Discurso y propaganda en las redes sociales
Durante los últimos años, en distintas partes del mundo, hemos sido testigos del potencial político de las redes sociales. Pero, ¿qué tanto esta forma de protesta puede generar movilizaciones sociales e incidir en la vida política de una nación? ¿Cuáles son las condiciones de una activa ciudadanía virtual? ¿Por qué en algunos países ha llevado a transformaciones revolucionarias y en otros no? Éstas son sólo algunas de las preguntas sobre las que reflexiona Edgar Salas Gironés.
Edgar Salas Gironés
Desde 2010 las redes sociales se han convertido en imprescindibles medios de transmisión, y actor como conjunto, de los eventos de política internacional. Movimientos dentro del espacio de lo virtual, al materializarse en el espacio de lo real, han desplazado regímenes, construido el anhelo de democracias modernas en ambientes autoritarios, creado una opinión pública en contra de la desigualdad económica en naciones desarrolladas, y polarizado sociedades en tiempos electorales.
Para mediados de la década pasada, diferentes académicos y organizaciones habían reconocido la labor del ciudadano en la red como actor principal en la vida de la sociedad global. Castells ya habría planteado, para 2000, el término de ‘sociedad red’, que reconoce el papel del internet como forma de relación esencial de la nueva sociedad.[1] La revista Time galardonó a «ti» (You) como personaje del año 2006, por la creación, comunicación e información que es capaz de generar el nuevo ciudadano virtual. Sólo pasarían 5 años para que la misma revista premiara al «protestante», organizado por las redes sociales, como personaje del año (2011).
Aun cuando en términos generales las redes sociales han permitido la gestación de movimientos políticos y sociales únicos, no todo movimiento virtual pasa al escenario de lo real, ni todo lo real tiende a vincularse a través de lo virtual. ¿Por qué en Egipto y en Túnez, sociedades con escasa penetración de internet –y en especial de las redes sociales–, los movimientos de protesta se vinculan y en otros países no? ¿Cuáles son las condiciones necesarias para estructurar un discurso que permita permear en lo virtual y en lo real?
Para entender cómo funciona una red social, es necesario precisar su funcionamiento, de manera muy general. En primer lugar, existe una red con diversos actores, también llamados nodos o usuarios. Éstos realizan interconexiones con otros usuarios a través de del intercambio de información. Las hipotéticas conexiones en la red social son prácticamente ilimitadas, aunque están ligeramente condicionadas por condición social, sexo, intereses, idioma, etc. Un usuario de Twitter es muy diferente a alguien con Facebook, LinkedIn o Google Plus. Esto se da por el perfil de cada red social. Por otro lado, la calidad de los contenidos no necesariamente es la óptima, ya que puede mal informar o incluso su información puede llegar a ser calificable como spam. Finalmente, las conexiones entre usuarios son efímeras. Pocas cuentas mantienen una constante interacción y la mayoría de estas interacciones dependen de sucesos en la vida real que instiguen el intercambio de información.
De esto desprendemos una serie de consideraciones de la protesta política virtual a partir de los patrones de comportamiento habitual de las redes sociales. Uno de ellos es que la sociedad se organiza en momentos específicos de crisis social, y la concientización del colectivo no es permanente. Además, sólo a través de una correcta estrategia política es posible llegar a una mayor cantidad de población; es necesario adaptarse a patrones de comportamiento diversos en la red. El uso de un idioma común, la mayor parte de las veces el inglés, ayuda, pero la imagen es mucho más efectiva; también ayuda el mantener la calidad de los contenidos para no caer en el desprestigio, sospecha o descrédito.
La propagada en la red
Durante el poco tiempo que el científico social ha analizado el fenómeno de la sociedad organizada virtualmente, se han encontrado una serie de condiciones que permiten a las redes sociales ser un actor en el cambio político, y que ya eran reconocibles antes de 2010, año de las revoluciones del Norte de África y de Medio Oriente.
Antes del parteaguas que significó la primavera árabe, por el uso intensivo de las redes sociales,[2] organizaciones no gubernamentales y de la sociedad civil habían logrado enormes avances en la promoción de sus agendas a través del internet. La concientización ambiental, la promoción de los derechos humanos y el comercio justo serían imposibles en un escenario en donde no existiera la posibilidad de comunicación que tenemos ahora. Como plataforma para recaudación de fondos, el internet tiene un costo mucho menor e impacto mayor que la recaudación tradicional, «en las plazas».[3] Este marketing no es más que la adaptación de las estrategias de las grandes corporaciones para acercarse a su clientela a organizaciones sin fines de lucro; cada «defensor de los derechos de los niños soldado» o «promotor de la paz en Darfur» representa un potencial cliente, un promotor de las ONG.[4]
La propaganda y la publicidad convergen en una sociedad híper-consumista como la nuestra. Toda postura política es consumible, en tanto que existe una cantidad ilimitada de videos, fotografías, escritos o fan pages los cuales podemos encontrar en línea, hacerlos nuestros y compartirlos con nuestra red de contactos. Al igual que un producto de status –como toda la línea de Apple–, no sólo basta con adquirirlo, sino señalar que lo adquiriste. Las fan pages en Facebook son anunciadas en el timeline de cada uno de nuestros contactos. La originalidad, postura política, ideología o patrones de consumo son reconocidos: Ser fan (darle like) de Noam Chomsky, Rosa Luxemburgo o Karl Marx entre anuncios de Nike, Nissan o de The Avengers es la completa contradicción de un sector poblacional que, aun rechazando o criticando lo burgués, utiliza sus medios para organizarse.
Y es que las redes sociales más populares al día de hoy son productos culturales del liberalismo estadounidense, clasista. Facebook se concibió como una red social para un sector claramente meritocrático: la Universidad de Harvard. El derecho para pertenecer a esa red social se adquiría con 41 675 dólares anuales, el precio de su colegiatura.[5] Twitter nace, de igual manera, en una ciudad cosmopolita como San Francisco como un medio para anunciar lo que cada quien hace. En ese entonces, se enviaban SMS, sin opción a inserción de video, imagen o enlaces a páginas de internet.[6]
Esto hace, naturalmente, a las redes sociales un medio proclive a la reproducción de los discursos hegemónicos: Música, cine, televisión y deportes comerciales. La reproducción de los patrones estadounidenses de consumo de contenidos supera, por mucho, a opciones de contenido anti sistemáticas, alternativas o independientes.[7] Aunado a estos tipos de contenidos tenemos el «contenido basura»: el spiderman mexicano, el titanic de Xochimilco e infinidad de videos caseros vacíos de contenido que terminan por saturar un espectro informativo de por sí imposible de imaginar en su extensión. Dentro de todo este espectro, se pierde el contenido realmente valioso y crítico hacia una sociedad en crisis, necesitada de cambio. Esto me permite visualizar un hipotético producto: Las protestas de calibre que han utilizado de manera efectiva las redes sociales para modificar un sistema político en su conjunto han culminado en movimientos democrático-liberales y no en modelos alternativos de gobierno, con la clara excepción de las protestas de agenda limitada (defensa de un ambiente específico, derechos humanos en una comunidad, negativa de un proyecto económico, etcétera).
Las plataformas actuales han culminado en una sociedad donde se privilegia a la imagen por encima del texto elaborado. Actualmente, la propaganda utiliza una serie de herramientas gráficas que le permiten permear entre grandes sectores de la población cualquier causa considerada «justa». Al igual que sus antecesores propagandísticos (el panfleto revolucionario, durante los siglos XVIII y XIX; el radio, durante buena parte del XX; y la televisión, hasta hace una década) las redes sociales buscan la movilización en base a la pasión política representada. El video requiere menor capacidad de comprensión que el texto –al igual que el spot publicitario–,[8] puesto que en él se requiere de sólo un periodo breve para generalizar una realidad hasta el absurdo, a fin de que de la indignación surja la movilización. E igual que lo que sucedía con sus antecesores, no todos tienen acceso al medio (como no todos tuvieron radio o televisión por cuestiones económicas, o el panfleto político no tuvo una difusión tan extendida por la alta tasa de analfabetismo europeo en ese tiempo). Por ello, no todo «protestante» vio el video o leyó el tuit. Probablemente, se le comentó su contenido, dejando espacio a la des- y mal- información.
Estas prácticas son propaganda política pura. En tiempos recientes, si habían funcionado los casetes con la palabra del Ayatolá en el Irán del Sah, el Radio de las mil colinas hutu en 1994, la propaganda antiislámica en EE.UU. después del 9/11, y el fax en el Movimiento Solidaridad en Polonia, ¿no sería factible aprovechar los nuevos medios en regímenes políticos en donde no existe otra manera de comunicación popular independiente?
Es la manera más accesible de acercar a millones de potenciales seguidores un discurso. No es casualidad que tras el 9/11 salieran a debate en Estados Unidos investigaciones sobre páginas web en las cuales, desde la comodidad de casa, uno podía encontrar videos de adoctrinamiento político o religioso, de cómo preparar una bomba casera, de la manera más efectiva de derribar un Black Hawk. Esto es el Do-It-Yourself (DIY, «hágalo usted mismo»), un fenómeno de videos de instrucción en la red llevado al campo político.
Este discurso propagandístico, viejo en estrategia pero igual de efectivo que hace más de un siglo, al entramarse con las conexiones posibles y probables que permite una red social global resulta explosivo. Los mensajes breves, repetitivos, sencillos y aparentemente lógicos, que son base de la propaganda política,[9] encajan perfectamente en sectores de microblogging en una sociedad: jóvenes que usan Twitter y Facebook. Una realidad social se limita a 140 caracteres (o 420 en el caso de Facebook) o a videos de 5 minutos, se repite al compartir publicaciones o retuitearlas, se reduce a una concepción de buenos y malos la lucha política, y se expone mediante una lógica altamente cuestionable.
La transmisión indiscriminada de contenidos por las redes sociales llevó a Afganistán a vivir una de sus peores jornadas en 2010. Una serie de protestas pacíficas y el peor atentado en contra de la misión de Naciones Unidas ocurrieron tras una década de ocupación.[10] El motivo: la ira generada tras los videos transmitidos en medios alternativos sobre la quema de un Corán en Florida, EE.UU., por el pastor Terry Jones, tras declarar «culpable» al libro sagrado de los musulmanes por incitar a «la violencia y a actividades terroristas, […] [y promover] el racismo o los prejuicios contra las minorías, contra cristianos, contra mujeres».[11] De facto, ¿cómo podría ser visto el video de la quema del Corán en un país donde las comunicaciones son controladas por la fuerza multinacional de ocupación? Niall Ferguson, de The Daily Beast, nos aproxima a una respuesta a través de dos indicadores: el crecimiento de internet en Afganistán de los últimos años ha sido constante, y ha habido un aumento de los dispositivos celulares de un treinta por ciento en una década. Los formatos de video que son fáciles de compartir en móviles, como .mpg, .mov y.3gp, se convierten en una herramienta de poder, siendo bien utilizados, para quien los disemina.[12]
Es tan probable el uso de este medio como propaganda que estados con sociedades en condiciones desfavorables de derechos políticos han buscado la regulación de la comunicación dentro de las redes sociales. En la Federación Rusa, la principal red social es VKontakte (el Facebook ruso), escrita en cirílico. El filtro de idioma y alfabeto hace prácticamente imposible transmitir a la sociedad civil internacional contenidos que permitan documentar los crímenes de guerra en el Transcáucaso, región que ha sufrido más de 20 años de conflictos itinerantes tras la caída de la Unión Soviética. En China, Ren Ren y Qzone, las principales redes sociales, contienen filtros de contenido, limitando las búsquedas sobre temas non gratos como derechos humanos, Tian’anmen o democracia. En Irán, se censuran estos medios durante periodos electorales, eliminando cualquier debate público sobre el sistema político islamista iraní.
Estados Unidos, la primavera árabe e Irán.
Estados Unidos ha sido el único estado que ha apostado al uso de las redes sociales como herramienta de soft power con efectividad. En Irán, Egipto, Libia, Siria y China, entre otros, se han desarrollado protestas virtuales que han tenido que ser controladas por los gobiernos centrales. En todas, el discurso de Derechos Humanos y Libertades Fundamentales, máxima del soft power estadounidense, está presente. Esto se ha mezclado a la postura de política exterior por parte del Departamento de Estado estadounidense, con apariciones públicas de políticos importantes. El recurrente uso por parte de los Estados Unidos del discurso histórico libertario con la adaptación a los escenarios actuales se realizó en 2010, cuando Hillary Clinton, tras el inicio de las protestas en Egipto, declaró que era necesaria la defensa de la libertad de expresión en los nuevos horizontes tecnológicos.[13] Haciendo referencia a un discurso histórico de Franklin D. Roosevelt, quien enunció en la década de los cuarenta cuatro libertades fundamentales (libertad de expresión, libertad de culto o creencia, libertad de no vivir en carencia, y libertad de vivir sin miedo) que fueron la base para la Declaración Universal de Derechos Humanos, Clinton declaró una nueva libertad, la libertad de conectar (freedom to connect), que es «la combinación de la libertad de expresión y de asamblea sobre los nuevos medios de comunicación».[14] Esto ya había sido probado un año antes cerca del ocupado Irak.
Washington experimentó el uso intensivo de las redes sociales, por primera vez, en el Irán post-electoral de 2009. En el contexto actual de intensificación de la disputa iraní-estadounidense, motivaron la diseminación de información en contra de las elecciones, calificadas como fraudulentas, en las cuales se reeligió M. Ahmadinejad. «Prueba piloto» de lo que sucedería un año después en Egipto, se invadió el espacio virtual iraní de propaganda. El ciudadano se convirtió en reportero sólo con una cámara de celular. Al igual que, medio siglo antes, Robert Capa transmitía a través de su lente la invasión del Día D, el conflicto chino-japonés y la Guerra Civil «como un soldado más». Videos de la represión policiaca iraní invadieron YouTube, Facebook, Twitter y Flickr sirvieron como fuente para medios de comunicación como CNN o Fox News.[15] A éstos, se sumaron videos de archivo sobre mujeres lapidadas, supuestas conexiones con Al-Qaeda y sobre el programa nuclear iraní, que fue vendido como amenaza a todo el mundo. ¿Esto no sería suficiente para movilizar la opinión pública iraní e internacional en contra del régimen islamista?
A diferencia de lo hecho por los países inmersos en la primavera árabe, la estrategia de Teherán fue mucho más efectiva. En mi opinión, el triunfo de la sociedad civil en el Magreb se debe más a los errores cometidos por sus gobiernos que a los aciertos de sus manifestantes. Contrariamente a lo que pensaría Occidente, Irán cuenta con un avance impresionante en materia de informática. Simplemente, este año, fueron capaces de «raptar» un drone estadounidense, comandarlo y aterrizarlo íntegro.[16] Algo que ningún otro servicio de inteligencia del mundo ha sido capaz de hacer a la fecha. Asimismo, han soportado la mayoría de los ataques informáticos en contra de sus centrales nucleares.
El gobierno iraní durante el periodo postelectoral neutralizó las redes sociales «quirúrgicamente», no llevando a la sociedad a la especulación y temor que sucedió con el «apagón general» de Egipto. En el primero, las cuentas de Twitter con mayor actividad dentro de su país (en su mayoría en farsi y no en inglés) fueron bloqueadas. Esto llevó a que tres de las cuentas con mayor tráfico que organizaron la movilización estuvieran fuera de la república islámica: en Turquía, Estados Unidos y Suiza,[17] evidenciándose en los medios de comunicación, deslegitimando el movimiento popular y permitiendo que sus comunicados se catalogasen como intervención extranjera. Se bloquearon blogs focalizados –recordemos que Irán es uno de los países con mayor número de blogs en el mundo–, se filtró información sobre supuestas detenciones, para después ser desmentidas, y se sembró la duda desvalorizando Twitter y Facebook. En cambio, en Egipto se bloqueó toda la comunicación, incluso los contenidos no políticos. Esta práctica demostró su nula efectividad para operar en ambientes virtuales, y al más puro estilo de la Guerra fría, se iniciaron la represión general, las detenciones y las desapariciones en público, algo no realizado, proporcionalmente, por el gobierno de Irán. Aun cuando en Irán ha habido cientos de ciberactivistas encarcelados por año, no se realizaron las detenciones en los momentos críticos, durante las protestas postelectorales.
Este escenario de incertidumbre generada por el mismo gobierno tiene mayor incidencia en el curso de la historia que lo que imaginamos. Hassanpour lo puntualiza al recordar que en grandes revoluciones este mismo escenario fue el que motivó el cambio político en la sociedad, que al ver reducidas las acostumbradas fuentes de información se movilizó. Los periodos más violentos en San Petersburgo previos a la revolución rusa se dieron inmediatamente después de la clausura de los periódicos de la ciudad, y en Irán, sucedió esto mismo tras la huelga de comunicadores en 1978.[18] Esta incertidumbre, que opera de manera muy efectiva, genera miedo, desesperación y motivación al cambio. Ni en Estados Unidos tras el movimiento #occupy o en las revueltas de Londres en 2011 existió un apagón tecnológico como en Egipto. Al igual que en Irán, fue focalizado, bastante preciso y con efectos menores en el ánimo popular. Esto debilitó el movimiento en relación a su potencial impacto.
Twitter y Facebook han demostrado ser un excelente medio de difusión de información, pero, actualmente, están cortas de posibilitar movilizaciones generales en la mayoría de los países. Al igual que en la democracia, existe una necesidad de mantener la calidad de sus contenidos. Una democracia sin calidad no generará redes sociales políticamente activas, así como las redes sociales sin contenido de calidad no promoverán una sociedad democrática. Seguirán con contenidos basura. Como en toda estrategia política, es necesario que se den los pasos correctos para que sirvan a su propósito.
Observemos el fenómeno de la política electoral digital en Estados Unidos este año de elecciones. Se recaudarán fondos vía PayPal después de que se hayan publicado infographics en Twitter y Facebook para explicar el porqué de un proyecto. Publicarán en los muros de los candidatos contenidos mainstream con llamados a la acción política (nunca falta Born in the USA de Springsteen). Llamarán al voto reformista y no anti-sistémico. Se anunciarán los rallies políticos con antelación a través del Twitter. Se invadirá el espacio virtual con videos de ejemplares discursos de presidentes populares como Reagan y Kennedy (no olvidemos el discurso en Berlín de Obama en las elecciones de 2008 imitando la visita de JFK en 1963).[19] Aparecerán famosos promoviendo el voto demócrata, y empresarios, el republicano.
El centro del debate tuitero no será la descalificación de candidato alguno. Se adaptará a una sociedad virtual altamente similar a la mexicana, y no a otras donde las revoluciones digitales han significado el derrocamiento de regímenes autoritarios anquilosados en la política internacional anterior a la implosión de la Unión Soviética, o donde existe un absoluto control de la opinión pública. Si queremos que en nuestro país las redes sociales impacten en nuestra sociedad, necesitada de organización ciudadana, debemos realizar mejores estrategias políticas en la red.
La primavera árabe es la gran excepción de cómo las redes sociales pueden operar para una democratización del espacio público. La incapacidad del régimen y condiciones sociopolíticas específicas hicieron que una protesta ciudadana dentro de lo virtual pasara a lo real. Si comparamos diferentes experiencias internacionales, en los Estados con mayor penetración de internet no necesariamente se da una mayor movilización política, y viceversa. El Estado tiene que enfrentar a las redes sociales como a cualquier otro fenómeno de aceptación o desacreditación social, siendo un espacio de confrontación y provocación, pero también de propuesta y diálogo, que al salirse de control puede generar escenarios inesperados.
Dentro del ámbito académico de las ciencias sociales, corremos el riesgo de que a la primavera árabe le suceda la estigmatización que le sucedió a dos de los grandes movimientos sociales del siglo pasado, la Revolución cubana y la Revolución rusa. Pensar que la imitación de un modelo que triunfó en un escenario político determinado pueda significar la victoria asegurada es un error grave que no permite el cambio político –se intentó imitar la Revolución rusa en Europa del Este y central inmediatamente después de 1917, para después pasar a una serie de golpes de estado o levantamientos que limitaron, en ese momento, el avance del socialismo; y en América Latina se repitió infructuosamente el modelo de guerrilla y asalto preconizado por el movimiento 26 de julio en Cuba, dando pie a una serie de regímenes políticos de corte militar, con la excepción notable de México, en que llegó a la reforma política de 1978. Limitémonos a estudiar la primavera árabe considerando su coyuntura regional. Y si esperamos cambiar modelos políticos a través de los medios electrónicos, es obligado analizar experiencias exitosas que la historia olvida, como la de la Europa del Este postsoviética, los países anglosajones y las democracias escandinavas.
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Edgar Salas Gironés (Ciudad de México, 1988) es estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional Autónoma de México, con estudios en Ciencia Política en la Universidad de California, Riverside. Gadgetero y gamer, ama la historia política y los rompecabezas. Actualmente, realiza su investigación de tesis sobre propaganda en redes sociales y videojuegos. (@egirones)
[1] Manuel Castells, La sociedad red: una visión global. Madrid, Alianza Editorial, 2006, 560 pp.
[2] E. B. Boyd, «How social media accelerated the uprising in Egypt», Fast Company, 31 de enero de 2011. Consultado en línea el 12 de julio de 2012, disponible en: <http://www.fastcompany.com/1722492/how-social-media-accelerated-the-uprising-in-egypt>.
[3] Martin Bog, et al., «Fundraising on the Internet», Centre of Economic Learning and Social Evolution, Reino Unido, 2006. Consultado en línea el 14 de junio de 2012, disponible en: <http://else.econ.ucl.ac.uk/papers/uploaded/236.pdf>.
[4] Al analizar una cantidad sustancial de documentos en Google sobre manuales de manejo de voluntarios y activistas de las ONG, se encontró que la mayoría maneja al promotor de esta clase de organizaciones bajo esta consideración.
[5] Robert Mitchell, «Harvard Sets 2005-2006 Undergraduate Tuition and Fees», Universidad de Harvard, Estados Unidos, 23 de marzo de 2005. Consultado en línea el 10 de julio de 2012, disponible en: <http://www.fas.harvard.edu/home/news-and-notices/news/press-releases/release-archive/releases-2005/tuition-03232005.shtml>.
[6] s/a, «How Twitter was born», 140 characters, Estados Unidos, 30 de enero de 2009. Consultado en línea el 9 de julio de 2012, disponible en: <http://www.140characters.com/2009/01/30/how-twitter-was-born/>.
[7] Véase Google Analytics (para búsquedas), o herramientas analíticas de tráfico de las redes sociales a través de este link: <http://mashable.com/2009/04/19/social-media-analytics/>.
[8] Cfr, Eulalio Ferrer, De la lucha de clases a la lucha de frases (De la propaganda a la publicidad). México, Taurus, 2005, pp. 341-396.
[9] Cfr, Jacques Ellul, Propaganda: The formation of men’s attitudes. Estados Unidos, Vintage, 1973.
[10] Jon Boone, «Afghanistan: when gentle Mazar-e-Sharif erupted in violence», The Guardian, Reino Unido, 2 de abril de 2011. Consultado en línea el 12 de julio de 2012, disponible en: <http://www.guardian.co.uk/world/2011/apr/02/afghanistan-mazar-sharif-united-nations>.
[11] s/a, «Cuando Terry Jones quemó el Corán», El Mundo, Sección EEUU, España, 2 de abril de 2011. Consultado en línea el 9 de julio de 2012, disponible en: <http://www.elmundo.es/elmundo/2011/04/02/internacional/1301727647.html>.
[12] Niall Ferguson, «The Mash of Civilizations», The Daily Beast, Estados Unidos, 10 de abril de 2011. Consultado en línea el 8 de julio de 2012, disponible en: <http://www.thedailybeast.com/newsweek/2011/04/10/the-mash-of-civilizations.html>.
[13] s/a, «The Freedom to Connect», No Limits Foundation, Estados Unidos. Consultado en línea el 31 de junio de 2012, disponible en: <http://nolimits.org/issues/human_rights/blogs/the_freedom_to_connect/>.
[14] Ibidem.
[15] Helle Dale, «Public Diplomacy 2.0: Where the U.S. Government Meets “New Media”», The Heritage Foundation, Estados Unidos, 8 de diciembre de 2009. Consultado en: <http://www.heritage.org/research/reports/2009/12/public-diplomacy-2-0-where-the-us-government-meets-new-media>.
[16] n/a, «US “concerned” over drone lost near Iran border», BBC, Sección US & Canada, 6 de diciembre de 2011. Consultado en línea el 30 de junio de 2012, disponible en: <http://www.bbc.co.uk/news/world-us-canada-16043626>.
[17] Golnaz Esfandiari, «The Twitter Devolution», Foreign Policy, Estados Unidos, 7 de junio de 2010. Consultado en línea el 13 de julio de 2012, disponible en: <http://www.foreignpolicy.com/articles/2010/06/07/the_Twitter_revolution_that_wasnt>.
[18] David Hassanpour, «Media Disruption Exacerbates Revolutionary Unrest: Evidence from Mubarak’s Natural Experiment», Universidad de Yale, Estados Unidos, 2011. Consultado en línea el 12 de julio de 2012, disponible en: <http://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=1903351>.
[19] Cfr, Stephanie Kirchner, «Berlin Awaits the “Next JFK”», Time, Estados Unidos, 23 de Julio de 2008. Consultado en línea el 13 de junio de 2012, disponible en: <http://www.time.com/time/world/article/0,8599,1825855,00.html>.










