Metáfora del naufragio: una lectura ecocrítica de Hans Blumenberg

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Es una suerte de lugar común imaginar un manejo arriesgado de la vida en el mar,  pensar en el naufragio como la experiencia del fracaso y de la espera de ser rescatado. Fernando Corona analiza algunos significados simbólicos del naufragio y los enlaza con la posmodernidad, caracterizada por una tonalidad nostálgica con un pequeño haz de esperanza por comenzar de nuevo.

Fernando Corona

Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo
¿por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?
Queremos mirar las nubes, queremos tomar el sol y oler la sal,
francamente no se trata de molestar a nadie,
es tan sencillo: somos pasajeros.

Pablo Neruda, «El barco»

La máxima 25 del compendio que escribiera el visir Ptahhotep durante la segunda mitad del tercer milenio a. C. en el Antiguo Imperio egipcio, que habla sobre el verdadero poder y el dominio de uno mismo, brinda entre las líneas 384 y 387 las siguientes recomendaciones:

Quien alcanza una plenitud

es como el que sostiene el timón, en el momento de tocar tierra.

El otro (que actúa opuestamente) es hecho prisionero.

Quien obedece a su corazón estará en orden (Blumemberg, 1999:124-125).

En el caso del concepto vertido en la línea 385, derivado de la noción egipcia de ir hemou («sostener el timón»), el traductor Christian Jacq arroja luces en una nota pertinente respecto de la expresión, relacionada con la conducta en la existencia humana, en los siguientes términos: «El timón permite al barco seguir su justo camino y evitar los escollos. Ni el hombre triste ni el frívolo son capaces de manejarlo correctamente. Este buen manejo del timón es uno de los objetivos del sabio»

Más importante todavía es la observación que hace Jacq al respecto de la idea de «tocar tierra», ya que justamente el abordaje de un navío es una de las imágenes más empleadas para evocar la muerte afortunada luego de una buena travesía por la existencia: «Haber conducido bien nuestra barca, gracias al timón, es abordar de manera apacible a la otra orilla, a fin de entrar serenamente en la eternidad».

Desde ese entonces (y seguramente desde que el hombre miró el horizonte acuático con ansias de remontarlo), la idea de conducir la vida y las creaciones o instituciones humanas sobre tierra firme se ha acompañado del sello metafórico de la navegación arriesgada, misma que no puede tener más que dos resultados (o tres, si se quiere conservar como opción la posibilidad de seguir permanentemente en altamar): o bien el arribo a puerto seguro, o bien el naufragio. En ese balance, el cuerpo marino representa de igual forma un par de presupuestos: es el límite natural de las empresas humanas y es, como denominación, el ámbito de lo imprevisible, la anarquía y la desorientación.

La posmodernidad presenta el signo aciago de la casi imposibilidad de arribo a un seguro puerto, al menos para el común de los hombres, en la medida en que no está la humanidad en disposición de escenificar el rito que plantea Hans Blumenberg en la primera parte («La salvación por el naufragio») del capítulo 2 («Lo quizá perdido») de La inquietud que atraviesa el río:

…en el importante bagaje de la emblemática [sc. del naufragio] viene ilustrada también la máxima estoica: pereat ne peream. Un barquito perdido en el oleaje; sobre él, su tripulación ocupada en arrojar al mar su carga y posesiones: un lastre que se abandona para salvar del hundimiento a la nave con sus pasajeros.

Se cree estar en presencia de un ritual: rendir ofrendas a la encolerizada divinidad para aplacar la tempestad. El hombre abandona aquello que, para él, vale tanto la pena como para arriesgar su vida en largos viajes. No hay que ser parco en las ofrendas. «¡Con tal que yo me salve, que se hunda todo!» (1992:39).

¿Tirar por la borda los signos del progreso civilizatorio posmoderno? Suena plausible en una mesa de discusión como la que hoy nos convoca, suena convincente en el escritorio y desde el foro; pero, apenas ponemos un pie en el plano de nuestra realidad inmediata, no hay casi un solo acto del día a día que no vaya sellado al menos con un gesto o un guiño que imposibilite el rito del pereat ne peream.

¿Tirar por la borda? Esto debería estar en directa proporcionalidad a los avances alcanzados en esos siglos de progreso, los cuales hicieron que Gandhi considerara que para la prosperidad de Gran Bretaña se había requerido la mitad de los recursos del planeta. Y tales avances nos colocan hoy ante la situación, planteada más adelante en  el mismo texto de Blumenberg, en cuanto a la pregunta de hasta dónde se puede llegar con el mencionado ritual del pereat ne peream. El filósofo asegura que «los dioses son insaciables», que «ponen muy alto el precio de la salvación y de la protección dispensada. Nunca han dudado en reclamar una Ifigenia, sólo para procurar un poco de viento» [Ibid.:].

En efecto, ya hace tiempo que llegamos al instante siguiente de ese ritual, el cual ha abierto de tal modo la polisemia del pereat, que lo incluye y lo relaciona no solamente con objetos, cargas, lastres o valijas, sino sobre todo con el tripulante (el Jonás) contra el que desembocan los miedos de los demás pasajeros. Y es ahí donde las consideraciones blumenbergianas abren un abanico de reparos capitales, pues se trata, no ya, en primera instancia, de vislumbrar el horizonte hacia el que podría llegarse, sino, antes que nada, de regresar a los momentos en los que se perdió el camino o la perspectiva de aquello a lo que no quería llegarse y, no obstante, se llegó.

 Y vuelve la pregunta: ¿tirar por la borda los signos del progreso civilizatorio posmoderno? Habría entonces que, en plena actitud de lemming (si no suicida, al menos instintiva o impulsivamente inmolado), realizar nuestro itinerario terrestre, atravesar los lagos, ríos y montañas que se sigan atravesando en nuestro camino mientras seguimos –como los roedores– comiendo y consumiendo la vegetación y los recursos que surjan al paso, para llegar al mar (al  sitio del  naufragio, pero esta vez en contraflujo y en una suerte de naufragio en tierra firme), intentar cruzarlo y morir ahogados por agotamiento.

O bien, simplemente deberíamos, lejos de la actitud roedora del lemming, llegar en la condición de los espectadores despreocupados que comúnmente somos y rememorar, como aconseja Blumenberg al final del texto breve ya referido, el proemio del libro segundo del De rerum natura de Lucrecio:

 …en el que éste presenta al espectador contemplando desde la orilla, fuera de peligro, cómo se hunde un barco con toda su carga y ocupantes, en medio de la tormenta; lo contempla sin burla ni placer maligno, sino sintiendo por primera vez gozosamente bajo sus pies el suelo firme. Este espectador, cuya moralidad no pasó sin mancha de duda y que tuvo que pagar el precio por la frivolidad estética, no piensa precisamente en el pereat ne peream. Pues no hay vinculación alguna entre el hundimiento que presencia y la seguridad que siente, fuera de la comparación que puede hacer, en su fuero interno, entre dos formas de vida. Este espectador no aportará ofrenda alguna a la divinidad marina [Ibid.: 40].

 Esta imagen nos lleva irremediablemente al segundo de los libros de Blumenberg que aquí nos ocupan: Naufragio con espectador. En él se detalla, al principio del capítulo 2 («Lo que queda al náufrago»), cómo el naufragio es «una suerte de “legítima” consecuencia de la navegación, mientras que el puerto felizmente alcanzado o la apacible bonanza son sólo el aspecto engañoso de una tan profunda problematicidad» [1995: 17], de todo lo cual se sigue que, en la contraposición entre la metafórica terrestre (firme) y la marina (inestable) –«tomada como esquema rector de la paradoja de la metafórica existencial»–, tiene lugar también una configuración acentuada de igual forma que implica el naufragio marino asociado con el espectador no implicado en tierra firme:

 …la literatura no podía pasar por alto esta convergencia; y tampoco podía pasar por alto su escándalo cuando presenta al espectador impasible como un tipo que, en vena de Kulturkritik o meramente como experiencia estética, satisface su distancia respecto a lo inmenso o goza de su conocimiento [Ibid.:].

En este sentido, ¿podríamos concebir al hombre posmoderno como una silueta que ve acercarse, en efecto, el gran navío del mundo a su orilla de cara a un desastre inminente?, o bien, ¿se trata del tripulante del navío sin posibilidad ya de tierra firme desde donde guardar distancia, destinado sin opción al estrellamiento del barco, en el cual es al mismo tiempo actor y espectador del suceso?

 Manuel Garrido nos ayuda a ver con mayor proximidad la cuestión, atrayéndonos a la metáfora del naufragio más célebre de nuestra época: el Titanic. Se pregunta Manuel Garrido hacia dónde va este trasatlántico, orbe convertido en maravilla tecnológica, y «sugiere una respuesta inequívoca: se hunde, acabará en una tragedia», recordándonos que, en el caso del accidente histórico de 1912, la catástrofe tuvo un matiz aun más desconsolador, reflejo de nuestra posmodernidad, en la medida en que no hubo botes salvavidas para todos, sino sólo para la primera clase, cuestión que nos devuelve de botepronto al epígrafe inicial de este escrito, de Pablo Neruda, con la imperante necesidad de completar la cita con más versos del poema, surgidos de la emergente voz de los pasajeros de segunda, tercera, cuarta… hasta las últimas clases:

¿Entonces, qué les pasa?
¿Por qué andan tan furiosos?
¿A quién andan buscando con revólver?

Nosotros no sabíamos
que todo lo tenían ocupado,
las copas, los asientos,
las camas, los espejos,
el mar, el vino, el cielo.

Ahora resulta
que no tenemos mesa.
No puede ser, pensamos.
No pueden convencernos.
Estaba oscuro cuando llegamos al barco.
Estábamos desnudos.

Esta queja no es sino el problema dialógico de la tripulación a bordo que ha perdido el sentido de la navegación al interior del hombre que Ptahhotep nos obsequia en sus máximas y que, en una macroesfera irreversible, está ahora a la deriva en derechura al estrelladero que significará la catástrofe multifacética que se ve por delante: económica, ecológica, sociológica y política.

Más aun, estaríamos asistiendo a una suerte de recuento de los hechos tras los restos del hundimiento que apenas vimos y seguimos fantasmalmente esperando (en la forma de una socarrona versión del Perla Negra en nuestra órbita planetaria), sumidos como estamos en esta actitud de espectador que nada espera y sólo mira hastiada e inmortalmente (si pensamos esto último a lo Borges).

Manuel Garrido rasca en ello al referirnos la crisis manifiesta hace cuatro décadas, paradigma del «accidente general» que puntualizó Paul Virilio en los años noventa, el choque del Titanic:

 …–nuestra tecnosfera planetaria–, cuyo hundimiento comenzara hace tres décadas, en tanto a  lo largo de estos años hemos vivido en medio de las turbulentas operaciones de salvamento y rescate. Así, no es que vaya a producirse el  choque o el accidente, sino que éste ya tuvo lugar, pues nuestro «Titanic» chocó hace treinta años y ahora sólo asistimos a sus consecuencias en el globo [Ibid.: 197].

 En ese tablero en el que se mueve la existencia humana, nave proteica que bien puede ser la balsa de Odiseo o el trasatlántico hundido, Hans Blumenberg enfrenta finalmente el dilema de pretender saber lo que se contaría sobre la muerte en el –para él– próximo milenio, simulando que hubiera un concurso destinado a inventar propuestas para fundar la tradición, en la medida en que la pregunta acerca de cómo se muere con la filosofía es –y no sólo para Sócrates– la interrogante esencial.

 Si la catástrofe que desata el hilo de las otras ya llegó y seguimos de espectadores silenciosos ante el agua, acaso de manera instintiva por aquello de que nuestra especie ha preferido vivir siempre con vistas a ella, hay, en todo caso, que hallar la cura de la condición del espectador, en la medida en que, como define el vocablo Petrūska Clarkson: «es el nombre con el que se designa a una persona que no se involucra activamente en una situación en la que otra persona necesita ayuda» [Bauman, 2004: 251, n. 3], para después dar el paso definitorio a la única noción que podría esperarse, definida por Blumenberg en el penúltimo capítulo de Naufragio con espectador («Hacerse una nave con los restos del naufragio»):

La demiúrgica nostalgia robinsoniana de la época moderna se encuentra también en la artesanía del constructivista, que abandona la patria y la hacienda para fundar su propia vida sobre la pura nada del salto por la borda. Su situación de artificioso peligro en el mar no deriva de la fragilidad de la nave, que constituye ya un estadio final tras largas construcciones y reformas. Pero está claro que el mar contiene otros materiales más de los utilizados en la construcción. ¿De dónde pueden proceder, para dar ánimo a quienes comienzan de nuevo? ¿Quizás de naufragios anteriores? [1995: 94-5]

 [*] Esta ponencia fue leída originalmente el Coloquio Literatura y Posmodernidad, celebrado en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM el 25 y 26 de octubre de 2010.

Bibliografía

Zygmunt Bauman, La sociedad sitiada. México, Fondo de Cultura Económica, 2004.

Hans Blumemberg, La inquietud que atraviesa el río: un ensayo sobre la metáfora, Barcelona, Península, 1992.

_____________, Naufragio con espectador, Madrid, Visor, 1995.

_____________, Las máximas de Ptahhotep: el libro de la sabiduría egipcia, Madrid, EDAF, 1999.

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