El entierrito
Rui Caverta
I
—¿Y las estrellas, abuela?
—¿Qué es lo que dices, muchacha?
—Que si no vamos a enterrar las estrellas, abuela. Así me dijiste cuando salíamos de la casa con la pala y ese costal tan grande. «Vente. Ya se acercan esos y quiero enterrar nuestras cosas más valiosas. Ahí en el desierto. Mejor que los cuervos lo devoren o se quede putrefacto. Prefiero eso a que sea un crimen en vida». ¿Acaso las estrellas no son valiosas?
La niña dejó la pala y se frotó a través del luido rebozo con las manos ya callosas por cavar. Un poco de arena para afuera, otro poco y el montón se hace más grande. De esa manera había logrado hacer un pequeño hoyito. Esperaba que fuera suficiente para todas las maravillosas riquezas contenidas en el costal. Aunque, ahora que lo pensaba, no sabía qué había en él. Tal vez era ese perico tan gris que todavía peleaba por vivir en el pórtico de la casa, dando golpecitos de vez en cuando, sólo para que supieran que seguía vivo.
La abuela callaba y veía. Veía hacia la nieta, pero no paraba ahí. Lanzaba los ojos lejos, lejos, adonde fueran a romper el horizonte y sofocar al mismo cielo. Tal vez, si tenía suerte, el cuerpo seguiría a esa vista fugada. Así, ya no sufriría a esos pelados, a esos…Y entonces cayó la pregunta de las estrellas.
Graciosa y risueña como ella sola. Pobre Mercedes. Si sus brazos todavía respondieran, sería ella, trapo ya viejo, quien estaría cavando, no su nieta. Ella no merece hacer ese tipo de trabajo. Un cuerpo tan delicado. Extremidades apenas desdoblándose, apenas dejando atrás ese capullo de juegos como las escondidas y jugar con tierra. Y no sólo ella: todos eran así en el pueblo. Pero llegaron esos… Esos.
Sonaron desbocados. Primero, el griterío se oyó desde lejos; luego las piedras temblorosas; al final, una nube de polvo cubrió al pueblo. A la gente le dio por llamarlos «hijos del viento», no por alguna razón mística, sino por el recuerdo. La sola mención de los autodenominados héroes traía un recuerdo de sangre brumosa, subía por la garganta e inundaba las mejillas: así de infame era el recuerdo del nombre de los revolucionarios. Hijos del viento fueron, entonces.
Y fue a la generación de Mercedes a quien le tocaron frases irreconocibles, frases borradas por el tiempo: «las cicatrices en mi cara dejadas por los hijos del viento»; «Ladrón, claro, es un bastardo de los hijos del viento»; «el dedo mutilado por los hijos del viento»; «la casa incendiada por los hijos del viento»; «esa mancha de sangre en mi portón que sigue oliendo a mi hijo…» Los hijos del viento. Los niños no tenían ni la más mínima idea de quiénes eran esos mentados hijos; vivían ya alejados de esa realidad. El terror se les resbaló con el tiempo y las palabras temidas pasaron a ser un juguetón pacto entre los niños. Jugaban en la tierra muerta afuera del pueblo a perseguirse unos a otros, portando tan ligero esos nombres: hijos del viento.
Corrían a través del llano, impulsados por el viento, casi volando por la rapidez que llevaban, alcanzándose unos a otros. Pero era un juego incompleto. Eran nuevos, inocentes e ignorantes; sus mentes no les daban para saber qué debían hacer una vez alcanzado el perseguido. Se tocaban, guardaban un silencio, rascaban con silencio incómodo la tierra alrededor de sus pies, y luego volvían a correr, contentos.
Ella los había dejado ser. Cualquier adulto hubiera hecho llover cintarazos en los niños para no volver a oír ese maldito nombre, pero para la vieja era un buen augurio: significaba lo sufrido como algo pasado. No volverían esos… Todo se había calmado ahí en las ciudades importantes, las ciudades donde ellos no existían. Los poderosos se habían cansado de matarse y la calma reinaba.
Calma; no una calma de felicidad sino de resignación, de portar en los ropajes la infinita sangre derramada, pegada y marcada en la epidermis. Mas un día llegó en un susurro la noticia. Vestido más con cananas que con ropa, llegó un extraño. Se paseaba impacientemente por la entrada del pueblo. Para él no éramos vida sino decepción. De seguro esperaba encontrar ya unos cuantos palos quemados y una nutrida horda de bestias a la cual unirse.
Se creyó providencial y nos advirtió: «Se soltó de nuevo la bola. Así que ya saben, o con nosotros o contra nosotros». Y se fue al galope rápido, tal vez buscando el humo dejado por gritos espesos de dolor en otras colinas olvidadas. Nos dejó con caras embobadas y tiesas. Los de mediana edad sólo atinaron a maldecir en voz alta: «van a volver los hijos del viento». Una bola grande de amargura se le estaba haciendo en el pecho a la anciana cuando sintió tironeos en su rebozo. Era Mercedes. «¿Van a venir a jugar al llano abuela?»
II
Con esa misma vida tan risueña está cavando el entierrito. Mercedes. La vieja no quiere pero los ojos no van más lejos; con la misma fuerza con la que buscaron escapar, regresan, fuertes y distendidos. La vieja murmura, respondiéndole a Mercedes, como si así evitara esos ojos que ahora escapan dentro de ella: «Ojalá hija. Si enterráramos las estrellas, tendríamos árboles de luces». Lanzada por la risa más juguetona, la niña regresó a formar montoncitos de tierra con su pala.
Para Mercedes no existía el ojalá. La pala se agitó por la rapidez impresa en ella. Así como un juego había atraído a los hijos del viento, se podría engañar a una estrella para que cayera en su hoyito. Sería un lugar siempre calientito, y cuando jugaran a perseguirse, las luces caerían del árbol ya maduro y bañarían sus cuerpos serpenteantes a través del llano, huyendo, evitando ser tocados por el soplido. Una danza de estrellas fugaces, perseguidas por un furioso viento. El juego perfecto.
El sudor había llegado al retazo de tela, haciendo pequeños hilos alrededor de los hoyos del mismo, dándole una nueva hechura. Mercedes al fin había terminado su hoyito. Los montoncitos de arena miraban y aplaudían sin manos la obra terminada de la trabajadora. La abuela sólo asintió cuando su nieta la vio satisfecha. Podían enterrar lo que sea que hubiera en el costal.
No; no había terminado. Corrió hacia el costal. La piel de su espalda se encrespó por el viento crecido son súbita rapidez. Pequeñas piernas etéreas surgieron de su mente, levantando cárdenas nubes de arena, manchando de rapidez el llano. Los piececitos corrían a estrellarse en el ixtle entretejido del costal sostenido por Mercedes, atrapándolos. Perfecto. Así podría asegurarse de atrapar estrellas. El viento y el cielo se agitaron a una, como si estuvieran ansiosos por la invitación de juego de la niña.
Tomando los extremos del costal con sus dos manos, se lanzó hacia su hoyito. Sus alas de ixtle amainaron su vuelo, como si fuera una grulla que baja a confiar secretos de amor al oído del lago, y en un baile de absoluta entrega, la grulla se arranca una a una las plumas de ixtle para decorar su nidito, donde se parirán estrellas y ventosas.
Aplanaba las telitas de ixtle buscando pegarlas con tal uniformidad que no se pudieran distinguir de la tierra, de su hoyito. Sólo cuando se apreció un mármol bicolor de tierra e ixtle se detuvo.
«Nuestras cosas más valiosas».
Pero… El aire no voló nada cuando desgarró sus delicadas alas de tosco ixtle.
En el horizonte se perdieron en una carrera sus niños del viento. El viento calló tan rápido. Un rezo rápido de silencio.
Rubicundo…
Cabellos…
Rubicundos cabellos
Niños del aire…
Juego…
Brotes del aire jugando alrededor de rubicundos cabellos.
Un hilito de calor cayó por su nuca y empezó a calentarla; la hacía sentirse dormida. Entre sueños vio sus pequeñas plumas de garza volar en pedacitos de su propio cráneo.
III
Postrada en sus rodillas, la anciana contuvo unos cuantos hilillos de saliva fugitivos. No vomitaría. Se había preparado por tanto tiempo, escupiendo día a día un poco de asco y rencor, dibujando cada escenario, viendo aparecer y desaparecer a la niña de su vista tiesa; tiesa, por siempre paralítica, gracias a su autoimpuesta condena. Ya la cumplía. Un poco más y su mirada empezaría a secarse, a encogerse en sus cavernas.
Aún con los ojos abiertos, el cuerpo se negaba a caer al suelo. Un pequeño goteo se regaba a lo largo de todo el cuerpo. La oscuridad no permitía ver si era sangre tiñendo el suelo o algo más interior y personal escapando. Eran tan incierta la vida de la niña que la vieja no se atrevió a acercarse. Esperó a que cayera sola.
En un acceso de ira, el viento se desató. Lengüetazos pasaban por todo el paisaje, lamiendo salvajemente, como si buscara un culpable, un objeto al cual despedazar. Cedió, finalmente, al tocar el maniquí antes llamado Mercedes. Lento, transformado en soplido, empujó poco a poco el cuerpo hacia abajo, delicado, tirándola boca arriba, escondiendo el desastre que era ahora la parte trasera de su cabeza. Exceptuando los pedazos de cráneo y cerebro alrededor, podía pasar por una niña durmiendo.
Y calló el viento. Retrocedió sin dejar rastro, desapareciendo en esa remota aridez del pueblo, huyendo a quién sabe qué parte. Ya no regresaría.
Unas viejas manos empezaron a mover los montoncitos de arena antes tan orgullosos. «Mejor pasto para cuervos o putrefacto. Mejor que a esos… A esos». Su mirada escapó ahora dentro de ella, dejando sólo al cuerpo, cual autómata sin vida. Comenzó a mover la pala.
Poco a poco el hoyo desaparecía. Los guijarros caían ya en el cuerpo, ya en las alas de ixtle de Mercedes. Todavía fijas, sus pupilas veían hacia arriba, intentando capturar las estrellas.
_________
Rui Caverta (Ciudad de México, 1987) nació con síndrome de agricultor en una ciudad. Camina por la ciudad lanzando palabras en los lugares más extraños, esperando que algún día germinen. Cuando se siente travieso, cava un hoyo en las aceras y planta secretos, esperando regresar en varios años y encontrar una planta dé, al menos, una pobre luminosidad.












