Historia política del pantalón

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El traje refleja el orden social y lo crea, permitiendo, sobre todo, el control de los individuos.

Christine Bard

 

Adriana López Belda

 

Recordemos el eslogan surgido del feminismo post-mayo francés del 68: «Lo personal es político», y no existe nada más personal que la ropa. La indumentaria es nuestra segunda piel, vive pegada a nuestro cuerpo; pero a su vez, la ropa no carece de un significado político y social: es nuestra forma inmediata de presentarnos en el espacio público. Una rápida mirada a nuestro look visibiliza nuestra status, clase social u oficio.

La historiadora y feminista francesa Christine Bard, sabe que el estudio de la indumentaria nos puede brindar pistas acerca de la construcción, jerarquización y relación entre los géneros, por lo que, para desvelar las relaciones de poder entre hombres y mujeres, considera fundamental la investigación en este rubro. Así, en la obra Historia política del pantalón, la académica francesa nos propone un análisis y una metodología sugerentes y controversiales, en los que privilegia el estudio de la historia cultural, específicamente el referente a la moda.

El método de Bard es refrescante en las ciencias sociales y humanidades –especialmente en el contexto latinoamericano y mexicano– debido a que son pocos los análisis académicos en la materia, pues la moda como fenómeno social ha sido vista como frívola y banal, indigna de formar parte de los trabajos de investigación universitarios, un aspecto de la realidad que no puede aportar demasiado al debate.

A lo largo de su fructífera trayectoria académica, Christine Bard se ha dedicado al estudio de la historia contemporánea, especialmente a los temas concernientes a la historia política y cultural de las mujeres, el feminismo y la construcción de género, impartiendo cátedra  en el Centro de Historia de Sciences-Po y la Universidad de Angers, y publicando y difundiendo en la revista Clio. Femmes, Genre, Histoire, Archives du féminisme y el museo virtual Musea. En Historia política del pantalón, Bard permanece fiel a su método y temática de investigación, haciendo lo que ella denomina una historia de la cultura material, la cual «se centra sobre todo en los diversos significados asociados a un objeto, captado a través de diferentes huellas que deja»,[1] y es también una historia política, «puesto que se interesa por el género, un concepto que señala las relaciones de poder entre los sexos.»[2]

La elección del punto de partida para la investigación  de Bard  (siglo XVIII) no es fortuita, ya que comienza su análisis con el quiebre del Ancien régime, en el proceso de consolidación de la clase burguesa que desde finales de la Edad Media propugnaba por la hegemonía, y con ello el reforzamiento del patriarcado como forma de organización familiar, en la cual a la mujer le está vedada la participación más allá del espacio doméstico. Los orígenes del pantalón como prenda de vestir son ampliamente rastreados y documentados por el trabajo documental efectuado por la académica francesa, que analiza las ordenanzas derivadas del gobierno revolucionario, así como los subsecuentes códigos legales que prohíben a las mujeres el uso del pantalón debido a que éste no va con su «naturaleza», y por miedo al travestismo y la indiferenciación de los sexos.

A lo largo de once capítulos –que cubren históricamente desde la revolución de 1789 hasta la primera década del siglo XXI en Francia–, el pantalón emerge «como [el] marcador de sexo/género más importante para la historia occidental de los dos últimos siglos»,[3] y como un emblema de virilidad que permitiría a las mujeres entrar a la esfera pública y participar de los derechos, oficios y diversiones que eran privativos del género masculino.

La obra de Bard analiza las diversas corrientes socialistas, higienistas y posteriormente feministas que se encargaran de sugerir y encabezar acciones y estudios para la reivindicación del pantalón como prenda cómoda, igualadora de los sexos y, sobre todo, emancipadora. Como demuestra la autora, la historia del pantalón acompaña la lucha de la reivindicación de las mujeres por sus derechos y por su participación en la esfera pública, y en el largo trayecto histórico abarcado en el texto, se presentan las posturas de los diversos feminismos (sufragista, de la igualdad, de la diferencia) respecto a la prenda que les otorga empowerment y una nueva forma de conducirse respecto a los roles sociales tradicionales y a la moral de la época.

Además del inmenso trabajo efectuado en archivos y bibliotecas, la autora consigue un análisis fino, de corte micro-histórico, al entrevistar a «ciudadanos de a pie» inmersos en las profundas transformaciones post 1968 que vivieron el cambio en la moral y con él la flexibilización  de la indumentaria, tanto en hombres como en mujeres, con lo que consigue que sus lectores sean copartícipes y testigos de primera mano.

A pesar de que la Historia política del pantalón nos deja un grato sabor respecto a la progresiva mejora de las mujeres como ciudadanas de hecho y de derecho, Bard nos revela en las conclusiones un aspecto oscuro de la prenda que anteriormente ayudó a la incorporación del género femenino al espacio público. El pantalón cubre, y como prenda cerrada vuelve menos vulnerables a las mujeres, pero, paradójicamente, al ocultar el cuerpo femenino también encubre el machismo y la incapacidad de autocontrol de algunos hombres que consideran que las mujeres que usan falda son «coquetas» y desean un encuentro sexual; por ello, esta prenda ahora se vuelve el ícono de resistencia entre un nuevo sector de feministas que defienden su «derecho a  no llevar pantalones».

Al concluir la lectura de Christine Bard nos acercamos a una nueva forma de investigar, nos introducimos a un análisis, como mencioné líneas arriba, de corte micro y relacionado con el estudio de la vida cotidiana, un llamado a mirar más allá de la investigación de las grandes estructuras, instituciones y personalidades de la «historia de bronce».

Los movimientos feministas han mejorado, sin duda, la condición de las mujeres en los países occidentales, y estas mejoras las debemos a las pioneras que reivindicaron el pantalón como primer punto en la transformación de las relaciones entre géneros; a pesar de esto, y de que en muchos países una mujer que usa pantalón pasa desapercibida, la lucha no se ha detenido o centrado en las demandas de tipo indumentario. Como bien sabemos, aún se disputan todos los días, tanto en el campo simbólico como en el material, luchas para que el género femenino abandone la condición de ciudadano de segunda clase. Como Bard concluye en su texto, «el combate político es también un combate cultural, una lucha por la apropiación y la transformación de los símbolos de lo dominante»,[4] y la indumentaria, hilo tras hilo, ha logrado dotar de un nuevo significado y poder el actuar de las mujeres en la vida cotidiana, tanto en el espacio público como en el doméstico.

 

 

NOTAS

[1] Christine Bard, Historia política del pantalón, trad. de Nuria Viver Barri, México, Tusquets, 2012, p. 19.

[2] Ibíd., p. 20.

[3] Ídem.

[4] Ibíd., p. 315.

 

 

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Adriana Elizabeth López Belda (Xalapa, 1986) realizó estudios de licenciatura en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Durante casi tres años ha participado como asistente de investigación en el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y ha contribuido como analista en consultoría externa para Evalúa DF. Es egresada del curso de promotores de Derechos Humanos del Centro Fray Francisco de Vitoria O.P, y ha asistido a diversos talleres de promoción de Derechos Humanos, Cultura de la Paz y Resistencia Pacífica No-Violenta. Entre las líneas de investigación de su interés destacan la sociología política, la teoría crítica de los derechos humanos, el poscolonialismo y la decolonialidad, ciudadanía y participación ciudadana, además de estudios culturales e interculturalidad.

Su correo: adriana.belda@hotmail.com

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