Sociedades extremadamente violentas

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Otra historia de la violencia en masa

 

¿La violencia es un mal externo o es parte de las sociedades? Camila González reseña el libro Sociedades extremadamente violentas de Christian Gerlach, un análisis sociohistórico de la participación masiva en hechos de violencia en diversos periodos, contextos y sociedades.

 

 

Camila González Paz Paredes

 

(Christian Gerlach, Sociedades extremadamente violentas. La violencia en masa en el mundo del siglo XX, Fondo de Cultura Económica, México, 2015)

 

 

…es la participación de las masas la que a menudo ofrece a la moderna violencia en masa su horrible ritmo y alcance, que hace que se materialice en realidad una política de destrucción.

Christian Gerlach

 

Hay una tendencia en el discurso político, pero también en el análisis histórico y en la teoría social, a describir la violencia como un elemento disfuncional, una anomalía que atenta contra el equilibrio de los sistemas sociopolíticos; un tumor canceroso, de alto riesgo, pero operable.

El sentido común –o quizá el deseo de, en el fondo, ser buenos– nos conduce a separar en nuestro entendimiento «lo humano» de «lo monstruoso»: el criminal es un desadaptado, el rebelde es una amenaza, el asesino se ha vuelto loco. En cuanto a la narrativa política, la tradición dicta que el Estado debe combatir a los enemigos del orden y la paz, dentro y fuera de las fronteras nacionales; la población tiene derecho a (si no es que debe) repudiar a esas minorías, muy mayoritarias, que amenazan la homogeneidad social y cultural (los comunistas, los narcos, los homosexuales, los migrantes, los autodefensas, los indígenas, los estudiantes en protesta, las mujeres que quieren abortar) y pedir que los delincuentes –como dicen dos spots del Partido Verde Ecologista en México– «se pudran en la cárcel» o «porque nos interesa tu vida, pena de muerte a secuestradores y asesinos». Sálvate, haz patria: mata un criminal. Tu vida vale; la de ellos no.

Pareciera que, según el discurso más oído y nuestra sensiblería moralina, la definición del crimen y la justificación de ejercer una violencia contra otra es cuestión de buenos y malos. En realidad, el bando más poderoso decide quién es quién. Todas las sociedades tienen una ética de la violencia. Su estatus de crimen o de justicia es, en el fondo, polémico.

Con la historia de la violencia ocurre lo mismo: suele contarse en blanco y negro, enterrando macabros matices. Del siglo XX se nos enseña que las muertes masivas fueron causadas por líderes ambiciosos comandando ejércitos enormes y desarrollando armagedones, por malvados estadistas antidemocráticos y genocidas irracionales, acaso por choques entre culturas irreconciliables. Poco se dice del papel que nosotros, los civiles de cada nación, amplios grupos de diferentes sociedades, «los buenos», «los normales», «los de a pie» jugamos en la destrucción de otros miles de seres humanos.

Por desgracia para las historias oficiales, incluida la mal llamada «historia universal», y para la tranquilidad de muchas conciencias, en 2015 en Fondo de Cultura Económica publicará en español Sociedades extremadamente violentas, un libro de exhumaciones donde no encontraremos devaneos teóricos sobre «el concepto de violencia» ni intrincadas teorías de la acción social y la psicología de las masas; los hechos históricos, bien esclarecidos, dirán mucho más de lo esperado. En sus páginas, el historiador Christian Gerlach se adentra en mórbidos eventos donde pueblos enteros participan con entusiasmo en el saqueo, la violación, la persecución y el asesinato de cifras escandalosamente elevadas de personas no involucradas en una guerra de ejércitos: la masacre de Indonesia ocurrida entre 1965 y 1966; el ataque a los armenios en el Imperio Otomano tras la primera Guerra Mundial; la ola de violencia en el conflicto que llevó a Bangladesh a independizarse de Pakistán Oriental entre 1971 y 1975; las estrategias de una veintena de países en el combate a las guerrillas rurales desde 1930 hasta 1990; las víctimas del nazismo, mucho más diversas de lo que la historia del holocausto judío suele mencionar, especialmente en la Grecia ocupada. Gerlach tiene un ojo científico: se resiste a los juicios de valor y no busca culpables, sino explicaciones que permitan comprender la atrocidad sin simplismos maniqueos; pero no por ello deja de denunciar la participación que múltiples actores tuvieron en estos gravísimos episodios de violencia.

Gerlach hace una investigación sociohistórica para rastrear «las raíces sociales de la destrucción humana» en sus muy diversas formas, con un enfoque valiente y singular. Su premisa científica es que no podemos suponer que, por su asombrosa atrocidad, la participación masiva en la violencia es caprichosa, irracional, que está fuera de la historia y de la normalidad de las sociedades donde ocurre. Contra las narraciones moralistas del genocidio, Gerlach argumenta que un Estado difícilmente podría haber alcanzado la escala de destrucción conseguida en los casos estudiados sin la participación, ni siquiera controlable o planificable, de las masas. Además, su investigación se ocupa igualmente de los perpetradores activos que de los espectadores pasivos, victimarios indirectos que también condujeron a muchos a la muerte.

Así, Gerlach desbarata la historia tradicional donde un actor monolítico (el Estado) se vuelca contra un grupo social por motivos étnicos o religiosos, y donde el culpable es el gobierno. Con evidencia empírica, una investigación documental vastísima, la inclusión de declaraciones oficiales, análisis de fuentes periodísticas, testimonios de víctimas y archivos diplomáticos rescatados del secreto, Gerlach reconstruye las dinámicas sociales de largo plazo que permiten comprender sucesos que muchos prefieren inexplicables o causados por la pura maldad. «Las sociedades –dice Gerlach– no son intrínseca ni inevitablemente violentas: se vuelven extremadamente violentas en lo que es un proceso temporal».

Pero no se puede transmitir la escala y la naturaleza de los casos analizados en este libro sin algunos ejemplos concretos. Resumiré sólo dos: la masacre en Indonesia y el exterminio de los armenios en el Imperio Otomano.

 

Jakarta 66

Según narra el primer capítulo, en la ciudad de Jakarta, Indonesia, hay un monumento con el número «66» que recuerda a la gloriosa «Generación de 1966»: una amplia coalición de jóvenes, la mayoría estudiantes universitarios, que contribuyeron a derrocar el régimen de Sukarno, presidente autoritario de la izquierda nacionalista que sostenía el consenso forzado en un sistema de partidos. El «Nuevo Orden» se construyó sobre una masacre «legítima» y multitudinaria: los jóvenes, en coalición con otros grupos de la sociedad civil, hicieron una campaña de muerte anticomunista, que pronto alcanzó a todo el que se sospechara «izquierdista», y después se extendió hacia la gente de origen (o parecido) chino, artistas tradicionales y trabajadores sindicalizados. Los jóvenes entrenaron grupos de orgullosos homicidas musulmanes, cristianos, derechistas y socialdemócratas, entre los que incluso cabían milicias de amas de casa. En sólo un año murieron entre medio millón y un millón de personas en Indonesia. Si comparamos esto con Hiroshima, donde murieron 86,100 personas, salta la pregunta: ¿por qué la opinión pública mundial y su historia universal han ignorado la matanza en Indonesia? Eran tiempos de la Guerra Fría, y los muertos habían sido, supuestamente, comunistas. La historia la cuenta –o la calla– el vencedor. Indonesia es sólo un caso más del «triunfo» de las dictaduras derechistas que Estados Unidos apoyó o impuso en Grecia, Brasil, Ghana, Argentina, etc. Con terror leemos al final de este capítulo que durante el golpe contra el gobierno de Salvador Allende en Chile, siete años después, los graffittis rezaban en las calles: «Jakarta se acerca».

 

Caravanas de la muerte

Desde finales del siglo XIX, los armenios habían sido acosados (deportados, robados, asesinados) por los nacionalistas otomanos, turcos y kurdos, sobre todo después de que la presión internacional ayudó a que seis provincias armenias obtuvieran estatuto de autonomía en 1914. A partir del año siguiente, el gobierno otomano decidió «desplazar» a los armenios del imperio, hacerse de su dinero y sus propiedades (la guerra tenía al Estado en quiebra), impedirles la ayuda internacional y fomentar la entrada de inmigrantes musulmanes como parte de una política de homogeneización. En algunas regiones, el plazo que se ofreció a los armenios antes de la deportación fue de 30 minutos. Cerca de un millón de ellos vendió lo que pudo de sus bienes a precios ruines, si antes no eran saqueados por sus vecinos, sin obtener dinero suficiente para evitar un viaje a pie donde serían asaltados, secuestrados y asesinados por sus connacionales, o donde morirían de hambre y sed, agotamiento, frío o enfermedad. No hubo sector de la población otomana que no se lanzara sobre el botín que ofrecían estas caravanas de la muerte: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, ricos y pobres. Muchos compraron, esclavizaron o adoptaron niños armenios, que tal vez lograrían sobrevivir si se convertían al Islam; también hubo organizaciones kurdas para la venta de armenios a los grupos de rescate.

El Estado no tuvo una política de exterminio, pero arruinó a los armenios y los dejó sin salida –si hubo alguna, se volvió ilegal. Las autoridades se limitaron a participar, como un ave de rapiña más, en el saqueo; y en muchos casos fue el gobierno, y no la gente común, el que fungió como «espectador» de la violencia ejercida por todo el pueblo otomano.

No hay uno sólo de los eventos analizados en este libro que no sea a la vez increíble y real. En todos ellos, las razones para la violencia fueron tan diversas y heterogéneas como las víctimas y los victimarios, y dependieron de un contexto social y político que, puesto en la dimensión histórica del largo plazo, tendió hacia la crisis social. La capacidad organizativa brindada por agrupaciones religiosas y partidos políticos, el apoyo militar y del gobierno, el abandono internacional, el odio popular o el ansia de lucro determinaron la ferocidad y el alcance de las matanzas multitudinarias. Las víctimas no sólo fueron presa de la violencia estatal y popular, sino de los sistemas económicos y sociales a los que estaban integrados. Finalmente, ante el ritmo escalofriante de los asesinos, Gerlach no sólo se pregunta cómo y por qué empezó y creció la violencia, sino también por qué se detuvo.

Muy lamentablemente, a menos que hayamos estudiado Relaciones Internacionales o tengamos acceso a algún curso de «historia regional», seguramente sabremos muy poco o nada sobre los hechos presentados en este libro, que son de trascendencia realmente universal y que indudablemente marcan la historia mundial del siglo XX. Sociedades extremadamente violentas nos permite comprender lo incomprensible, entender que la violencia forma parte de sistemas sociales, políticos y económicos en los que cotidianamente viven muchas naciones, no como un elemento disruptivo, sino quizá como su fundamento. Además, alcanzamos a ver los motivos que ha tenido «la historia» –sus constructores, sus vencedores, sus editores y hasta sus receptores– para negar, olvidar o justificar que la humanidad se haya volcado contra sí misma tantas veces, con tanta fuerza. Pero nunca dejaremos de ser responsables de la violencia. Lo mejor que podemos hacer es asumirla, estudiarla y comprenderla tal y como es: una creación social, construida con nuestros ideales y valores, nuestra energía, nuestros saberes e ignorancias, nuestro compromiso y nuestra indiferencia; un fenómeno irreductible a términos como bueno-malo que trasciende también las dinámicas fronteras que dividen el crimen de la justicia. Sólo así podremos, quizá, dominar mejor al monstruo humano.

 

 

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Camila González Paz Paredes (1989) estudia sociología en la UNAM. Es subdirectora de Cuadrivio.

 

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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