Las extrañísimas Hormigas rojas de Pergentino José
Pergentino José, Hormigas rojas, México, Almadía, 2012, 112 pp.
Camila Paz Paredes
Este libro de cuentos, novedad de la editorial Almadía, está muy lejos de ser convencional. Tan lejos, que el lector no encuentra muchos referentes para entenderlo. Pero esto no quiere decir que sea convencionalmente incomprensible. Uno termina de leerlo sin saber qué rayos tenía en la cabeza este joven autor oaxaqueño, pero se quedan como asentados en el alma los campos de altísimo bambú, la selva, el ruido de la lluvia, miles de insectos de colores, pájaros gritones e invisibles por doquier y una sensación de irrealidad, de pasaje secreto, de túnel a otro mundo.
La mayoría de los lectores, particularmente los de cuento, somos muy necios: tenemos que saber qué pasa y por qué; creemos que es imprescindible entender el relato, en el sentido más elemental de la lógica, para saber qué nos está diciendo. Así que convertimos las rarísimas Hormigas rojas de Pergentino José en enigmas a resolver: nombres de personajes que nunca aparecen en el relato, escenarios simbólicos –o eso quiere uno pensar–, anuncios misteriosos que reciben los protagonistas, y sucesos de los que sólo sabemos lo que se comenta, donde algo o alguien se ha perdido. En casi todos los cuentos se llega al punto final con un montón de preguntas imprecisas, y rara vez con alguna respuesta. El lector transforma cada parte del relato en una pista, pero sólo especulando muchísimo se logra dar sentido a acontecimientos y situaciones tan extraños– la explicación termina siendo más jalada de los pelos que lo que se quería explicar.
El espacio en que se desarrollan los cuentos es excepcional, cuando no milagroso: las historias ocurren en mundos que no son nunca este mundo –aunque se le parecen de una manera distorsionada– sino áreas ambiguas donde se juntan distintas realidades, tiempos y personas. Y lo más importante para el autor es esto último: la gente que se busca, se desconoce, se pierde, que está igual o peor de confundida que el lector. Pergentino inventa espacios neblinosos –edificios abandonados, claros de montaña o casas cercadas por la selva– donde por fin pueden encontrarse quienes están en realidad separados, quienes ya no volvieron o quienes no pueden irse.
Intuimos que la ambigüedad de estos mundos, de estos encuentros, se debe a que muchos personajes están muertos: se mencionan catástrofes –inundaciones, incendios… Quizá es prejuicio de tradición mexicana, sin echarle culpas a Juan Rulfo. Lo cierto es que algo les ha arrebatado a las personas un tesoro –un amor, una madre; la vida, la libertad o el futuro. Estos ultrajes ocurren más en lo profundo de los personajes que en hechos exteriores, y todos ellos parecen comprender que su situación no tiene vuelta atrás. Sin embargo, al igual que el lector, insisten en saber los porqués de sucesos tan súbitos e irremediables, e interrogan a los ausentes, a los aparecidos entre sueños, a extraños emergidos del misterio.
Hormigas rojas nos remite de una forma diferente al México rural, zapoteca, a la provincia sureña, a la sierra: no sólo por el ambiente sensorial que reconstruye Pergentino José, que casi nos hace sentir un millón de patas de insectos sobre la piel, el olor a madera podrida, o las calles de tierra mojadas por lluvias torrenciales bajo los pies. Es también porque nos acerca, sin dar explicaciones, a esa otra forma de ver la vida y la muerte, de ver las señales de un mundo misterioso que a veces se deja comprender; muestra ese otro espíritu de la gente que a los metropolitanos se nos hace tan lejano.
A pesar de los esfuerzos sherlockianos, el libro nos va envolviendo en la extrañeza y cada uno de los diecisiete cuentos es un paso más dentro de esta niebla literaria; la confusión va cediendo poco a poco al enrarecimiento y tal vez, finalmente, podemos aceptar que así son las cosas: misteriosas, extrañas, naturalmente inexplicables.
Y es que de verdad todo ocurre así; la fantasía es tan natural como cualquier realidad, pero menos obligada a la lógica y la coherencia. Pergentino José nos ofrece estos relatos alucinantes como si fueran realismos simples. Sin embargo, el éxito de su empresa, de estos cuentos, depende de que el lector se rinda y deje de buscarle tres pies al gato. Aquí no hay otro enigma que el enigma del todo; a las Hormigas rojas hay que dejarlas ser, sin ponerles soluciones. De lo contrario, cerraremos el libro y seguiremos de frente en nuestra necia y obsesiva exigencia, tan de ciudad occidental, de meter a fuerza el mundo en el prejuicio de las razones, las causas y la voluntad.
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Camila Paz Paredes (1989) estudia sociología en la UNAM. Es subdirectora de Cuadrivio.












