¿Ideas?

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Raúl Bravo Aduna

«Hay una angustia –escribió Óscar de la Borbolla– que todo escritor conoce con el tiempo […]: descubrirse sin historias que contar, sin nada que decir». Algunos buscan la inspiración en una bocanada bohemia de cigarro o en un trago tormentoso de güisqui; otros más, entre el murmullo melancólico de los espacios públicos. Yo, por el contrario, decido no hacerlo. La desidia y desfachatez me obligan a no emprender heroica odisea en busca de la inspiración perdida. En calzones, por lo general, me rasco una nalga, me tiro un pedito y veo lo que parece una ciudad infinita desde la ventana frente a mi escritorio, donde escribo, mientras decido no-escribir. Pero donde los compromisos editoriales mandan, se chinga quien escribe. Hay que buscar, no hay de otra, un tema sobre el cual escribir, aunque sea garrapatear unos cientos de palabras para que el editor quede tranquilo. Cuando el anterior es el caso, primero, decido leer el periódico nuevamente. Ya saben, para ver si alguna nota curiosa se me traspapeló entre parpadeos somnolientos a las seis de la mañana. Si la relectura de las esquelas me confirma que, en efecto, nada de lo noticioso en el día, o últimas semanas, me ha llamado la atención, prosigo a releer mi stock de inspiración: un manojo de libros que siempre me ayudan; entre ellos se encuentran algunos de Sheridan, Szymborska, cummings, Montaigne, Ibargüengoitia, Meza, Whitman, Hazlitt y etcétera que los acompañan. Si de plano ellos tampoco pueden salvarme, procedo a la desesperación: notas escritas en servilletas, papeles rotos con intentos de ensayos, ideas que alguna vez tuve y el ocaso de la memoria (o la ebriedad) decidieron empolvar, nada más para darme cuenta de que por algo se habían ido a descansar, por semanas, meses, años o lustros. Entonces, la estupidez catártica. Cualquier tema, el que sea. Las garrapatas se arrastran por la computadora hasta teclear uno, dos párrafos que terminan siendo siete, nueve palabras que mejor decido, al final, eliminar. Las palabras, caprichosas ellas, en ocasiones no cooperan; no se les puede forzar, solitas emergen cuando menos se les busca. Y,  cuando nada más tuvo éxito, el último recurso llega, el cual, debo confesar, nunca había usado tan imprudentemente: Twitter. La red social de los 140 caracteres, del micro-blogging, que se dice –aunque he de confesar que no soy de esa idea– ha logrado revolucionar al mundo por completo. Un simple tuitazo y listo: «@rusoaduna A falta de tema para escribir, cual reportero chaqueto pregunto: «¿Alguna sugerencia?”». ¿El resultado? Me propusieron escribir sobre todas las noticias que decidí soslayar una hora antes y sobre las memelas. Y aunque analizar a fondo la influencia de las memelas en el arte neo-barroco latinoamericano, y sus respectivas influencias de mariachi gótico y prehispánico oscuro, las palabras seguían estancadas en el tinaco de la imaginación y creatividad. Una última recomendación proporcionaba, simplemente, un link: www.linkbaitgenerator.com, un portal que ofrece opciones al azar de ideas que pueden ser utilizadas, musas a granel dispuestas a ser tomadas por quien decida hacerlo, cual putas de Sullivan, listas para prometer un final feliz que pocas veces pueden cumplir; de nuevo, cual putas de Sullivan. Decidí darles una oportunidad. Primer click: «Eight horrible lessons about strippers that Hollywood teaches kids», me dice. Otro click, mejor: «Seven things Atheism has in common with a unicorn». Paso mejor al que sigue, no sin antes anotar el tema, por si lo necesito en otra ocasión. El último: «Eight things terrorists have in common with Satan», y como sólo se me ocurren ocho cosas que los terroristas tienen en común con Jesús (ya saben, la barba y toda la cosa), decido desertar. «Supongo que en este número de Cuadrivio no tendré nada que decir», pienso.

Chin.

¿De dónde salió esta verborrea innecesaria? Misterio.

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Raúl Bravo Aduna (Estagira de México, Oregon, 198?) ve el mundo con ojo crítico, pero en vez de preocuparse, decide reír en respuesta a sus fallas. Le gusta el helado y el hockey. Le obligan a decir «es miembro del consejo editorial de Cuadrivio…». Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.

Su blog personal: http://somuchtheworse.wordpress.com

Y su cuenta de Twitter, en la que sostiene una relación no correspondida con Anahí: http://www.twitter.com/rusoaduna.

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Cuadrivio, revista de literatura, política, ciencias y artes.

6 comentarios

  1. Raúl Bravo Aduna

    septiembre 27, 2010 at 10:36 pm

    ¡Di! Pláticas sin sentido y cafés pendientes, supongo que son la base de nuestra amistad. Me da gusto ver que, a pesar del tiempo perdido, sigas leyéndome. Un abrazote y espero, ahora sí, nos veamos pronto.

    Aprovecho para agradecerte, Diego, por el cebollazo. Un saludo.

  2. Di. R. Moncada

    septiembre 26, 2010 at 8:36 am

    Jajajajaja curiosamente me recuerda nuestras conversaciones en “el Cubo”, donde platicar de nada seguía siendo tiempo de calidad xD. Un abrazo y un café pendiente, para seguir platicando de nada y tener algo sobre qué escribir para el siguiente número. Felicidades Ruso :-D

  3. Diego Armando Arellano

    agosto 4, 2010 at 7:18 pm

    ¡Bravo, Raúl! De lo mejor del número.

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  6. Gottfried Schmidius

    agosto 2, 2010 at 2:29 am

    En ocasiones, dijo Goethe, es más amable y atento escribir nada a no escribir.

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