Saturday, 14th September 2013

La Antigüedad recuperada

Publicado el 24. jul, 2011 por en Artes, Portafolio

Carlos Buchan López 

 

¡Oh, padres santos, antiguos artífices! ¿Qué clase de crueldad invadió vuestra gran virtud, que os llevasteis a la tumba tantas riquezas, que deberían haber sido nuestra herencia?

Francesco Colonna

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Esto clama Polífilo al ver en sueños las ruinas gloriosas que una civilización innombrada dejó tras de sí. Tras la máscara de Polífilo, éste era el reclamo que el autor del Sueño de Polífilo (1499, Venecia), Francesco Colonna o quienquiera que haya sido, hacía a la civilización grecolatina por haber permitido su propia extinción al haber dejado desfallecer su virtud; quizá también reclamaba a la Historia por no permitir que perdurase en plena continuidad aquello que él juzgaba digno de eternidad.

Finalizaba el siglo XV y Roma comenzaba a resurgir de un largo letargo a partir de sus ruinas. Italia descubría poco a poco lo que siempre había estado bajo sus pies. Quizá muchas de estas cosas siempre estuvieron a la vista, pero sólo ahora había quien las estimara como una fuente de sabiduría humana de la cual se podrían arrancar inestimables secretos. El camino para llegar a esto fue largo y quizá haya comenzado bajo el amparo de la intimidad y a través de casuales lecturas.

Los hombres de cada siglo suelen vivir al ritmo que les marca su tiempo, y algunos siglos desconocen más que otros lo que pasó antes de ellos, carecen de perspectiva histórica. Durante la mayor parte de la Edad Media la vida fue precaria, y los libros y las historias minuciosamente relatadas que sólo se pueden transmitir por ellos, escasos. Sin libros ni ninguna clase de referencias externas, el mundo que se vivía lo era todo. La Iglesia había dicho cómo era el mundo y cómo se tenía que actuar en él. La cosmovisión unívoca elaborada por la Iglesia excluía del saber común las corrientes del pensamiento antiguo que le eran contrarias y preservaba sólo aquello que los teólogos habían podido hacer concordar con la recta doctrina. La única vía para conocer otros mundos eran los libros, y todos los libros que conocía el común de la gente remitían a la Biblia. Según la Biblia, había este mundo de pesares y de fatigas, auténtico valle de lágrimas, y aquel otro mundo celeste que era su antítesis: perfecto, aunque sólo reservado a los justos y velado detrás del negro manto de la muerte.

 Pero no toda Europa vivía tan replegada sobre sí misma como para no poder prestar oído a los extraños relatos que al final de la Edad Media renovarían la fantasía europea. Las necesidades de la vida cotidiana y el primitivo espíritu de lucro llevaron a un puñado de hombres a franquear los peligrosos límites de su mundo, que según los mapas de la época estaban poblados por monstruos, desolación y espanto. Estos hombres se encontraron con que más allá del orbe cristiano existía otro mundo, y ese otro mundo también estaba habitado por hombres.

 Para el comerciante-viajero de aquellos siglos, el conocimiento de estos mundos fue una fuente de maravillas que había que narrar. En su Libro de las maravillas del mundo, el veneciano Marco Polo no sólo actualiza para el imaginario europeo el catálogo de seres fantásticos que poblaban las tierras no cristianas; las principales maravillas que relata nada tienen que ver con lo monstruoso ni lo sobrenatural, sino que son las costumbres de otros pueblos, a veces refinadas y a veces barbáricas, pero siempre notables por el solo hecho de ser novedosas y distintas.

 Pero Marco Polo no fue el primer europeo en entablar contacto con estos otros mundos; ya otros habían descubierto las puertas del Oriente desde el tiempo de las Cruzadas; otros más llegaron más lejos y establecieron relaciones comerciales con Siria, Persia o la India. Estos hombres regresaban a suelo europeo no sólo con los relatos de otros pueblos, sino también a veces con la noticia de antiguas obras europeas de las que ya no se tenía conocimiento en Europa; muchos antiguos tratados griegos eran propiedad cultural del mundo árabe gracias a las traducciones que habían hecho de ellos.

 Hace falta muy poco esfuerzo para imaginar todo lo que estos descubrimientos y redescubrimientos significaron para Europa. Por los mismos años en que el Libro de las maravillas del mundo fue dictado por Marco Polo a Rustichello da Pisa (1298), empezó a surgir un tipo de literatura inédito en Europa; quedaban atrás las fantasías infundadas de la literatura caballeresca y la imaginación europea se volcaba con entusiasmo a un mundo oculto tras siglos de desconocimiento: el mundo de los griegos y los romanos. Esto, sin embargo, no sucedió al mismo tiempo en todos lados. Por su posición privilegiada, justo en el ombligo del Mediterráneo, y por ser la nación comercial y culturalmente más avanzada de Europa, Italia fue quien indicó el camino con una anticipación sorprendente.

En la Comedia, Dante va de la mano de Virgilio a conocer los mundos ultraterrenos, y en la ejemplar imaginería de la Comedia se mezclan los recuerdos de sucesos y personajes contemporáneos de Dante con relatos y personajes sacados de la literatura griega y latina, conviviendo ambos tipos de referencias en la más perfecta naturalidad… como si Dante estimara el mundo antiguo como su propio mundo. Hábilmente, Dante intercala entre las imágenes de los otros mundos convencionales las imágenes redivivas de los antiguos. El cambio de mentalidad no podía ser más profundo; los estímulos de la imaginación ya no serían sólo las construcciones perfectas pero irreales de los teólogos o el paraíso y el infierno de los predicadores; el europeo ahora volcaba el poder de su imaginación hacia la Historia, y sobre esta nueva imagen de la Antigüedad, que comenzaba poco a poco a forjarse, casi nada estaba dicho: el intelectual tendría que completar su imagen de lo antiguo yendo a investigar vorazmente en todas las fuentes posibles. Pronto las bibliotecas monacales encontrarían nuevos visitantes que irían a leer añejos manuscritos sobre los que ningún ojo había ido a parar en siglos.

La literatura fue el primer ámbito en el que Europa se reencontró con este mundo perdido, pero no fue el único. Tan fuertemente impregnó la conciencia europea esta búsqueda de la Historia y de la auctoritas de los antiguos en los saberes más diversos, que todos los ámbitos de la vida cotidiana pronto tendrían su modelo en el ejemplo de los antiguos. Nada permaneció ajeno a esta influencia.

En arquitectura, una nueva ley regularía la forma de los nuevos edificios. Como si el mundo antiguo jamás hubiera acabado, Leon Battista Alberti (1404-1472) tendió un puente de catorce siglos al tomar como modelo para su obra los Diez libros de arquitectura de Vitruvio. Y después de Brunelleschi y de Alberti, generaciones de arquitectos volverían la vista sobre las ruinas de los templos y las ciudades griegas y latinas para reencontrar, asombrados, la sobriedad, la racionalidad y la elocuencia de una arquitectura que, aunque regida por el número, no inhibía la fantasía de la ornamentación y la figuración. A partir de ahí y por lo menos durante seis siglos, teniendo siempre en mente la grandeza de la cultura antigua como un modelo de civilización, Europa delinearía sus calles y sus plazas con columnatas, frisos y frontones, elementos que, aunque pertenecían a un repertorio fijo y tradicional, siempre eran susceptibles de ser los sólidos cimientos de la invención figurativa y simbólica del arquitecto, cualquiera que fuera la calidad de ésta. Cuando vemos la obra de Borromini o de Guarini, difícilmente nos viene a la mente algo sobre el espíritu de la arquitectura antigua; sin embargo, los elementos clásicos que utilizan obligan a sus extravagancias a permanecer en diálogo con lo que Europa tuvo por modelo durante tanto tiempo. Este curioso fenómeno habla por sí solo de cuán poderosa tenía que ser esta matriz cultural europea de impronta clásica para admitir todo grado de expresión, desde la adhesión más fiel a sus principios hasta casi la transgresión abierta.

En música, un curioso y exitoso experimento nos demuestra hasta qué grado la Europa renacentista concedía un prestigio casi de santidad a las palabras y las prácticas de los antiguos. Varias generaciones de músicos europeos creyeron encontrar los secretos de una verdadera melodía en las métricas utilizadas por los poetas latinos. En 1507, a instancias del poeta alemán Conradus Celtis, el humanista y compositor Peter Treybenreif (c.1465-c.1525), mejor conocido por su nombre latinizado, Petrus Tritonius Athesinus, musicalizó veintidós de las Odas de Horacio con un procedimiento extraño para su tiempo. En esta musicalización, la métrica musical, la sucesión de sonidos largos y sonidos breves, seguía con toda fidelidad la métrica de cada poema. La finalidad de esto no era otra que dotar a la melodía de la expresividad de las palabras, suponiendo que las métricas utilizadas por Horacio eran del todo miméticas con el significado de las palabras; para Petrus Tritonius y otros tantos humanistas, la sabiduría latina era tan grande, que el aspecto formal de la poesía latina correspondía exactamente con aquello que describía. Así, la verdadera melodía era aquella que estaba en perfecta sintonía con el asunto que trataba la poesía y con el afecto que le daba aliento. De aquí la teoría de los afectos (affetti) que sería la norma para la composición melódica durante los siglos XVI y XVII; la melodía más verdadera sería la más afectuosa, pues el afecto está cargado de realidad y de significado. Habría que esperar hasta el siglo XVII para que esta teoría mostrara sus mejores frutos. Mientras tanto, y confiando casi ciegamente en la sabiduría expresiva de los latinos, Tritonius ofrecía una solución rudimentaria al problema de identificar melodía y afecto.

Miserarum est (Horacio, Odas, Lib. III, 12)

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 Tritonius fue el primero en elaborar un amplio compendio de este tipo de música, pero no fue el primero en valerse de la métrica latina para crear melodía. Antes que él, el italiano Franciscus Nigrus (1452-c.1523) en su Grammatica brevis… (1480) había tomado de los Fastos de Ovidio Tempora labuntur. La versión mostrada aquí utiliza la instrumentación que Tritonius prescribe para la musica more antiquo mensurata (música medida al modo antiguo): violas, flautas, percusión y todo aquello que la imaginación renacentista adjudicaba al ritual antiguo.

Tempora labuntur (Ovidio, Fastos, VI, 771-773)

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 Después de ellos, el músico y teórico Franchino Gaffurio (1451-1522), quien escribió sobre la teoría de las notas musicales adjudicada a Pitágoras, escribiría una pieza enigmática donde se habla de la relación existente entre los siete modos musicales y los siete planetas, dando quizá a la musica more antiquo mensurata algo más que la justificación semántica de Tritonius, llegando incluso a esbozar una justificación cósmico-matemática.

Musices septemque modos planetae (Franchino Gaffurio)

Ni el célebre madrigalista Jacob Arcadelt (1504/5-1568) pudo sustraerse a la moda internacional de esta música, aunque en Arcadelt estas piezas sean extrañas y puedan verse como experimentos alejados de su proceder habitual. Esta última aseveración se comprueba al ver que Arcadelt también musicalizó esta clase de textos de acuerdo a otro procedimiento que también hizo escuela. Se dice que con dos actitudes divergentes los músicos adscritos a la práctica de la musica more antiquo mensurata trataron los textos clásicos. La primera de ellas, la de Tritonius y Nigrus, era la actitud métrica, con la que se imita literalmente la métrica latina sin introducir silencios y utilizando sólo notas breves y semibreves. En la segunda, la actitud rítmica, se manejaba la relación de sílabas largas y breves con mayor libertad de acción, introduciendo silencios y un mayor número de duraciones para las notas. Para los rítmicos no toda la expresividad de los textos estaba dada por sus métricas; la mímesis deseada requería de la inventiva del autor y de su propia interpretación del sentido de los textos. Siguiendo la estela de los métricos, Arcadelt musicalizó Poscimur si quid vacui sub umbra, de Horacio; siguiendo a los rítmicos, At trepida et coeptis immanibus effera Dido. Al comparar ambas piezas, el contraste entre ambas formas de proceder es notable.

Poscimur si quid vacui sub umbra (Horacio, Odas, I, 32)

At trepida et coeptis immanibus effera Dido (Virgilio, Eneida, Lib. IV, 642-660)

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Y es aún más notable cuando vemos que Antonius Capreolus Brixien basa una de sus piezas en la Bucólica VIII, pero tomándose la licencia de alterar incluso el orden de los versos; Capreolus demuestra que la mímesis se puede lograr en la más completa infidelidad y que la música puede tomar su aliento de la Antigüedad, pero es deseable que el resultado se deba al juicioso oficio del músico.

Ut vidi, ut perii (Virgilio, Bucólica VIII)

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Prevalecería esta última actitud de uso juicioso e inventivo, que vería toda la abundancia y la buena calidad de sus frutos en la segunda mitad del siglo XVI, y más aun en la música vocal e instrumental de principios del siglo XVII; el nacimiento de la música barroca es inexplicable si no entendemos cómo esta actitud de mimesis entre palabra y música se flexibilizó al correr del siglo. Sin embargo, queda en el archivo de curiosidades bellas de la historia esta musica more antiquo mensurata que gozó de tantas simpatías en la Europa de su tiempo, simpatías quizá debidas a su propia contundencia; debidas quizá también a la musicalidad perenne del verso latino.

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Bibliografía

COLONNA, Francesco, Sueño de Polífilo, intr. y trad. de Pilar Pedraza, Acantilado, Barcelona, 2008

FESTA, Roberto, Musa Latina. L’invention de l’Antique [CD], notas informativas, Alpha, París, 2009

TRITONIUS, Petrus, «Miserarum est», Musa Latina. L’invention de l’Antique [CD]. Interp. Daedalus, dir. Roberto Festa, Alpha, 2009, pista 4.

NEGRUS, Franciscus, «Tempora labuntur», Musa Latina. L’invention de l’Antique [CD]. Interp. Daedalus, dir. Roberto Festa, Alpha, 2009, pista 2.

GAFFURIO, Franchino, «Musices septemque modos planetae», Musa Latina. L’invention de l’Antique [CD]. Interp. Daedalus, dir. Roberto Festa, Alpha, 2009, pista 6.

ARCADELT, Jacob, «Poscimur si quid vacui sub umbra», Musa Latina. L’invention de l’Antique [CD]. Interp. Daedalus, dir. Roberto Festa, Alpha, 2009, pista 9.

ARCADELT, Jacob, «At trepida et coeptis immanibus effera Dido», Musa Latina. L’invention de l’Antique [CD]. Interp. Daedalus, dir. Roberto Festa, Alpha, 2009, pista 3.

CAPREOLUS BRIXIEN, Antonius, «Ut vidi, ut perii», Musa Latina. L’invention de l’Antique [CD]. Interp. Daedalus, dir. Roberto Festa, Alpha, 2009, pista 5.

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Carlos Buchan López (Ciudad de México 1980) estudió Arquitectura en la UNAM. Tiene un blog sobre temas musicales, www.gestaefidibus.blogspot.com, donde de tanto en tanto publica algún artículo, a veces con buena fortuna, a veces no; la decisión de leerlo queda en la buena fe que se le tenga o en la propia capacidad de riesgo del lector. De ninguna de estas dos cosas puede responsabilizarse al autor. Por lo demás, a quien así advertido se decida a leerlo, el autor le dice: «bienvenido».

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