador de dicho estado éste se ubicaba en el número 47 de la lista de los estados de la Unión Americana por concepto de número de empleos creados. Al respecto existen opiniones encontradas. Por ejemplo, algunos expertos, como Rick Newman, sostienen que difícilmente los gobernadores e incluso los presidentes pueden tener un impacto directo en la creación de empleos dado que ésta más bien guarda relación con la forma en que se desarrolla y evoluciona la recesión y la recuperación económicas. Asimismo, Newman señala que en el caso de Massachusetts no se puede culpar totalmente a Romney del lugar que el estado ocupaba en la referida lista, ya que hubo un cambio en la demografía de dicho estado, es decir, por un lado hubo una reducción de la población, que se dirigió hacia otros lugares dentro del mismo país, y, por otro lado, el estado alcanzó un aceptable crecimiento económico, característico de países que han logrado cierto nivel de industrialización –en contraste con aquellos que anhelan alcanzarlo y que, en su carrera por lograrlo, registran rápidos y altos niveles de crecimiento.[6] No obstante, otros analistas sostienen que en realidad Romney no desarrolló un plan que combatiera los altos niveles de desempleo. En este sentido, Glenn Kessler apunta que Romney puede jactarse de los bajos niveles de desempleo de Massachusetts durante su gestión como gobernador toda vez que éste era menor al de la media nacional, de tal forma que la tarea del entonces mandatario local era hacer que siguiera manteniéndose por debajo de ésta.[7]
Otro intento de Obama por quitar del camino a Romney fue criticando su gestión cuando estuvo al frente de Bain Capital, firma que se encarga de administrar activos financieros, y desde la cual Romney compró diversas empresas para inflar sus acciones en la bolsa y obtener jugosas ganancias por millones de dólares. Una vez con el dinero en su maletín, abandonó a las empresas a su suerte, llevándolas a la bancarrota, lo que provocó el despido de nueve mil trabajadores. La información presentada por el equipo de campaña de Obama, acompañada del testimonio de los trabajadores despedidos, retrata la verdadera cara del candidato republicano: un político desinteresado por el destino de la población estadunidense y enfocado únicamente en sus ganancias personales.
Frente a estas evidencias, vale la pena cuestionar ¿será acaso coincidencia que su fortuna ascienda a aproximadamente 300 millones de dólares? La dimensión de su fortuna y su posición entre los sectores privilegiados de la población son paradójicas vis-à-vis su discurso sobre el impulso al crecimiento económico. Él es partidario, al igual que los otros miembros de su partido, del recorte al gasto presupuestal y a la no subida de impuestos a los sectores de la población cuyos ingresos son altos. Una crítica en este sentido fue lanzada en su contra por el presidente Obama, en su discurso sobre el estado de la Unión de este año, cuando refirió que, desde esta perspectiva, pedir a un billonario que pague los mismos impuestos que su secretaria sería tener sentido común.
Así pues, aun cuando Romney señale tener propuestas viables para la mejora de la economía y existan sectores descontentos con Obama por el lento progreso económico, lo cierto es que los detalles mencionados anteriormente hacen difícil que los estadunidenses estén completamente seguros de emitir su voto a favor de este candidato. Habrá quizá quienes sostengan que Romney realmente es un moderado y, en ese sentido, no tengan miedo de votar por él –ya sea porque se trate del voto duro republicano o, bien, porque quieran dar un voto de castigo a Obama–; sin embargo, habrá otros votantes que no quieran como presidente a un individuo oportunista, con discursos a la carta según el tipo de público ante el cual se presenta. Ser moderado no es impedimento para posicionarse como un rival potencial, pues, de llegar al poder, habría altas posibilidades de que buscase canales de comunicación con diversos sectores políticos, económicos y sociales para lograr consensos; sin embargo, lo que sí podría serlo es sostener argumentos de los que no se esté plenamente convencido con la finalidad de quedar bien.
Preparando noviembre
Las diversas encuestas que se han dedicado a registrar las preferencias electorales para la próxima elección presidencial en Estados Unidos no han variado demasiado en cuanto a la tendencia del ganador. Barack Obama ha estado a la cabeza, aunque con variaciones en los puntos porcentuales respecto al contrincante.[8] No obstante, la diferencia sobre las preferencias por uno y otro candidato no es amplia, sino bastante estrecha, cuestión que presagia una elección similar a la de 2008, en la cual las líneas roja (simbolizando el Partido Republicano) y azul (simbolizando al Partido Demócrata) de las gráficas de las encuestas muchas veces se interceptaban y la distancia que las separaba era mínima. En ese sentido los eventos cercanos a la elección, en especial los de carácter económico (a reserva de que surja otro de gran envergadura en materia de política interior), serán los que influirán en la decisión de los votantes una vez frente a las urnas. No obstante, se han registrado algunos cambios en las tendencias de los votantes con respecto a la pasada elección presidencial. Por ejemplo, existe un descenso del 15 por ciento de la población que está interesada en la elección con respecto a 2008.[9]
Si bien en ocasiones algunas encuestas han registrado una ligera ventaja de Romney sobre Obama, ésta ha sido esporádica, llevando siempre el candidato demócrata la delantera. Sin embargo, el porcentaje de la población que está satisfecha con su desempeño ha disminuido bastante en el último año, ubicándose en promedio en 47 por ciento, en contraste con el 65 por ciento que llego a alcanzar durante sus primeros meses de mandato. Este descenso se atribuye principalmente a los resultados poco positivos en materia económica.
Sin embargo, a pesar de la poca satisfacción con el desempeño de Obama en dicho rubro, con respecto a otras temáticas sigue teniendo más respaldo que Romney. Sigue siendo, además, un presidente con carisma y facilidad de generar empatía en la población. En este sentido, de acuerdo con una encuesta realizada por Gallup, más del 50 por ciento de los encuestados opinó que Obama no sólo sabe generar empatía, sino que también demuestra tener más voluntad de trabajar con el partido opositor y capacidad para afrontar las crisis que Romney. Asimismo, la mayoría respondió que Obama es honesto y confiable, adquiere posturas consistentes en diversos temas, comparte los valores de los estadunidenses y tiene la capacidad de llevar a cabo diversas acciones, en contraste con su oponente.[10]
Así pues, las encuestas parecen indicar que la tendencia se inclina hacia la reelección de Obama, sin embargo, tampoco hay que confiarse. En los tres meses que faltan para el primer martes de noviembre podrían suscitarse diversos eventos que pudieran poner en peligro la inminente victoria –según las encuestas, claro está– de uno u otro candidato.
Existe la gran interrogante sobre cómo se repartirán los votos entre los estados y cuál será la base de apoyo de cada candidato. Recuérdese que hay estados cuyo voto duro está con uno u otro partido, pero por otro lado también se tiene a los swing states, los cuales no son fieles a ninguno de los dos partidos, sino que votan según la circunstancia (Colorado, Florida, Iowa, Michigan, Nevada, New Hampshire, Nuevo México, Carolina del Norte, Ohio, Pensilvania, Virginia y Wisconsin). Hasta mayo pasado, una encuesta realizada por Gallup mostró que en estos doce estados la balanza se inclina a favor de Obama únicamente por dos puntos porcentuales sobre Romney ya que, entre otros factores, la situación económica en esos estados, aunque lentamente, va progresando.[11]
Por otro lado, si bien el mensaje de los candidatos debe ser asequible para la población en términos de su contenido, los candidatos también deben asegurarse de contar con una campaña que llegue a cada rincón del país y que tenga un impacto importante en el votante. Evidente es que, para ello, se requiere de aportaciones sustanciosas de dinero, las cuales no corren en su totalidad por cuenta del candidato o del dinero que el Estado está autorizado para otorgarles, teniendo que desempeñar un papel importante los PAC (Political Action Commitees), los cuales dan contribuciones de dinero ilimitadas procedentes de corporaciones, sindicatos o personas adineradas. Supuestamente estos comités y los candidatos se mantienen independientes entre sí, no obstante, diversos analistas aseguran que esta práctica es una compra de las campañas y, por ende, de las elecciones mismas, dado que las corporaciones o individuos otorgan dinero a tal o cual candidato a cambio de que sus intereses y objetivos sean protegidos por el candidato apoyado.[12] Hasta ahora Obama ha recaudado poco mas de 300 millones de dólares para su campaña, de los cuales aún le quedan 97 millones; Romney, por su parte, solamente ha reunido poco más de 153 millones de dólares, de los que le quedan 22 millones.[13]
Con este panorama, la elección presidencial de 2012 vuelve a ser un suceso histórico para la vida política de Estados Unidos toda vez que a nivel interno persiste la crisis económica, así como el riesgo de una crisis política que pudiera seguir poniendo trabas al desarrollo de políticas que permitan el pleno desarrollo del país. Sin embargo, en caso de que Obama se reeligiera, lo más probable es que los grupos ultraconservadores calmen sus críticas puesto que en la siguiente elección ya no contenderá Obama y porque quizá el Partido Republicano ya no se dejaría arrastrar por los ideales ultraconservadores que están poniendo en jaque su autoridad política y moral ante la opinión pública estadunidense. Asimismo, la política de poder inteligente de la actual administración sigue su curso en el exterior, de tal forma que se espera que ésta brinde resultados concretos durante los próximos años. Es, pues, todavía importante el seguimiento de esta política si Estados Unidos quiere volver a recuperar su rol como país preponderante en el medio internacional.
Tomando en cuenta los diversos factores planteados en este texto, quizá la reelección de Obama sea posible pues, a pesar de que las credenciales de Romney no sean ultraconservadoras, los votantes no parecen estar dispuestos a tener como presidente a un individuo que carece de un discurso único y sólido que manifieste capacidad para responder de manera coherente a las necesidades del país. Habrá quienes crean que este tipo de actuación en tiempos de campañas electorales es de lo más común, no obstante, el pasado profesional de Romney forma una nube gris sobre su campaña que ensombrece el panorama de poder llevarle a la victoria.
El martes 6 de noviembre los estadunidenses decidirán si desean continuar con la política moderada y razonable que representa Obama o si optan por un cambio hacia una tendencia ligeramente más radical en diversos temas, especialmente en el económico. Preciso es aclarar que los cambios no representan un peligro, sin embargo, no sólo deben tomarse en cuenta las razones por las que se quiere el cambio, sino que cabe hacer una evaluación más detenida de por qué podría o no darse, y de por qué no ha ocurrido hasta ese momento. Obama no ha podido cambiar la situación del país rápidamente porque para llegar a la situación actual se ha requerido de varias décadas. Hasta el momento, Obama ha mostrado mayores fortalezas que debilidades como líder de un país preponderante, de tal modo que los resultados concretos de sus políticas sólo podrían presentarse con el paso de algunos años más, y para ello es necesario un segundo mandato. Los votantes decidirán entre darle un voto de castigo o darle una segunda oportunidad.
[1] José Luis Valdés Ugalde, «Is Obama Black?», en Voices of Mexico, núm. 83, septiembre-diciembre 2008.
[2] Si bien esta reforma reduciría la cantidad de población que no tendría acceso a cobertura médica, los parámetros que para ello se establecieron no fueron considerados como benéficos para la población, ya que todos se ven obligados a contratar un seguro. En caso contrario serían multados. El argumento de algunos ciudadanos en contra de esta ley estribó en las dificultades que supone adquirir un seguro de gastos médicos si no se tiene empleo o si los ingresos no son suficientes para ello.
[3] Obtenido de: Tea Party Patriots, <http://www.teapartypatriots.org/>.
[4] El apoyo al movimiento del Tea Party tuvo sus altibajos, sin embargo, de acuerdo con Gallup, de enero a mayo de 2011 el apoyo se mantuvo de manera estable hasta que comenzó a disminuir para el mes junio de ese mismo año, coincidiendo esta disminución con la posición que en ambas cámaras los miembros de dicho movimiento asumieron en torno al tema del techo de la deuda —tratando de evitar nuevas reglas fiscales y proponiendo una mayor reducción al gasto público. Véase Lydia Saad, «The Party Sparks More Antipathy Than Passion», Gallup, 10 de agosto de 2011. Obtenido de: <http://www.gallup.com/poll/148940/Tea-Party-Sparks-Antipathy-Passion.aspx>.
[5] Mitt Romney tiene un pasado polémico en lo que respecta a este tema de acuerdo con testimonios de varias mujeres que aseguraron que él, mientras pertenecía al cuerpo eclesiástico de la iglesia mormona, las persuadió para no abortar. No obstante, la religión de Romney no se ha convertido en un factor decisivo entre los ciudadanos a la hora de emitir su decisión. Véanse Michael Kranish y Scott Helman, «The Meaning of Mitt», en Vanity Fair, febrero de 2012. Obtenido de: <http://www.vanityfair.com/politics/2012/02/mitt-romney-201202>. Y Frank Newport, «Bias Against a Mormon Presidential Candidate Same as in 1967», en Gallup, 21 de junio 2012. Obtenido de: <http://www.gallup.com/poll/155273/Bias-Against-Mormon-Presidential-Candidate-1967.aspx>.
[6] Rick Newman, «Why Romney’s Record as Governor Barely Matters», en USNews, 4 de junio de 2012. Obtenido de <http://www.usnews.com/news/blogs/rick-newman/2012/06/04/why-romneys-record-as-governor-barely-matters>.
[7] Glenn Kessler, « Mitt Romney: Flip-flopper or not ?», en The Washington Post, 1 de diciembre de 2011. Obtenido de: <http://www.washingtonpost.com/blogs/fact-checker/post/mitt-romney-flip-flopper-or-not/2011/11/30/gIQAH6ubEO_blog.html>.
[8] De acuerdo al promedio que Real Clear Politics hace a partir de diversas encuestas, ha habido momentos en los que Romney se ha situado por encima de Obama pero solamente alcanzando una ventaja de un punto porcentual. Sin embargo, hubo una encuesta que generó grandes expectativas para los seguidores de Romney, realizada por CBS News y The New York Times del 11 al 13 de mayo del año en curso, ya que en ella el 46 por ciento de los encuestados señaló que hubiera votado por Romney, mientras que el 43 por ciento lo hubiera hecho por Obama; es decir, la ventaja era más grande que antes. Véase Lucy Madison, «Poll: Romney has slight edge over Obama», en CBS News, 15 de mayo de 2012. Obtenido de: <http://www.cbsnews.com/8301-503544_162-57434153-503544/poll-romney-has-slight-edge-over-obama/>.
[9] «GOP Holds Early Turnout Edge, But Little Enthusiasm for Romney», en Pew Research Center For The People and The Press, 21 de junio de 2012, p.1. Obtenido de <http://www.people-press.org/files/legacy-pdf/06-21-12%20Voter%20Attitudes.pdf>.
[10] Ibidem, p. 4.
[11] Lydia Saad, «Obama-Romney Competitive in 2012 Swing States», en Gallup, 7 de mayo de 2012. Obtenido de: <http://www.gallup.com/poll/154502/obama-romney-race-competitive-2012-swing-states.aspx>.
[12] Fred Wertheimer, «Super PACs a disaster for democracy», en CNN, 15 de febrero de 2012. Obtenido de: <http://edition.cnn.com/2012/02/15/opinion/wertheimer-super-pacs/index.html>.
[13] 2012 Presidential Race, Open Secrets. Obtenido de: <http://www.opensecrets.org/pres12/index.php>.
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Frania Duarte (Ciudad de Mexico, 1989) estudió la licenciatura en Relaciones internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde también se desempeña como profesora adjunta. Asimismo, es asistente de investigación en el Centro de Investigaciones Sobre America del Norte (CISAN) de la UNAM.












