Una sombra en el umbral
Máire T. Robinson
Dicen que el diablo no puede entrar a menos que lo invites. Y eso es justo lo que hiciste, ¿verdad? Abriste la puerta de par en par y dijiste: «Quihubo, diablo. Pásale ¿por qué no?» Lo tomaste del brazo y lo condujiste al mejor cuarto. Ignoraste el camino sulfuroso que dejó en la alfombra. Lo sentaste en el silloncito cómodo junto al fuego. Le dijiste que subiera sus pies. «Ay, qué linda». Le quitaste un peso de sus pezuñas sucias.
Tu ma dice que te hiciste de malas compañías, que confías demasiado; Dios la ayude, tan manipulable.
Pero no te manipularon, ¿o sí? Tú los buscaste. Tú corriste hacia ellos sin restricciones, con los brazos abiertos. Como cuando bajaste en bicicleta la colina escarpada, cerca de las vías del tren porque te retaron, porque eras más valiente que tu hermano, Eamon, o que todos sus amigos mocosos.
Pedalear hacia el abismo; la inercia en aumento hasta el instante delicioso y agónico de caída libre. Inhalaste. Luego el tiempo suspendido; todos esperaban a que salieras volando sobre el manubrio. Pero no pasó. Y en las faldas de la colina exhalaste y el mundo volvió a girar y en ese momento supiste que nada nunca podría tocarte.
Lo viste ayer en Dún Laoghaire cuando saliste de la clínica. Cuando te vio venir cruzó la calle. Querías gritarle: esta vez será diferente, Eamon. Ya no estoy en eso, ahora sí va en serio. Dile a mamá… dile… Pero en lugar de eso escupiste una maldición al piso.
Ese mítico camello que desvió tu camino no existió. Tú lo cazaste. Emprendiste el viaje como Shackelton a la Antártida. ¿Por qué? Porque estaba ahí. Porque podías. Y llenó los vacíos, ¿no es así? Te agarraste como si fuera un salvavidas y te lo pusiste. Sí, te vestiste con esa cosa apestosa. Te enredaste en ella hasta que se convirtió en tu carne.
Seguramente cambió el cerrojo después de la última vez. Las llaves en tus manos no sirven, pero atrás encuentras una ventana abierta. Caes en el piso de linóleo con un golpe seco. La cocina es familiar y sin embargo diferente. Más pequeña, granulosa. Como si la estuvieras viendo en televisión. Sabes, sin ver, que el cajón de los cubiertos está lleno de cucharas de plástico.
Entras en la casa de empeño sin titubear. No necesitas invitación. Mientras esperas temblando en la fila tu pie marca un ritmo irregular; una imagen flota hacia ti. La observas arreglarse desde la cama matrimonial. Una de esas noches extrañas en las que él la sacaba a pasear a algún lado. Antes de que la dejara. Su cabello como de estrella de cine y los anillos brillantes en sus dedos. Se pone perfume detrás de las orejas y voltea a verte y sonríe.
—Ven cariño, ayúdame a ponerme este collar –y con manos pequeñas te estiras y batallas con el broche.
Traducción de Hipatia Argüero
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Máire T. Robinson, nació en Dublín, pero ha vivido en la ciudad de Galway donde se graduó con un M.A. en creación literaria en el 2008. Ha publicado cuentos en Writing4all: Best of 2009, WOW Anthology 2010 y Boyne Berries. Ayudó a establecer The Lonely Voice: Short Story Introductions, un evento mensual de lecturas hechas por escritores emergentes. Su blog es http://notmuchmore.blogspot.com
Hipatia Argüero Mendoza (Ciudad de México, 1988) estudió Letras Inglesas en la UNAM. Es traductora y lectora por placer, aunque también por obligación. Le gustan los gatos y en general se la pasa bien. Busca fiesta. Si tienen fiesta avisen.












