La esperanza rota de un futuro mejor

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 Raúl Olvera Mijares

Pocos libros constituyen un testimonio de amor hacia la humanidad y la naturaleza, los dos brazos de la balanza para lograr un equilibrio perfecto entre la justicia social y la justicia cósmica, como el estudio asiduo y paciente durante más de 25 años de una serie de materiales diversos como son contratos de compañías madereras, títulos de propiedad que decretos presidenciales fueron haciendo cambiar de manos, descripciones pormenorizadas de antropólogos que se internaron en la selva e incontables relatos de los variados agentes en litigio alrededor de un territorio, conocido otrora como el Desierto de la Soledad, una vasta región del estado de Chiapas, colindante con Tabasco y Guatemala, circunscrita de alguna manera por los torrentes de agua que la surcan, el gran Usumacinta, que más adelante se unirá al Chixoy y al Lacantún, y los ríos Jataté y Santo Domingo. Esta inmensa extensión de terreno conocida en la geografía de Chiapas como Montañas de Oriente, hogar inmemorial de los indios caribes, ha venido a llamarse Lacandonia o simplemente selva Lacandona, la cual abriga la mayor reserva de la biósfera en México, Montes Azules, y dos zonas arqueológicas, Bonampak y Yaxchilán.

Jan de Vos van Gerven (Amberes, 1936-Ciudad de México, 2011) quien acostumbraba caracterizarse a sí mismo como especialista en historia regional, aunque también lo era en etnohistoria e historia ecológica, doctor por la Universidad de Lovaina, con cerca de 40 años en México, llegó como miembro de la Compañía de Jesús en 1973, y hacia el final de su carrera estuvo a la cabeza del Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS) en San Cristóbal de las Casas. Es autor de la trilogía más importante en la historia de esa apartada y compleja región de Chiapas, con obras como La paz de Dios y del Rey. La conquista de la selva lacandona, 1525-1821 (1980), Oro Verde. La conquista de la selva lacandona por los madereros tabasqueños, 1822-1949 (1988) y el colofón, Una tierra para sembrar sueños. Historia reciente de la selva lacandona, 1950-2000 (2002).

Estudioso que siempre se mantuvo al día respecto de los imprescindibles hallazgos de los etnólogos, por una parte, y la importancia de las estructuras narrativas en la historia, muy en la vena de Carlo Ginzburg y la escuela microhistórica italiana, sin por ello adherirse sin más a sus filas ni sostener sus postulados, Jan de Vos ensayó un armazón nueva en su último libro, a despecho de poderse considerar poco científico y fidedigno en varios rubros. Desde el título mismo, una ocurrencia que tuvo en época tan temprana como 1988 (la sola redacción del libro y la recopilación de materiales habría de llevarle una decena de años), (FCE-CIESAS, 2011, 505p), no esconde sino más bien ostenta el elemento fantástico, onírico e incluso poético. Jan de Vos se vale de la técnica de la entrevista o más bien de la perspectiva de personajes reales –algo más problemático se torna con los dos últimos, «El Joven Antonio» y «El Viejo Antonio», tal cual aparece este último en los relatos míticos del subcomandante Marcos.

Pocos segmentos en la historia reciente o remota de México exhiben, en un lapso relativamente breve (50 años), cambios de una magnitud tan notable, basados en seis factores: la migración campesina, la degradación del ambiente, la movilización de masas populares, la exacerbación de los fundamentalismos religiosos, el despertar de una conciencia política y el levantamiento armado. Los respectivos actores en este contexto tan delimitado que pronto habrían de conducir a un conflicto de intereses, considerados en Una tierra para sembrar sueños, son una compañía maderera, un gobierno populista, una diócesis misionera, varias organizaciones campesinas, quinientas colonias de pioneros, cincuenta campamentos de refugiados guatemaltecos, un reducido pero valeroso contingente de un ejército de extracción indígena que defendía sus derechos. El autor echa mano de entrevistas realizadas por él mismo o bien de declaraciones textuales que localiza en fuentes diversas, que indefectiblemente se especifican, a fin de aportar la perspectiva de ocho personas reales: Pedro Vega, maderero español quien, intentando recobrar lo perdido durante el porfiriato, se asocia a una trasnacional estadounidense; sirviendo él de enlace en México y de prestanombres, comienza a adquirir los títulos de propiedad de grandes extensiones de la selva que el gobierno se ve en la necesidad de poner a subasta, dado el incumplimiento en el pago de las obligaciones prediales por parte de los legítimos propietarios.

De poco aprovechan todos estos preparativos cuando Trudi Duby (1913-1993), de nacionalidad suiza, y su esposo, el antropólogo danés Frans Blom, adquieren un antiguo convento en San Cristóbal de las Casas rebautizándolo como Casa Na Bolom (Casa del jaguar); Trudi logra por una serie de medidas como activista política y defensora de la naturaleza, llegando incluso a acudir al noticiero de Jacobo Zabludovsky, que el demagógico y megalómano presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, ceda por decreto a favor de los lacandones unas 627 912 hectáreas, el reparto de tierras más grande llevado a cabo en México, incluyendo los realizados durante la reforma agraria, sin parar mientes en que no sólo indios caribes (es decir lacandones) eran quienes se hallaban asentados en ese inmenso territorio sino grupos tzeltales y ch’oles, e incluso otros colonos mestizos. Esa medida generosa para unos e injusta para otros (quienes pronto serán amenazados con el desalojo) es uno de los motores principales de la inconformidad entre los indígenas, que llevará a muchos de ellos a ingresar en las filas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

Jaime Bulnes, también de origen español, representa el caso del finquero que conserva sus derechos territoriales desde época porfírica pero que no puede mantener sus tierras libres de grupos campesinos invasores, quienes, bajo las ideas de la doctrina social de la Iglesia católica, sectas protestantes e incluso grupos de inspiración maoísta procedentes de la Universidad de Chapingo, se han vuelto más hábiles en la lucha social e incluso más agresivos y oportunistas. Carlos Hernández, un campesino sin tierra empujado hacia la selva, narra el desarraigo por el que pasó al abandonar el terruño y asentarse en una zona agreste, cultivando la milpa, única herencia que puede legar a sus descendientes. Porfirio Encino llegó joven a la selva; ésta ha sido su escuela, sobre todo a partir del arribo de los agentes de pastoral de la diócesis de San Cristóbal, los activistas políticos originados en el movimiento del 1968 y algunos ecólogos que preconizan la milenaria convivencia mesoamericana del hombre con la naturaleza por medio de la diversidad y rotación de cultivos.

Domingo Gómez es un diácono laico tzeltal, que incluso está casado, cuya historia permite tener un atisbo, primero, en la más fuerte influencia indígena en la región y, segundo, en los nuevos métodos de catequesis e ideas de avanzada en la teología de la liberación. Roselia García, refugiada guatemalteca, ofrece la oportunidad de asomarse a una historia atroz, casi imposible de creer, la de los genocidios de diversas etnias mayas perpetrados en los Altos Cuchumatanes y luego en el Ixcán y el Petén, regiones limítrofes con el territorio mexicano. El largo y accidentado viaje, el rechazo al principio al llegar a México y luego la vergonzosa y forzada expulsión de que fueron objeto los refugiados en Chipas a manos de marines mexicanos, no muy distintos de los sanguinarios kaibiles guatemaltecos, quienes arrasaron su campamento y destruyeron sus moradas y pertenencias obligándolos a buscar cobijo en la selva.

En la parte final del libro, El Joven Antonio y El Viejo Antonio hacen su entrada en escena. El fenómeno de la insurgencia puede rastrearse a partir de fecha tan temprana como 1968, o más precisamente 1971, cuando los primeros grupos armados se abrieron paso hasta la selva lacandona, precisamente el Ejército Insurgente Mexicano al mando del periodista yucateco Ángel López. En 1972 César Germán Yáñez, alias «Pedro», al frente de las Fuerzas de Liberación Nacional, volvió a la lacandona. Cuando en enero de 1994 se da a conocer internacionalmente, el EZLN llevaba prácticamente 20 años de existir (si se toma en consideración la facción insurgente de la Quiptic desde 1975, cuyos miembros en 1989 obtendrían títulos de propiedad y pasarían a ser cooptados). Además se analiza el mural, obra colectiva de varios grupos de vecinos del poblado, Vida y sueño de la Cañada de Taniperla (un detalle aparece en la portada del libro), inaugurado en 1998 y destruido un día después, y fragmentos de la novela Ceremonial (1992) de Jesús Morales Bermúdez, que narra las vivencias de los grupos tzotziles y tzeltales durante la insurgencia.

Con estas obras de naturaleza estética cierra Jan de Vos su opus maius, justo en marzo de 2001, cuando el EZLN retorna a Chiapas tras haberse dirigido al Congreso de la Nación. Las demandas humanas, ecológicas, de justicia social, de dejar un legado sustentable para las generaciones venideras ahí quedan. Ahora habrá que ver que no se otorguen nuevas concesiones para talar los pocos árboles que aún están en pie y que se apoye una agricultura y una silvicultura racionales. Sorprende un poco que el tiraje de Una tierra para sembrar sueños de Jan de Vos sea solamente de 300 ejemplares, pues sus páginas están cuajadas de solidaridad con los que menos tienen, de pulcritud como estudioso, de relatos palpitantes, llenos de vida, una magnífica muestra de lo que puede alcanzar un historiador cuando tiene sensibilidad humana y narrativa. Cabría aclarar que se trata de la segunda reimpresión de la primera edición del 2002.

Tras la lectura de Una tierra para sembrar sueños, la selva lacandona deja de ser un ámbito remoto, perdido en un sureste cuasi mítico e idílico, para convertirse en un crisol de ideas sociales y políticas, un experimento profundamente humano que exhibe tantos de los rasgos que signan nuestro tiempo: por una parte, los conflictos de todo tipo entre grupos étnicos vecinos, entre mestizos e indígenas, entre terratenientes y ejidatarios, entre defensores de los intereses de los poderes constituidos y la gente humilde que reclama un pedazo de tierra, en suma, entre globalifílicos y globalifóbicos. La iglesia católica, primero envalentonada por las promesas de la teología de la liberación, luego con el rabo entre las patas, tras los trágicos sucesos en El Salvador y el asesinato de monseñor Romero, en la figura de Samuel Ruiz fue deslindándose poco a poco en actitud cobarde del movimiento zapatista, incluso poniendo a sus feligreses indígenas en contra de ellos. La ola de limpieza étnica comenzada en Guatemala, bajo el general Ríos Montt, asesorado por la experiencia de los estadounidenses en Corea y Vietnam y su política de tierra arrasada, debe resultar aleccionadora, pues provocó un éxodo humano de 50 mil almas que en diversas oleadas cruzaron las márgenes de los ríos Usumacinta y Chixoy, en busca de refugio. Una protección que al principio se les negó, incluso permitiéndose que los kaibiles se internasen en territorio mexicano para acribillarlos. Más tarde, la llegada masiva de refugiados y el amparo brindado por sus hermanos mayas de México en graneros, sin que el gobierno hiciera nada al respecto, con una mortandad espantosa de ancianos e infantes, sobrecoge. Luego el breve período de tolerancia de los asentimientos provisionales en la vecina Chiapas, para luego enviar a más de 20 mil de ellos a los estados de Campeche y Quintana Roo, un par de miles tuvieron la fortuna de ser acogidos en las comunidades de la selva y ahí viven hasta el día de hoy.

La espantosa militarización de la región, a cargo del Ejército Mexicano, a pesar de que desde la tregua de 1994 el EZLN no haya disparado una sola bala, es reveladora y alarmante. El temor de la comunidad internacional es que, bajo la inspiración de los genocidios cometidos en Guatemala, grupos militares y paramilitares mexicanos siembren el terror con el fin de despoblar y saquear a sus anchas la lacandona quedándose ellos como legítimos propietarios, a fin de explotar sin problema alguno los recursos de madera y petróleo, otro elemento que hay que tomar en cuenta, cuyo beneficio ha provocado considerables devastación y polución. El sueño de Marcos, personificado en Los relatos de El Viejo Antonio (Virus, Barcelona, 2004) en las divinidades mayas Votán e Ik’al, el camino del día y el camino de la noche, la armonía de los contrarios, sólo con dificultades habrá de realizarse, cuando los hombres vuelvan a tener respeto por la madre Tierra.

 

 

 

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Raúl Olvera Mijares (Saltillo, 1968) cursó estudios de filosofía en Monterrey y el principado de Liechtenstein. Ha publicado en La Jornada Semanal, La Tempestad, Casa del Tiempo, Replicante, Tierra Adentro, Luvina y La Palabra y el Hombre. Entre sus libros se cuentan Puntos cardinales (Conaculta, 2003),  Dramaturgia de Monterrey (Universidad de Durango, 2007)  y Las influencias expuestas. Recensiones de libros (Calygramma, 2013).

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