Amel Martin

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Louise Hegarty

 

Según Armel Martin nada de interés o incluso de alguna importancia sucedía más allá de la puerta de su casa. Cuando se aventuraba a salir para comprar algunas cosas (comida, papel de baño, cigarros) se las arreglaba para ignorar los gritos, las multitudes y la energía claustrofóbica de las calles. Mayo, para él, era un mes sombrío, y este mayo no sería diferente.

Cuando sus hijos vinieron a visitarlo, Charlotte de 23 y Luc de 19, le insistieron que viera los periódicos y hasta le compraron una televisión pero nada podía persuadir a Armel de que algo importante estaba sucediendo. Para él la única cosa verdaderamente trascendente era su trabajo. Su libro, Point virgule: El futuro del punto y coma, por fin sería publicado ese año, tan pronto le pusiera los toques finales. Había pasado más de dos décadas manipulando y jalando su tesis hacia la existencia, y sentía que era justo lo que le daría un nombre. Sus editores, de una pequeña pero influyente editorial académica, parecían emocionados con el proyecto y recientemente le habían estado mandando memos para recordarle sobre la inminente fecha de entrega.

Armel creía que el futuro de la nación dependía del humilde punto y coma. Para Armel, el punto y coma era la base del lírico y rítmico fluir de la literatura y su degradación con la pobre pausa de la coma se relacionaba, para él al menos, con el actual declive de la humanidad. En su opinión la única manera en la cual la nación podría enderezarse sería a través de una correcta apreciación del point-virgule. En ocasiones se sentía agobiado por toda la responsabilidad que creía tener y esta empresa, según Armel, sería la última.

Armel Martin nació en Nantes, hijo de un periodista de poca monta y de su esposa. Su padre escribía para el periódico local mientras que su madre, una mujer más bien exigente, se encargaba del hogar y ponía toda la energía que le sobraba en su único hijo. Fuera de esto, su infancia fue más bien tranquila. Le iba moderadamente bien en la escuela, se las arreglaba para no meterse en problemas y tenía buenas calificaciones aunque en ocasiones a los maestros les costaba trabajo acordarse de quién era. Se dedicó a estudiar en silencio una doble especialidad en inglés y en francés en una prestigiosa universidad donde años después regresó para dar clases. Allí fue donde conoció a su esposa. Ella lo recuerda como un tímido y solitario miembro del cuerpo docente; nunca estuvo particularmente interesado en comentar sobre política o asuntos de actualidad, no veía televisión y rara vez compraba un periódico. Era reservado y prefería la soledad antes que estar en un grupo. Mientras que todos los demás se separaban en modernistas, surrealistas y existencialistas, él estaba feliz de seguir sin una etiqueta, sin un grupo e invulnerable.

Su esposa era una mujer despistada pero inteligente quien al darse cuenta de que había encontrado al único hombre más listo que ella, decidió en ese instante que él era con quien se iba a casar. Disfrutaron varios años de silenciosa armonía marital en París hasta que Armel obtuvo un trabajo como profesor en Princeton. Vivieron ahí durante diez años y ahí fue donde nacieron sus dos hijos. Armel apenas estuvo con ellos durante su infancia; no sabía cómo lidiar con niños. Pero conforme crecieron sus lazos se hicieron más estrechos.

Cuando se mudaron primero a Estados Unidos, Armel estaba tan concentrado en su carrera que prácticamente ignoró la guerra que se luchaba en el continente que acababa de dejar. No entendía por qué todo el mundo hablaba de Hitler y sus nazis cuando había asuntos más importantes y cercanos, como la puntuación, por ejemplo. La puntuación, según él, era la única y verdadera prueba del carácter de una persona y lo que separa a los buenos hombres de los grandes hombres. Había pasado años investigando las irregularidades gramaticales de Gertrude Stein pero fue en un frío día de invierno de 1947 que encontró la razón de su existencia. Su momento de eureka le llegó en la tina; llegó como una cachetada. Se enderezó de súbito y azotó rápidamente sus manos hacia abajo, salpicando su boca con agua. Por fin lo tenía, su raison d’être, la única cosa a la cual podía dedicar toda su vida: el point-virgule, o en vil español, el punto y coma.

Y así comenzó la tesis que él pensaba no sólo le daría renombre sino que uniría al mundo para un bien común. Su trabajo comenzó a consumirlo y el ya frágil matrimonio se colapsó bajo el peso de su descuido e indiferencia. Su esposa regresó con sus dos hijos a París y le llevó a Armel dos días darse cuenta de su partida. Con esfuerzos siguió otros dos años en Princeton pero sus clases ya no le importaban y de cualquier manera sentía que se interponían entre él y su «Gran Obra». Se retiró prematuramente y regresó, distraídamente, a París.

La ciudad que había dejado solía ser un lugar muy diferente al que regresó pero pareció no darse cuenta de los edificios que habían surgido por todos lados o el cambio en la atmósfera y en el humor de la gente. Rentó un departamento cerca de la Rive Gauche y comenzó la creación de su Gran Obra. No quería que fuera nada más un trabajo académico; quería que se relacionara con la vida diaria de todo el mundo. Para conseguir esto, usaba el punto y coma tanto como podía: en listas para el supermercado, cartas; hasta se sentaba todas las noches con cualquier libro que cayera en sus manos e insertaba puntos y comas cada vez que creía que la prosa necesitaba una mejora lírica o rítmica.

Pasaron años en los que casi no vio a sus hijos o a cualquier otra persona del mundo exterior excepto al lechero y al viejo bibliotecario. Después de su divorcio no tuvo relaciones románticas, en lugar de eso disfrutaba su soltería. El más vívido recuerdo de la infancia que Charlotte tenía de su padre era él inclinado sobre páginas amarillentas con letras diminutas, entrecerrando sus ojos a través de los lentes para leer y migajas y manchas de café en su escritorio y en el piso. Se preocupaba por él.

Después del divorcio su ex-esposa se retiró al campo con su nueva pareja, y de vez en cuando lo llamaba por teléfono para asegurarse de que no se le olvidara comer y se cuidara. Sus dos hijos generalmente estaban ocupados con sus propios proyectos. El más joven decidió dejar la universidad y formar una banda de rock, la única forma viable de protesta según Luc. Su hija, Charlotte, se unió a las manifestaciones de sus compañeros y se involucró con grupos izquierdistas radicales. Su padre ignoraba las tensiones afuera de su puerta, y prefería perfeccionar el último capítulo de su libro: «El futuro», una tratado de veinte páginas sobre el fin de la civilización. Armel alegaba que la gramática era la estructura, los pilares sobre los que la sociedad progresaba y que quitar esta infraestructura resultaría en anarquía y confusión y mala comunicación. Había terminado el resto del libro hace un año pero al leerlo completo se dio cuenta de que no había suficientes punto y comas así que decidió reescribir algunas partes. Sus editores fueron muy comprensivos y le dieron tiempo extra para terminar su manuscrito.

Finalmente había logrado terminar el último capítulo y su manuscrito, con las orillas que comenzaban a desgastarse y con la portada amarilla por el sol, al fin estaba completo. Revisó su reloj y agarró su chamarra gris antes de amarrar un pedazo de hilo alrededor de su manuscrito a máquina el cual apretó contra su pecho como un preciado bulto.

La temperatura era cálida, aunque lo más probable es que en realidad no se haya dado cuenta. Se apresuró por los callejones, metido en sus propios pensamientos. No notó a los grupos de gente hablando de forma conspiratoria entre la sombras. Sonrió levemente al pensar en la reacción de sus antiguos colegas cuando se enteraran de lo que había logrado. Aunque no se percataba de la mayoría de las cosas, hasta él había notado los susurros, las sonrisas burlonas, el desprecio ante el trabajo de Armel y sabía que consideraban que su propio trabajo era de un valor y nivel superior. Fantaseaba con el reconocimiento que esto le traería y podía imaginar las fiestas literarias y programas de televisión a los que finalmente sería invitado.

Estaba tan metido en su mundo que cuando por fin levantó la mirada se dio cuenta de que estaba en medio de una multitud de gente cantando y marchando hacia algún punto en la distancia. Miró a su alrededor pensando que podría escapar fácilmente si regresaba por donde había venido, pero su camino ya había sido inundado por más cuerpos que gritaban. Intentó hacerse paso pero la multitud lo seguía empujando hacia la misma dirección. Se tropezó varias veces y estuvo a punto de caerse pero se las arregló para levantarse justo a tiempo. La gente que lo rodeaba recitaba algo al unísono, pero no podía descifrar sus palabras. Buscó frenéticamente una salida pero no podía ver el final o el principio del grupo. Varios gritos venían de adelante y entonces sintió sus rodillas vencerse y cayó al piso. El manuscrito se cayó de sus manos y terminó en el suelo para ser pisoteado por los pies que marchaban. Intentó jalarlo rápidamente para acercarlo a él, y al hacerlo rasgó el hilo y la portada.

Finalmente recobró el equilibrio y abrazó las páginas sueltas contra su pecho al mismo tiempo que intentaba volver a amarrarlas con el hilo. Podía ver una nube blanca aproximándose mientras la multitud volvía a empujarlo al piso. Había patadas y pisotones alrededor de él y esta vez el manuscrito voló fuera de sus manos hacia arriba, encontrándose con el gas lacrimógeno y flotando suavemente en el viento antes de caer en cascada sobre los manifestantes, volando hacia sus caras y atorándose en sus brazos y cuellos mientras tosían y escupían. Armel intentó llamarlos pero sólo pudo levantar su mano y cerrarla en un intento por agarrar las blancuzcas páginas hasta que la aullante multitud lo empujó de nuevo a la tierra. Las páginas siguieron cayendo al piso y cubrieron su cara mientras estaba tirado en la grava sin poder levantarse. La gente comenzó a arrancarse las páginas de la cara y los pies alrededor de Armel comenzaron a pisotearlo y a patearlo en el estómago. Miró hacia arriba y vio cómo las palabras que había impreso contrastaban con el fondo azulado, deslizándose en la fragante brisa; por consiguiente, respiró profundamente y cerró los ojos.

 

Traducción de Zeidy Canales

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Louise Hegarty vive en Cork, Irlanda, donde trabaja como recepcionista. Ha ganado el concurso de poesía iYeats 2009 y el Premio de Poesía en la semana de escritores de Listowel. Recientemente fue preseleccionada para el RTE Guide/Penguin Ireland concurso de cuento. Ha publicado en las revistas wordlegs y The Poetry Bus.

Zeidy Zady Canales Violante (Ciudad de México, 1988) es egresada de la carrera de Lengua y Literaturas Modernas Inglesas. Su pasión por el amarillismo y la pornografía la llevó a interesarse en la literatura jacobina y el absurdismo, los cuales satisfacen su morbosidad con caché. Se dedica a la traducción y a horrorizar estudiantes de preparatoria con sus pecaminosos gustos literarios.

 

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