La historia en mi cabeza: locura de amor en el cuento del príncipe Camaralzamán y la princesa de la China

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Un examen de algunas de las traducciones de Las mil y una noches y de los motivos de sus traductores (entre ellos Antoine Galland, Edward Lane y Richard Burton) revela, como nos hace ver Ana Elena González en este ensayo, lo mucho que Occidente refleja de sí mismo al momento de acercarse a otras culturas y lo poco que comprende a Oriente (ese polo que en pleno siglo XXI sigue siendo la otredad por excelencia del mundo occidental) en sus manifestaciones artísticas y morales.


Ana Elena González Treviño


Entre las noches número 148 y 176 de Las mil y una noches traducidas por Rafael Cansinos Asséns, maestro de Borges, se narra la «Historia del rey Kamaru-s-Semán y del rey Scharamán», también conocida como la «Historia de los amores del príncipe Camaralzamán y Badur, princesa de la China», que trata de lo siguiente: Scharamán, rey de las Islas de los Niños Calendas, está afligido porque ninguna de sus muchas esposas y concubinas ha logrado concebir un hijo suyo. Se siente envejecer y teme por la sucesión al trono. El gran visir le recomienda hacer ciertos ritos durante sus rezos, y por fin una de sus esposas queda encinta y da a luz «un hijo varón, que semejaba enteramente a la luna, cuando viaja por la esfera nocturna» (Cansinos, 1993: 1067b) por lo que decide llamarlo Kamaru-s-Semán, que significa Luna del Tiempo.

Cuando el príncipe cumplió dieciocho años, su padre lo invitó a contraer matrimonio, pero Camaralzamán se negó rotundamente: «Desde ahora te digo, padre mío, que jamás consentiré en casarme y a ello nunca me avendré, aunque la copa de la muerte me dieran a beber» (ibid.: 1068a).  Pasó un año y el rey Sharamán intentó convencerlo de nuevo, pero su hijo se volvió a negar, diciendo:

Quien en la red de las hembras

coger se deja, ¡está frito!

¡En su vida no podrá

verse libre de su hechizo!

Pues contra ellas no hay refugio,

fortaleza ni castillo,

que con su astucia y traiciones,

minan fuerza y poderío.

Sin más armas que sus dedos,

de roja alheña teñidos,

y sus párpados pintados,

y sus miradas y mimos,

beber hacen de la suerte

un amargo bebedizo (ibid.: 1069, con ajustes métricos).

Scharamán amaba a su hijo, así que le concede un año más de gracia, pero al cabo de éste, Camaralzamán sigue empeñado en no casarse. Scharamán monta en cólera y ordena que lo encierren en una torre. En la torre vivía un hada, el hada Maimuna, que, extrañada de ver luz en sus aposentos aquella noche, fue a investigar de qué se trataba. Al ver al príncipe dormido quedó estupefacta: «Y estimó que el fulgor de aquel rostro era superior al del mismo sol, y admiró aquel contraste que formaban lo blanco de las pupilas de aquellos ojos con lo negro de sus niñas y lo sonrosado de sus mejillas, y admiró también el primoroso arco de aquellas cejas corridas y aspiró halagada la fragancia de almizcle que aquellos labios exhalaban» (ibid.: 1075a). Acto seguido, jura protegerlo de todos los espíritus de la noche.

Poco después pasó volando precisamente por la torre un genio, Dahnash. Las hadas son enemigas acérrimas de los genios, y mucho más poderosas que ellos; por eso Maimuna lo atrapa de inmediato y le exige saber de dónde viene. Dahnash relata que viene del punto más lejano de China y que acaba de ver algo sorprendente: el rey de la China ha mandado encerrar a la hermosísima princesa Badur en castigo por no querer casarse, pero la princesa Badur es la criatura más hermosa que se haya visto jamás. El rey de la China «mandó labrar para su hija [sc. el Palacio de] los Siete Alcázares, y los amuebló con profusión de tapices, de gran diversidad y riqueza, y ánforas de plata y de cuanto pudiera apetecer para su regalo un monarca, y le mandó a su hija que en cada uno de esos alcázares morase un año y así entre los siete fuera turnando, trasladándose de uno a otro, luego de cumplido ese plazo» (ibid.: 1077).

Maimuna no cree que pueda haber ser humano más bello que el príncipe que ahora duerme en la torre, y desafía al genio. Al cabo de la discusión, deciden traer a la princesa para poder compararlos mejor. En el lapso de una hora, el genio vuela a China y regresa a Persia trayendo a la joven dormida. La tiende al lado de Camaralzamán y concuerda con el hada en que ambos son muy bellos, pero siguen disputando quién aventaja a quién en hermosura, así que deciden despertarlos por turnos, y aquél que dé más muestras de enamoramiento del otro, será el menos bello.

Dahnash se transforma en una pulga y pica a Camaralzamán en el cuello para despertarlo. El príncipe, en efecto, despierta y queda inmediatamente prendado de la princesa Badur: «ante aquella visión, removióse en su interior el calor natural y Alá infundióle el anhelo de la copulación» (ibid.: 1082b); pero como no logra despertarla, finalmente deduce que ésa es la mujer con quien su padre quiere casarlo, y que a la mañana siguiente sin duda podrá por fin complacerlo. Con muchos esfuerzos, logra controlar su deseo, pero, en prenda, le quita un anillo que ella lleva en el meñique y vuelve a quedarse dormido. A continuación, el hada Maimuna se transforma en una pulga para picarle a Badur abajo del ombligo, y ella despierta con un grito. En el acto queda prendada del príncipe que ve tendido ahí a su lado. También intenta despertarlo: le habla, lo toca, pero sin éxito. Ve que él lleva puesto un anillo suyo, así que ella toma el anillo de él y vuelve a quedarse dormida.

El hada decide que las acciones de ella fueron más acentuadas que las de él, y que por lo tanto Camaralzamán es más hermoso que la princesa. Una vez resuelta la disputa, la llevan volando de regreso a China y, claro, el problema viene cuando ambos despiertan. Camaralzamán interroga al esclavo que había dormido del otro lado de la puerta acerca de la dama misteriosa, y cuando éste responde repetidamente que no sabe de qué está hablando, lo tortura golpeándolo salvajemente y sumergiéndolo repetidamente en un pozo. El esclavo sólo se libra de la muerte al prometerle averiguar qué sucedió, diagnosticando para sí que el príncipe está poseído por unos genios malévolos. El gran visir acude a ver qué sucede y cuando trata de convencer al príncipe de que nadie pudo haber entrado a su habitación, éste monta en cólera, lo jala de las barbas, lo derriba, lo patea, lo golpea con los puños y casi lo mata. El gran visir logra huir para notificar al sultán, quien acude personalmente a ver a su hijo. El príncipe relata los sucesos nocturnos y le muestra como prueba el anillo de la princesa. El sultán, luego de una discusión similar a las anteriores, termina por creerle y accede a buscar a la dama, aun cuando no entiende cómo pudo llegar a la alcoba de su hijo. Sin embargo, Camaralzamán enferma de amor, al grado de estar en peligro de muerte «pues tenía la mente embargada por la imagen de su adorada, y era tal su dolor que se le tornó amarilla la color y el cuerpo se le enflaqueció» (ibid.: 1092). Para ayudar en la curación, lo trasladan «a un pabellón del alcázar que a la orilla del mar se alzaba y todas sus perspectivas abarcaba y al que por un paso de ocho codos de ancho se llegaba… cubrieron sus suelos con valiosos tapices y vistieron sus muros con sedas recamadas y colgaron de ellos acitaras suntuosas que llegaban al suelo y lucían incrustaciones de perlas y otras piedras» (id.).

En cuanto a la princesa, al despertar y notar la ausencia de su presunto prometido, comenzó a gritar y a lamentarse. Cuando su nodriza la contradice, Badur le asesta tal golpe con una espada, que la mata. Cuando la visita su padre, ella sigue enloquecida, buscando al príncipe a diestra y siniestra, y rasgándose las vestiduras. El rey la mandó esposar y encadenar a una reja, con una pesada cadena sujeta a su cuello. Luego llamó a astrólogos y sabios, y proclamó que quien lograra curarla se casaría con ella, pero aquel que fracasara sería degollado y su cabeza sería exhibida a la entrada del alcázar. La princesa, cada vez más triste y pálida, pasaba las horas casi sin dormir ni comer, llorando y recitando poemas de amor. Y así continuó durante tres largos años. La fama de su locura cundió por muchos reinos, y sólo después de varios años más de aventuras logran reunirse los amantes. Ayudado por el hermano de Badur, Camaralzamán emprende un largo viaje; finalmente se presenta ante la princesa disfrazado de astrólogo, y, claro, la cura milagrosamente al ofrecerle el anillo que él había tomado aquella noche. Pero ésa es otra historia.

Lo que interesa resaltar aquí es el tratamiento que se da a la locura del príncipe y de la princesa respectivamente, para poder reflexionar acerca de los valores culturales que están en juego. Para ello, es necesario recordar brevemente la historia de la antología de cuentos conocida como Las mil y una noches. En general, se cree que esta colección de relatos llegó a Europa en 1704, cuando se publicó el primer tomo de la traducción de Antoine Galland al francés, pero está claro que algunos cuentos ya circulaban de manera oral hacia los siglos IX y X de nuestra era. Existía una colección en árabe en el siglo X llamada Los mil cuentos o Las mil noches, traducida de una obra persa titulada Hazar Afsana o Las mil leyendas. El cuento del príncipe Camaralzamán y la princesa Badur existía en un romance antiguo muy similar llamado Pierre de Provence et la belle Maguelone, un roman d’amour de la alta Edad Media (Kabani, 1986: 24).

Galland, siguiendo la tradición arabista erudita de su maestro D’Herbelot, transcribió y tradujo muchos manuscritos del turco, del persa y del árabe. La primera parte de su vida, Galland se dedicó exclusivamente al trabajo académico. Sin embargo, cuando por fin pudo viajar a los países cuya cultura lo había fascinado, no pudo evitar proyectar sus propios prejuicios en las cosas que vio. Lo mismo que muchos otros europeos que viajaron por esas tierras, se concentró en los excesos de sensualidad y de violencia que supuestamente eran característicos de Oriente. Los crímenes de pasión asociados al serrallo están muy presentes en gran parte de la literatura de viajes a Oriente de los siglos XVII y XVIII (ibid.: 25).

Por otra parte, entre todas las traducciones que hizo Galland de lenguas orientales, que fueron muchas, sólo una causó revuelo en Europa: Las mil y una noches, que era, no obstante, una de las obras menos importantes según su propia estimación. Él mismo llegó a afirmar que la traducción no era ni por mucho exacta, ni particularmente representativa de la cultura árabe o persa. Contaba incluso que tradujo los cuentos poco a poco, cada día después de la cena, como para relajarse después de un día de arduo trabajo, y que no había sido particularmente fiel al texto para no decepcionar a sus lectores, por lo cual no se ciñó a las palabras del original. El hecho es que tuvo un éxito inmediato, y cuando por algún motivo las entregas de sus traducciones se redujeron, se dice que el público lanzaba piedrecillas a la ventana de su casa y pedía que le contara alguna de esas historias maravillosas que tanto gustaban (ibid: 27-28).

La versión de Galland de Las mil y una noches fue traducida al inglés poco después, entre 1704 y 1717, por un traductor desconocido. Ya para el siglo XIX, debido a su enorme fama, se había vuelto evidente que la traducción de Galland dejaba mucho que desear desde un punto de vista filológico, y aparece en Inglaterra, en 1841, la traducción de Edward Lane, más exacta, pero con muchas omisiones de pasajes inapropiados para la sociedad victoriana por el trato explícito de la sexualidad y la violencia. Como respuesta, Sir Richard Burton publicó los primeros diez tomos de su traducción en 1885 (Byatt, 2001: XV). La traducción de Burton no sólo no censuró los pasajes «ofensivos», sino que los amplificó considerablemente y los comentó de manera profusa en las notas.

Así pues, la locura de Camaralzamán y Badur se convierte en un sitio delicado de proyección cultural dentro del fenómeno que Edward Said ha llamado orientalismo (Said: 1979). El orientalismo no tiene nada que ver con una verdad histórica o antropológica, sino con un modo discursivo adoptado por países como Francia e Inglaterra para hablar de Medio Oriente, o más bien de su idea de lo que debía ser el Medio Oriente, y este modo discursivo constituye una tradición tanto académica como literaria. Según Said, hablar de estas tendencias como orientalismo permite percibir cuánto se fortaleció la cultura europea en fuerza e identidad al compararse y contrastarse con su idea de Oriente, antes más rico y poderoso, pero del siglo XVIII en adelante cada vez menos (ibid.: 3). Es casi como si el racionalismo exacerbado de la Ilustración encontrara una muy necesaria válvula de escape para todo lo que se desviara del rigor racionalista. Así, sexualidad, violencia y locura, mezcladas tal como se ven en la historia del príncipe Camaralzamán, encuentran un sitio en el cual florecer. El siglo XVIII es también el contexto para el estudio medular de Michel Foucault, Historia de la locura en la época clásica, en donde el encierro juega un papel fundamental.

Pero volvamos al cuento. En primer lugar, hay que subrayar el hecho de que tanto el príncipe como la princesa viven en carne propia el terrible castigo del encierro por no acatar la voluntad paterna, rechazando cada uno, por su parte, la idea del matrimonio. Uno y otro están encerrados en sus respectivas prisiones: Camaralzamán en una torre, y Badur en un palacio de siete alcázares, condenada a pasar un año viviendo en cada alcázar hasta que decida enmendarse. La enorme distancia geográfica que los separa puede verse como un artificio que subraya la fuerza del destino, lo inevitable de su unión. Ésta se dará, no obstante, sólo con la intervención del genio y el hada, y su ridícula disputa acerca de cuál de los dos es el más bello. A todas luces, la experiencia que viven Camaralzamán y Badur en los pocos momentos de vigilia de aquella noche, podría haber sido descrita como un sueño, un fantasma, una alucinación. La cosa se complica cuando cada uno esgrime un anillo como la prueba material de que lo vivido sí tuvo lugar. Esa prueba material es tan fuerte que de alguna manera constituye la raíz de la locura y enfermedad de ambos.

Los efectos que acompañan aquel primer despertar del día que sigue a aquella noche mágica están llenos de violencia, pero se dan de manera distinta en el hombre y la mujer, y lo que está en juego, claro está, es la medida del deseo de cada uno. Y aquí Burton hace una anotación típica que satisface la fantasía europea del erotismo de la mujer oriental, y dice así: «Este concepto universal de Oriente es a la vez cierto e incierto. Como una generalidad que afirma que la pasión de la mujer es diez veces más fuerte que la del hombre, es incierto. Todo mundo sabe que, mientras que las mujeres tienen más filoprogenitividad (philoprogenitiveness), los hombres tienen más amatividad (amativeness)… Esto es una verdad cierta, sin embargo, en las tierras bajas, como el Mazanderán persa, en oposición a la meseta; o en el Malabar indio comparado con la tierra de Maratha; o en California en comparación con Utah; o especialmente en Egipto en contraste con Arabia. En los climas cálidos y húmedos, los requisitos venéreos y los poderes reproductivos de la hembra rebasan por mucho a los del macho; de ahí que la depravación de su moral sea fenomenal, de no ser que la aminoran el encierro, el sable y el revólver. En las tierras frías y secas o cálidas y secas, sucede lo contrario; ahí predomina la poligamia, mientras que en las tierras bajas predomina la poliandria, tanto legal como ilegal (es decir, la prostitución)» (Burton, 2001:782-83, n. 36). A continuación desarrolla la idea de la «moralidad geográfica» argumentando que toda moralidad es, lo mismo que la conciencia, tanto geográfica como cronológica.

El hecho es que tanto Galland como Burton nos están presentando de algún modo a una hermosísima mujer semi-desnuda (porque se ha arrancado la ropa) y encadenada, es decir, totalmente sometida, aunque muy a su pesar, porque también la hemos visto hecha una fiera.

Ahora bien, la manera en que se decide atender los padecimientos de ambos es diametralmente opuesta. Originalmente, Camaralzamán estaba encerrado en una torre, igual a las Narrtürmer germánicas que estudia Foucault (1986: 189). Una vez diagnosticado su mal de amores, lo trasladan a un suntuoso palacio paradisiaco con vista al mar por los cuatro costados. Ella, en cambio, aunque encerrada, había habitado con relativa libertad de movimiento el suntuoso Palacio de los Siete Alcázares, y se ve después reducida a la mínima movilidad que le permiten los grilletes y, en particular, el aro de metal que le rodea el cuello (como en las imágenes estereotípicas de las esclavas orientales).

La conclusión a la que nos conducen estas reflexiones es ambigua. Foucault señala que Oriente y el pensamiento árabe tuvieron un papel decisivo para la humanización del tratamiento de los alienados. En el mundo árabe, afirma, se fundaron los primeros hospitales para locos, quizás desde el siglo VII, en Fez, en Bagdad en el siglo XII y en el Cairo en el siglo XIII. Se practicaba ahí «una especie de cura de almas en que intervienen la música, la danza, los espectáculos y la audición de relatos maravillosos; son médicos quienes dirigen la cura y deciden interrumpirla cuando consideran haber triunfado» (Foucault (1986: 187-88).

En este cuento la ciencia es inútil, los médicos fracasan. Galland, Burton y los demás, sin duda se regocijaron, secreta o abiertamente, con el lugar común de que sólo la presencia física de la persona amada tiene la capacidad de devolverle la cordura a los dementes. Recordemos que nunca florece tanto el exotismo como en el Siglo de las Luces, ni el erotismo como en la época victoriana. Sin embargo, también queda insinuado el tópico de la diferencia entre sueño y realidad. El velo de lo onírico que cubre el episodio del hada y el genio se traslada inevitablemente a la supuesta realidad que lo niega. Así, termino con una cita de Descartes: «Cierta pereza me arrastra insensiblemente en el tren de la vida ordinaria. Y así como un esclavo que gozaba en sueños de una libertad imaginaria, cuando empieza a sospechar que su libertad no es más que un sueño, teme despertar… yo temo despertarme de este sopor» (ibid.: 221).

BIBLIOGRAFÍA

Traducciones de Las mil y una noches:

BURTON, Sir Richard F, The Arabian Nights; Tales from A Thousand and One Nights. Intr. by A.S. Byatt, Nueva York, Modern Library, 2001.

CANSINOS ASSÉNS, Rafael, Libro de las mil y una noches, vol. I. Madrid, Aguilar, 1993.

GALLAND, Antoine, Les Mille et une nuits, vol. 2. Flammarion, 1965.

HADDAWY, Husain, The Arabian Nights, vol. 2. Londres, Everyman, 1998.

Teoría:

FOUCAULT, Michel, Historia de la locura en la época clásica, vol. 1. México, FCE, 1986.

KABANI, Rana, Imperial Fictions: Europe’s Myths of Orient. Londres, Pandora,1986.

SAID, Edward, Orientalism. Nueva York, Vintage, 1979.

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Ana Elena González Treviño hizo un doctorado en Literatura Inglesa en Queen Mary and Westfield College, Universidad de Londres, sobre el concepto de la felicidad en la obra de Thomas Traherne (1637?-1674) y otros teólogos ingleses de la época. Tiene una maestría en Literatura Comparada sobre el soneto renacentista en Inglaterra y España, y una licenciatura en Letras Inglesas sobre la poesía de Dylan Thomas. Es profesora de tiempo completo del Colegio de Letras Modernas y forma parte del Sistema Nacional de Investigadores. Pertenece al Seminario Permanente de Metodología Crítica y al Seminario de Traducción y Poesía «Helbardot». Ha publicado artículos sobre literatura inglesa, traducción y estudios culturales, además de dos antologías bilingües de poesía (Coleridge y Poe). También ha sido guionista de televisión y subtituladora, ha participado en diversos programas de radio en distintas estaciones, y ha traducido numerosos artículos, novelas, películas y documentales. Publicó un libro de poesía original, Parizada o La ronda de los derviches. Actualmente coordina el Colegio de Letras Modernas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM

Un examen de algunas de las traducciones de Las mil y una noches y de los motivos de sus traductores (entre ellos Antoine Galland, Edward Lane y Richard Burton) revela, como nos hace ver Ana Elena González en este ensayo, lo mucho que Occidente refleja de sí mismo al momento de acercarse a otras culturas y lo poco que comprende a Oriente (ese polo que en pleno siglo XXI sigue siendo la otredad por excelencia del mundo occidental) en sus manifestaciones artísticas y morales.
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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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