¿Qué hace a una buena película de superhéroes?
Publicado el 25. ago, 2013 por Cuadrivio en Antesala, Artes
Coincidentemente, la historia de la cinematografía se acompaña casi de manera exacta con la fecha de inicio del siglo XX; tan sólo unas décadas más tarde, los cómics de superhéroes alcanzarían su época de oro, y la llegada de estas historias a la pantalla del séptimo arte no tardaría en suceder. El artículo rastrea la génesis, desarrollo y actualidad de este tipo de género, al tiempo que da luz sobre algunas de las películas más destacadas y/o particulares del mismo.
Erick Pulido
Tim Burton sobre Kevin Smith (después de que Smith lo acusara de manera jocosa de haberse robado el final de El planeta de los simios de un cómic escrito por él):
«Todos los que me conocen saben que nunca leería un cómic. Y sobre todo nunca leería nada creado por Kevin Smith».
Kevin Smith sobre Tim Burton (para responder a su declaración de que «nunca leería un cómic»):
«Claro, ¡eso explica tu pinche Batman!»
Hoy en día, para hablar de películas de superhéroes, es muy fácil citar nombres como los de Christopher Nolan, Joss Whedon o Bryan Singer. Con mega producciones como Los Vengadores (2012), se ha vuelto imposible pensar en un mundo sin este tipo de contenido. Más aún con la convención de cómics en San Diego a todo lo que da. Pero no siempre fue así, no siempre hubo películas de este género y, cuando las hubo, no siempre fueron buenas. Se tuvieron que cometer varios errores, Daredevil (2003) por nombrar alguno, para que las películas de superhéroes como hoy las conocemos se convirtieran en lo que ahora, incuestionablemente, es el género en boga.
La siguiente es una breve recapitulación para entender cómo es que se llegó a este tan redituable apogeo.
Historia
Así como hay quienes afirman que antes del estreno de Asalto y robo de un tren (1903) de Edwin S. Porter ya se había experimentado con el western, o que hubo películas previas a El halcón maltés (1941) que podrían ser catalogadas como film noir, con las películas de superhéroes, subgénero de la ciencia ficción, la forma de elegir cuál es la película que lo inició todo, es algo similar.
El primer acercamiento se dio en los años cuarenta con series de televisión y sagas basadas en cómics. Durante la Segunda Guerra Mundial, los cómics se encontraban en un periodo de auge. Varios superhéroes fueron creados para apelar al patriotismo del público estadounidense, presentando nombres o uniformes relacionados con el país y sus símbolos nacionales, del mismo modo que se les solía enfrentar contra los nazis. Por ello, como extensión a dicho auge, series como las Aventuras del Capitán Marvel (1941), Batman (1943), El Fantasma (1943), Capitán América (1944) y Superman (1948) llegaron a la pantalla chica. Sin embargo, factores como la duración, las políticas de regulación del medio, el formato y el bajo presupuesto, no permitieron que las series despegaran del todo, que se separaran de los cómics y vivieran de forma propia, como lograron posteriormente en los largometrajes. Además que, al finalizar la guerra, la agitación en la industria del cómic implicó una larga pausa para las series de superhéroes.
Durante varios años, lo único que –para fines de éste artículo– trascendió, fue la saga protagonizada por Adam West, que resultó en una adaptación a la pantalla grande: Batman (1966). El problema fue que, al igual que la serie de televisión, al valerse de colores saturados, diálogos cursis, exageración en las actuaciones y una ruptura ocasional de la cuarta pared, más que una película de superhéroes se trató de una parodia sin fines reales de crítica social. No fue sino hasta 12 años después que llegó el Edwin S. Porter de las películas de superhéroes: Richard Donner.
Superman (1978) fue un parteaguas, una película que llegó a innovar en cuestiones de efectos especiales, con un elenco que incluía a nada más y nada menos que a Marlon Brando, y además contaba con un guión del responsable de la trilogía de El Padrino, Mario Puzo. El dos veces ganador del Oscar se encargó de darle a la historia un trasfondo muy complejo, plagado de alusiones religiosas. En concreto: Jor-El (Dios) arroja a Zod (Satanás) de Krypton (el Cielo). El discurso de Jor-El, mientras él y Lara se despiden de Kal-El dice: «El hijo se convierte en el padre y el padre en el hijo». Una nave en forma de estrella trae a Kal-El a la Tierra (la estrella de Belén), Kal-El llega a una pareja que no puede tener hijos («¡Cómo oramos y oramos al buen Señor para que nos diera un niño!»). Clark Kent viaja al desierto para descubrir quién es realmente y lo que tiene que hacer (no se sabe mucho acerca de Jesús durante sus años de juventud), y «… Debes vivir como uno de ellos, pero siempre tener en tu corazón el orgullo de tu herencia especial. Ellos pueden ser un gran pueblo, Kal-El, desean serlo, sólo les falta la luz que mostrará el camino. Por esta razón, su capacidad para el bien, les he enviado a mi único hijo». Estas referencias podían resultar abrumadoras. Cuando llegó la secuela, Superman II (1980), en la cual Clark se compromete a renunciar a sus poderes para casarse con Lois, fue como ver a Jesús cuestionarse en La última tentación de Cristo (1988) de Martin Scorsese. Se había encontrado el hilo negro.
Lo curioso es que con el reciente éxito logrado por La Guerra de las Galaxias (1977) y Encuentros cercanos del tercer tipo (1977), la llegada de la película protagonizada por Christopher Reeves fue vista no como el inicio de un nuevo género, sino como la consumación de la triada que iniciaría el auge ochentero de la ciencia ficción. Por ello, a diferencia del western o el film noir, dicho apogeo no fue sinónimo de consolidación, por el contrario, las películas de superhéroes no recibieron la distinción y por ende, la catalogación necesaria como para reconocer sus patrones y reglas, y así después poder replicarlas. Inclusive dentro de la misma saga de Superman, fue sólo la segunda parte, Superman II (1980) de Richard Lester, la que logró hacerlo. La tercera y cuarta parte fueron como kriptonita para la franquicia.
Pasaron varios años para que alguien lograra replicar la esencia de una película de superhéroes. El siguiente intento destacable lo hizo nuevamente DC, ahora apostándole a Batman bajo el mando de Tim Burton quien, de forma respetable, lo intentó… dos veces. Pero, a pesar de grandes aciertos estéticos, la película se sentía más una hija de la serie de televisión que del material de origen, pues –aunque de forma distinta– la farsa aún pesaba demasiado. Sin embargo, eso no fue lo peor. Se ha dicho hasta el cansancio que hay que darse cuenta cuando algo ya dio lo que tenía que dar, Superman III y IV habían ya aprendido esa lección por las malas, pero Joel Schumacher no es de aquellos que aprenden en cabeza ajena. No sólo no dejó morir la franquicia mientras estaba en lo «alto», sino que le dio vida el tiempo suficiente para que se convirtiera en un villano (fracaso total).
Posteriormente, Marvel se dedicó a financiar churros de bajo presupuesto como la nunca estrenada Capitán America (1991) y Los 4 Fantásticos (1994) con el afán de atacar el público juvenil bajo la falsa hipótesis de que eran únicamente ellos quienes leían el material de origen. No fue hasta que El Cuervo (1994), la primera película independiente de cómics de superhéroes en establecer una franquicia, incorporó la violencia que tanto hacía falta para –entre otras cosas– motivar a Marvel a tomar el riesgo necesario para hacer Blade (1999) de Stephen Norrington y X-Men (2000) de Bryan Singer, las primeras grandes adaptaciones de cómics modernos. Y digo grandes no sólo en cuestiones de producción, grandes porque entendieron que no sólo es una cuestión de implementar violencia en función de la acción, sino de tomar un conjunto popular de personajes y transcribirlo en mundo actual de modo que el nivel de realismo sea mayor y, por ende, el nivel de identificación sea directamente proporcional. Pero de cierta manera aún faltaba algo, ese «no se qué, que qué se yo» que, el 3 de mayo de 2002 con el estreno de Spider-Man, Sam Raimi logró plasmar en imágenes.
Fue una revelación, la película se convirtió de inmediato en un éxito crítico y financiero recaudando más de 100 millones de dólares en su primer fin de semana (el mayor fin de semana bruto de todos los tiempos en su momento), marcando lo que, en mi opinión, fue el verdadero parteaguas del subgénero. Ahora bien ¿qué fue «ese algo» que nadie vio durante años? ¿Qué es «ese algo» que hace que una película de superhéroes sea, pues, una buena película de superhéroes?
Cinco cosas que hacen o deshacen una película de superhéroes
A continuación un listado de cosas que, para bien o para mal (depende el uso que se les dé), han probado aparecer las suficientes veces como para ser considerados patrones, reglas y elementos distintivos del subgénero de la ciencia ficción: las películas de superhéroes.
1. Efectos especiales
Hay quienes afirman (y son varios) que el subgénero no había florecido a raíz de que no existían los efectos especiales necesarios para hacerle justicia a los personajes, a sus poderes y a su entorno. Digo, de qué forma se podría hacer a Hulk sino consiguiendo a un físico culturista y pintándolo de verde. De qué manera se podría simular la destrucción de sitios turísticos sino con modelos a escala. Indiscutiblemente, se trata de un punto importante, pero entonces, ¿por qué películas como Linterna Verde (2011), Ghost Rider (2007) o El Hombre de Acero (2013), que están repletas de efectos especiales, han dado tan pobres resultados? La realidad es que sí, la ciencia ficción generalmente se presta para el uso de efectos especiales y se agradecen, pero si algo nos demostró Tarkovsky con Solaris (1972), la contraparte soviética de 2001: Una odisea al espacio (1968), es que no hace falta una infinidad de efectos especiales para espejar a la sociedad contemporánea con un paralelismo, y no una proyección, que ilustra su tan destructivo comportamiento. En otras palabras, la ya tan olvidada esencia de la ciencia ficción. Ahora, cabe destacar que no estoy diciendo que el uso de efectos especiales en 2001: Una odisea al espacio sea malo, para nada. Lo que quiero decir es que el uso de efectos especiales, al igual que cualquier otro recurso, no debe usarse –en teoría– simplemente porque sí, como hoy en día se hace con el 3D. Es como dice Scorsese sobre los chistes, «Hacer un chiste es fácil, hacer que un chiste sea parte de un todo orgánico, eso es un reto». Al final de cuentas, un chiste, al igual que un efecto especial, es un recurso y todo recurso debe usarse en función de la narrativa.
2. La muerte del padre (o mentor)
Si algo tienen en común las películas de superhéroes con las películas de Disney es que en ambas los personajes protagónicos son, generalmente, huérfanos. Sólo que, en el segundo caso, tiene un por qué muy específico ligado casi en su totalidad con una cuestión de verosimilitud para el espectador y una cuestión de motivación para el personaje, lo anterior se debe a dos razones principales: la primera, porque la muerte del padre (o mentor) está estrechamente vinculada con el tipo de superhéroe en cuestión y, la segunda, porque es a partir de ella que se establece el camino que el superhéroe va a tomar. Para explicarme mejor, voy a citar un par de ejemplos.
Para ilustrar el primer caso, tomemos Superman (1978) de Richard Donner. Clark Kent es un joven que puede hacerlo todo, no hay nada fuera de su alcance y ha crecido sabiendo esa verdad. Hasta que de pronto un día, su padre, Jonathan Kent, muere de un infarto. No hay nada que Clark, el joven que creía poder hacerlo todo, hubiera podido hacer para detenerlo. Su concepción del mundo se ha venido para abajo. Ahora, comparémosla con la muerte de Jonathan Kent en El Hombre de Acero (2013) o, como a mi me gusta llamarle, «La terquedad mata». La familia Kent se ve atrapada en un embotellamiento pues, por qué no, viene un tornado. Una situación que no sería más que un juego en el parque para Superman pero que, a causa de la obsesión de Jonathan de ocultar los poderes de Clark, se vuelve todo un caos. Jonathan asume el rol de héroe y ordena a Clark hacerse a un lado. Clark obedece a regañadientes y observa durante varios minutos cómo su padre torpemente salva a un perro, es lastimado y luego devorado por el tornado. Y aunque durante todo ese tiempo Clark muestra intención de salir disparado a salvarlo, Jonathan es tan terco que ni siquiera cuando está a punto de morir acepta que está equivocado, y le hace un gesto a Clark con la mano para que no vaya y le sonríe. Clark, consciente de que a los padres no hay que contradecirlos, deja que muera. Y así, el tornado se lleva a Jonathan Kent, ante la desolación de un Clark que sólo puede gritar de impotencia, impotencia ante la torpe y sobretrabajada construcción de una muerte que fácilmente pudo ser evitada. Impotencia ante la futura concientización que tiene Clark al darse cuenta de que dejó morir a su padre en vano, pues la primera vez que le muestra al mundo sus poderes, todos lo reciben con los brazos abiertos. La muerte de Jonathan Kent en la película de Donner es claramente más efectiva, no sólo porque está pensada en función de qué tipo de superhéroe es, sino porque conlleva una lección para todo guionista que hoy en día cree que si no hay un tornado o una explosión no está haciendo bien su trabajo. Hoy, al igual que hace mil años «menos es más».
Ahora, para ejemplificar el vínculo entra la muerte del padre (o mentor) y la motivación del personaje, tomemos Spiderman (2002). Peter Parker, un perdedor que lleva toda su vida enamorado de su vecina Mary Jane, entra a una pelea de lucha libre para ganar dinero, después comprar un auto usado y finalmente conquistar a la chica de sus sueños. Sin embargo, aunque gana dicha pelea y por ende el dinero de forma legítima, no se le paga lo acordado porque el encargado de las luchas es un corrupto. No por nada, el karma se encarga de que sea inmediatamente asaltado. Consciente de la fuerza de Peter, cínicamente el encargado le pide que detenga al ladrón pero Peter, de forma vengativa, decide no hacerlo. Decisión que provoca la muerte de su tío. La lección es clara y Peter aprende rápido: la venganza no trae nada bueno. Ahora, comparémosla con la muerte de Ben Parker en El Sorprendente Hombre Araña (2012) o como a mi me gusta llamarla, «¿Es neta?». Después de hacer un berrinche cuando se le reclama haber olvidado pasar por la tía May, Peter sale enojado de casa, no sin antes romper la puerta de vidrio. Sintiéndose responsable de dicho berrinche, Ben va detrás de él. Peter entra a una tienda de autoservicio y nuevamente hace un berrinche cuando la persona detrás del mostrador no quiere regalarle los dos centavos que le faltan para pagar su lechita de chocolate, pues se trata de una política de la tienda. Peter está a punto de salir cuando, sin poner en riesgo la vida de nadie, un ladrón roba la caja registradora y de paso le da su lechita a Peter. El cajero se da cuenta de que ha sido robado y le exige a Peter, sin conocimiento alguno de sus capacidades, que ponga en riesgo su vida intentando detener al asaltante. Vengativo o racional, él se niega y como consecuencia el ladrón escapa y mata al valiente o irracional tío Ben, quien intenta forcejear con el delincuente que más allá del robo a la tienda, que probablemente estaba asegurada, no había hecho daño a nadie. Ante la muerte del tío Ben, Peter se vuelve un maniaco depresivo que busca venganza de todo aquel que se parezca al asesino.
La muerte de Ben Parker en la película de Sam Raimi es claramente más efectiva, pues marca el primer momento en donde Spiderman se vuelve quien es. Una persona que sabe que la venganza no trae nada bueno y que, para honrar a su tío, va a llevar una vida honesta y responsable.
3. It’s all about the villain
Uno de los elementos más importantes para hacer una película de superhéroes, si no el más importante, es la elección de un buen villano. Los villanos definen al héroe. Cuanto más grande la amenaza, más grande el héroe. Sin embargo, no sólo se trata de una cuestión de poderes, recursos o armas secretas, sino de la manera en la que se relaciona y afecta al superhéroe en cuestión. El término villano significa literalmente el peor enemigo del héroe y está destinado a representar todo aquello contra lo que el héroe lucha. En otras palabras, su contraparte.
En el segundo film de M. Night Shyamalan, Unbreakable (2000), el personaje de Samuel L. Jackson explica que el villano en el cómic generalmente se conceptualiza a partir de una combinación de colores que se oponen a los colores del héroe, con el fin de acentuar un contraste entre ellos. En los primeros cómics esto era una herramienta útil para que el lector pudiera rápidamente identificar quién era quién. Por ejemplo, el traje de Batman se compone de colores oscuros y apagados para poderse ocultar fácilmente en la oscuridad. Y el Guasón, por el contrario, se viste con un llamativo traje púrpura que atraparía la atención de cualquiera.
Pero más allá de una contraparte visual, se trata también de una contraparte psicológica. Se trata siempre de que los archienemigos ofrezcan reflejos distorsionados del mismo superhéroe. El Pingüino en Batman Regresa (1992) representa la burocracia corrupta. Ahora, si Batman o Bruce Wayne deja que su fundación se use de manera inmoral, de alguna manera podría convertirse en el Pingüino. También está el ejemplo de Harvey Dent, alias Dos Caras, en El Caballero de la Noche (2008), en este caso, se trata de un héroe convertido en un villano trágico, alguien que no puede reconciliar sus dos mitades, y por ello, tiene que aventar una moneda para decidir si hacer el bien o el mal, abandonando todo sentido de responsabilidad gracias a dicha moneda. Pero quizás el mejor ejemplo es el Guasón, más en concreto el de El Caballero de la Noche (2008), quien representa una respuesta lógica a un personaje como Batman. Aunque ambos son hombres que actúan fuera de las normas sociales comunes, y ambos son sumamente talentosos para lo que hacen, Batman es cuerdo, lógico y usa la razón para resolver problemas y crímenes. Por otro lado, el Guasón es un lunático impulsivo. Batman dice que, filosóficamente, podemos reconocer un mundo imperfecto, podemos reconocer que debemos salir de las normas sociales, pero eso no significa que las normas sociales no tengan sentido. El Guasón dice que la presencia de la injusticia aleatoria significa que no hay justicia. Entonces, tu vida no tiene propósito, tu vida es una broma. Ahora, cuando alguien dice que tu vida es una broma, no sólo es un desafío físico, moral e intelectual, sino que amenaza la premisa misma de la existencia de Batman. Se trata de la discusión más épica en la historia de los superhéroes. Claro que se expresa en peleas, golpes y disparos, pero en última instancia es un conflicto filosófico que no se resuelve fácilmente.
Otra cosa que hace a un buen enemigo es que el conflicto sea personal. Loki es un gran villano para Thor porque se trata de su hermano… adoptado. Eso es algo que Marvel hace muy bien; en X-Men Magneto y el Profesor X son mejores amigos y en la nueva película de el Capitán America: El Soldado de Invierno, el villano es nada más y nada menos que el mejor amigo de Steve Rogers: Bucky Barnes. Habrá que ver cómo resulta esta nueva entrega.
4. La identidad secreta o el conflicto de identidad
¿Quién es la verdadera persona, el superhéroe o el hombre detrás de la máscara? La eterna pregunta para personajes como Peter Parker o Bruno Díaz. Sin embargo, aún cuando se trata de una pregunta que ha estado en el aire desde el momento en el que los superhéroes fueron creados, no hay respuesta fácil. Para ello, hay que salirse un poco de las historietas y recurrir, como quienes crearon a los personajes, al psicoanálisis.
A principios del siglo XX, el psiquiatra suizo Carl Jung exploró la relación entre el consciente y el subconsciente. En síntesis, Jung creía que en todos nosotros se lleva a cabo una lucha entre el yo socialmente aceptable y lo que Jung llamaba «el lado oscuro». También llamada la sombra, es donde se alojan todos los aspectos que una persona rechaza y que intenta negar.
En la película Batman Inicia (2005), la elección de Bruce de adoptar la identidad de un murciélago no sólo explota sus miedos de la infancia, sino también el temor que tienen las personas a los murciélagos. Al hacerlo, él personifica ese lado oscuro, se ve aterrador, se comporta como un tipo malo, actúa fuera de la sociedad, y sin embargo, sus valores son los de un ser humano virtuoso… y eso no fascina. A la gente siempre le fascina el mal, en parte porque es una lado que reconocemos en nosotros mismos, el reto siempre es asumirlo y Batman nos lo muestra. «¿Por qué murciélagos Sr. Wayne?”» le pregunta Alfred. «Porque los murciélagos me asustan. Y es tiempo que mis enemigos compartan ese miedo».
Batman, es la unión perfecta de los dos lados en todos nosotros, el bien y el mal que coexisten en la vida humana. De ese modo, se tiene la pelea entre lo que es bueno para Bruce Wayne y lo que es correcto para Batman, y ambas no siempre son compatibles. Por supuesto que, como ser humano normal, hay otras maneras de canalizar el enojo y la tristeza que te causa la pérdida de tus padres, como la psicoterapia pero, ¿por qué Bruce Wayne no va a terapia? En mi opinión, o más bien lo que me gusta creer, es porque Bruce Wayne es la máscara. Así como se lo dice Rachel en Batman Inicia (2005), «ésta es tu verdadera cara, la que ahora los criminales temen». Por otro lado, también hay muchos que afirman que Batman es una herramienta que Wayne utiliza para lograr lo que necesita, un medio para llegar a un fin. Pero la realidad es que un superhéroe bien construido no puede separar una cara de la moneda de la otra, siempre tendrá ese conflicto, y cómo maneja dicho conflicto es lo que lo vuelve admirable.
Por otro lado, hay películas, historias vaya, en las que es muy fácil distinguir quién es la verdadera persona, por lo menos en la superficie… y eso no las vuelve malas. Thor o Superman son ejemplos de esto. Generalmente cuando son originarios de otro planeta o nacieron con los superpoderes, no se hace ni siquiera un esfuerzo tan fuerte por separar una de la otra. No por nada lo único que físicamente separa a Clark Kent de Superman son unos anteojos. Pero en esos casos, lo que generalmente se maneja es un conflicto de identidad. Reitero que un buen ejemplo de esto es Thor (2011), en la cual el egocentrismo, arrogancia y enojo del protagonista lo alejan del virtuosismo que es capaz de poseer. Se trata más de una lucha interna que externa. Por ello, el conflicto de identidad es un recurso que se presta mucho para las segundas partes. Superman II (1980), El hombre araña II (2004) y El caballero de la noche (2008) se han valido de él para lograr lo que en mi opinión son las mejores historias. Cuando un superhéroe se quita una máscara, ya sea públicamente o porque decide que la va a guardar en un cajón, es una elección que casi siempre va ligada a una cuestión de dilemas sociales y morales que, en el siguiente punto, se explorará más a detalle.
5. Its not about Super Powers… its about choices
«Sin importar lo que se nos presente, cualquiera que sea la batalla que hace estragos en nuestro interior, siempre tenemos una opción. Mi amigo Harry me enseñó eso. Él escogió ser el mejor de sí mismo. Son las decisiones que tomamos las que nos hacen quienes somos, y siempre podemos elegir hacer lo correcto.» Peter Parker (Spiderman 3)
El éxito de El hombre araña (2002) y El caballero de la noche (2008) no está necesariamente en el peso que se le dio a los superpoderes de uno o a los gadgets de otro, reside más el peso que se le dio a su humanidad. ¿Qué sucede cuando la responsabilidad social que tiene un superhéroe se interpone entre su alquiler, su trabajo y la mujer que ama? ¿Qué pasa por la cabeza de un vigilante cuando se ve obligado a decidir entre salvar a la mujer que ama o salvar a quien la sociedad necesita que salve? ¿Cuáles son las luchas morales inherentes?
Por ello, cuando tienes a un Peter Parker que se rehúsa a decirle a Harry, su mejor amigo, que su padre murió al intentar matarlo para no manchar su nombre, y lo comparas con un Peter Parker que le promete al padre de Gwen Stacy alejarse de ella y a los cinco minutos rompe esa promesa, es muy fácil también como espectador decidir cuál de las dos películas de Spiderman es mejor. Cuando tienes a un Peter Parker que, además de fiel al material de origen, protege su identidad para proteger a sus seres queridos y lo comparas con un Peter Parker arrogante que hasta parece quitarse la máscara en cada oportunidad que tiene para que la gente sepa quién es, nuevamente es muy fácil elegir.
Para el espectador es fácil decidir, pero para el superhéroe no debe serlo. Digo, cuando Steve Rogers en el Capitán America: el primer vengador (2011) se lanza encima de la granada para que nadie salga herido, no debe haber sido nada fácil, sin embargo para él lo fue y por eso elegimos seguir su recorrido durante toda la película. Pero a veces tomar las decisiones equivocadas es lo que hace que nos agraden, porque son las que los vuelven humanos. Cuando Batman elige a Rachel en lugar de a Harvey y eso resulta en la muerte de Rachel y la desfiguración de Harvey al ser engañado por el Guasón, Batman se vuelve completamente vulnerable. Sin embargo, después decide el echarse la culpa de los asesinatos cometidos por Two Face Harvey para no machar su nombre y en ese momento nos recuerda que, por supuesto, el poder de un superhéroe en gran medida es lo que lo distingue de los demás, pero son sus decisiones las que lo definen.
Conclusión
Ahora que se avecinan los episodios dos y tres de Marvel con películas como Capitán América: El Soldado de Invierno, Thor: un mundo oscuro y Los Guardianes de la Galaxia y por parte de DC Superman vs. Batman, Flash y Aquaman, ya saben qué elementos son los que hacen o deshacen una película de superhéroes.
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Erick Pulido es periodista y, desde 2008, ha sido colaborador de numerosas revistas, entre las que destacan Cine Premiere, Escala, Dónde ir y Alto Nivel. Ha hecho coberturas cinematográficas, deportivas y de negocios a nivel internacional. Actualmente estudia guión cinematográfico en el Centro de Capacitación Cinematográfica.









Exquisito… muy buen texto.