Londres bajo tierra
Peter Ackroyd, «Londres bajo tierra», traducción de Gregorio Cantera, Edhasa, Barcelona, 2012. 214 pp.
Gerardo López Losada
Peter Ackroyd es hoy en día uno de los cronistas más consagrados a la historia cultural inglesa y, en particular, a la londinense. Como biógrafo, historiador, novelista y poeta, se ha encargado principalmente de recordarnos que la capital de Inglaterra, lejos de ser un ente monolítico cuyo pasado sólo encuentra una versión oficial en sitios tales como museos, memoriales o archivos históricos, funciona como un organismo vivo que respira a través de voces que, a pesar de pertenecer a épocas pasadas, aún reverberan en cada esquina y recoveco de la metrópolis. Éste es un tema que Ackroyd ha tratado desde hace años, como nos muestran sus numerosas novelas y biografías sobre figuras históricas que él denomina visionarios cockney. De acuerdo con este autor, estos personajes –entre los cuales destacan J. W. Turner, William Blake, John Dee y Geoffrey Chaucer– poseen una sensibilidad que les permite aprehender tanto los rincones más conocidos como los más ignotos del tejido urbano y, así, entender la heterogeneidad de esta ciudad. En su tan celebrada Londres: una biografía, Ackroyd asevera que esta urbe:
posee tantas ruinas de su grandeza que el espíritu de tiempos remotos no ha tenido espacio en el cual florecer. En Londres el pasado es una forma de memoria, si bien obstruida, también fructífera; es un lugar en el que la presencia de generaciones pasadas, más que verse, se siente. Es una ciudad de ecos, atestada de sombras.
Es precisamente en este punto donde el papel de Ackroyd entra en juego: a lo largo de sus obras, se convierte en un alquimista que concibe al texto como aquel espacio donde lo espectral, lo ya olvidado, es restaurado en el acto de la lectura. En contraposición con historiografías de carácter lineal y cronológico, gran parte de su obra propone un seguimiento donde el presente y el pasado son un ir y venir que están en constante flujo.
Londres bajo tierra es ese espacio en el cual las arterias mnemónicas de la ciudad se destapan para que muchas de las sombras de antaño florezcan y se transmuten en lenguaje. Lejos de centrarse solamente en el subsuelo –como el título lo indica a gritos–, este ensayo largo aborda las discordancias y convergencias que existen entre la urbe de la superficie y su contraparte. Hay que recordar que Londres, como se sugiere desde la primera página del texto, fundamenta su idiosincrasia en una multiplicidad de dualidades y claroscuros. Luminosa y sombría, suntuosa y miserable, celestial e infernal, en este texto la urbe fluye sin mediaciones a partir de la idea blakeana de que los contrarios conducen al progreso. Desde el primer capítulo, el cual apropiadamente lleva como título «Oscuridad Visible» –el oxímoron quizás más famoso de la literatura inglesa–, Ackroyd nos advierte que, si bien el mundo subterráneo puede albergar peligro, pestilencia y desolación, también ofrece seguridad en situaciones de peligro, y resguarda tesoros, fantasías y secretos que lo hacen un locus tan atractivo y complejo como el Londres de la superficie.
Constantemente se hace hincapié, por ejemplo, en la capacidad que el subsuelo tiene para fungir como resguardo ante agresiones externas. Durante la segunda guerra mundial, muchos refugios y criptas fueron creados y administrados por líderes locales ante la indiferencia de parte del gobierno por proponer soluciones. Aunque cumplieron su función de bunkers, debido a la miseria y a la inmundicia estos espacios se convirtieron en lugares abyectos que se asemejaban al mismo Hades. En palabras de un testigo, cuyo nombre no nos es revelado, Tilbury –uno de estos refugios ubicado en el lóbrego East End– era «un agujero infernal» donde el piso estaba cubierto de orina y la gente tenía que compartir sus espacios más íntimos incluso con caballos. Otro caso que enfatiza la tensión dual del tejido urbano se hace notar mucho en las referencias al Londres victoriano. Durante este periodo, los oscuros rincones de la megalópolis –tales como la isla de Jacob o los arcos de Adelphi, por mencionar sólo dos– tuvieron sus contrapartes subterráneas en la inconmensurable red de cloacas y alcantarillas que nos lleva a pensar en las prisiones imaginarias de Piranesi. En este laberinto, a los pordioseros y recolectores de excremento de perro tan característicos de las escenas diarias de la ciudad exterior, los suplantaban los cazadores de ratas o los rastreadores de cloacas, un grupo de gente que, al pasar gran parte de su vida en los túneles, llegó a ser considerada como otra raza. Sin embargo, estas redes subterráneas también poseían la cualidad de difuminar la frontera entre el horror y el asombro; la estación de bombeo conocida como Abbey Mills, llegó a ser considerada como una catedral, pues sus ornamentos al estilo bizantino parecían rendirle tributo al inframundo, tal como ocurre con las monumentos que ensalzan la gloria de lo diurno y lo conocido.
Por momentos, Londres bajo tierra combina la prosa evanescente del Dickens de El viajero sin propósito con lo factual del Blanchard Jerrold de Londres: un peregrinaje. Esto implica que datos muy generales y directos se entrelazan con reflexiones que rozan lo subjetivo y lo críptico. Conforme avanzamos en la lectura, el texto presenta más digresiones; la ciudad como texto parece desbordarse cual río que busca un punto de escape por el cual fluir libremente. El segundo capítulo – «A la luz»– da cuenta de esta retórica de caos y suplantaciones; cuando se podría pensar que sólo se nos hablará de peculiaridades arqueológicas, sitios del Londres actual se traslapan con vestigios paleolíticos, anglosajones y celtas. Londinium emerge a través de una copertenencia entre objetos y lugares. Ackroyd señala que el culto a divinidades romanas todavía puede ser rastreado gracias a utensilios religiosos muy significativos que se descubrieron en un puntos específicos. Se explica que por debajo de iglesias –entre las cuales destacan St. Mary-le-Bow o All Hallows– se encontraron vestigios romanos que sugieren actividad religiosa previa. Más allá de ser una decisión de Ackroyd como tal, este proceso fragmentario responde a la naturaleza misma de la metrópolis: al ser una ciudad cuya base es de arcilla, la relación entre el pasado y el presente funciona por medio de capas que gradualmente se van hundiendo. De ahí que a menudo se nos inste a considerar la existencia de una serie de continuidades temporales que funciona de manera vertical. Los túneles que se encuentran por debajo del área conocida como the City, por mencionar un ejemplo, todavía siguen los contornos de la ciudad medieval.
Londres bajo tierra se convierte en un repositorio de ecos que, al reverberar inesperadamente, arriban de distintas coordenadas temporales para atisbar al lector y situarlo en una atmósfera de desconcierto y ominosidad. «Es un mundo desconocido que todavía no ha sido cartografiado en su totalidad. No puede ser vislumbrado con claridad ni como un todo», comenta Ackroyd. Por esta razón, una de las virtudes más destacadas de este ensayo es su capacidad para defamiliarizar al lector a través de la transformación de parajes aparentemente familiares y predecibles en una tierra incógnita que no termina por recorrerse.
Un punto negativo que en principio se le puede achacar al texto es la carencia de fuentes concisas a la hora de citar tan variopintos comentarios; sin embargo, hay que considerar que lo que propone este texto no es presentar una acumulación de datos como tal, sino invocar de manera lúdica una historia cultural que cada día se ve más amenazada por la transformación de sitios y ficciones históricas en meros simulacros. Así, las referencias a comentarios aparentemente triviales, por así decirlo, sugieren que el lenguaje mismo –la ciudad textual– influye directamente en la materialidad del espacio urbano. Esto se ve reflejado en la capacidad que tienen los nombres para estimular la memoria. Una muestra clara de esto se aprecia en el capítulo destinado a trece ríos que, a pesar de ser imperceptibles hoy en día, siguen su curso por debajo de la superficie. Se nos dice que es posible rastrear el camino de éstos si se contemplan los nombres de las calles del Londres exterior. Basta con mirar los nombres de algunas de las calles y avenidas más importantes para saber que el pasado aún proyecta su sombra sobre las rutas que hoy en día se siguen. Además, sobresale el hecho de que la tensión entre opuestos también se vea reflejada en los dos ríos con mayor resonancia histórica: si el Támesis es el alma del Londres de la superficie, el mundo subterráneo tiene al Fleet como su equivalente. Ackroyd le dedica un capítulo a este río para invocar tanto su podredumbre y su declive como el esplendor que en alguna época alcanzó.
En definitiva, este ensayo muestra una evidente preocupación por la otredad que subyace los sitios que se recorren día a día no solo en el Londres material, sino también en aquel que sale a relucir en el plano ficcional e imaginativo. En una época donde las ciudades se consumen virtual y globalmente a través de símbolos vacíos e información manipulada para propósitos comerciales, recordarle al lector que la ciudad no termina por domesticarse o asimilarse es algo que se logra con éxito en Londres bajo tierra. Si hay algo que sí podemos dar por sentado tras leer este ensayo es que los orígenes de la ciudad, después de todo, son inciertos; los espacios laberínticos de la imaginación permanecen abiertos para ser visitados. Londres es el corazón de las tinieblas.
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Gerardo López Lozada (Taxco 1987) es licenciado en Lengua y Literaturas Modernas (Letras Inglesas) por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde actualmente se desempeña como profesor del departamento de lenguas. Obtuvo una maestría en Literatura Inglesa por el Queen Mary College de la Universidad de Londres. Sus intereses académicos se centran principalmente en la literatura inglesa del siglo XX, así como en la teoría literaria. Llama su atención de forma especial la relación entre espacio geográfico y mente al explorar formas de representación urbana en la novela inglesa desde principios del siglo XIX al presente.












