«En una galaxia muy, muy lejana»
Publicado el 25. ago, 2013 por Cuadrivio en Antesala, Artes
¡Patrañas! La ciencia ficción como espejo de la realidad

De todos los géneros cinematográficos que han existido en la historia del llamado séptimo arte, hay uno que curiosamente ha mantenido su vigencia frente a otros: la ciencia ficción. Género no sólo del cine, pero particularmente bien recibido en este medio, Robert J. Sawyer reflexiona sobre su esencia misma: ¿se trata de una proyección de anhelos de la humanidad? ¿Es acaso una construcción de aquello que tememos llegar a ser? Para el autor de este artículo, la respuesta se encuentra en nuestro mismo tiempo y depende más de un reflejo que de una expectativa.
Robert J. Sawyer
George Lucas me enoja.
Me enoja porque comienza cada una de sus películas de La guerra de las galaxias con las siguientes nueve palabras: «Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…»
El mundo vio estas palabras (sacadas, por supuesto, de los cuentos de hadas) por primera vez en 1977. En ese momento todo cambió. Hasta entonces, la ciencia ficción había avanzado lenta, pero firmemente, para ser un género respetado dentro de la consciencia pública.
Quizá es difícil imaginarlo porque hoy en día la mayoría de los éxitos en taquilla son películas de ciencia ficción o fantasía, y porque incluso existe un canal de televisión dedicado exclusivamente a este género, pero podían pasar años sin que hubiera una película de ciencia ficción importante. Simplemente así eran las cosas. Antes de las películas originales de La guerra de las galaxias, había que retroceder nueve años, a 1968, para encontrar una película de ciencia ficción realmente importante. De hecho, ese año fue memorable porque se estrenaron dos grandes éxitos: 2001: Odisea del espacio (hasta hoy, Arthur C. Clarke es el único escritor de ciencia ficción en ser nominado a un Oscar; compartió la nominación de mejor guión por esa película), y El planeta de los simios.
Si no han visto El planeta de los simios recientemente, o si todo lo que saben sobre ella es gracias al fallido remake de 2001, es posible que no hayan notado qué tan aguda era la crítica que planteaba en relación a su tiempo.
En 1968, Estados Unidos vivía una lucha alrededor de las relaciones raciales y temía la posibilidad de una guerra nuclear. El planeta de los simios se trata de esas dos cosas. El final de esta película—quizá la secuencia final más conocida del cine desde Casablanca—en la que Charlton Heston golpea la arena frente a las ruinas de la Estatua de la Libertad gritando «¡Maniáticos, lo han destruido!», es claramente un mensaje en contra de la guerra nuclear.
El primer simio que en la cinta es un chimpancé, miembro de una de las tres especies de simios que coexisten un tanto incómodamente en este mundo. Este chimpancé se queja del sistema de discriminación racial que está estancado su carrera, incluso a pesar de que dicho sistema ya había sido abolido[i]. ¿Qué pasaba en la televisión estadounidense de los años sesenta? Los noticieros estaban ocupados mostrando la lucha para erradicar la segregación en el sur del país, la guerra en Vietnam y la agitación estudiantil en los campus universitarios. Pero, ¿qué había en la T.V. cuando las noticias terminaban? Había programas como Granjero último modelo (Green Acres), Superagente 86 (Get Smart), y la Isla de Gilligan (Gilligan’s Island), programas que no tenían nada que decir sobre la vida real.
Quiero decir, ¡cómo es posible que Superagente 86 se desarrollara en Washington, D.C., lugar hacia el que todas las manifestaciones en contra de la guerra de Vietnam iban dirigidas ¡sin que el programa lo mencionara una sola vez! De hecho, el único comentario social que se puede encontrar en uno de esos shows es un chiste fácil en La isla de Gilligan. El barco en el que los personajes naufragan, el S.S. Minnow, fue bautizado en honor a Newton Minow, quien el 9 de mayo de 1961 acusó a la Asociación Nacional de Difusoras (National Association of Broadcasters) de haber convertido la televisión en un «vasto desierto de contenidos». El creador de la Isla de Gilligan, Sherwood Schwartz, creía que la visión intelectual de Minow arruinaría la televisión y decidió darle la epítome del vacío televisivo.
Sin embargo, entre todo esto, sí había un show en el horario central que desarrollaba los problemas del momento. Claro, lo hacía con disfraces, metáforas y de manera lejana a través de una parábola. La serie original de Viaje a las estrellas claramente hablaba de Vietnam, abordaba las relaciones raciales, los prejuicios y la sobrepoblación. Nunca olvidaré la primera vez que vi al mismísimo Acertijo de Batman, Frank Gorshin, caracterizado como un hombre mitad blanco, mitad negro, enfrentándose con odio a otro hombre cuyo patrón de color era el contrario. El episodio titulado «Una guerra privada» («A Private Little War»), fue un reflejo directo de la guerra de Vietnam; la Federación del Capitán Kirk en la posición de los estadounidenses y los Klingons representando el papel de Rusia.
Cuando Star Trek debutó en 1966 yo era apenas un niño, pero a pesar de eso, me daba cuenta que estaban tratando los temas que se discutían en las noticias. Cuando comencé a leer libros de ciencia ficción en los setenta, me di cuenta que la literatura siempre había sido así, desde sus inicios.
Solía haber un gran debate sobre cuál es el primer libro de ciencia ficción. El término fue acuñado en 1926, pero las historias del género claramente anteceden al nombre. Actualmente la mayoría de los expertos en el campo están de acuerdo con el escritor y crítico británico Brian Aldiss, quien postula que el primer libro de ciencia ficción—totalmente diferenciado de la fantasía o de cualquier otro género—es Frankenstein de Mary Shelley, publicado en 1818. Esta novela fue la primera cuya trama estaba basada en una idea científica. El Dr. Frankenstein observa los procesos de descomposición y putrefacción que ocurren después de la muerte y los identifica como principios químicos que, si se estudian a profundidad, se pueden aprender a revertir. Así, crea vida de materia muerta, logrando hacer lo que sólo Dios o la naturaleza podían hacer.
Frankenstein es un libro que hoy en día forma parte de los cursos universitarios—en dos tipos de cursos. Evidentemente, suele ser el primer libro en una clase de ciencia ficción, pero también se utiliza en los estudios de género o en cursos de feminismo. Esto se debe a que es un comentario social directo sobre las nuevas tecnologías de la reproducción y el papel de la mujer. En los tiempos de Mary Shelley, los derechos de las mujeres estaban limitados y en general eran marginadas. Las mujeres no tenían poder, a excepción de la creación de vida. Shelley decía que si las mujeres perdieran ese poder y los hombres lo tomaran, sería un desastre porque los hombres carecen de la empatía y compasión requeridas para nutrir una vida. En la novela, todo sale mal cuando Víctor—muy a propósito no Victoria—Frankenstein rechaza su creación, pues únicamente estaba interesado en el rompecabezas científico que quería resolver.
Si Mary Shelley es la abuela de la ciencia ficción, sus padres son H.G. Wells y Julio Verne quienes, sería fácil pensar, podrían ser grandes amigos. De hecho, a Julio Verne no le caía del todo bien el engreído y británico H.G. Wells. Verne, por un lado, sólo estaba interesado en el rigor científico; el Nautilus del Capitán Nemo era un submarino perfectamente diseñado décadas antes de que esas máquinas finalmente se construyeran. Por el otro lado, Verne solía burlarse con desdén de que «Wells inventa cosas», es decir, se las sacaba de la manga. ¡Invasiones marcianas, máquinas del tiempo! Un futurista que se respete no debería contaminar su trabajo con tamañas tonterías.
Pero ahora el futuro está aquí y es el trabajo de Wells, no el de Verne, el que todavía es ampliamente leído y enseñado. ¿Por qué? Porque aunque Verne era un übergeek en su momento, nada es menos interesante que la tecnología vieja. El barómetro de la revista Wired tiene tres medidas «conectado», «cansado» y «expirado», y le concede a la nueva tecnología una vida media de alrededor de seis meses.
Pero mientras Verne estaba jugando con sus instrumentos de cálculo, Wells estaba hablando de problemas. Por supuesto, eran los problemas de su tiempo, lo cual nos haría pensar que sus historias son aún más irrelevantes para los lectores actuales que las aventuras de máquinas de vapor que Verne escribía en el siglo XIX.
Pero quizá no. A pesar de las quejas de Verne, La guerra de los mundos de Wells en realidad no tiene nada que ver con una invasión marciana a la Tierra. En realidad, Wells pretendía utilizar las herramientas únicas de la ciencia ficción para hacer que sus compatriotas se dieran cuenta qué se siente que una fuerza extranjera, indiferente y expansionista, que posee una tecnología súper avanzada, aplaste tu cultura («Aplastados» es el título de uno de los capítulos en el libro). Esperaba que sus lectores tomaran conciencia de la crueldad que Gran Bretaña estaba ejerciendo sobre India y otras colonias. Wells hace una parodia de la postura machista británica al retratar las máquinas de guerra de Marte como gigantes metálicos que pavonean una tercera y fálica pierna al frente.
La máquina del tiempo tampoco se trata realmente de un viaje al año 802 701 d.C.. En realidad, Wells cuestiona y critica el sistema de clases británico a través de los Eloi, quienes representan una clase inútil y dedicada al ocio, y los Morlocks subterráneos, que a su vez representan a la clase obrera, a quienes incluso se les niega el simple placer de estar bajo la luz del Sol.
El mensaje de Wells no se limita a señalar que este sistema es malo para la clase trabajadora, también apunta las consecuencias de mantener una clase tan ociosa, convirtiendo a las personas en una especie de ganado conformado por gente mental, espiritual y físicamente débil. De hecho, los Morlocks terminan tratando a los Eloi como fuente de alimento, pues todas las noches salen de las alcantarillas para llevarse una cubeta de KFE, Kentucky Fried Eloi.
Aunque Verne probablemente podía decir «plus ça change, plus c’est la même chose»[ii] con un acento más convincente que el de Wells, el legado literario del segundo es el que más se ha beneficiado de esa sentencia. ¿Una fuerza indiferente que invade y sustituye al gobierno local, destruyendo todo a su paso? ¿La creciente brecha entre los poderosos y los sometidos? Se trata de temas tan relevantes hoy como hace más de un siglo, es terrible pero cierto.
Y eso me trae de regreso a George Lucas y su inicio para establecer que las películas de ciencia ficción son un escape, ubicadas «hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana». Al decir eso, nos advierte que no podemos encontrar comentarios sociales en la ciencia ficción. No es relevante y no es un reflejo del mundo real. El público aceptó esto y apagó todas sus facultades críticas para enfrentarse a este tipo de ciencia ficción. Estas facultades han estado apagadas desde entonces.
¿Quieren más pruebas? La guerra de las galaxias nos da su moralidad a cucharadas. Incluso los personajes saben quiénes son los buenos y quiénes los malos, los malos decidieron alinearse con «el lado oscuro». En vista de que sabemos quiénes son los buenos, y porque todo esto no es más que un cuento de hadas, no cuestionamos la moralidad de los héroes.
Pensemos qué es lo que Luke Skywalker hace en realidad. La primera vez que lo vemos con su tío, están comprando seres pensantes, conscientes y sensibles para trabajar en su plantación. ¿Cómo sabemos que R2-D2 y C3PO son esclavos? Porque vemos a los jawas—los traficantes de esclavos—soldando cadenas para inmovilizarlos. Esto no sucede en el fondo, pasa en primer plano, y las cadenas son referidas como tal en el diálogo. En otras palabras, los esclavos recién comprados tienen que ser entregados en cadenas porque, si fueran libres de ejercer su voluntad, intentarían huir como cualquier esclavo. Lejos de ser un pilar de virtud, Luke Skywalker compra esclavos de los traficantes. No es coincidencia que C3PO tenga que llamarlo «amo» durante toda la película.
Ah, ¡pero Luke es joven! El verdadero símbolo del bien en Star Wars no es este niño desubicado, sino su mentor, el gran caballero Jedi Obi-Wan Kenobi, interpretado por Alec Guiness.
Cuando Obi-Wan entra a la cantina de Mos Eisley—ese bar de mala fama donde algunos aliens tocan instrumentos musicales mientras personajes sospechosos hacen tratos en el fondo—el cantinero mira a los dos androides que lo acompañan y dice: «Aquí no servimos a los de su tipo».
¿Y cómo responde el virtuoso Obi-Wan? ¿Acaso golpea la mesa y grita «Si su dinero no sirve aquí, el mío tampoco»? ¿Acaso denuncia al cantinero ante las autoridades porque discriminar es ilegal? No. Mira a sus compañeros—rechazados sólo porque su piel es metálica—y dice: «Espérenme afuera».
Debemos recordar que era 1977. Tan sólo una y media década antes los negros en Estados Unidos escuchaban a cantineros blancos decir todos los días: «Aquí no servimos a los de su tipo». El público de 1977 debería haberse ofendido con que una sentencia así fuera una política aceptada, tanto como el público de hoy se escandaliza cuando Ingrid Bergman se refiere a Sam, un hombre negro, como «niño» en Casablanca.
Pero gracias al texto con el que George Lucas abre su película, nadie puso atención al racismo flagrante. Los héroes de Star Wars son cobardes y malos…pero al final de la cinta, todos reciben medallas y una ovación (sí, en ese entonces Lucas era tan inseguro como director que filmó a sus héroes siendo aplaudidos, en caso de que la audiencia no lo hiciera). Sin embargo, el público sí aplaudió mientras Han Solo; planteado en la película como un traficante de drogas y asesino a sangre fría, el dueño de esclavos Luke, e incluso Chewbacca; la alfombra incapaz de articular palabras, recibían sus medallas de oro. Pero, ¿quiénes estaban literalmente parados al margen sin recibir reconocimiento? Los esclavos R2-D2 y C-3PO. Nadie en la película, ni en la sala de cine, se quejó de ello.
¿Por qué no? Porque la ciencia ficción, tal y como George Lucas nos dijo, no tiene nada que ver con el mundo real. Pasamos de El planeta de los simios, que se trataba de las relaciones raciales—abordando los conflictos entre tres tipos distintos de simios que representaban las diferentes razas humanas a través de máscaras—a ignorar o peor, aplaudir, el racismo exacerbado como algo aceptable. La sentencia inicial de Lucas hizo a un lado todo el buen trabajo que Mary Shelley había hecho con Frankenstein, H.G. Wells con La guerra de los mundos, Gene Rodenberry con Star Trek[iii], y lo que los guionistas Michael Wilson —quien alguna vez estuvo en la lista negra— y Rod Serling habían hecho con El planeta de los simios.
No obstante, La guerra de las galaxias de alguna manera sí tuvo un efecto positivo en la literatura de ciencia ficción. La compañía de efectos especiales Industrial Light and Magic, fundada por George Lucas, es capaz de explotar un planeta mejor de lo que cualquiera podría imaginar. Y nosotros, los escritores de ciencia ficción, cedimos con gusto el territorio de efectos visuales a Hollywood. Este cambio había llegado incluso antes, con «La nueva ola», un movimiento que inició en el Reino Unido en los sesenta, el cual hacía un énfasis en los espacios interiores en lugar de en el espacio exterior. No es coincidencia que La nueva ola arrancara cuando los efectos especiales en el cine y en la televisión comenzaron a ser a color de manera constante. Estábamos satisfechos con dejar que los técnicos se divirtieran con los efectos especiales. Nosotros aprovecharíamos Y sí que comentamos. Un reportero en Richmond, Virginia, me dijo hace poco: «¿Cree que haya algún tema social que los escritores de ciencia ficción deberían evitar?» Le respondí que había entendido todo al revés. No existe un problema social que un escritor de ciencia ficción no esté dispuesto a enfrentar. En mis propios libros he tratado asuntos como el aborto, la pena de muerte, el racismo, el sexismo, la acción afirmativa, los derechos de las personas homosexuales, recuerdos recuperados de abuso infantil, la corrupción dentro de la iglesia católica, las políticas de guerra, la libertad individual en oposición a la seguridad social, el 11 de septiembre, la creación vs. la evolución, etc.
Existe una muy buena razón por la que los escritores de ciencia ficción decidimos hablar de este tipo de cosas a través de este género. Si me hubiera presentado diciendo que escribí un libro sobre el aborto (de eso se trata mi libro The Terminal Experiment, ganador del premio Nebula), la primera pregunta que me hubieran hecho sería: «¿Eres pro-choice o provida?» En otras palabras, hubieran querido saber si el libro reafirma aquello en lo que creen, o si lo cuestiona; y sólo hubieran querido leerlo si la primera opción fuera la cierta. Muchas veces recurrimos a los libros para eso: no para aprender, sino para confirmar que teníamos razón desde un principio. Las personas solemos ser engreídas y cerradas en relación a nuestras creencias, y no hay nada que disfrutemos más que leer un libro que reitere las ideas que ya tenemos en la cabeza.
Pero las etiquetas fáciles son un peligro, se aseguran de que los escritores siempre dirijan su sermón a los que ya están convertidos. Si al entrar a una librería dices que tu ideología política es liberal, el vendedor sabrá qué libro ofrecerte: Mentiras y mentirosos: una visión justa y ecuánime de la derecha norteamericana de Al Franken. Después de leerlo, te sentirás satisfecho y reafirmado. Si, por el otro lado, te declaras conservador, el vendedor puede ofrecerte Cómo hablarle a un liberal (si es preciso): El mundo según Ann Coulter. Al final regresarás por más
Recientemente libros como Dios no es grande: Cómo la religión lo envenena todo de Christopher Hitchen, son leídos principalmente por personas que ya son ateas; y Razones para creer: Cómo entender, explicar y defender la fe católica, un favorito de los devotos, puede generar muchas sonrisas de autosatisfacción, pero cambiará la perspectiva de muy pocas personas.
Por supuesto, existe cierta literatura de ciencia ficción con una agenda tan transparente como los ejemplos de no-ficción antes mencionados. Mucha ciencia ficción bélica sirve para reforzar una mentalidad muy específica de derecha de «el poder hace la verdad», la cual justifica que una cultura se imponga para poner al resto del universo en su lugar. No cuento esos libros entre el tipo de ciencia ficción del que quiero hablar, pues no utilizan disfraces ni metáforas. Se trata de simples historias de guerra, pero con armas más grandes y más explosivas de las que podemos encontrar hoy en día.
Cuando nos encontramos ante un libro de ciencia ficción ambicioso, no tenemos idea de qué asuntos se esconden detrás de sus páginas. Por ejemplo, mi libro Rollback, entre otras cosas, se trata sobre el acceso desigual a servicios médicos. Hoy en día podemos inyectar cantidades ilimitadas de dinero en mejorar la salud y alargar la esperanza de vida de cualquier individuo. Pero ahora que eso es posible, ¿deberían ser sólo los ricos los que puedan disfrutar de una vida más larga? En la ciencia ficción es fácil pasar por alto el hecho de que se está leyendo sobre un tema de relevancia actual hasta que la historia ya ha avanzado bastante, con suerte, en un momento en el que la historia ya haya atrapado al lector.
Es importante aclarar que mis colegas y yo no intentamos hacerlos pensar lo mismo que nosotros. No escondemos el tema real, ni intentamos introducirlo por sorpresa para bombardear a los lectores con nuestra propia visión. En lugar de eso, dejamos que el tema comience a acercarse, atravesando todos los prejuicios. Cuando algo se reduce a una frase de dos o tres palabras—«provida», «pro-choice», «apoyen al ejército», «salven a las ballenas»—no pensamos demasiado en sus implicaciones. Pero de nuevo, la ciencia ficción se distancia a través de metáforas y disfraces, hace parábolas que no sólo plantean los grandes problemas de hoy, sino que hace posible atravesar los prejuicios y pensar los temas a profundidad.
Existen muy pocos espacios en nuestras vidas que celebran esa posibilidad. En la preparatoria o en la universidad nos podíamos desvelar hasta las 3:00 de la mañana discutiendo la crisis moral causada por la guerra en turno. Pero siempre que salimos al mundo real, se nos recomienda evitar discusiones relativas a la política, al sexo y a la religión. La clave de una agradable velada, o para llegar a lo más alto de la escalera corporativa, es mantenerse alejado de estos temas escabrosos.
Pero, como muchos personajes que se escapan de su aburrida realidad, los lectores de ciencia ficción disfrutan caminar por estos terrenos peligrosos. Celebramos la oportunidad de conectar con los problemas, de usar nuestras cabezas, de argumentar y debatir—con un autor y con nosotros mismos—mientras vemos el presente a través del lente especial de la ciencia ficción. Nada puede estar más lejos del escapismo vacío de hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana.
Traducción de Hipatia Argüero Mendoza
[i] Para saber más de la relevancia social de esta cinta, sugiero consultar el libro Planet of the Apes as American Myth: Race and Politics in the Films and Television Series de Eric Greene, analista de político de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles en Los Ángeles, (MacFarland, 1996).
[ii] Mientras más cambian las cosas, más se quedan igual.
[iii] Con excepción de un puñado de episodios, la serie de Star Trek que comenzó en 1987 con La siguiente generación, dejó los comentarios sociales a un lado y se concentró en ser un melodrama telenovelesco y costumbrista.
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Robert J. Sawyer es uno de los ocho escritores en la historia—y el único canadiense—en haber ganado los tres premios de novela de ciencia ficción más importantes: el Hugo, que ganó en 2003 con Hominids; el Nebula, que ganó en 1996 con The Terminal Experiment; y el John W. Campbell Memorial Award, que ganó en 2006 por Mindscan. También es el único escritor en la historia que ha ganado los principales premios de ciencia ficción en Estados Unidos, China, Japón, Francia y España. Posee el récord de más premios canadienses de ciencia ficción «Auroras», así como el premio Arthur Ellis de Escritores de Crimen en Canadá. Vive cerca de la Universidad de Toronto. Para más información visite su página en sfwriter.com.
Hipatia Argüero Mendoza estudió Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Por lo general se dedica a la traducción. Su experiencia en el campo incluye un par de libros para Random House Mondadori, subtítulos para el Museo Tamayo, traducción literaria para Cuadrivio y seis meses de locura en el departamento de traducción (extradiciones y asistencia jurídica) en la Procuraduría General de la República. Actualmente estudia la carrera de guión en el Centro de Capacitación Cinematográfica A.C. Es miembro del consejo editorial de Cuadrivio.








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