México y el mundial de futbol Sudáfrica 2010
Economía y nacionalismo en juego
La relación entre nacionalismo y deporte son fuertes y claras, y se potencian en competencias tan populares como el futbol. A través de conceptos como «individuo» y «nacionalismo», Luis Adrián Calderón Gutiérrez detalla los componentes políticos y culturales implícitos en la justa deportiva más popular del planeta.
Luis Adrián Calderón Gutiérrez
El pasado 11 de junio del 2010 se inauguró en Johannesburgo, Sudáfrica, la histórica primera competencia mundial de fútbol en el continente. Participaron 32 naciones con sus respectivos representativos. Más allá de enaltecer el espíritu comunitario y regional alrededor de cada uno de sus territorios, cada una de las selecciones mostró una fuerte carga alegórica y festiva en cada punto donde se observó la justa –ya fuera por televisión, Internet o pantallas gigantes, y se pudo vislumbrar la presencia inequívoca de campañas publicitarias de los medios de comunicación como las más intensas para el mundial de futbol en comparación con cualquier otro evento mundial deportivo, incluso mayor que la máxima competencia, las olimpiadas. Todo comenzó con el juego México-Sudáfrica en el Soccer City de Johannesburgo, y de aquí, siguió una travesía que duró 30 días y que sólo está disponible cada 4 años.
¿Por qué Sudáfrica? Son muchas las suposiciones que se han hecho en los medios de comunicación –sobre todo en aquellos que promueven el fútbol– alrededor de la elección de un lugar como Sudáfrica. Por un lado, se comentó que el actual presidente de la FIFA, Joseph Blatter, apoyó de sobremanera esta elección debido a que África, como continente, le daría su apoyo total, en término de votos, en cualquier decisión burocrática que tomara él como mandamás de este organismo, toda vez que encuentra como mayores detractores a la CONMEBOL (Confederación Sudamericana de Fútbol) y a la UEFA (Unión de Federaciones de Fútbol Europeas), siendo esta última, el organismo que mayor cantidad de dinero administra a nivel internacional a colación de promover el deporte más remunerado y popular de todo el planeta –se estima que anualmente corre alrededor de 500 000 millones de dólares (Rendón, 2010)–, pero también, la que más contradicciones ha manifestado a la hora de promover algún cambio en los estatutos que rigen el fútbol mundial.
El coste de producción del mundial ascendió a más de un billón de dólares en inversión por concepto de organización y realización. La remuneración económica para cada una de las selecciones que participaron se obtuvo tanto de las marcas patrocinadoras como de las empresas nacionales e internacionales que buscaban la mayor visibilidad de su producto, ya fuera a través de la selección/patria que elegían, o bien, a través de las transmisiones televisivas; que en México, ascienden a un estimado de 60 millones de dólares por concepto (Etcétera, 2009).
Como otro ejemplo claro de los factores y sectores económicos que afectan a una nación, tomemos el caso de la mano de Thierry Henry de Francia durante el final del juego de repechaje en contra de Irlanda en la eliminatoria europea para el reciente mundial. La mano de Henry, a diferencia de la «mano de Dios» de Maradona, le costó al fútbol irlandés alrededor de 60 millones de dólares por concepto de ganancias en patrocinios. Esto llama la atención pues representa ingresos importantes por conceptos de ganancias y apoyo monetario para Irlanda más allá de lo meramente comercial; pues al final, termina catapultando –directa o indirectamente- a toda una nación ante el mundo entero. Esta decisión costó no sólo dinero, sino reclamos e indignación de toda la isla hacia el organismo regente (FIFA) y, sobre todo, hacia el jugador del conjunto francés que cometió trampa (Marca, 2009).
Ahora bien, las recientes decisiones de la FIFA de elegir a Rusia para el 2018 y a Qatar para el 2022 son una muestra de dos factores: primero, de la expansión del fútbol hacia territorios donde jamás se ha celebrado a manera de justa internacional; esto es, la conmemoración del deporte en lugares ajenos a toda la idiosincrasia mundial futbolera; segundo, de que muchas decisiones deportivas las toman los inversionistas. Muchos puristas del fútbol pueden considerar erróneas esas decisiones, y preguntarse por qué no le dan la sede del mundial al recientemente campeón España, o a la gloriosa e histórica Inglaterra. Definitivamente, existen diferencias notables dentro esta industria que obedecen a la logística de una buena empresa en búsqueda de plusvalía y del mayor capital posible en aras a lograr el superávit correspondiente.
El fútbol, en un sentido económico, es rentable como objeto de consumo, pues, entre las aristas que proyecta se encuentran reflejadas cantidades exorbitantes de dinero, y también representativos nacionales con su propia cosmovisión, ideología e idiosincracia, que buscan mantenerse en el imaginario universal de todos los asiduos y no asiduos al deporte en sí, pues continúan desempeñando un rol económico específico más allá de su representativo deportivo; esto es, el enaltecimiento de sus propios valores económicos, políticos, sociales y todo tipo de constructo cultural alrededor de cierta nación, sea de forma endémica o bien de forma externa, pues es una carta de presentación ante sí mismos y el mundo.
Cabe destacar que previo a la justa deportiva, empresas privadas realizan estudios socio-económicos del valor tentativo, del costo y calidad de vida de cada uno de los países[1]. Todos y cada uno de los países que participan reflejan campañas de reivindicación de sus propios estatutos socio-culturales, y también de su propia realidad y contexto nacional. De ahí la importancia de ciertos jugadores como portadores de toda esta carga simbólica y representatividad nacional.
El ejemplo más inmediato y preciso de la importancia que pueden alcanzar como componentes económicos, lo tenemos en las adquisiciones que hizo el Real Madrid FC en el 2010; por ejemplo, la de Cristiano Ronaldo (portugués), comprado al Manchester United FC por 96 millones de euros. Esta situación le valió ser el jugador más caro en la historia del fútbol[2]. De este intercambio, y con el buen manejo de la imagen del futbolista –como ícono del jogo bonito o bien del jet set futbolístico–, el Real Madrid ha obtenido ganancias, tanto en el ámbito económico como en el deportivo, pues la imagen del jugador está asociada a la venta de playeras y a otros patrocinios: juegos amistosos en Asia, entradas por concepto de asistencias en el estadio y la compra de los llamados abonos, que permiten la entrada a toda la temporada del Madrid en el Santiago Bernabeu[3].
Aunado a esto, se encuentra también la figura emblemática del entrenador, esto es, aquel guía que cobija y resplandece con la estrategia y la estructura del juego. Hoy en día, el mejor pagado en el mundo del fútbol es el portugués Mourinho, recientemente nombrado entrenador del año de la FIFA (2010); pues cobraba alrededor de 2 millones de euros anuales, cantidad aumentada a 10 millones que le paga su club en Madrid (Jiménez, 2010). Esto nos confirma que las cifras señaladas están relacionadas directamente con la capacidad económica del club para pagar, pero también con su plusvalía.
Ahora, ¿qué nos dice el fútbol de los territorios y nacionalidades que asisten a un mundial? Primero, debemos de tomar en cuenta que, en términos de futbolísticos, no todas las naciones son iguales, pues algunas ya cuentan con una tradición futbolera histórica y destacan por encima de las demás, pues ya han sido campeonas del mundo.
Por otro lado, existen aquellas que asisten por primera vez o que por cuestiones deportivas se han quedado de lado a la hora de trascender. Se develan así, por un lado, los vencedores y, por el otro, los vencidos. Ambas caras de la moneda merecen particular atención.
Nacionalismo y fútbol en México
«Patria es selección nacional de fútbol»; así lo definió Albert Camus,
interpretación sugerente y que encaja bien con los argumentos que pretendemos desarrollar. Para poder hablar de nacionalismo tenemos que acotar el sentido del término; éste es un concepto que históricamente ha sido abordado desde distintas tradiciones teóricas. Por ejemplo, en Internet se ofrece como definición de nacionalismo:
La doctrina o filosofía política que propugna como valores fundamentales el bienestar, la preservación de los rasgos identitarios, la independencia en todos los órdenes y la gloria y lealtad a la nación propia. El nacionalismo parte de dos principios básicos con respecto a la relación entre la nación y el Estado (Metapedia).
La definición que nos ofrece el buscador de Internet, aunque bastante limitada, mantiene algunos de los rasgos generales y sintetizados de lo que muchos autores han trabajado desde distintas perspectivas (Weber, Marx, Amín, Zaid, Fanon, Córdova, entre otros). No entraremos en detalles. No obstante, pienso que es necesario considerar los procesos históricos asociados al desarrollo del llamado nacionalismo.
En el caso de México, el nacionalismo se ubica en los marcos del proceso de construcción del Estado-nación, dando lugar a una suerte de nacionalismo costumbrista, rico en apologías a los símbolos patrios, al pasado prehispánico. También se ha constituido en soporte ideológico del pacto populista que emerge con la Revolución de 1910, y que se acentúa en el sexenio de Lázaro Cárdenas (Cajas, 2009). El nacionalismo mexicano quizá no tenga parangón en América Latina. Sobre esta base encontramos una asociación directa entre el nacionalismo como ideología y la pasión deportiva.
A través del fútbol, el país reinventa afrentas históricas; por ejemplo, la invasión norteamericana y la pérdida de los territorios del norte tras la firma del Tratado Guadalupe-Hidalgo en 1848. En este orden, el país azteca –tan lejos de dios y tan cerca de los Estados Unidos– reivindica en los campos deportivos una épica imaginaria que lo obliga a vencer al águila imperial. En términos fácticos, México puede admitir ser derrotado por países sin tradición futbolera, como Jamaica o Panamá, pero no tiene justificación para caer ante los gabachos. En ocasiones, incluso triunfos insignificantes son celebrados en el Ángel de la Independencia con una euforia similar al triunfo aliado en Normandía. Los medios de comunicación incitan a la orgía celebratoria. Vale la pena recordar que México es el único país del mundo que se anticipa un año a la promoción del mundial de fútbol, superando incluso al país organizador.
Así pues, nacionalismo y fútbol están asociados a la concepción que en cada lugar y contexto socio-cultural han desarrollado los países respecto a su comunidad de origen (Bourdieu, 1996; Ramírez, 2006): anglos, los ingleses; galos, los franceses; aztecas, los mexicanos. Si pasamos revista a los spots de la televisión mexicana, las cadenas recrean el evento deportivo en Sudáfrica como si éste fuera a realizarse en la selva, en territorios de Tarzán, cocodrilos, elefantes y caníbales. En cierto modo, los medios ambientan la imagen del continente africano como una inmensa colonia. De ahí que los personajes representados sean negros, no blancos. Ignoran, quizá, que el apartheid terminó hace años y que en la república sudafricana conviven negros y blancos.
El nacionalismo tiene, entonces, vínculos con lo deportivo. No aludimos a otras manifestaciones, pues no pertenecen al campo que estudiamos. Podríamos hablar incluso de una economía política del fútbol. Reconocer los territorios de adscripción de los equipos permite establecer las coordenadas históricas entre naciones y fútbol. Investigaciones como los de Vogel (1982), Dávila (1993), González (1995), Villena (1996, 1998, 1999, 2000), MacClancy (2003), Ramírez (2002, 2006), Leite (2007), Alabarces (1998, 2002, 2007), Wood (2007), establecen vínculos sugerentes entre el nacionalismo y el fútbol; éstos se presentan como partes esenciales en la conformación de una construcción identitaria asociada a lo nacional y con una dinámica histórica propia.
Identidad y mexicanidad
Claude Lévi-Strauss (1981:15) consideraba necesario analizar la identidad en su aspecto relacional, «la cuestión del Otro es parte constitutiva de la identidad». Esto es, existe una regla social colectiva que le otorga cierta identidad al individuo, que obtiene así una determinada posición en el mundo a partir de una situación genealógica y cronológica. Entonces, «todo prueba que el individuo no tiene otra identidad que la dictada por la voluntad colectiva del grupo que le asigna su lugar» (Héritier, 1981:74). Por lo tanto, «la identidad está ligada a una idea de permanencia, de puntos de referencia fijos que se mantienen constantes y que trascienden las modificaciones que sufre el sujeto» (Gil, 2008:5).
Frente al tema de la identidad, Lévi-Strauss (1981) se opuso al sustancialismo dinámico; optó por considerar a la identidad como:
…una especie de «fondo virtual» al cual es necesario referirse para explicar ciertos fenómenos que no tienen existencia real. En ese sentido quizás haya un común denominador entre la problemática de esas sociedades exóticas y la nuestra: se diría que la identidad se reduce menos a postularla o a afirmarla que a rehacerla, a reconstruirla, y que toda utilización de la noción de identidad comienza por una crítica de dicha noción… la solución de la antinomia de la cual he partido y por la cual se acusa la etnología –diciéndole: «queréis estudiar sociedades enteramente diferentes pero, para estudiarlas, reducís a la identidad»– sólo existe en el esfuerzo y ver que su existencia es puramente teórica: es la existencia de un límite al cual no corresponde en realidad ninguna experiencia (1981:368-369).
Para el antropólogo francés, recientemente fallecido, la identidad se presenta conectada a espejos y máscaras que nos son impuestas, y a su vez, imponemos a los demás. En este aspecto la identidad refleja un largo proceso histórico:
La identidad está conectada con las apreciaciones irrefutables sobre uno mismo –hechas por uno mismo y por otros. Cada persona se muestra ante los demás y a sí misma, y se ve reflejada en el espejo de los juicios de los demás. Las máscaras que luego y después de ese momento presente al mundo y a sus ciudadanos estarán diseñadas según lo que la persona presuponga de los juicios de los demás. Los otros también se presentan a sí mismos: usan sus propias máscaras y a su vez son evaluados (Lévi-Strauss, 1977:9).
En el caso de México, la identidad puede ser vista como una interiorización de imágenes y representaciones simbólicas, integrada por una fuerte carga afectiva. En un sentido general, hablamos de la mexicanidad, ésta se presenta como una integración compleja de símbolos proveniente de las culturas primigenias o aborígenes. La mexicanidad sintetiza el ego nacional, siendo, entre otras cosas, motivo de arduas disputas. Lo prehispánico hace presencia en diversas manifestaciones del territorio. La esencia de esta particularidad se resume en las premisas constitucionales que sustentan la pluriculturalidad de la nación, y que se hacen visibles a través de los amplios procesos de socialización escolar. Las «pequeñas patrias» –comunidades indígenas– de las que hablaba Manuel Gamio en 1916, tras un proceso de integración articulan el entramado de lo que él llamaba «la forja de la patria». La identidad nacional no es otra cosa que el resultado de la «integración de símbolos primigenios re-construidos y transmitidos por medio de la educación» (Arredondo, 2005:17).
Arredondo plantea la existencia de una división entre mexicanidad e identidad nacional; en la primera, encontramos formas simbólicas de representación, cuyo origen se arraiga en los elementos que constituyen las cosmovisiones primigenias de nuestros antepasados culturales y, también, en nuevos símbolos colectivos que nos permiten resignificar la realidad; la segunda, confiere otro tipo de elementos, ya que se construye paulatinamente a partir del concepto de nación y se consolida a través de la ideología que el Estado transmite por medio de la educación a fin de propiciar la integración de sus habitantes; podemos ubicar el nacimiento de esta identidad en el lapso que abarca de la independencia a la constitución del Estado que emana de la revolución de 1910, y que se plasma en la Carta Magna (Arredondo, 2005). Para esto, se deben conjuntar una serie de adscripciones, alusiones y particularidades regionales, las cuales, dependen directamente del territorio y de los agregados culturales independientes de la propia cosmogonía y de los símbolos adquiridos diacrónicamente en ambos casos.
La mexicanidad, planteada en otros términos, alude a la discusión sobre el carácter de lo mexicano. A esta temática se abocaron, entre otros, José Vasconcelos, Samuel Ramos, Santiago Ramírez y Octavio Paz. Algunos autores discurrieron en torno a la llamada «filosofía del mexicano». Recientemente, Roger Bartra hizo una compilación de textos que llamó Anatomía del mexicano. En sus páginas se concentra lo más selecto sobre el tema.
Cercano al tema de la identidad nacional se encuentra el patriotismo. De acuerdo con Brading (1973: 9), éste alude al orgullo que uno siente por su pueblo, a la devoción que el individuo siente por su país. El patriotismo se mitifica como actitud. Los textos escolares lo fotografían en el gesto heroico del que sucumbe en defensa de la patria: los niños héroes de Chapultepec, los indios: Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca, Francisco Márquez, Juan de la Barrera, Juan Escutia y Vicente Suárez, que derrotaron a los franceses el 5 de mayo, o el célebre y legendario Pípila, caído en la alhóndiga de Granaditas.
Advirtamos, sin embargo, que el patriotismo degenera en patrioterismo. Simulacro del simulacro, diría Jean Baudrillard. El vocablo se vulgariza: los medios de comunicación, Televisa o Televisión Azteca, haciendo alarde de patrioterismo, incitan a los jugadores a que asuman en la cancha la actitud de Vicente Guerrero, quien en los albores de la Independencia sostuvo frente a su padre, que le exigía que claudicara a cambio de canonjías de la madre España, una premisa de entrega total a la causa de la libertad: «La patria es primero». La falta de actitud de la selección nacional no sólo es «falta de huevos», sino carencia de un amor verdadero hacia la patria, porque no han asimilado el cántico de la dignidad nacional: «mexicanos al grito de guerra… un soldado en cada hijo te dio». En términos simbólicos, las cadenas televisivas exigen de los jugadores que se metamorfoseen en santos. El patrioterismo, vinculado a lo religioso, transformó a Osvaldo Sánchez del Guadalajara en San Osvaldo, y a Cuauhtémoc Blanco en San Temo. A su vez, el amor patriotero puede devenir en odio: el Vasco Aguirre, director técnico de la selección, luego de algunas desafortunadas declaraciones a una radio española, dejó su condición de salvador del Tri, para convertirse en traidor: el Asco Aguirre.
Nacionalismo, territorio y fútbol en México
El territorio lleva implícito un componente definido: la adscripción identitaria. El territorio plantea una comunidad de origen para los sujetos, bien porque nacen en el territorio político o porque, por procesos migratorios, se establecen en otro. En este último caso, la adscripción se plantea como «comunidad imaginada», para decirlo con Benedict Anderson (1993), el historiador inglés. En el caso de los migrantes mexicanos, a través de este «mecanismo imaginario» –diría Gilbert Durand (2005)– se mantienen constantes los lazos de parentesco que lo representan como ciudadano mexicano, independientemente del origen o la forma de llegar (migrante de segunda o tercera generación, legal o ilegal); existen, pues, distintas formas de mostrar, manifestar, encontrar y aludir la identidad mexicana.
Históricamente, el mexicano ha encontrado un lugar en el imaginario que se gesta fuera de sus propias fronteras; tal sería el caso de los mexicanos que viven en Estados Unidos. Tan cercana es su comunidad imaginada, que programar partidos de la selección nacional en territorio estadounidense es un negocio redondo para la FMF. Los estadios de fútbol lucen a reventar. Los espectadores gringos son pocos comparados con la presencia tricolor y sombreruda de los mexicanos.
La cuestión nacional se relaciona con la heterogeneidad cultural y lingüística (López y Rivas, 1993). El hablar y sentir de la gente demuestra elementos que permiten diferenciar uno u otro lugar en nuestro país. Un ejemplo: si en el centro del país escuchamos hablar a alguien del norte, podemos distinguirlo, independientemente si es de Tijuana, Saltillo o Culiacán. Lo mismo pasa en regiones de la Costa del Pacífica o el Golfo, o bien en lugares como Yucatán, donde simplemente se reconocen por el timbre de su voz; o incluso en la Ciudad de México, donde hay distintos acentos que dependen, en muchas ocasiones, del estrato socio-político de donde provengan los hablantes. La forma de hablar tiene marcado un territorio específico, como también la cultura en cada uno de estos lugares, la cual se va resignificando en correspondencia con procesos históricos concretos.
Llevando el asunto regional a la cuestión del fútbol, encontramos que éste se vive de forma particular en cada lugar. No es lo mismo un cotejo deportivo en Torreón o Monterrey, a uno en Ciudad Universitaria, el Estadio Azteca o la Bombonera de Toluca. Es un hecho que el norte no es el sur, ni el centro es el norte. Cada lugar posee formas especiales de apropiación de los eventos lúdicos. Podríamos pensar –siguiendo a Jean Duvignaud (1998)– en cierto «juego del juego» que se ejerce desde el ámbito de lo particular. El juego de lo local acrisolado en el juego de lo nacional.
La nacionalidad y su vínculo con el fútbol se dan en relación directa con los procesos históricos y los eventos relacionados con el mismo. De ahí que podamos establecer un cruce entre territorio y deporte en relación directa con la identidad. Caso concreto para México: los juegos olímpicos (1968) y los mundiales de fútbol (1970 y 1986), sucesos enmarcados por el fervor nacionalista y que fueron precedidos de catástrofes políticas y naturales, mismas que catapultaron y catalizaron profundos sentimientos de amor y odio; amor hacia la patria que pudo traer al territorio unos juegos que son materia de disputa mundial, y odio hacia el régimen que sacrificó a los jóvenes en la plaza de las tres culturas, Tlatelolco.
En términos relacionales, los mexicanos recuerdan esas épocas, por un lado, como momentos de corrupción y resistencia, y por otro, como de solidaridad y de unión ante la adversidad. Primero el sacrificio; luego, el surgimiento y apoteosis de la sociedad civil.
López y Rivas (1993), plantea que para la conformación de la cuestión nacional se necesitan ciertos elementos. Uno de ellos se relaciona con el problema de clases sociales y su lugar dentro de la nación. Las clases dominantes establecen su hegemonía sobre las clases medias o subalternas, a través de la cual se logra el consenso ideológico, cultural y económico de la sociedad en su conjunto. La hegemonía de las clases dominantes también se inscribe en el fútbol mexicano; en el deporte federado se representan y reproducen los modelos de imposición y de lucha por el poder. Este deporte se encuentra ligado a todo el aparato comercial, cultural, político y social que conlleva la misma idiosincrasia y logística burocrática del deporte en México. Resalta sobre todo la cuestión monetaria y la forma en que se desarrollan las relaciones costo-beneficio de cada una de las partes envueltas. Las clases sociales se representan en el fútbol en todos sus niveles; existen núcleos de poder en la misma Federación Mexicana de Fútbol. Ésta se distingue por el potencial económico y político que caracteriza a cada uno de los representantes, dueños, empresas y clubes regionales. A los dirigentes no los une el amor al fútbol, los une el lucro, el dinero fácil en el gran negocio del deporte profesional.
Conclusión
Todo lo arriba presentado es una interpretación de ciertos componentes a partir de la representación que mantiene una selección nacional en un mundial de fútbol, en este caso, la mexicana. Para enfocarse en algún otro país y representativo deportivo, sólo bastaría voltear la atención hacia las particularidades de cada lugar, pues se mantiene un contingente específico acorde a la propia dinámica de cada sociedad, cultura y país.
En el caso del fútbol mexicano como ente federativo, se ha visto la relación entre lo deportivo, lo económico, lo social y sobre todo lo nacional, pues es un hecho: el fútbol es uno de los principales detonantes de toda idiosincrasia nacional y sobretodo del sentimiento y ánimo coercitivo de gran parte de la sociedad; en este sentido, el fútbol mexicano ha carecido de oportunidad para su desarrollo deportivo y económico, lo cual es un reflejo de la situación del país, que carece de toda funcionalidad y gobernabilidad, desde sus instituciones hasta la propia visión que tiene la gente de México, tanto dentro del país como fuera del mismo.
BIBLIOGRAFÍA
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Alabarces, Pablo, Fútbol y Patria. El fútbol y las narrativas nacionales en la Argentina, Prometeo libros, Buenos Aires, 2002.
_____________ , «Football Fans and the Argentine Crisis of 2001-02: The Crisis, the World Cup and the Destiny of the Patria», en Football in the Americas Fútbol, Futebol, Soccer, Miller, Rory M. y Crolley Liz Editors, Institute for the Study of the Americas, University of London, UK, 2007, pp. 94-111.
Anderson, Benedict, Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, FCE, México, 1993.
Arredondo Ramírez, Martha Luz, Mexicanidad versus identidad nacional, Plaza y Valdez-UAEM, México, 2005.
Brading, David A., Los orígenes del nacionalismo mexicano, SepSetentas, Trad. Soledad Loaeza Grave, México, 1973.
Bourdieu, Pierre, ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos. Editorial Akal. Universitas, Madrid, 1985.
Cajas Castro, Juan, Educar para el futuro. Construcción democrática y educación cívica en Querétaro, Miguel Ángel Porrúa/IEQ, México, 2009.
Dávila, Andrés, «Fútbol y Cultura Nacional», en Cuaderno de Ciencias Sociales, núm. 91, FLACSO, Costa Rica, 1996, pp. 31-37.
Durand, Gilbert, Las estructuras antropológicas del imaginario: Introduction a la Arquetipología General, FCE, México, 2005.
NOTAS
[1] Véase Rubén Roberto Rico, «El mundial de las marcas»
[2] Se presume que la cláusula de rescisión del argentino Leonel Messi (jugador FIFA del año 2010/Barcelona FC) está valuada en un billón de euros, aunque éste no ha sido vendido. La cláusula de rescisión es un punto en el contrato de todo jugador profesional, básicamente tiene la función de incrementar el precio del jugador y proteger los intereses del club mientras éste esté contratado; todo esto, en el caso de que algún equipo alterno al propio esté interesado en contar con sus servicios antes del vencimiento de su contrato.
[3] Sólo de su sueldo, el Real Madrid invierte 13 millones de euros anuales; cfr. Marca, «Cristiano Ronaldo es el futbolista mejor pagado del mundo».
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Luis Adrián Calderón Gutiérrezes antropólogo social, sus líneas de investigación son fútbol, tribus urbanas, violencia y Revolución Mexicana. Es Profesor de Cátedra del ITESM Campus Cuernavaca e investigador asociado al proyecto “Revolución Mexicana. Redes sociales transfronteriza y presencias en el imaginario de las izquierdas latinoamericanas” a cargo del Dr. Ricardo Melgar Bao, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia













Ángel
junio 7, 2012 at 12:58 am
Vaya, buen aporte, me parece excelentísimo que se le este dando prioridad al deporte y lo que conlleva como tema de investigación en ciencias sociales. Me gustaría saber si hay alguna manera de contactar para profundizar en el tema.