Piélagos

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La fe exacerbada que profesamos por la razón nos impide ver cuán pequeñas son las aspiraciones del individualismo liberal frente al universo y sus confines. Esto es lo que El mundo sumergido, de J.G. Ballard, parece decirnos a través de la sombría lectura de Camila Paz Paredes.


Camila Paz Paredes

Cuesta mucho trabajo comprender que las escalas entre el quark y el universo sean irrelevantes porque el tamaño y el tiempo son nuestras únicas medidas de las cosas. Como lo inmenso del mundo sólo es concebible desde nuestra insignificancia, preferimos asirnos a ella, basarlo todo ahí, en una construcción de la vida alrededor de su propia nimiedad. Vivimos en un mundo de fronteras cortas, hemos reducido el yo en el mundo a simplemente yo y lo que puedo asir entre mis manos. La vulnerable soledad del ser humano, de su espacio y de su tiempo, se nos olvida. Por eso es tan extraño que, desde este punto miserable al que se limita nuestra vida, podamos darnos cuenta, a momentos, de que desempeñamos un diminuto papel celular en el amnios[1] cósmico donde se gesta el infinito, el universo, el océano sideral de nuestra propia sangre.

En un futuro no muy distante –imaginado por el novelista inglés James G. Ballard en El mundo sumergido[2]– cataclismos geofísicos arrasan con la ingenua tranquilidad de los seres humanos. Radiaciones solares provocan el derretimiento de los casquetes polares, las ciudades son ahogadas por el mar y los humanos restantes huyen hacia los polos. El mundo sumergido retrocede su paisaje hacia el triásico. Robert Kerans se queda atrás durante el viaje, hipnotizado por esta involución que deja al hombre sin lugar. Kerans encuentra las verdades de este mundo en el corazón de una Londres marítima: un viejo planetario que descansa en las profundidades. Las estrellas estampan la bóveda oscura que contiene a Kerans «como una vasta matriz forrada de terciopelo en una pesadilla surrealista» (Ballard, 1966: 112).

Este auditorio zodiacal es la síntesis perfecta de algo que sólo puede decirse en lenguaje literario: Kerans se sumerge en el océano-tiempo, el gran testigo del origen, la evolución y la próxima extinción de la vida; lo envuelve todo el universo con las paredes estrelladas del planetario, como a una partícula atómica perdida entre galaxias. En una sola metáfora, Ballard pone en evidencia la orfandad en la que el ser humano se ha dejado a sí mismo al perder todo referente con dimensiones espacio-temporales que rebasan –de forma abrumadora– su pobre concepción individual, de las que está destinado a formar parte y a correr con la suerte que le dictan, mucho más allá de su vida, mucho más allá de su muerte. Alejado de las murallas tras las que se había refugiado la humanidad, Kerans se encuentra frente a frente con esa inmensa placenta del tiempo-universo donde se gesta cuanto existe, creadora y espectadora de cada habitante que arrulla y extingue en su gran amnios.

El individuo es una ilusión que ha sido alimentada, durante por lo menos dos siglos, para convertirse en el monstruo guardián de la modernidad. El liberalismo sustituyó a la comunidad por el individuo, inventando la vida privada y la elección individual, y rompiendo la publicidad en que se basaba el comunitarismo. A partir del siglo XIX, el individuo no sólo se vuelve el objetivo ético, el principio explicativo y el fin inspirador de las formas de organización social, política y económica que se pensaron, se vivieron y se combatieron; fue también el centro de una revolución epistemológica donde toda la vida –la sensibilidad, el conocimiento, el derecho, el bienestar– cobraba sentido en las dimensiones perfectamente trazadas de un solo sujeto. Por supuesto, el liberalismo tuvo sus reveses históricos en todas las formas concretas en que se manifestó y en todas las sociedades que de una u otra manera fueron invadidas por los fenómenos que desencadenó su desarrollo. No obstante, prevaleció la revolución original: la noción del individuo como fundamento y objetivo se extendió del mundo social al natural; se volvió el parámetro del universo.

La individualidad de la vida. Nada parecería más racional, incluso tautológico. Sin embargo, esta lógica moderna es antagónica a la natural: el liberalismo ha sustituido la comunidad por la persona; el espacio público por el privado; la especie por el individuo. En la vida moderna no es necesario, no es útil, no es práctico, vivir en un universo que no está hecho a la medida del ser humano. La visión atomista que hemos perfeccionado para mayor comodidad de la especie no es compatible con la lógica total de cuanto nos rodea. La vida terrestre, planetaria, estelar no está hecha para el confort de sus unidades. Muy por el contrario, parece guiarse por la trascendencia de los conjuntos en un interminable proceso de purga, de exterminio higiénico donde cada sacrificio tiene por función algo siempre más grande, como si una galaxia que se extingue fuera víctima del mismo terrorismo épico que sufre un animal cuyos genes no serán de utilidad para la supervivencia de la especie. La selección natural hace de la amenaza la primera ley de la vida: el pavor que convierte la lucha por uno mismo en una cruzada por los demás, haciendo que cada individuo sirva, en su muerte o en su supervivencia, con total dedicación y nada de conciencia, al movimiento de antiquísimos colosos que lo trascienden y en cuyo largo trayecto se diluyen las historias cortas.

La humanidad vive despreocupadamente en medio del coliseo. Encendemos la televisión y vemos el espectáculo, convencidos de que ocurre lejos, en un mundo irracional que hemos superado, sin darnos cuenta de que aun nuestros cadáveres son partículas de polvo que levantan los mismos gladiadores gigantescos. Las especies, los ecosistemas, las galaxias, son titanes lentos y pesados, apenas perceptibles; una máquina demasiado grande para ser vista, el caparazón de la isla-tortuga. Pero su verdad se impone; la gran batalla no admite desertores.

Biológica y no filosóficamente, toda unidad individual proviene de tiempos largos y lejanos en que se origina su propia línea, y forma parte de colosales conjuntos ecosistémicos, de cuerpos siderales de gestación milenaria y muerte lenta. La pertenencia a la summa espacio-temporal está grabada en la constitución natural de cada organismo. El doctor Alan Bodkin, especialista en ecología y durante veinte años estudioso de las formas de vida y las trayectorias evolutivas en las lagunas del mundo sumergido, explica cómo es que cada individuo guarda la información de toda la historia de la vida en la Tierra, y tal vez más. Bodkin apunta: «No nos dejemos engañar por la brevedad de la vida del individuo. Cada uno de nosotros tiene la edad de todo el reino biológico, y nuestras corrientes sanguíneas son ríos que desembocan en el vasto océano de la memoria de este reino» (ibíd., 45). Los recuerdos biológicos son parte de cada unidad, grande o pequeña, indivisible o multitudinaria; son una brújula espaciotemporal que opera sin el consentimiento del tripulante. El norte hacia el que empujan no promete un viaje amable. No es de sorprender que los recuerdos biológicos sean casi siempre desagradables, ecos de peligros y terrores, pues, como afirma Bodkin: «nada dura tanto como el miedo» (ídem). Aquello que llamamos instinto y que tanto hemos despreciado en nombre de la libertad y la razón, es la activación automática de los recuerdos biogeológicos ante la ley de la amenaza. Alan Bodkin utiliza el ejemplo del ratón ante la silueta del gavilán: «basta mostrarle una figura de papel para que se precipite a esconderse. ¿Y de qué otro modo puedes explicar la repugnancia universal y completamente injustificada que inspiran las arañas, aunque sólo una especie pica a sus víctimas? ¿Y el odio que sentimos por los reptiles? Sólo porque todos llevamos en nosotros mismos un recuerdo oculto del tiempo en que las picaduras de arañas gigantes eran mortales y los reptiles dominaban el planeta. Son códigos de tiempo que llevamos en los genes y en los cromosomas. Todo paso hacia delante en el camino de la evolución es una piedra miliar de recuerdos orgánicos» (ídem). No se habla aquí de un depósito mágico de mandamientos naturales, sino de datos perfectamente almacenados en el sistema nervioso, un aprendizaje evolutivamente transmitido: «Cuanto más desciendes en el sistema nervioso, desde el cerebro a la médula, más desciendes también en el pasado neurónico. Por ejemplo, la unión entre las vértebras torácicas y lumbares, entre la duodécima del tórax y la primera lumbar, es la gran zona de tránsito entre los peces que respiran agua y los anfibios que respiran aire y desarrollan una caja respiratoria» (ídem).

A pesar de que el especialista en ecología no pretende elevar esta teoría más allá de lo que él denomina una fantasía metabiológica, tiene muy claras sus implicaciones. Al ser la memoria biológica un vínculo entre la evolución física y la estructura psicológica de los individuos –según explica él mismo– los cambios en el paisaje, las catástrofes geológicas e incluso los procesos de coevolución[3], provocan no sólo la alteración física de los organismos, sino una total reorientación de la personalidad (hablando específicamente del Homo sapiens). Bastaría con una serie de tormentas solares que ampliaran los cinturones de Van Allen[4] y debilitaran la atracción gravitatoria terrestre sobre las capas superiores de la ionosfera para dejar a la Tierra sin protección contra las radiaciones solares, provocando un aumento de la temperatura atmosférica, acelerando el crecimiento de las formas vegetales y obligando a los mamíferos a retroceder ante reptiles agigantados; bastaría para que se fundieran los casquetes polares y los mares empujaran las costas hasta ocupar la mitad de la superficie del globo, ahogando por completo los muros de la civilización; bastaría para que la vida titánica, geológica y astral, cayera con todo su peso sobre el insignificante mundo limitado por los autos y los edificios; para que el hechizo psicobiológico decantara su magia mesmérica sobre la concepción moderna de la vida, tan lógica, racional y ordenada, y se disolviera la ilusión de importancia que hoy complace a cada individuo en el ímpetu torrencial de la naturaleza. El mundo sumergido de James G. Ballard es imaginario, pero no imposible en cuanto a sus miles de equivalencias fenomenológicas.

Robert Kerans intenta grabarse en la retina las constelaciones estampadas en el planetario, el zodiaco que ha acompañado a la Tierra durante un tiempo inimaginable y que estará ahí para observar su muerte. Kerans va sintiendo la presión del agua que entra en su traje. Qué más da si le falta oxígeno. La tarea más importante está en encontrar en esas galaxias la perspectiva primera, un espectáculo más largo que su vida. El universo es un océano de pesadillas que seguirán siendo soñadas por cada neurona de la Gran Psique cuando él se haya fundido con el agua. «Pasaron épocas. Olas gigantes, infinitamente lentas y envolventes, rompieron y cayeron en las playas sin sol del tiempo-océano, llevándolo de un lado al otro por las aguas de la orilla, los limbos de la eternidad» (ibíd., 155). Si la unidad existe, es una sola matriz pelágica[5] de paredes inalcanzables. La historia de Kerans es demasiado corta para la inmortal revelación del planetario; sus pulmones no pueden contener los oceánicos volúmenes de agua que distienden su caja torácica. Pero su impulso suicida no es un acto existencialista ni de desesperación. Ya no es el tiempo de la humanidad en el mundo sumergido. La muerte de Kerans será sólo un centímetro del próximo paso; cada célula ahogada será parte del gran ciclo embrionario de un todo proteico;  y las líneas biogeológicas que atraviesan su cuerpo quedarán también disueltas cuando la Tierra sea otra luz que se extinga en el universo. Se esfuma el brillo estelar del planetario y Kerans avanza en la oscuridad uterina, como un pez ciego en los abismos primigenios. «Las barreras que habían separado su propia corriente sanguínea y la del gigantesco amnios parecían hacer desaparecido» (ídem).

NOTAS


[1] Amnios: membrana  de origen ectodérmico que recubre la placenta de aves, mamíferos y reptiles, contiene líquido amniótico y protege al embrión.

[2] James G.Ballard, El mundo sumergido, traducción de Francisco Abelenda, Buenos Aires, Ediciones Minotauro, 1966. En adelante, todas las referencias al texto de Ballard dentro del presente ensayo se refieren a esta edición.

[3] Coevolución: proceso evolutivo mediante el cual dos o más especies que interactúan ejercen presión de selección natural mutua y sincrónica (en tiempo geológico), que resulta en cambios de adaptación recíproca.

[4] Cinturones de Van Allen: áreas de la magnetosfera terrestre que concentran protones y electrones en forma de anillo y se mueven en espiral entre los polos magnéticos terrestres.

[5] Pelágica: referente a la zona del mar que comprende su totalidad abierta, a excepción del fondo y las orillas.

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Camila Paz Paredes (1989) colabora en el blog de la revista Ágora, de El Colegio de México, con la columna Inoculaciones. Forma parte del consejo editorial de Cuadrivio.

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

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