De gobernadores, o cómo el PRD no perdió el primero de julio
Los análisis posteriores a la elección del primero de julio de este año han supuesto que hubo solamente un triunfo y que los demás fueron fracasos. Como si lo único que existiera en este país fueran los poderes federales. Jaime Hernández Colorado lleva nuestra mirada hacia los estados, analizando tres victorias del Movimiento Progresista; dos de ellas colocan por primera vez a candidatos del Movimiento en una gubernatura, y su continuidad parece probable.
Jaime Hernández Colorado[i]
Los análisis posteriores a la elección del primero de julio de este año han supuesto, en su mayoría, según el signo político desde el que hayan sido escritos, que hubo solamente un triunfo y que los demás fueron fracasos. Para algunos, el fracaso del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en la elección presidencial y la actitud poselectoral que ha tomado van a determinar su desempeño como oposición en un eventual gobierno de Enrique Peña Nieto. Como si lo único que existiera en este país fueran los poderes federales.
Hay algo más que muchos dedicados a opinar no han volteado a ver y que otros lo han hecho con el suficiente desdén como para darles el valor de un simple número (de treinta y dos): las gubernaturas. Si bien la dinámica del federalismo de ninguna manera va a ser la misma, complicándosele al eventual presidente la relación con un grupo mayoritario de gobernadores que no le deben nada y mucho menos le temen, las posiciones en gubernaturas de los partidos que integrarán la oposición serán importantes, pues, aunque el presidente lograra la subordinación total del bloque de gobernadores que llevó al poder a su partido, siempre habrá algunos que no tendrán incentivos para asumir esas actitudes de subordinación, que, por lo demás, no ayudan en nada a la dinámica del federalismo, naturalmente rica en divergencias, pero constructiva. Desde luego, y para desgracia nuestra, en México nunca hemos disfrutado del pleno desempeño del régimen federal.
Pero no es la del federalismo la discusión que desarrollaré en este documento, sino la de las élites políticas y las posibilidades de permanencia del PRD en las gubernaturas de las que se hizo el pasado primero de julio. Discutiré acerca de tres casos, Morelos y Tabasco, pero también Guerrero, que este año tuvo una elección local, a pesar de que su gobernador fue electo el año pasado. Hay tres ideas esenciales para discurrir. Primero, que los candidatos a gobernadores del PRD que triunfaron son individuos con amplia experiencia y carrera política cuyas carreras tienen elementos comunes. Segundo, que lograron triunfos iniciales importantes en las elecciones locales. Tercero, hay suficientes liderazgos políticos en las élites estatales que estarán en el gobierno como para elegir de entre ellos a uno que suceda a los recién electos.
La experiencia política
Para ser gobernador, el proceso natural de la élite política en el régimen del PRI incluía tres elementos esenciales: conocimiento de la política y las condiciones estatales, conocimiento de la dinámica política nacional y conocimiento administrativo adquirido en la burocracia, o bien, legislativo adquirido en el Congreso. En esa lógica, las carreras políticas usualmente iniciaban con una diputación local y/o presidencia municipal, para seguir con una diputación federal y/o un puesto en un gabinete estatal y una senaduría y/o un puesto en el gabinete federal, y concluir con la gubernatura.
En los tres casos que analizaré el PRD tuvo candidatos con amplia carrera política y que, debido a ella, estaban inmersos en la dinámica de las élites políticas tradicionales en México. La carrera política de dos de ellos, Arturo Núñez Jiménez (gobernador electo de Tabasco) y Ángel Aguirre Rivero (actual gobernador de Guerrero), se remonta a un paso nada desdeñable por el Partido Revolucionario Institucional (PRI). En ambos casos hablamos de individuos con amplia experiencia en el desempeño de actividades administrativas en sus entidades. La carrera de Núñez se remonta al gobierno de Mario Trujillo García (1971-1976), administración en la que coincidió con otros que ahora siguen formando parte de la élite política tabasqueña, como Juan José Rodríguez Prats o los señores Mayans Canabal. Núñez ha sido también diputado y senador, así como un administrador público que escaló posiciones en la Secretaría de Gobernación y que, posteriormente, se hizo cargo de la dirección general del Instituto Federal Electoral (IFE). A ello, por supuesto, hay que sumar el trabajo académico que ha desarrollado mayormente en el Instituto Nacional de Administración Pública (INAP), de cuyo consejo directivo aún hoy forma parte. Curiosamente, en el comparativo con Ángel Aguirre Rivero coincide en un puesto de la administración pública estatal que ambos tuvieron, dedicado al desarrollo municipal, en Tabasco llamado Coordinación General del Comité Promotor del Desarrollo Socioeconómico del Estado, y en Guerrero, Coordinación General de Fortalecimiento Municipal.
Así pues, el inicio de Ángel Aguirre Rivero en la vida política de Guerrero fue en el gobierno de Alejandro Cervantes Delgado, en el que se hizo cargo de esa coordinación encargada del desarrollo regional. Posteriormente su participación en política lo llevó a una diputación (al Senado llegaría en 2006, después de haber hecho una larga carrera, pasando por la presidencia del PRI en su estado, la secretaría general de gobierno, la de desarrollo económico –en el gobierno del malogrado José Francisco Ruiz Massieu– y, finalmente, la gubernatura del estado, de forma interina, para concluir el período que dejó Rubén Figueroa Alcocer).
De tal suerte que es posible establecer similitudes básicas en ambos casos. De entrada se puede afirmar que Aguirre y Núñez son ejemplo de políticos del viejo régimen; aunque ya no pertenezcan al PRI, fueron formados en una tradición que incluía primero un trabajo político amplio dentro y fuera del estado, para luego aspirar a la gubernatura. Es pertinente entonces anotar que Arturo Núñez es totalmente opuesta a las de los dos primeros correligionarios suyos de los que se ha hablado. el perie actividades adminúñez y Ángel Aguirre pasaron la vida formándose para ser gobernadores. Y en este punto es posible compararlos con Graco Ramírez, el candidato triunfador en Morelos.
La carrera política de Graco Ramírez (gobernador electo de Morelos) es totalmente opuesta a las de los dos primeros correligionarios suyos de los que se ha hablado. Su participación política ha sido siempre en institutos de izquierda, así como en movimientos sociales. Como miembro del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) llegó a la primera legislatura de la Reforma Política, en 1979. Ha participado dos veces más como diputado y una como senador, participación que dejó trunca para buscar la gubernatura de Morelos. Paralelamente a su desempeño legislativo y partidista en el ámbito nacional, Graco Ramírez también desarrolló una carrera política estatal, desde luego no en la administración pública de Morelos, sino desde la oposición, constituyéndose en uno de los líderes más relevantes de los movimientos sociales que lograron introducir cambios políticos en esa entidad, en la segunda mitad de la década de 1990. Con ese liderazgo impulsó la destitución del gobernador Jorge Carrillo Olea (1994-1998), y lo logró mediante un juicio político. A ello hay que sumar que otra de las vertientes de trabajo del gobernador electo ha sido a través de la Fundación Comunitaria Morelense, que dirige su esposa Elena Cepeda de León, secretaria de Cultura del Distrito Federal (2006-2012) en la administración de Marcelo Ebrard.
Con base en esta somera revisión ofrecida, es posible argüir que la carrera política de los tres gobernadores se desarrolló de acuerdo a los patrones de comportamiento de las élites políticas del antiguo régimen, aunque, claro, dos de ellos como parte del partido hegemónico y uno como opositor. A pesar de esta diferenciación, el bagaje político de los tres los muestra como formados en otro comportamiento político, uno que ya ni siquiera prima en el PRI, quizás menos objetable que esos novedosos comportamientos políticos en los que la carrera y la experiencia administrativa y política importa poco menos que nada –al respecto, véanse los casos de los gobernadores de Veracruz y Quintana Roo.
Entonces, hay que puntualizar que la experiencia de los candidatos triunfadores en los tres casos de que hablamos ofrece espacios de oportunidad muy importantes para el PRD y su permanencia en esas gubernaturas. El desempeño en carreras políticas de, en promedio, tres décadas parece haberles dado habilidades suficientes para el ejercicio de las tareas de gobierno. A ello hay que sumar las habilidades legislativas que tienen los tres, así como las de concertación política con otras fuerzas, de las que los tres han mostrado evidencias claras, los primeros dos por tener relación directa con un partido al que pertenecieron anteriormente y el tercero por haberse dedicado a la negociación política desde joven, en la década de 1970. Sin embargo, otra potencial fortaleza que no se puede soslayar es el trabajo de a pie que han debido hacer los tres, desde distintos puestos, y que les ha permitido conocer de cerca las necesidades de los municipios.
Estos tres candidatos, con todo y sus carreras y su experiencia, no son perfectos, y seguramente su desempeño tampoco lo será. Sus fortalezas, sin embargo, fueron evidentes en los procesos electorales, al grado de que el PRI –el más cercano competidor en los tres casos– erró la puntería en la selección de sus candidaturas, provocándose fuertes enfrentamientos y rupturas dentro del partido que lo debilitaron de cara a las elecciones, pues los tres candidatos del PRI (Jesús Alí de la Torre en Tabasco, Amado Orihuela en Morelos y Manuel Añorve Baños en Guerrero) carecían de la amplia carrera política de sus contrincantes del PRD. En Guerrero, la influencia de los ex gobernadores Rubén Figueroa Alcocer y René Juárez Cisneros fue insuficiente para llevar a la gubernatura a Manuel Añorve Baños, primordialmente porque su candidatura produjo un conflicto interno en el partido, de grado importante porque se relegó a Ángel Aguirre, quien parecía haber sido el candidato predilecto del gobernador –y ya pretendiente presidencial– Enrique Peña Nieto. En Tabasco, la designación de Jesús Alí de la Torre marginó a candidatos tanto o más fuertes que él, como Humberto Mayans Canabal, lo que generó conflictos partidistas que se sumaron a la fría relación entre el candidato y el gobernador Andrés Granier Melo y a la confrontación desigual en la que luego se convirtió la elección, pues el candidato del PRI fue, en sus inicios como político, subordinado de Núñez, es decir que se presentaban como figuras políticas no comparables ante el electorado tabasqueño. Finalmente, en Morelos se repitió la fórmula de conflicto. Al elegir el CEN del PRI a Amado Orihuela Trejo como candidato a la gubernatura, provocó una serie de problemas internos que no lograron solucionarse y mucho menos minar el apoyo de una alianza de partidos de izquierda que no sólo había tenido unidad en la designación, sino, además, el tino de dar esa candidatura al eterno candidato –y hasta cierto punto, el pretendiente natural– a la gubernatura: Graco Ramírez. A estos conflictos internos en el PRI hay que sumar un elemento fundamental: la idea formada en el electorado de que los tres candidatos perredistas eran los candidatos naturales a la gubernatura constitucional desde hacía más de una década.
Para finalizar este esbozo de las cualidades políticas de estos gobernadores del PRD concluyo con una anotación sobre las posibilidades de permanencia que por su experiencia en operación electoral le ofrecerán a su partido. Los tres se han especializado en coordinación y operación de procesos electorales estatales. Núñez incluso es especialista en derecho electoral. Aguirre fue el diseñador de una renovada estructura electoral de la que dotó al PRI guerrerense en los 1990. Y Graco Ramírez fue el exitoso operador táctico de la elección de Gabino Cué a la gubernatura de Oaxaca.
Acaso en este punto la opinión del autor es optimista, fundada, sin embargo, en la experiencia histórica y en la idea de que el antiguo proceso de funcionamiento de la élite política ofrecía ventanas de oportunidad a los individuos para adquirir experiencia en todos los ámbitos de la vida pública, a fin de prepararse para el escalón siguiente, como sucede en cualquier sistema político institucionalizado. En el caso de los gobernadores, este proceso de formación política y administrativa no fue invención del PRI, ni siquiera de Porfirio Díaz, fue un proceso histórico que, eso sí, terminó de afirmarse y consolidarse en la dictadura porfirista y se replicó en los gobiernos de la Revolución. Acorde con esto, estos tres ejemplos de gobernadores recién estrenados (o próximamente) que tiene el PRD encajan bien, no con lo que podríamos llamar un tipo ideal de gobernador priista –porque éste ya ha cambiado–, sino con un tipo ideal de gobernador simplemente, habiendo sido esta figura definida en un entramado histórico que inició incluso desde la diputación provincial.
Los triunfos[ii]
Los tres casos de que he hablado confluyen más allá de los perfiles de los candidatos ganadores. A pesar de que la elección de Ángel Aguirre no nos ocupa, pues fue electo en 2011, el caso de Guerrero viene bien para compararlo con los otros dos, pues este primero de julio tuvo elecciones locales.
En Tabasco, el triunfo de Arturo Núñez Jiménez, en fuerte discordancia con las encuestadoras nacionales, fue de 50.4%, con un total de 504 738 votos, diferencia amplia que, sin embargo, la casa encuestadora Mitofsky no consideró suficiente para, la noche de la elección, señalar el triunfo de Núñez.
|
Gobernador |
|||||
|
Partido/Coalición |
Candidato |
Votos |
Porcentaje |
||
|
47,326 |
|
||||
|
430,313 |
|
||||
|
504,738 |
|
||||
|
Nulos |
19,098 |
|
|||
En Guerrero, en 2011, el triunfo de Ángel Aguirre, fue de 670 911 votos, sobre los 512 468 del candidato del PRI y alcalde de Acapulco, Manuel Añorve Baños.
En Morelos, el triunfo de Graco Ramírez, también discordante con las encuestadoras nacionales, que no ofrecieron resultados de conteo rápido la noche de la elección, fue de 364 925 votos, sobre los 291 660 de su más cercano competidor, Amado Orihuela Trejo.
|
Gobernador |
|||||
|
Partido/Coalición |
Candidato |
Votos |
Porcentaje |
||
|
Adrián Rivera Pérez |
127, 624 |
|
|||
|
José Amado Orihuela Trejo |
291, 660 |
|
|||
|
Nueva Visión Progresista |
Graco Ramírez Garrido Abreu |
364, 925 |
|
||
|
Nulos |
23, 920 |
|
|||
Ahora, a los triunfos obtenidos por el PRD y sus partidos coaligados en el Movimiento Progresista (con las variantes locales del nombre de la alianza) hay que sumar los resultados que obtuvieron este primero de julio los tres gobernadores. Estos resultados ofrecen una lectura positiva para el partido, pues pintan de cuerpo entero el predominio con el que Graco Ramírez y Arturo Núñez iniciarán sus mandatos y del que Ángel Aguirre disfrutará después de un año de ejercer la gubernatura.
De tal suerte que para abonar a la segunda idea a discusión, aun a pesar del segundo lugar presidencial –con los resultados hasta el momento y sin la calificación de la elección–, el Movimiento Progresista conquistó lugares importantes en Tabasco, Guerrero y Morelos, resultados que, como ya he señalado, hay que sumar a los triunfos de tres individuos con carreras políticas impresionantes y fuerte liderazgo estatal.
En el primero de los casos, Tabasco, los resultados fueron los siguientes: de diecisiete municipios que tiene la entidad, el PRD obtuvo diez. De treinta y cinco diputaciones en la Legislatura estatal, el PRD obtuvo catorce de mayoría relativa y tres por el principio de representación proporcional. A ello, a efectos de mostrar los resultados del Movimiento Progresista, hay que sumar los cinco diputados que obtuvo el Partido del Trabajo (PT) (tres de mayoría y dos de representación proporcional) y los dos del Movimiento Ciudadano (uno de mayoría y uno de representación proporcional), para un total de veintiún diputados en la bancada de la coalición Movimiento Progresista en el Congreso estatal.
En Guerrero, un año después del triunfo de Ángel Aguirre, el PRD ganó treinta y tres ayuntamientos sin coalición y diez mediante la alianza Guerrero nos Une, que sumados a los dos que obtuvo el PT por sí mismo dan un total de cuarenta y cinco municipios de ochenta y uno gobernados por la alianza Guerrero nos Une, el mismo nombre de la unión de partidos que el año pasado le dio el triunfo a Aguirre. Para la Legislatura estatal, el PRD obtuvo veinte diputaciones de mayoría relativa y cinco por el principio de representación proporcional, a lo que hay que sumar las tres diputaciones de Movimiento Ciudadano (una de mayoría y dos de representación proporcional) y las dos del PT (una de mayoría y una de representación proporcional), para un total de treinta diputados de la alianza Guerrero nos Une en el Congreso estatal, que se integra por cuarenta y seis diputados.
Finalmente, en Morelos, el triunfo de Graco Ramírez estuvo acompañado de un total de trece ayuntamientos ganados por la coalición Nueva Visión Progresista, a los que hay que sumar dos ganados por el PT en solitario, para un total de quince municipios gobernados por la coalición ganadora de la gubernatura, de un total estatal de treinta y tres municipalidades. En la Legislatura estatal, la coalición Nueva Visión Progresista obtuvo trece diputados de mayoría relativa, ninguno por representación proporcional, a los que hay que sumar tres diputados del PT en solitario (uno de mayoría y dos de representación proporcional), para una bancada de la coalición Nueva Visión Progresista de quince diputados, de un total de treinta curules en el Congreso estatal.
Las sucesiones
Como se ha intentado dejar claro, el PRD y sus partidos coaligados inician en estas tres entidades un período de gobierno en condiciones óptimas, no nada más por la fuerza de los liderazgos estatales que ganaron las gubernaturas, sino por su experiencia, su bagaje político y, además, por haber obtenido en las legislaturas estatales y en los ayuntamientos mayorías iniciales que ofrecen, al menos, la esperanza de que habrá una buena disposición para el trabajo gubernamental en Tabasco, Guerrero y Morelos.
Con todas estas condiciones, el PRD en sus ámbitos estatales no debería enfrentarse a problemas graves para mantener, al menos en el período subsecuente, esas tres gubernaturas en manos de militantes suyos. En primera instancia, porque ha sido frecuente que en aquellos estados en que el PRD gana las gubernaturas éstas se mantengan al menos durante dos períodos, tales han sido los casos de Michoacán, Zacatecas y Baja California Sur. En segunda instancia, esta circunstancia histórica de al menos tener dos veces la gubernatura se ha sostenido en la existencia de liderazgos pertenecientes a la élite política gobernante que puedan desempeñar una buena campaña electoral. Y, al menos en Tabasco y en Guerrero, esos liderazgos existen. Las élites políticas estatales que acompañarán a estos tres gobernadores tienen figuras de relieve suficiente como para aspirar a suceder a los gobernadores electos (Tabasco y Morelos) y en funciones (Guerrero).
En el primero de los casos, hay varias figuras que casi de manera natural aparecen como candidatos a la sucesión de Arturo Núñez, entre ellos, Fernando Mayans Canabal, de perfil pragmático y fuerte presencia en la entidad, que se presenta con un bagaje similar al de Núñez, además de ser hermano de Humberto Mayans, senador electo de la primera minoría en Tabasco, el PRI. Entre otros militantes importantes del PRD, la mayoría de ellos, como el propio Núñez, relacionados estrechamente con López Obrador, están, por ejemplo, Adán Augusto López Hernández, senador electo de mayoría relativa por Tabasco, o Rosalinda López Hernández, actual senadora y diputada local electa por el principio de representación proporcional.
En el caso de Guerrero, también existen varios políticos de relieve como para aspirar a suceder a Ángel Aguirre en la gubernatura y tener posibilidades de triunfo sin mayores contratiempos. El primero de ellos es Armando Ríos Piter, senador electo de mayoría relativa por Guerrero y antiguo coordinador de la bancada del PRD en la Cámara de Diputados. Otro podría ser Luis Walton Aburto, alcalde electo del municipio de Acapulco, miembro del Partido Convergencia, ahora llamado Movimiento Ciudadano. Un tercero, para concluir el recuento, podría ser el senador con licencia y secretario de salud del gobierno de Guerrero, Lázaro Mazón Alonso.
En Morelos quizás es más complicado identificar esos liderazgos, pero, a primera vista, es posible destacar a Rabindranath Salazar, actual diputado local por el PRD y competidor de Graco Ramírez por la candidatura a principios de este año.
Consideraciones finales
En este mínimo ensayo he tenido una idea principal: el PRD no perdió en las elecciones del primero de julio de 2012, al menos en estas tres entidades, dos de las cuales no ha gobernado nunca. Y lo he explicado en tres partes. La primera refiriéndome a la buena impresión que causan los candidatos, ahora gobernadores electos, en el caso de Guerrero ya en funciones, debido a su carrera política y a la experiencia adquirida gracias a ésta. La segunda, refiriéndome a los triunfos importantes que los han acompañado en el momento inicial de sus gobiernos. A Ángel Aguirre esos triunfos en ayuntamientos y en la legislatura le llegan un año después, pero a Arturo Núñez y a Graco Ramírez les servirán para iniciar, al menos con buenos augurios, sus períodos de gobierno. La tercera, refiriéndome a las sucesiones estatales al término de los períodos de estos tres gobernadores.
Así pues, es muy claro que al PRD le han sido dadas las condiciones para gobernar cómodamente y mantenerse en el gobierno de esas tres entidades al menos durante otro sexenio. No hay así imposibilidad inicial para que en Tabasco, Morelos y Guerrero permanezca gobernando la coalición de partidos de izquierda. Por supuesto, la elección no lo es todo y es casi un proceso natural la descomposición de las relaciones internas en el PRD cuando es gobierno. Los errores para acabar con esta buena racha perredista tendrían que ser catastróficos, pero, como en política nada es seguro, es posible que existan.
Finalmente, con el nuevo papel que tienen los gobernadores en la relación federal en México, los del PRD tienen oportunidad de convertirse en una oposición inteligente y en garantes de nuevas y mejores relaciones entre el gobierno federal y los gobiernos estatales. Los mecanismos de colaboración y coordinación del federalismo ofrecen una oportunidad invaluable para estos gobernadores para, además de procurar el bienestar y la permanencia de su partido, y además de desempeñar medianamente bien las labores de gobierno, establecer una relación cordial y de corresponsabilidad con el gobierno federal que, desde luego, ofrezca una imagen nacional positiva de los gobiernos del PRD, labor que lleva varios años haciendo en solitario el gobierno de la Ciudad de México.
Bibliografía
Hernández Colorado, Jaime, «La Conago y el nuevo rol de los gobernadores en el federalismo mexicano». México, 2011 [manuscrito inédito].
Hernández Rodríguez, Rogelio, «The renovation of old institutions: State governors and the political transition in Mexico», Latin American Politics and Society, vol. 45, no. 4, 2003, pp. 97-127.
Hernández Rodríguez, Rogelio, Amistades, compromisos y lealtades: líderes y grupos políticos en el estado de México, 1942-1993. México, El Colegio de México, 1998.
Hernández Rodríguez, Rogelio, El centro dividido. La nueva autonomía de los gobernadores. México, El Colegio de México, 2008.
Loaeza Tovar, Soledad, «La rebelión de las élites», Estudios Sociológicos, vol. 19, no. 56, 2001, pp. 363-380.
Musacchio, Humberto, Milenios de México, t. I-III. México, Raya en el Agua, 1999.
Ortega Ortiz, Reynaldo Y., «El PRD y los movimientos sociales», s. p. i.
[i] Agradezco la colaboración de Cristina Santoyo en la elaboración de este artículo.
[ii] Los datos usados se han tomado de los resultados electorales reportados por los institutos electorales de Tabasco, Guerrero y Morelos.
_______________
Jaime Hernández Colorado (México, 1991) es egresado de la Licenciatura en Política y Administración Pública de El Colegio de México.










