Senhora

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Precisava de um marido, traste indispensável ás

mulheres honestas.

(Necesitaba de un marido, utensilio indispensable

para las mujeres honestas.)

 

 

Aída Rodríguez

 

Hace unas semanas, una de mis compañeras de trabajo que está tomando un curso para ser organizadora de bodas y eventos (o algo así) nos dijo: «Estoy haciendo una encuesta: ¿cuál es el principal motivo por el que se casa la gente?». Evidentemente, la primera respuesta de otra de mis compañeras (recién casada, por cierto) fue «por amor». Los varones de la oficina se quedaron meditando como si les hubieran preguntado sobre la validez de la teoría de cuerdas. Yo, que in illo tempore estaba leyendo Senhora de José de Alencar, respondí: «Por economía». Está de más narrar las críticas que recibió mi aseveración. No dije por conveniencia, ni tampoco especifiqué en favor de la economía de quién, porque si algo le enseñó a mi generación La cenicienta y la trilogía de las Marías es que una mujer pobre se puede casar con un príncipe o galán adinerado sin ningún problema. Pero no recuerdo haber visto en ningún libro o película que una mujer comprara un esposo. Sí, no a una rica casándose con un pobre, sino adquiriendo un marido como quien se pelea una blusa en las rebajas.

El tema podría parecer una reescritura o muy posmo si no acoto que se trata de un texto de 1875. El brasileño José de Alencar en una de sus últimas producciones literarias, Senhora, expone el comportamiento de la sociedad fluminense, en donde «ser una mujer soltera» era sinónimo de vergüenza y deshonra. La madre de Fernando Seixas, el protagonista de esta novela, se lamenta por no poder «casar bien» a sus hijas. Refiriéndose a la mayor, Nicota, declara que quedará relegada a «esa suerte de exclusión social llamada celibato». Aurélia, «señora», se pone en la ventana, siguiendo las instrucciones de su mamá, para que los hombres la vean y así poderse casar. Aunque para Aurélia «exhibir su belleza» es una humillación, su madre no ve otra forma para conseguirle marido y salir de la miseria. La mujer casadera es un tópico en diversos textos de la literatura universal, y en el caso de la brasileña, por sólo citar un ejemplo, tenemos Dom Casmurro, de Machado de Assis, texto en el que también se retrata la condición de la mujer vista como mercancía. Lo transgresor en Senhora es que el objeto adquirido es un esposo.

Una joven acaudalada que compra a un hombre para cumplir con el deber sagrado del matrimonio, así resumiría de manera muy simplista (o si escribiera cuartas de forros) el argumento de este libro. Tampoco puedo profundizar en los diversos temas que sirven como telón de fondo a la vida marital de Aurélia y Fernando, por lo que sólo haré un breve esbozo del matrimonio como medio de ascención social, pero en este caso, no de la mujer sino del hombre.

Ya dije que Aurélia es la protagonista y que se muestra en su ventana para poder casarse, y ya mencioné que compra un marido, entonces mi lector podría preguntar: «Por fin, ¿Aurélia se vende o compra?». La novela se divide en cuatro partes que corresponden a los momentos de las transacciones comerciales: «Preço», «Quitação», «Posse» y «Resgate» (precio, finiquito, toma de posesión y entrega). El orden podría parecer extraño, pero corresponde al acomodo de la historia ya que el relato es anacrónico.

En la primera parte, el narrador describe a una Aurélia altiva, rica y respetable; «acostumbraba a ponerle precio a sus pretendientes, dándoles un valor monetario […] En lenguaje financiero, Aurélia tasaba a sus adoradores por el precio que, razonablemente, podrían obtener en el mercado matrimonial»; que se da el lujo de despreciar el amor de sus múltiples pretendientes. Ella sólo está interesada en uno, así que le pide a Lemos, su tío y tutor, que le haga una propuesta financiera-matrimonial al joven Fernando Seixas. Él es la esperanza financiera de su madre y sus dos hermanas que lo adoran. A partir de su vestimenta, descrita en varias líneas, el lector se forma una primera imagen de Seixas, un hombre que, pese a sus pocos recursos, viste a la última moda y con lo mejor, impecable, de «barba castaña y bigote elegante», pero «un hombre vendido», en palabras de Aurélia. Éstas son las primeras impresiones que tenemos de los protagonistas, pero conforme se avanza en la lectura nos enteramos de que Aurélia no siempre fue soberbia y voluntariosa.  ¿Cómo paso de ser la mercancia en el escaparate de su ventana a la compradora del hombre que un día amó? Aurélia vivió «diecinueve años en la pobreza y sólo uno en la riqueza». Hija de un matrimonio no reconocido, su padre muere y los deja en la miseria. Su endeble hermano y su madre también fallecen, dejándola completamente sola.

Antes de continuar, y con la finalidad de no arruinarle el desenlace al lector, quiero mencionar que Aurélia Camargo es una «señora» no sólo por estar casada con Seixas, quien la llama así cuando aún no es su mujer. Éste fue el punto que me hizo reflexionar en la polisemia del término. El Diccionario de la Real Academia Española tiene dieciocho acepciones para definir el término «señor, ra». No atormentaré a mi lector poniendo todas, pero sí las principales o las que vienen al caso en esta reseña.

(Del lat. senĭor, -ōris). 1. adj. Que es dueño de algo; que tiene dominio y propiedad en ello. U. m. c. s. 2. adj. coloq. Noble, decoroso y propio de señor. […] 4. m. y f. Persona respetable que ya no es joven. 5. m. y f. Título que se antepone al apellido de un varón o de una mujer casada o viuda. Señor González, Señora Pérez.

Ella es «señora» porque es «uma mulher de posses» y Fernando es una de sus pertenencias; es noble por herencia ya que ella asciende socialmente porque su abuelo, un rico hacendado, se entera de su existencia y al morir le deja todos sus bienes. Pero tarde le llega la fortuna a Aurélia; ya no puede compartirla con su madre y sus fantasías juveniles en torno al amor ya han desaparecido. Finalmente también es «señora» porque su objetivo es tener, como toda «mujer decente», un marido, sólo que ella, a diferencia de otras jóvenes que se tienen que casar con el mejor postor, se puede dar el lujo de escogerlo, de comprarlo…  Pero en el fondo no todo es tan sencillo para esta transgresora, es la señora de la casa y como tal debe guardar las apariencias. Padece en silencio su condición real. En su noche de bodas se cuestiona: «Dios, por qué no me hiciste como a las otras, ¿por qué me diste este corazón exigente, soberbio y egoísta?». Sin duda, ella no es como las otras.

La última parte de la novela, «Entrega», es el único final posible en una tradición heteronormativa, pero lo medular de esta novela es el desarrollo y no su desenlace, que no comentaré. Sé que no hablé del resto de los personajes y que sólo me concentré en el argumento y en describir a la protagonista, y que dejo varios cabos sueltos, como el porqué de que Aurélia quiera comprar a Fernando y no a otro; pero espero, sin embargo, haber despertado la curiosidad del lector y que él mismo odie o ame a esta senhora.

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Aída Rodríguez Barroso. Licenciada en Letras Hispánicas por la UNAM. Estudió cien horas (u ocho créditos) de Derecho de autor en la Universidad Complutense de Madrid. Fue alumna de Alicia Reyes y visita frecuentemente la Capilla Alfonsina. Ha publicado ensayos en la página de la Capilla Alfonsina y memorias de congresos en Monterrey, San Luis Potosí y Zacatecas. Es aún esclava de Abaddón el exterminador y de la maestría en Letras Latinoamericanas.

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