¿Y qué hay para después de la orgía?

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La orfandad de «referentes objetivos» en que, se dice, la posmodernidad nos ha dejado, se manifiesta también en el ámbito de la juventud y, más concretamente, en el de las posibilidades (o la falta de ellas) que los jóvenes tienen para desarrollarse como personas y profesionistas en el difícil mercado laboral. En este texto, Paula Hurtado habla del referente numérico y técnico a partir de su experiencia en la asociación civil que dirige –la cual tiene el curioso y revelador nombre de «Algo en Común».

 

 

Paula Fernanda Hurtado Calderón

 

En nuestra adolescencia, juventud, madurez, o de nuevo, en nuestra adolescencia reciclada, ansiamos no tener límites. Una libertad ilimitada. Que hagamos los que se nos dé la gana hacer. Que no nos limiten nuestras opciones. Hacer de este mundo lo que nos plazca. Una orgía a la 24 Hour Party People[1].

Por lo menos, eso era lo que yo entendí cuando descubrí lo que significaba la palabra «libertad». Tenía 21 años y crucé los Andes para llegar a la tierra de la Patagonia por un intercambio académico. Era una chava que tenía toda la ciudad de Buenos Aires por delante para vivir la supuesta orgía 24 Hour Party People. Y vaya que me tomé literal eso de la fiesta. Los argentinos se pintan solos. Salen a rumbear hasta las siete de la mañana, y ahí yo estaba dándole vuelo a la hilacha bailando sin parar con mis amigos latinoamericanos.

Después de un régimen opresor, mi madre, el poder ir a una fiesta sin tener que pedir permiso era una belleza, y más aún, tomar el camión de regreso de la fiesta, sin que dependiera del amigo o del novio en turno a la hora que yo decidiera irme. Era la gloria. Con razón Mafalda hablaba de democracia y libertades, ella sí podía regresarse cuando quisiera en la noche tomando el camión. Eso para mí fue lo que concebí como «libertad».

Y como toda orgía, hasta del paraíso te cansas. De repente, me abrumaba tener tantas opciones para decidir, tantos caminos; poder hacer lo que quisiera sin límite alguno. Como asegura Barry Schwartz, tantas opciones pueden llegar a producir angustia[2]. No tenía un marco de referencia que me guiara el camino y comencé a sentirme muy agobiada. Tanta orgía y tanta libertad me asfixiaban.

Y este sentimiento llegó de nuevo, años después, como estudiante de maestría en la Universidad de Columbia, en Nueva York.  El día que teníamos que decidir qué materias elegir, me paralizaba. Además de tomar las materias del tronco común, en el sistema americano podías tomar materias de arte, de periodismo, de negocio… las que quisieras. Todas las materias me interesaban y todas las quería (o creía que las quería tomar). El hambre de saber un poquito de todo y tener esa libertad insaciable de descubrir era muy tentador. Pero el sentimiento de tener una cruda intelectual –que ni los chilaquiles ni el Alka-Seltzer te la quitaba– era aún mayor. ¿Qué había para la cruda después de esa orgía intelectual? Fácil perderse. Me sentía como en una arena movediza. ¿De dónde me podía sujetar? ¿Cuál era el mástil que me ayudaría a no desubicarme y tomar el mejor provecho en mi vida profesional?

¿Qué tienen que ver la capacidad ilimitada de elegir opciones con tener un marco referencia? ¿Se puede ser libre sin tener uno de éstos? ¿Por qué pensar –como dice Baudrillard– que después de la orgía se pierden los referentes y que, por lo tanto, hay que buscar en ellos?[3] ¿Pero de qué marcos de referencia estamos hablando? ¿Cuál es el remedio para la cruda después de la orgía?

Los marcos de referencia son los chilaquiles que alivian la cruda de la angustia o ansiedad que te provoca la «orgía de libertad»; esa orgía a la 24 Hour Party People de opciones ilimitadas que llamamos libertad.

Imaginemos otro escenario de plena libertad. La libertad ilimitada de opciones. «La orgía del libre albedrío» es una situación que se nos presenta comúnmente en nuestras vidas: tantas opciones que nos abruman. Es la escena de Alicia en el país de las maravillas en donde Alicia se encuentra con varias puertas, ¿cuál escogerá? Cualquiera puede llevar a caminos diferentes. ¿No representa una situación de angustia, de cruda existencial que da la libertad de decidir?

Se puede ser libre, pero perdido. O se puede ser libre, pero ubicado. Me parece que el concepto de «orgía» o de «libertad», no se contrapone al sentido de tener un GPS y ubicarlo a uno en tiempo y espacio. Esa cruda que te da la libertad la puedes aliviar con éste o lo que llamamos marcos de referencia. Entendamos los marcos de referencia como la guía, la brújula o el equipamiento necesario que ayuda a tomar decisiones más informadas ante el universo de opciones. Alicia se hubiera ahorrado años de psicoanálisis y de angustia o cruda existencial si hubiera tenido ejes referenciales claros y objetivos que hicieran ver qué puerta era la mejor opción.

Los referentes no limitan, no contraponen tu albedrío para decidir sobre lo que vas a hacer. No creo que sean bienes excluyentes. No considero que haya que ir a buscar dichos referentes objetivos después de la orgía, como dice Baudrillard. Los referentes no se pierden ni son propiamente el after party [el después de la fiesta]. Ellos también asisten a la fiesta, a la orgía de libertad, porque los referentes son los que te hacen desarrollar plenamente tu libertad o tu orgía.

Los referentes son las herramientas metodológicas que permiten, de manera racional, tener una guía para la toma de decisiones; es decir, crean las condiciones de posibilidad para el manejo de la libertad –en términos de capacidad de elección– lo más cercanas a lo racionalmente correcto. En términos cotidianos, hacen que no te dé cruda o hacen que ésta sea menor, ya que sin ellos no disfrutarías de la libertad. Los referentes le dan estructura a la existencia; esto es, las categorías existenciales –que son parte inherente de toda persona– otorgan seguridad de carácter ontológico e identidad. Identidad para ayudarte a saber quién eres, qué quieres y por qué, y que hacen que uno sea autónomo (entendiendo la autonomía como la capacidad de tomar decisiones de manera consciente, no sólo en términos de la construcción de un proyecto personal, sino, lo más importante, en términos de un interés colectivo, producto del entorno y las necesidades concretas del sujeto, es decir, una característica intrínseca y esencial de la libertad).

De esta manera la libertad lleva implícito el remedio para la cruda, mientras se entienda a partir del ejercicio pleno racional, para que las opciones, con marcos de referencia, te permitan ser autónomo y puedas ejercer tu libertad o disfrutar de la orgía conscientemente.

Pero, ¿de qué marcos de referencia estamos haciendo alusión? Hablar de marcos de referencia sin decir cuáles son y qué significan también es un vacío, son palabras huecas; palabras sexys que carecen de sentido. Como ya mencioné, los marcos de referencia son herramientas metodológicas que proporcionan una guía, pero como toda herramienta, son medios que ayudan de manera eficaz a alcanzar fines (aunque que no el fin último a conseguir). Por eso hay que tener claros los fines para los que van a ser usados, si no, la arena movediza seguirá haciendo de las suyas y no es cierto que habrá autonomía, y por lo tanto, tampoco libertad.

Hablar de remedios para la cruda pueden ser muchísimos. Desde el chilaquil, la pancita, la birria, el Alka-Seltzer, el Pepto-Bismol, hasta más cervezas. Tantos referentes que volvemos a caer en el laberinto de las opciones. Y ahora, el problema, se vuelve no una orgía de opciones, sino una orgía de herramientas metodológicas para decidir qué opciones tomar. Vaya lío. Ya no sabemos si estamos en el terreno de las herramientas metodológicas o en las curas para la cruda ante tantas opciones.

Los números, a través de la estadística, han sido el chilaquil, la herramienta metodológica que no sólo ha permitido construir mi seguridad, mi identidad y el goce de una libertad informada. Todavía más importante, han permitido ser el referente metodológico que ha contribuido al desarrollo de una «autonomía» que parte de un sujeto, pero que trasciende a un sentido colectivo al buscar el bienestar común.

Dicho bienestar común reside en generar mecanismos de confianza entre jóvenes que resuelven problemáticas sociales con proyectos en ecología, educación, atención a la pobreza, salud, participación ciudadana, desarrollo de la tecnología y cultura; y de los inversionistas que otorgan recursos, naturalmente. Los mecanismos de confianza son las evaluaciones cuantitativas de estos proyectos sociales realizados por Algo en Común, A.C., organización que busca el bien colectivo a través de maximizar el retorno social por medio de la información y el rigor técnico. Por lo tanto, Algo en Común, a partir de un marco de referencia objetivo y cuantitativo, propicia las condiciones para la toma de decisiones racionales; es decir, facilita el desarrollo de la autonomía y de la libertad.

Aparentemente, podría percibirse que hoy los jóvenes se conciben con un escenario limitado de opciones. Sin importar el estrato socioeconómico, pareciera que tienen un chip integrado acerca de cuáles son las opciones que los van a llevar al éxito o al fracaso. Las expectativas del futuro, si es que conciben el futuro, ya están marcadas. Para algunos, lograr el «sueño americano» significa arriesgar su vida al ser «mojados». Otros buscan trabajar en el gobierno, conseguir un «hueso» –como comúnmente se dice– y ver cómo se acomodan ante los cambios sexenales. Algunos más chambean en sus empresas familiares; otros entran a una empresa que les dé cierta estabilidad, aguinaldos, etcétera. Los más ambiciosos jóvenes –de clase alta o de mayores grados de educación– conciben el éxito como altos puestos en empresas, gobiernos o partidos políticos.

Al contrario de lo que he comentado en este ensayo, la vasta capacidad de opciones no es el problema, sino la limitada oferta de posibilidades para ser, como socialmente premiamos a un winner [ganador] o a un looser [perdedor]. Pero ante tan limitada capacidad de oferta de opciones, no podríamos decir que es «una orgía de opciones», sino más bien, una fiestucha en donde nada más hay Coca-Cola, Bacardí y unos Sabritones. Vaya libertad. «Libertad cucha», podríamos aseverar. Y cucha porque las opciones son limitadas no porque no existan, sino porque pareciera que como juventud no nos concebimos con más opciones. Damos la impresión de tener una camisa de fuerza en la que sólo hay un camino para el éxito. «Aquí nos tocó vivir y es lo que nos toca», sería la frase que bien podría reflejar nuestra situación.

Pero esta situación no es gratis. Ante el bono demográfico, el desempleo, y los recursos y oportunidades cada vez más limitados, la escasez de opciones es una realidad que pesa. La apuesta al emprendimiento, y concretamente, al emprendimiento social, en la que los jóvenes encuentran soluciones a problemas de índole social en las áreas ya mencionadas, representa una opción más para que la juventud construya una identidad que dé seguridad y les permita ejercer su autonomía. Una opción más que les permita crear y construir un sentido de vida que trascienda al «aquí nos tocó vivir», y que no sólo tenga el potencial de cambiar esquemas de lo que se concibe como éxito o fracaso, sino que cambie las reglas de juego. Y ante una opción que representa arriesgar y apostar lo cómodo por la aventura empresarial, se presenta la angustia existencial.

Los jóvenes pueden tener muy buenas ideas, pero sin recursos, ni contactos, ni asesoría para convertir buenas ideas en proyectos sustentables, dichas ideas se quedan en la cabeza. Y las opciones de construir una identidad se quedan en mera fantasía o en frustración. Se necesitan inversionistas que apoyen sus proyectos. Y hace falta que estos proyectos generen confianza ante los inversionistas de que estas soluciones sociales sí van a funcionar.

Éste es el mercado de la inversión social: jóvenes u organizaciones que ofrecen proyectos, por un lado, e inversionistas que estarían dispuestos a invertir, por el otro. No obstante, ante la falta de conexión y de confianza, dichos recursos no son destinados y la coordinación no se logra. Por parte del inversionista se necesita un parámetro de confianza que brinde las herramientas para tomar la decisión más informada para elegir un proyecto que maximice el retorno social y económico de su inversión. De parte del emprendedor social se requiere de un parámetro que le dé garantía a sus decisiones y riesgos. Ambos, inversionistas y emprendedores sociales, exigen parámetros concretos, objetivos y contables que le den certidumbre a sus decisiones.

Las calificaciones de Algo en Común son el medio para formalizar el mercado de la inversión social a través de indicadores de sustentabilidad financiera, impacto, gobernanza, transparencia, innovación y colaboración. Esta evaluaciones cuantitativas son el referente metodológico que aminora la cruda o angustia existencial para poder ejercer la autonomía y ser capaz de tomar decisiones informadas. Son objetivos, le dan rigor técnico y cuantifican lo que pareciera incuantificable y, por si fuera poco, hacen que la orgía de la libertad se goce más.

Podemos vivir en la orgía de la libertad o en la falsa creencia de la libertad. Yo decido hacer de mi vida una orgía de la libertad. Pero, a diferencia de mis 21 años, ya no voy a la guerra sin fusil. Para curarme la angustia de crear opciones que inventen y reinventen mi sentido de trascendencia, traigo conmigo marcos de referencia: los números. No salgo sin ellos porque me ayudarán a tomar decisiones más informadas que balanceen beneficios y costos. Y como aporte al bienestar común, los números, a través de las evaluaciones de Algo en Común, le otorgan a inversionistas y a jóvenes que buscan una opción más allá de las ya establecidas, el acompañamiento certero y objetivo para aprender a entender la libertad. ¡Qué venga la cruda! ¡Benditos chilaquiles, benditos números! Con ellos, ¡la incertidumbre se disipa!

NOTAS 

[1] Traducida al español como La fiesta interminable, es un filme británico acerca de las bandas musicales de la ciudad de Mánchester, Inglaterra, entre fines de los años sesenta y principios de los noventa, así como de Factory Records, empresa productora de sus discos. [Michael Winterbottom (dir.), 24 Hour Party People, Inglaterra, 2002.]

[2] Barry Shcwartz, The Paradox of Choice, Why More is Less [La paradoja de la elección. Por qué más es menos], Nueva York, Harper Perennial, 2004.

[3] Jean Baudrillad, La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos, trad. de Joaquín Jorda, Barcelona, Anagrama, 1991.

 

 

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Paula Fernanda Hurtado Calderón es fundadora y directora de Algo en Común, A.C., una organización enfocada a maximizar el retorno social a través de información y criterios técnicos. Algo en Común evalúa, alinea intereses y vincula a los sectores público, privado y la sociedad civil.

Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

1 comentario

  1. Mauricio

    noviembre 29, 2012 at 4:28 pm

    Me parece algo común pero al mismo tiempo especial ya que algo común, es mucho para ser común y sencillo.
    Que te vaya muy bién Paula.

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