El reciente golpe de Estado en Tailandia
El pasado 22 de mayo de 2014, el ejército impuso toque de queda y estado de excepción en Tailandia. Los golpes de Estado son lugar común en la historia del país, dominado por una burocracia política altamente corrupta y por la creciente influencia de los “hombre de negocios”, dada la relación entre la manipulación electoral y la liberalización económica. En este contexto se ha consolidado, por décadas, el poder militar, mientras que la sociedad civil no consigue unificar sus fuerzas. Pero algo está cambiando, según el análisis de Natalie Arce, y quizá de la inestabilidad política brote un futuro diferente para Tailandia.
Natalie Arce Vargas
En Tailandia se han dado 18 golpes desde 1932, de los cuales 11 han derivado en un cambio de primer ministro y en 18 constituciones hasta la fecha. El golpe del 22 de mayo de 2014 se puede diferenciar de los anteriores porque muestra un patrón diferente de acceso al poder, en donde la presión en las calles por parte de los camisas rojas y amarillas, la escasa legitimidad política de los gobiernos burocráticos, la ambivalente intervención militar y la creciente participación de los hombres de negocios en la conducción del país, son parte de los nuevos cambios entre los viejos actores.
A pesar de diversos intentos en la vida política del país para consolidar una democracia, el escenario político actual es más bien una red de influencias y reparto desigual del poder que enfrenta a los pilares de la política tailandesa: instituciones tradicionales, monarquía, religión budista y burocracias civiles y militares. Los avatares de la monarquía constitucional operan al amparo de las circunstancias sin continuidad alguna, la constitución es un mecanismo de legitimación del poder en turno, el sistema parlamentario está compuesto por un grupo de ex militares y hombres de negocios, y las elecciones generales son ganadas por medio de la compra del voto rural en una competencia de partidos políticos divididos internamente por diferentes facciones.
Con la entrada de Tailandia en las dinámicas económicas internacionales en la década de los setenta, otro actor surgió en el panorama político: los hombres de negocios. Los políticos, ex militares, aristócratas y civiles que aprovecharon la liberalización económica para obtener grandes emporios empresariales son llamados jao sua –también llamados los ricos de Bangkok. Pero el nuevo actor que ha redefinido la dinámica electoral son los jao pho –también llamados los Padrinos S.A.–, empresarios de las provincias que se han visto beneficiados por el voto rural.
En este contexto, la familia Shinawatra (apellido de la ex primera ministra que dimitió en marzo de 2014), se enriqueció con el negocio de las telecomunicaciones. Fue con el gobierno de Thaksin Shinawatra de 2001 a 2006, rico de Bangkok de la etnia Han (ex dueño del Manchester City), y la creciente participación de los Padrinos S.A. que aumentó la influencia de las provincias mayoritariamente rurales. El plan político de Thaksin era reunir en su apoyo la mayor cantidad de intereses posibles, así se comprometió con los grandes empresarios a otorgarles protección contra la competencia internacional por medio de una administración menos corrupta. A los pequeños empresarios les propuso una salida de la crisis por medio de la fusión entre nuevas tecnologías y negocios tradicionales, además de un mercadeo agresivo; y a las clases media y rural, un Estado de bienestar basado en la salud y la educación, además de acceso al crédito y fondos de desarrollo para las provincias. Sólo bastó aprovecharse de dos mecanismos de control en las elecciones: las telecomunicaciones que controlaban la opinión pública y la compra masiva de votos en las zonas rurales para ser elegido.
Pero el descontento se avivó en 2006 con actos de corrupción referidos a la venta ilegal de poco menos de la mitad de Shin Corporation libre de impuestos, empresa que obtuvo Sinawatra cuando abandonó el ejército, a la empresa en Singapur Temasek Holdings, además de cargos imputados por el Tribunal Supremo de Tailandia al transferir bienes a sus empleados y familiares, con lo que fue condenado a prisión y también provocó su autoexilio.
Las expectativas de la clase medias se veían frustradas con la corrupción de la burocracia pública y con el viciado sistema electoral. A mediados del 2006 salieron vestidos de amarillo y se hicieron llamar Alianza Popular por la Democracia, grupo que conglomeró a los detractores de Thaksin y de su partido Pheu Thai –antes Rak Thai, desaparecido por las desavenencias entre sus facciones.
Como respuesta a este movimiento, salieron a las calles los camisas rojas, grupo denominado Frente Unido por la Democracia en Contra de la Dictadura, que se trataba en su mayoría de campesinos humildes provenientes de regiones marginadas, y grupos beneficiados por las reformas de Shinawatra. Aún así los militares tomaron el poder con el golpe de Estado de septiembre de 2006 y convocaron a nuevas elecciones en las que el partido Pheu Thai volvió a ganar.
Entre el 2006 y el 2013 la inestabilidad de la política nacional era visible en las calles, los camisas rojas y los camisas amarillas intentaron paralizar las ciudades ante las sucesiones corruptas del 2008 y el 2011; un episodio violento ocurrió en 2010 al ser reprimida la protesta de las camisas rojas, lo que dejó 80 muertos y redujo la participación de ambos en las calles.
En 2011 la hermana de Thaksin Shinawatra, Yingluck Shinawatra, fue electa primera ministra, y las protestas comenzaron en octubre de 2013 debido a la aprobación del borrador de un proyecto de ley que otorgaría amnistía a todos los políticos implicados en las revueltas del 2004 al 2013. Este proyecto fue rechazado por los camisas amarillas, pues otorgaría libertad a Thaksin de los cargos de corrupción y la posibilidad de regresar al país, y también por los camisas rojas, quienes rechazaban la posibilidad de perdonar a los investigados por asesinato durante las protestas del 2010.
El problema se acrecentó cuando en noviembre se negó el fallo de una reforma constitucional donde una parte del senado sería elegido por un comité y no en elecciones, quitándole al rey la posibilidad de sancionarlo en ley; habían agredido con esto a la institución monárquica. A partir de aquí los camisas amarillas incitaron la participación militar sin éxito, pues el ejército llamó a ése un «golpe civil» y refrendó su participación como garante de la paz.
Ante la situación, Yingluck Shinawatra disolvió la Cámara de Representantes y llamó a elecciones para el día 2 de febrero de 2014; sin embargo, las fuerzas opositoras representadas por Suthep Thaugsuban, ex senador y ex secretario general del Phak Prachathipatr, sabían que el Pheu Thai ganaría debido a su presencia en las provincias, por lo que movilizaron a los camisas amarillas, quienes obstruyeron las casillas de votación haciendo nulas las elecciones.
Fue a mediados de marzo del 2014 que los problemas tomaron otro giro. Los campesinos salieron a las calles protestando por el incumplimiento de seis meses de pago. Yingluck, junto con los anteriores primeros ministros, en concordancia con la plataforma política de Thaksin, prometieron a los campesinos subsidios al arroz por medio de los fondos provinciales que ahora están en banca rota, permitiéndoles recuperarse de las dos inundaciones que azotaron Tailandia en 2011 y 2013. Ahora eran el sector rural del arroz quienes protestaban en contra de Thaksin y sus allegados.
Como resultado de la inestabilidad política, los generales convocaron a una reunión a principios de mayo con las fuerzas en el gobierno y los opositores, en la que, según los militares, no llegaron a ningún acuerdo. Un día después el ejército implantó un toque de queda y declaró Estado de excepción el 22 de mayo, dejando al frente al general Prayuth Chan-ocha. Las acciones ambivalentes del ejército pueden deberse en gran medida a las facciones al interior, una de ellas opta por una escasa intervención y una participación mayor en ámbitos de negocios, y la otra no quiere abandonar sus tratos preferenciales y su influencia en la política.
Con el gobierno de la junta militar se reformó la constitución, se organizó la formación de un gabinete provisional y un primer ministro para septiembre de 2014, y a finales de julio ya se hablaba de elecciones para octubre de 2015. En un intento por eliminar la influencia de los allegados a Thaksin, el ejército reformó la constitución para que mayores de 40 años no sean miembros activos de algún partido político en tres años.
¿Qué podemos esperar ahora?
En principio, una continuidad en el equilibrio de poder que algunos llaman «estabilidad dinámica», pues el poder pasa por diferentes manos y es recuperado por las fuerzas opositoras, a cada cambio surge un forcejeo para regresar al statu quo. Tal estabilidad se debe a algunos factores: a) la monarquía como símbolo de unidad goza de una reputación de mediador respetada, sin embargo su papel se ha puesto en duda con su apoyo a la intervención militar en contra de Thaksin en el golpe del 2006; b) la generalidad entre la profesión del budismo en la población, así como las escasas etnias minoritarias: los Isarn en el Noreste, la cultura Lanna en Chiang Mai y los musulmanes al sur del país, que desviaron sus intentos separatistas –apoyados por las presiones comunistas en la Guerra Fría– a una mayor participación en la política a fuerza de represiones, mientras que los Han, la minoría étnica más grande del país, está en todos los estratos sociales, permitiendo su integración en todo el país y; c) los bajos niveles educativos, que excluyen la participación de un gran número de personas en la política nacional, sobre todo en las áreas rurales, haciendo que la toma de decisiones se centralice en la ciudad.
Podemos seguir esperando el predominio del poder militar en la política, y por consiguiente próximos golpes de Estado, ya que en cada golpe los altos mandos se colocan en puestos de administración pública, aumentando el presupuesto militar y participando en las asambleas de las empresas más importantes del país; algunos se posicionan como primeros ministros, como fue el caso Banharn Silpaarcha y Chavalit Yongchaiyudh, algo que podríamos ver en las siguientes elecciones, y también ocupan el Senado. Al mismo tiempo, los oficiales retirados crearon sus propios partidos políticos, para que de esta manera su presencia en la política nacional fuera omnipresente. La consolidación de su poder de decisión en la política se plasma en la modificación de las constituciones para establecer legalmente el alcance de su influencia y presencia.
Sin embargo, los militares ponen en riesgo su capacidad para gobernar solos y controlar al mismo tiempo las amenazas a la seguridad, pues la inestabilidad política puede favorecer el incremento del tráfico de armas, de drogas y de personas, así como avivar las reclamaciones del movimiento mujahidin islámico de Pattani al sur del país y descontrolar los problemas migratorios en las fronteras. Al centralizar su poder, evitaron la incorporación de otros actores a su esfera de influencia, y al mismo tiempo permitieron que se dispersara el poder entre otros actores que buscaban alguna forma de representación. Además, el problema de sus facciones puede llegar a enfrentarlos entre ellos, debilitando su poder.
Así, los militares se ven en la necesidad de entablar negociaciones con los hombres de negocios, cuyos resultados podremos seguir viendo en la repartición de curules en las cámaras y, para evitar las presiones de reforma democrática de las revueltas civiles, organizarán comités para sancionar a los políticos corruptos de administraciones anteriores.
Los ricos de Bangkok, en su incapacidad para aliarse con las masas rurales y en sus conflictos con la modificación del presupuesto militar en el gobierno de Anand Panrayachun, perdieron su influencia en favor de los Padrinos S.A., quienes con el apoyo de las provincias, principalmente del norte, siguen en el poder.
En el caso de los partidos políticos debemos considerar que operan restringidos en sus provincias, por lo que podemos seguir esperando coaliciones para obtener la mayoría de votos: al fragmentarse en diferentes facciones –más por las relaciones personales basadas en el dinero, influencias y redes electorales que por las diferencias ideológicas, que son poco contrastantes–, complican la repartición posterior de puestos administrativos y acuerdos en temas de interés público, lo que causa a su vez continuas disoluciones de partidos. Con la presencia de Shinawatra en las provincias y con ayuda de coaliciones electorales, su partido seguiría ganando las posteriores elecciones posicionando primeros ministros y la mayoría en las cámaras.
Por su parte, Suthep Thaugsuban, que ha dirigido las protesta contra el gobierno de los Shinawatra, y principal opositor, podrá ser encarcelado debido a una orden de arresto por su implicación en la muerte de manifestantes mientras ocupaba el cargo de viceprimer ministro, en 2010, dejando a la oposición sin un líder claro y permitiendo una continuidad en el poder.
En el caso de las fuerzas civiles, las diferencias entre las clases medias y rurales radican en sus expectativas hacia la política, que han sido irreconciliables hasta ahora. Los camisas amarillas son votantes urbanos cuya expectativa es hacia la democratización, mientras que los camisas rojas son votantes rurales que actúan pensando en intereses locales. Sin embargo, las fuerzas democráticas de los camisas amarillas están encaminadas a la eliminación de la influencia de Thaksin y sus allegados en la política nacional, como única solución, haciendo que los esfuerzos de reforma democrática pierdan presencia, idea que podría unir a los dos bandos.
Existe un cambio en el patrón de acceso al poder. Los políticos y los Padrinos S.A. buscan el apoyo de las provincias en coaliciones de partidos, los militares esperan a ver la dinámica de las fuerzas sociales para intervenir, protegiendo sus intereses en otras áreas, al mismo tiempo que intentan unir sus facciones internas. Los ricos de Bangkok buscan alianzas con partidos para reducir la corrupción en la política económica y posicionar gobiernos tecnócratas, e intentan generar alianzas con los militares, negociando con los políticos el mayor factor de estabilidad: el crecimiento económico. Y las fuerzas sociales presionan para que la política nacional sea representativa y existan canales de participación, aunque aún dependen de los militares para realizar un cambio en las fuerzas políticas.
Pero, a pesar de las nuevas relaciones de poder, la democracia dista de ser representativa y los problemas de legitimidad son estructurales, las constituciones son medios legales de consolidación del poder en turno y las facciones de partidos en coalición dispersan la representación de una mayoría. Aunque la legitimidad radica en los pilares fundamentales de la política tailandesa, con la pérdida de poder de las élites tradicionales el escenario puede cambiar.
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Natalie Arce (México, 1988) tiene estudios en Relaciones Internacionales por la UNAM. Es radio aficionada produciendo el programa «Living Asia» por ComUincaradio en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Entusiasta del haiku y divulgadora de la cultura asiática en México con el proyecto LAAPCI. Ha trabajado en un par de proyectos de investigación. Es geek de clóset, se interesa en la literatura de los mundos distópicos y en los videojuegos clásicos.












