¿El imperio contraataca o El regreso del jedi?

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Los resultados electorales que llevarán a Enrique Peña Nieto a la presidencia de México no se explican solamente por la compra de votos y los excesos del Partido Revolucionario Institucional durante el irregular proceso de las campañas y las elecciones. Una conjunción de escenarios, actores y acontecimientos clave nos acercan a entender cómo un partido que ejerció durante 70 años un poder hegemónico, hoy regresa a Los Pinos siendo casi el mismo que al perder la presidencia en el año 2000.

 

Crónica del triunfo de Enrique Peña Nieto y el regreso del PRI a Los Pinos

 

Jaime Vigna Gómez

 

Enrique Peña Nieto ganó las elecciones presidenciales del año 2012. Esto no quiere decir que la compra de votos y las cientos de irregularidades que han denunciado el Partido Acción Nacional (PAN) y el Movimiento Progresista en las últimas semanas no hayan existido o que las elecciones se hayan caracterizado por su claridad y limpieza. Lo que pretende resaltar esta afirmación es que no es posible atribuir de manera exclusiva el regreso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el triunfo de su candidato a la compra de votos o a las irregularidades que acompañaron al proceso electoral. El objetivo del presente texto es describir el escenario, los actores (protagónicos y secundarios) y el desarrollo de los acontecimientos que permitieron a un partido que ejerció durante 70 años un poder hegemónico y que sigue manteniendo sus criticadas prácticas clientelistas y corruptas regresar al poder, sin modificar sustancialmente los elementos que, en el año 2000, provocaron el rechazo generalizado de la población y la pérdida del control hegemónico que ejerció durante varias décadas.

 

El escenario previo

El proceso de transición política en México vivió una de sus etapas más álgidas durante la elección presidencial del año 2006. Tras el fugaz consenso anti-priista que permitió a Vicente Fox llegar a la presidencia del país en el año 2000, seis años después se enfrentaron abiertamente los sectores tradicionales de oposición que representan los dos ejes principales del espectro político: la izquierda y la derecha. El resultado de este enfrentamiento es ampliamente conocido. La movilización y el cierre de filas de los poderes fácticos en torno al candidato panista, así como la feroz y eficaz campaña para desprestigiar al candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador, permitió el aún cuestionado y pírrico triunfo de Felipe Calderón. A consecuencia de ello, la instancia encargada de organizar y coordinar el proceso electoral en México, el Instituto Federal Electoral (IFE), fue ampliamente atacada y cuestionada, por lo que un año después todas las fuerzas políticas se unieron para aprobar una reforma electoral que pretendía resarcir los daños y el desprestigio que sufrió el organismo a consecuencia de los errores cometidos durante el controvertido proceso.[1]

La elección de 2006 es el primer elemento que se debe tomar en cuenta para explicar el curso del recién concluido proceso electoral. La debacle y la histórica derrota que sufrió el PRI con su candidato Roberto Madrazo (únicamente obtuvo 22% de los votos y no ganó ni un solo estado) demostraron la importancia de replantear las estrategias del partido y, sobre todo, de impulsar nuevamente la mermada disciplina interna.[2] Este proceso de replanteamiento de objetivos incluyó la consolidación y fortalecimiento de los cuadros estatales. Fruto de ello, entre 2006 y 2012 el PRI recuperó no sólo algunos bastiones históricos de la oposición (Michoacán), sino regiones enteras que llevaban décadas bajo la égida de otros partidos.[3] Gracias a esta reconfiguración, antes de las elecciones de 2012, el PRI controlaba 20 de las 32 entidades federativas del país y contaba con una sólida estructura de alcances nacionales.

Por su parte, el candidato ganador de las elecciones, el panista Felipe Calderón, tuvo una gestión controvertida y cuestionada. El eje central de su gobierno fue el impulso a la llamada «guerra contra las drogas». El desgaste político, económico y social de esta «guerra» ha sido enorme. Para 2012 más de 60 000 personas habían fallecido en enfrentamientos entre el ejército y el narcotráfico, y varias regiones del país se encontraban devastadas a consecuencia de este proyecto. Asimismo, el incremento de la pobreza y la desigualdad en el país y su incapacidad para sacar adelante las reformas estructurales (hacendaria, laboral, fiscal) propuestas durante su campaña generaron molestia tanto entre sus opositores como entre sus partidarios. Frente a esta complicada coyuntura, el presidente optó por cerrar su círculo en torno a sus más cercanos allegados. Antes de la elección, el PAN, aunque contaba con un sector cerrado y cohesionado en torno a la figura de Calderón, a nivel partido carecía de liderazgos visibles, y eran cada vez más evidentes, incluso para el ojo público, las pugnas y fragmentaciones existentes al interior.

En el caso de la izquierda, el poder político acumulado tras la elección de 2006 rápidamente fue mermado y fraccionado. El abierto enfrentamiento entre Andrés Manuel López Obrador y los líderes del Partido de la Revolución Democrática (PRD) tras el conflicto postelectoral llevó al partido al caos, promoviendo el choque entre facciones y la salida de líderes históricos, como Ruth Zavaleta y René Arce. Los episodios de la toma de Reforma, la envestidura como presidente legítimo, el famoso discurso mandando al diablo a «sus» instituciones y el caso de Iztapalapa impactaron fuertemente en el imaginario colectivo, especialmente de las clases medias, para las cuales López Obrador no era más que un provocador, agitador y radical que amenazaba el orden y la estabilidad del país. Tras estos desafortunados episodios, López Obrador reorientó sus energías hacia la creación de un movimiento extrapartidista, al que se denominó Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) y cuyo objetivo era impulsar su candidatura presidencial en el 2012. Mientras tanto, el jefe de gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, fue consolidando su influencia dentro y fuera del PRD, a través de la promoción de una imagen más moderna y conciliadora. El choque entre los sectores afines a López Obrador y Ebrard amenazaba con volver a fracturar a la ya fragmentada y debilitada izquierda.

 

Los actores

Los protagonistas. Enrique Peña Nieto

La estrategia del ex gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto, para llegar a la presidencia de México tuvo dos vertientes: una «desde abajo» implementada por la llamada Fuerza Mexiquense[4] y otra que abarcó un amplísimo y ambicioso proyecto de mercadotecnia que se sustentaba en la promoción de la imagen del candidato a través de los medios masivos de comunicación.[5] Vinculado al poderoso grupo Atlacomulco y descendiente de dos de las familias más poderosas del Estado de México, Peña Nieto era el candidato a vencer mucho antes de que comenzara formalmente el proceso electoral. Sus vínculos con los sectores más modernos (tecnócratas) del PRI y las redes que comenzó a entretejer dentro y fuera de su partido durante su periodo como gobernador, así como las implementación de las estrategias mencionadas con anterioridad, son fundamentales para comprender el arrastre que tuvo su candidatura en todo el país.

Ante la magnitud del andamiaje puesto en marcha desde años atrás, no existía otro precandidato dentro del partido que pudiera igualar la visibilidad que para 2011 tenía Enrique Peña Nieto. El otro personaje que se manejaba como posible candidato presidencial, el poderoso senador Manlio Fabio Beltrones, declinó su candidatura y se sumó a la campaña de Peña Nieto en noviembre de 2011.[6] El candidato del PRI y del Partido Verde Ecologista de México (PVEM) arrancó su campaña en Guadalajara, Jalisco, siguiendo la estrategia y el eslogan que lo catapultó en el Estado de México: la firma de compromisos ante notario público.[7] Durante los meses que duró la contienda dio a conocer progresivamente sus propuestas, sin embargo, éstas fueron, por decir lo menos, superficiales.[8] A pesar de que Enrique Peña Nieto constantemente se identificaba a sí mismo como parte de un nuevo PRI, la realidad es que los fantasmas de las viejas prácticas de su partido, su vinculación con oscuros personajes como Carlos Salinas de Gortari o Arturo Montiel y las controvertidas decisiones que tomó como gobernador, en particular en el caso Atenco, despertaban críticas y suspica

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