Las impetuosas corrientes de hoy
Raúl Olvera Mijares
Georg Gerson Igersheimer vio la luz del mundo en Hamburgo en el seno de una familia judía el año de 1926. Tras la trágica Kristallnacht, en 1938, la familia debió trasladarse a Nueva York. Estudioso de la filosofía y la sociología, además de lenguas románicas como el español y el francés, Georg Iggers, que así simplificó su apellido, a través de la historia de las ideas habría de llegar a las reflexiones historiográficas, es decir, el análisis acerca de los supuestos y posiciones desde donde el historiador acomete su labor académica. Los conceptos de evidencia, objetividad, causalidad y progreso son definitorios. También las disciplinas adyacentes o auxiliares en que se apoya el historiador, alguna vez la filosofía, más tarde las ciencias sociales y, hasta hace relativamente muy poco, la crítica textual y la hermenéutica, si bien ahora se observa un regreso hacia la macroeconomía y la política global.
A inicios del siglo XIX existían dos maneras fundamentales de cultivar la historia, una basada en la erudición y las antigüedades y la otra en las letras. En historiadores británicos del siglo XVIII –como Gibbon, Hume y Robertson– parece que ambas ramas llegaron a formar un extraño y afortunado amasiato. Wissenschaft (el saber) y Bildung (la formación) constituyeron dos ideales que animaron la educación universitaria en Alemania. Leopold von Ranke, en el siglo XIX, intentó sentar la historia sobre bases sólidas: escribir exclusivamente a partir de las fuentes primarias. La historia sería desde entonces, a diferencia de lo que había sido con Heródoto, Tucídides y hasta el Guicciardini, una labor especializada, una disciplina científica, fuente invaluable de cultura.
El historicismo, en su sentido clásico, comenzó a ser puesto en tela de juicio hacia fines del siglo XIX, ante la emergencia de una corriente novedosa en el seno de las ciencias sociales: el positivismo. Había que adoptar un método, un ideal de objetividad, formular un conjunto de leyes y luego procurar hallar la comprobación empírica y fehaciente de los principios aducidos. Karl Lamprecht con su Deutsche Geschichte (1891) desbrozó el campo. Émile Durkheim en su Cours de science sociale (1888) cuestionó los juicios particulares de la historia que carecían de aplicabilidad universal y no eran validados a través de la experiencia, cualidad exclusiva de las ciencias. A principios del siglo XX surgieron los Nuevos Historiadores o Historiadores Progresistas en Norteamérica como Frederick Jackson Turner, James Harvey Robinson y Woodrow Wilson.
En Alemania la Escuela Histórica de Economía Nacional con Gustav von Schmoller, a la que se sumaría más tarde la rama vienesa iniciada por Carl Menger, surgiría por esos años. La revisión minuciosa de las fuentes económicas, políticas y sociales cobró aún mayor relevancia. Se deja sentir también la invaluable influencia del sociólogo Max Weber, quien rechazaba el endiosamiento del Estado y propugnaba por una ciencia cuyos valores e ideales resultaran en verdad libres y autónomos. En Francia con Lucien Febvre y Marc Bloch surge la revista Annales que años después, en un periodo entre los sesenta y setenta, va a ser escenario de síntesis insospechadas por parte de historiadores como Fernand Braudel, Pierre Goubert, Jacques Le Goff, Georges Duby, Emmanuel Le Roy Ladurie y Robert Mandrou. Una escuela donde criterios antes despreciados comenzaron a cobrar influjo como la arquitectura, la decoración de interiores, la moda y la gastronomía, en suma, la cultura material por lo común menospreciada.
La escuela marxista de historia jugó un papel preponderante en Europa del Este en particular, aunque también en Francia, Alemania Occidental e Inglaterra. El pensamiento posmoderno y la importancia del lenguaje y su decodificación hizo su entrada en escena con Roland Barthes, Michel Foucault y Jacques Derrida, sin obviar a pioneros como Bachelard y Lyotard, quienes influyeron en la Escuela Microhistórica Italiana con Carlo Ginzburg y Giovanni Levi, ambos de apellido hebreo, quienes centraron su atención en las historias de la gente menuda, poniendo especial cuidado en la forma narrativa que estas historias revestían. Por otra parte, las ideas del antropólogo cultural Clifford Geertz, discípulo del filósofo judío alemán Ernst Cassirer y seguidor de sus teorías simbólicas en torno de la cultura y el lenguaje, ejercieron una gran influencia en los años noventa, particularmente en Norteamérica. La orientación hacia la lingüística y la interpretación de la cultura como un texto se hizo patente.
Con la globalización, especialmente a partir de la caída de los mercados financieros durante el 2008, las perspectivas han cambiado en forma considerable teniendo sus profetas en voces como las de Fukuyama y Huntington, que no siempre han acertado o, al menos, no han logrado ocultar del todo sus intenciones proselitistas a favor del Imperio y el voraz capitalismo corporativo. En un contexto de gran confusión como el que reina, donde todas las direcciones son posibles, se observa un replegarse de las reflexiones lingüísticas o bien sociales, ante el embate de la política y la economía, corrientes no del todo desdeñadas, particularmente la Alltagsgeschichte alemana, contraparte de la microstoria italiana, que dominaron el campo por largo tiempo. Hoy se constata un regreso, es prematuro afirmar si para bien o para mal, a formas más antiguas de abordar la historia, supuestamente más científicas e incluyentes, con predominio de los intereses, para fines propagandísticos, electoreros y demagógicos, de las minorías marginadas (las mujeres, los considerados alguna vez racialmente inferiores y aquellos que tienen otras preferencias íntimas).
Georg Iggers en su obra La historiografía del siglo XX. Desde la objetividad científica al desafío posmoderno (FCE, Santiago de Chile, 2012), logra ofrecer una ágil y veloz perspectiva acerca de un dominio –tanto en la cultura como en el mundo académico– bastante heterogéneo y variado. El libro en su primera versión estaba originalmente en alemán (Vandenhoek & Ruprecht, Gotinga, 1993), si bien el autor recibió tres años antes una invitación para ofrecer una conferencia en el Consorcio Filosófico de Filadelfia en 1990. Posteriormente vino una nueva versión en inglés en 1997 y 2005, la cual representa la forma más completa del texto según el autor. Dos años antes, en 1995, apareció la obra por primera vez en español en la editorial Labor de Barcelona, la segunda edición es de 1998 y la tercera de 2001, en Idea Books de Barcelona, ambas agotadas. La presente versión al castellano la llevó a cabo el profesor Iván Jaksić de la Pontificia Universidad Católica de Chile, quien también se ocupó de escribir la presentación. Quizá algunas cosas como los géneros de las palabras en alemán en ocasiones resultan dudosas y a veces también la elección del léxico en español. De alguna manera, se nota que la versión en inglés pesó más que la versión en alemán en el proceso de la traducción al castellano. En fin, fuera de estos pormenores lingüísticos, el libro ofrece un interés innegable.
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Raúl Olvera Mijares (Saltillo, 1968) cursó estudios de filosofía en Monterrey y el principado de Liechtenstein. Ha publicado en La Jornada Semanal, La Tempestad, Casa del Tiempo, Replicante, Tierra Adentro, Luvina y La Palabra y el Hombre. Entre sus libros se cuentan Puntos cardinales (Conaculta, 2003), Dramaturgia de Monterrey (Universidad de Durango, 2007) y Las influencias expuestas. Recensiones de libros (Calygramma, 2013).












