Reflexiones sobre simulacro
En muchas ocasiones (si no es que siempre), las representaciones que nos hacemos de la realidad terminan reemplazando a ésta, llevándonos a admitir juicios, decisiones y convenciones que afectan (no siempre positivamente) nuestra vida individual y social. En este ensayo, Mauro Mendoza analiza, a partir del concepto de pseudoconcreción, las variables de la simulación y su encarnación en situaciones concretas.
Mauro Alberto Mendoza Posadas
I. Donde se introducen las principales consideraciones del autor-cadáver antes del ensayo propiamente dicho, por lo que se suplica al lector paciencia estoica para seguir leyendo.
La crítica es la herramienta principal del humanista; con ella como baluarte se enfrenta a un texto, a una idea o a una serie de postulados (teóricos las más de las veces), pero que no dejan de buscar la manera de dar una explicación cabal del mundo -falsa o no- y frente a los que es inevitable que éste se posicione y tome partido. La imparcialidad es un círculo teórico inexistente, una esperanza de la que alguien se desnuda con el andar del buey sobre el arado del texto, no más que una exigencia que se hace en el claustro del aula y de la que, ya desde el recóndito salón, uno se va apartando para generar dentro de sí las preguntas necesarias que le tuerzan el cuello al patito feo.
Versa un dicho español que «al pan, pan, y al vino, vino», y no hay tautología más clara para los fines de este ensayo: A lo que es, llámalo por su nombre. Y que no se venga a dudar de la fuerza copulativa del verbo utilizado: lo predicado se articula como cualidad intrínseca de su sujeto y no hay duda lingüística al respecto.
¿Para qué dar este rodeo tan incesante?, ¿por qué decir de nueva cuenta lo que se sabe de antemano? Porque es muy fácil salir por la tangente -como popularmente se dice- y aceptar todo lo que se alega respecto a algo; ya no bajo el imperativo de demostración y convencimiento como los viejos sofistas de la Hélade clásica, sino como un abrazo a la subjetividad de un sujeto que ha perdido toda posibilidad de expresarse realmente a sí mismo. Ante ello, es necesario traer a la vida al viejo Sócrates y pedirle que vuelva a ser demiurgo de su Aleteía herida.
No será este texto el espacio para dar una verdad acerca del tema, pero no hay que dudar que sea efectivamente posible llegar a ella, sin miedo a su existencia.
II. Donde comienza el ensayo propiamente dicho: simulacro y pseudoconcreción
La simulación es un proceso en el que se suplanta lo real por sus propios signos. Estos signos no son reales, sino que, al menos para Baudrillard[1], otorgan sentido de realidad y terminan situándose a sí mismos como sus propios referentes; de ahí que el simulacro aparente se encuentra flotando, sin un ancla que lo enraíce en el cada vez más menospreciado mundo de lo real. Si tuviéramos que imaginar un signo del simulacro -así como existe el signo lingüístico- no podríamos hallar en ninguno de los tres ejes de éste último[2] al significante que se encubre de referente y de significado en el mismo momento: un significante tripartito.
Hoy en día la operatividad de los simulacros es innegable: nuestro diario actuar depende de la aceptación que de ellos tenemos. Son pequeños simulacros, casi imperceptibles, los que nos llevan del trabajo al hogar y viceversa como el simulacro del dinero, donde éste es el mismo referente y significado del propio dinero. Simular es «fingir tener lo que no se tiene» (Baudrillard, 1987: 13) así, el simulacro carece de todo referente; sin embargo, finge tenerlo. Pretende ser un significado de lo real, característica que no existe más en el mundo.
¿El simulacro es a su vez un efectivo y real acontecimiento del mundo en el que vivimos? ¿Cómo debe ser abordado este signo auto-referencial que opera a nuestro alrededor? ¿Debemos aceptar ciegamente que no hay más signo de lo real, que sólo se despliega una idea sobre los girones de lo que era y ya no es, sino a partir, y únicamente, de nosotros? Me es tentador aplicar a esta categoría posmoderna[3] otra retomada de un viejo texto del materialismo histórico: la de la pseudoconcreción[4].
Es momento de que lo enfrentemos con sinceridad: la realidad es más compleja de lo que suponemos. No poder dar cabal explicación de ella no significa que permanezca ausente en nuestras especulaciones; contrariamente, son éstas las que nos confirman algo de esa realidad. Por ello, un simulacro, por mejor elaborado que se encuentre, dista de ser realidad. Nuestro cotidiano actuar nos permite introducirnos en ese simulacro, utilizarlo, no cuestionar su ficcionalidad, mas en el momento en que trascendemos este estadio -aunque necesario, de conciencia empírica- se nos va revelando la esencia del fenómeno sobre el cual nos cuestionamos.
Bástenos por el momento un ejemplo: el que se había apuntado como «simulacro del dinero»[5]. Cuando me acerco a pagar mis cigarrillos al tendero, no me pongo a reflexionar sobre la naturaleza del billete con el que pago, sino que me limito a entregarlo a cambio de lo que quiero; acepto, digamos, la ficción del dinero en la que se me estipula que este objeto contiene en sí cualidades que ningún otro objeto tiene para poder fungir en el intercambio de mercancías.
Ahora bien, si me cuestiono el simulacro del dinero he de considerar factores como que la forma dineraria del oro no es ni un factor transhistórico ni transcultural, por lo que no es el único cuerpo material al que se le ha atribuido esa capacidad; a la vez, habría que comprender que el oro no es más que otra mercancía favorecida históricamente -dentro de una convención- para cumplir la función del trueque, y que realmente estoy canjeando el tiempo invertido en la producción de una mercancía por otra que contenga dentro de sí ese mismo tiempo: intercambio trabajo por trabajo.
Este conocimiento trasciende al simulacro del dinero y, aunque no la elimina de mi actuar cotidiano, me permite conocer cuál es la naturaleza de ese objeto. Establezco con este conocimiento relaciones entre el simulacro y la realidad y en el signo del significante tripartito que conforma el simulacro aparecen ahora diferentes elementos: en el referente un sistema de producción dado; en el significado, la teoría del valor que construye este sistema de producción dado[6]. Detrás de un simulacro existe, forzosamente, un referente de lo real; su existencia y aplicación al mundo práctico lo requiere, bajo el riesgo que de no ser así el simulacro pase por un elemento inverosímil.
Para Karel Kosik todo fenómeno oculta una esencia; en el ejemplo anterior, el fenómeno del dinero (o el simulacro del dinero, como hemos tomado la libertad de nombrarlo) oculta la esencia del valor en el capitalismo. Para llegar a conocer la esencia es necesario que el hombre de «un rodeo […] se esfuerce en la búsqueda de la verdad sólo porque presupone de alguna manera su existencia» (Kosik, 1967: 29), la comprensión del fenómeno marca el acceso a la esencia.
La realidad no se muestra al hombre en lo que es, sino como un fenómeno; la pseudoconcreción es la explicación cotidiana, que no llega a la esencia de este fenómeno, es, también, producto del actuar humano; la praxis fetichizada de lo habitual es la que obra en el nacimiento de la «ideología» pseudoconcreta. La pseudoconcreción es una explicación operativa del mundo: si el simulacro es una forma de crear sentido, aunque sin referente alguno, bajo el cual el hombre actúa, es entonces pseudoconcreción[7]. El simulacro puede ser entendido como una forma de pseudoconcreción en el momento en que es éste el que me permite actuar diariamente en el mundo de lo cotidiano.
Si los noticieros, heraldos televisivos por excelencia de la simulación, me informan de la existencia de un cártel en la zona en la que habito, preferiré evitar arriesgar el pellejo saliendo en la noche, exista o no en realidad tal cártel. Si, peor aún, me informan de la posibilidad de contagiarme de una enfermedad mortal si salgo a las calles -como sucedió con el caso del virus A-H1/N1- me encerraré en mi casa, puesto que es preferible malvivir que caer en cama por una condición de la que fui alertado.
Y tal oportunidad de actuar en el mundo cotidiano a partir de lo simulado es una constante de nuestra época; los simulacros tienen -en tanto que poseen una operatividad ulterior en el mundo práctico- una consecuencia vital en éste o pretenden dar una explicación de un acontecimiento humano. De esta forma, cabría distinguir un simulacro (que es plenamente pseudoconcreción) y uno que pretende hacerse pasar por concreción, por lo que es también pseudoconcreción ideológica[8], ya que busca hacerse pasar por lo esencial de un fenómeno ocultando, a su vez, esta condición.
La desconexión supuesta de cualquier referente, como lo plante Baudrilllard, es en verdad inexistente, ya que primeramente es necesario que un simulacro sea verosímil y dicha categoría empírica nace del conocimiento práctico que tenemos del mundo (lo cual se ejerce como un referente dentro del signo lingüístico que habíamos planteado para el simulacro) ampliado por lo poco que podemos saber de la esencia de los fenómenos operantes dentro de él; no sólo de las leyes impuestas sobre lo verosímil en una ficción (situación que a la vez es ya inviolable dentro del simulacro, pues de no ser así corre el riesgo de no tener aceptación como tal en la sociedad).
La necesidad de la verosimilitud de un simulacro incrementa gracias a que se busca que éste se introduzca en el mundo de lo cotidiano; si el simulacro fuera sólo una operación virtual soportada por medio como el internet, lo creíble no tendría que ser una categoría de lo simulado puesto que el espectador sabría que se enfrenta totalmente a una ficción, como en los juegos de rol al estilo Warcraft. No obstante, es necesario engañar al espectador de que lo simulado es ya parte del mundo real, como en el mundo virtual generado por la Matrix en la película de los hermanos Wachowski, o en las cajas chinas de la película ExistenZ de David Cronemberg.
La confusión entre lo real y lo simulado es un elemento de nuestra actual existencia; ante tal confusión en la que habitamos, se muestra como un imperativo eliminar por medio de la concreción el nivel del simulacro, a riesgo de que, si no se hiciera, el actuar humano padeciera su extrema fetichización y se dejara de lado esto que es la condición elemental de lo humano, es decir, la praxis del trabajo, como lo planteaba Marx en sus Escritos filosófico-económicos de 1844.
Si desconozco lo esencial de un fenómeno me impido a mí mismo actuar de la manera más eficiente en el mundo práctico. Si no sé el alcance de una enfermedad que cohabita conmigo, ignoraré la forma de actuar en el cosmos. Si se simula la enfermedad y las explicaciones que de ellas hace la ciencia, mi actuar será producto de un simulacro. Será un actuar fetichizado en el que me han colocado los medios de comunicación, un Estado y mi propio conocimiento del mundo que me dice que una enfermedad es, de hecho, mortal y que es la medicina la que puede darme razón de un virus y de cómo éste afecta al cuerpo. El simulacro que se hace pasar a la vez como explicación del mundo y que ha sido planteado con la necesidad de conseguir un fin más allá de sí mismo, es doblemente pseudoconcreción y, como tal, enajena doblemente mi conocimiento y mi actuar.
Así las cosas, el simulacro tiene consecuencias en el mundo de lo práctico. Su inserción en él no es inocente, sino que es una búsqueda de un fin ulterior: un forzoso desenlace ideológico. Asumir que la Guerra de Vietnam fue sólo una simulación del expansionismo Chino es peligroso en tanto que elimina cualquier posibilidad de entendimiento histórico del fenómeno, sea cual fuere la posición que se tenga del mismo. El simulacro es entonces también una forma de control, una forma de pseudoconcreción con la que se busca, a través de los medios masivos de comunicación, hacer que las personas reaccionen de un modo determinado.
III. En donde se habla del simulacro y su conexión con los mass media
Como ya se ha apuntado, los predilectos heraldos del simulacro son los medios masivos de comunicación; de ellos, la televisión sobresale como el más apto entre todos los vehículos comunicativos para difundir masivamente un simulacro. A través de ésta es posible que un elemente no-verídico[9] pero sí verosímil, cobre un valor importante entre la sociedad en la que tal unidad es difundida.
No es ya el caso de programas de televisión como talk shows o reality shows que se asumen como una construcción televisiva de lo real, como una trasposición de la realidad a las pantallas de televisión en las que se muestra sólo una parte de esa realidad con fines de lucro y entretenimiento masivo, sino que es el caso de los noticiarios televisivos, cuyo fundamento es el imperativo de comunicar la verdad y lo real sin intervención alguna de los comunicadores, de una empresa televisiva o de un criterio que no sea este mismo axioma. Su pretensión es la de la «objetividad», la de la transferencia de información a millones de espectadores que tendrán -ellos mismos bajo su moral individual y colectiva- que «formar un criterio» al momento de recibir las noticias emitidas en la televisión pues dichos programas son simplemente transmisores inhumanos de acontecimientos. En tal «objetividad» radica la aceptación que de ellos hace el público: si efectivamente la información que se pronuncia por medio de los noticiarios es imparcial y verídica, entonces la audiencia no tiene otra más que recibirla, apropiársela y juzgar no su veracidad, sino su contenido.
La aceptación social de esta objetividad noticiosa es de donde justamente parte la posibilidad de generar un simulacro en los medios de comunicación que tenga impacto masivo. Tal es el caso que sucede constantemente en los sondeos de opinión que realizan, por ejemplo, sobre las preferencias electorales. Al dar a conocer una tendencia «real» acerca de los resultados de algún proceso de esta naturaleza en el país, el público tenderá a aceptar que tal candidato será el ganador del proceso electoral, con lo que se facilita que por medios fraudulentos, o no, sea él el que resulte electo sin que los interesados en el proceso tengan elementos para contradecir el resultado.
Sucede algo similar con los acontecimientos trasmitidos por el noticiario: si un hecho ínfimo -como un partido de futbol- es considerado como algo relevante en los noticieros, el público, influenciado por lo comentado en ellos, pensará que efectivamente es algo trascendente, dejando a un lado otros acontecimientos que no han sido abarcados por el noticiario a pesar de su posible importancia para la comunidad a la que es transmitida la información. Pareciera que justamente fue esto lo que sucedió en el caso de la influenza.
Bástenos recordar que durante las semanas de alerta sanitaria el caso acaparó los noticieros y todos los medios de comunicación del país. Durante las transmisiones estelares de los noticiarios (el de López Dóriga en Televisa o el de Javier Alatorre en Televisión Azteca) se difundieron en exclusiva los acontecimientos que la influenza ocasionaba en la población mundial y particularmente en el país. No pretendo decir que no existiera en verdad una enfermedad en la población mexicana, mas sí quiero apuntar que se exageró en la relevancia de su existencia con fines ulteriores. La inocencia es un pecado en el que constantemente caemos; también se peca, a veces, con la paranoia aprendida de las novelas negras. Sin embargo, es preciso apuntar, fuera de estos polos maniqueos, que durante las dos semanas de alerta sanitaria fue aprobada, sin el conocimiento de la comunidad, una reforma a códigos de seguridad en el país que le permitía al gobierno allanar casas, por ejemplo, sin necesidad de una orden de cateo emitida por un juez (objetivo que perseguía el gobierno de Felipe Calderón desde hacía tiempo con el fin de «intensificar» su lucha contra «el crimen organizado»), terminajos que bien pueden ser también producto de la simulación.
Ahora bien, un simulacro informativo tiene que ser considerado como una forma de control social; situación que muchas veces no tiene la carga negativa con la que siempre entendemos el término. Por ejemplo, se puede anunciar en la televisión los sondeos antes mencionados, o mejor aún, sondeos sobre la despenalización del aborto o la legalización de alguna droga con el fin de saber cómo reaccionará la población ante tal o cual situación, y si es políticamente prudente que se realice una reforma en tales vías[10]. Ésta una de las cualidades «epistemológicas» del simulacro (sobre lo cual hablaremos más adelante) y que permiten prever ciertos escenarios, o bien, evitar en una comunidad una reacción no deseada[11].
También hay que considerar el control bajo su más oscura significación: el del verdadero retén social por parte de un pequeño grupo hacia toda la comunidad. Por ejemplo, saber cómo reaccionará la población ante la aplicación desmedida de ciertas políticas que les son poco convenientes, o si bajo un imperativo como el de la salud, la población es capaz de aceptar que sus garantías individuales sean alienadas por el propio Estado. Tal es el caso de la prohibición de los cigarros que, si bien son dañinos, no merecen, como la comida chatarra, el ataque al que han sido sometidos últimamente. No es la salud de la población la que le importa al Estado, porque si así fuera las políticas de salud pública serían eficientes y se dedicaría una fuerte partida presupuestal a la Secretaría de Salud, sino que se busca saber cuánta injerencia tiene aún el Estado sobre la población que gobierna.
Tal es, nuevamente, el caso en el que debemos pensar cuando recordamos la alerta sanitaria decretada por el Virus A-H1/N1. Es de considerar que el virus era conocido desde, por lo menos, un mes antes por el gobierno y que, pese a su existencia en aquellos momentos, no se decretó la alerta. No fue sino hasta finales de abril que se aprovechó la situación para paralizar al país y rastrear cuál sería el actuar de la población en caso de necesitar actuar de tal manera en un escenario parecido, en el que la supervivencia fuera en efecto el nombre del juego. Para reproducir el contexto necesario, los medios masivos de comunicación fueron un aliado imprescindible, saturando con el tema sus espacios noticiosos que nacen de la supuesta «objetividad».
IV. En resumidas cuentas
Es necesario situar al simulacro en el lugar que le corresponde dentro de un criterio epistemológico que, si bien parte del materialismo histórico supuestamente superado en la posmodernindad, ha dado claras muestras de poder dar una explicación de un mundo que se sigue edificando sobre los mismos basamentos de hace 200 años. No es fortuito el empleo de este sistema en el presente ensayo: ante la pretensión de asesinar la «ideología», la «historia» y la «lucha de clases» en este nuevo sistema filosófico, se vuelve un imperativo responder que no nos encontramos en una nueva sociedad, sino en una nueva forma de la misma modernidad capitalista implementada desde principios del siglo XIX, con sus mismas contradicciones, con nuevos elementos a analizar que aparecen dentro de las relaciones sociales y con un sistema económico que se sigue cimentando en la vieja explotación del hombre por el hombre.
Pienso que una categoría como la analizada aquí bien puede ser estudiada -y desmitificada- a través del trabajo de Karel Kosik u otros. Espero que por lo menos este ensayo sirva como una introducción a un trabajo más amplio que no tema en retomar el pensamiento materialista (o si se prefiere, marxista) para desmentir suposiciones que se observan en los supuestos ideológicos de los filósofos que se asumen como posmodernos.
Queda así abierta esta conclusión: demostrar, o por lo menos haberlo intentado, que el simulacro no es más que una forma concreta de lo que Kosik denomina «pseudoconcreción», es sólo una forma para iniciar con esta empresa que, por supuesto, es a la vez teórica y práctica.
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Mauro Alberto Morales Posadas (ciudad de México, 1987) estudia Lengua y literatura hispánicas en la UNAM. Obtuvo el primer lugar en los concursos Letras muertas (2005) y Cementerio postal (2005), ambos organizados por la UNAM.
NOTAS
[1] La definición del simulacro que se utiliza en este ensayo proviene del trabajo de Jean Baudrillard “La precesión de los simulacros”, reunido en el libro Cultura y Simulacro.
[2] Esto es siguiendo el signo lingüístico de Pierce, formado por el referente, el significado y el significante.
[3] Considerando con “posmoderno” no una época histórica, sino una ideología.
[4] Tomada del libro Dialéctica de lo concreto de Karel Kosik.
[5] Véase el Primer capítulo del Primer tomo de El Capital de Carlos Max, “La mercancía”.
[6] Esto es sólo un ejemplo para acotar algunos aspectos a considerar del simulacro; no busco extrapolar la teoría del valor, perteneciente a la economía política, a la lingüística.
[7]Cf “El mundo de la pseudoconcreción y su destrucción” en Dialéctica de lo concreto.
[8] En su acepción marxista de explicación falaz de la realidad.
[9] Recordemos que entre las categorías de real/no real también se encuentran incluidas las de verídico/falso y verosímil/inverosímil.
[10] Políticamente prudente para los grupúsculos partidarios de la política oficial que buscan sólo retribuciones electorales y económicas con sus programas de acción.
[11] Para un análisis de las cualidades prospectívas de el simulacro en los medios de comunicación, y como un general complemento de este apartado, vid. Baca Martín, José. “Comunicación y control: escenarios posibles” en Comunicación y simulacro. Sevilla: Arcibel editores, 2007. Colección Comunicación y sociedad. Pp. 95-114.












