Julio Torri en un solo volumen

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Raúl Olvera Mijares

 

Dispersa en publicaciones periódicas de la época, en varios puntos del mundo hispánico, trasvasada y selecta por el autor en distintas colecciones que pudo efectuar en vida, o bien, llevaron a cabo sus amigos, rescatada en forma póstuma entre sus papeles personales y correspondencia de años con diversos hombres de letras, la obra íntegra de Julio Torri jamás se había recogido en un solo tomo, y aun es dudoso que la reciente Obra completa (FCE, 2011, 713p), en edición de Serge I. Zaïtzeff, contenga no sólo los posibles y deseables hallazgos, acariciado y febril sueño de quienes bucean en archivos, sino incluso la totalidad del cuerpo de la obra aparecida hasta hoy, en su apabullante mayoría, en una misma casa editora.

De manera sorprendente, el primer libro de Torri, aparecido en el Fondo de Cultura en el año de 1952, La literatura española, quedó excluido de esta edición. De seguro por tratarse de una obra elemental o bien de carácter erudito, ya que el misterioso opúsculo de Torri admite una u otra lectura e incluso ambas; en otras palabras, sirve como introducción al tema para el estudiante y es repaso obligado y casi deleite para el estudioso (por inexplicable que resulte, un alarmante número de los escritores actuales en español, de este y del otro lado del Atlántico, no caen ni en una ni otra categoría, y una posible salida de ese limbo sería la lectura de esta obrita). Se incluyen, en cambio, las impresiones e ideas generales de Torri acerca del cuento, el Romancero, varios escritores, como Juan Ruiz Arcipreste de Hita, Cervantes, Lope de Vega, Pérez Galdós y algunos más cercanos al autor, contemporáneos suyos, más otros, ingleses, franceses y alemanes.

La segunda exclusión la constituyen los Epistolarios (UNAM, 1995), de los cuales sólo se recogen las cartas a Alfonso Reyes, que formaban ya parte del volumen Diálogo de los libros, dejando en la más miserable orfandad el resto de la correspondencia con Pedro Enríquez Ureña, José Vasconcelos, Rafael Cabrera, Xavier Villaurrutia y otros escritores de México, América Latina y España. Más comprensible resulta la primera exclusión que la segunda, debida a un hecho en sí mismo despreciable aunque de importancia singular. Zaïtzeff cuidó, anotó, recopiló y desempolvó la mayor parte del epistolario, mientras que La literatura española, editada en vida de Julio Torri, no estuvo ciertamente a su cuidado. Esto viene a colación ya que las cuatro intervenciones del estudioso canadiense de origen ruso-francés en la edición de Obra completaEl arte de Julio Torri (Oasis, 1983, Premio Villaurrutia), los prólogos a Diálogo de los libros (FCE, 1980) y El ladrón de ataúdes (FCE, 1984), con la adición de una bibliografía que promete ser exhaustiva y consideraciones teóricas donde se consumen alrededor de 150 páginas, sin contar con las molestas y casi necesarias reiteraciones del editor sobre pormenores acerca de la vida y la obra de Torri— vienen a hacer del libro no sólo un homenaje al gran literato saltillense, sino al profesor emérito de la Universidad de Calgary, que ha venido abocándose desde los años ochenta a su estudio. Ni antes ni durante este tiempo, desde luego, ha estado solo. Torri ha sido objeto de artículos, ensayos y monografías por parte de Alfonso Reyes, Antonio Castro Leal, Andrés Henestrosa, José Luis Martínez, Ramón Xirau, Emmanuel Carballo, Beatriz Espejo, Marco Antonio Campos, Gabriel Zaid y Luis Ignacio Helguera, entre una variedad de nombres, como el mismo Zaïtzeff registra puntualmente en la bibliografía que preparó.

Se esperaría de este académico, nacido en Versalles de padres rusos y formado en el Canadá anglófono, un prurito singular en materia de edición, no sólo en las notas a pie de página aclarando los nombres, méritos, fechas de nacimiento y muerte de los personajes aludidos, sino cuidando el cuerpo del texto, cerciorándose de que estuviera libre de erratas. De hecho, preparar unas obras completas es un trabajo que se debe tomar de manera concienzuda y responsable. Octavio Paz, por ejemplo, trabajó muy de cerca con su editor español, Nicanor Vélez del Círculo de Lectores, en la versión definitiva de su obra integral, cuidando precisamente las enojosas repeticiones que suceden cuando se reúne en un volumen materiales que aparecieron originalmente en varios, preparando introducciones o prólogos pormenorizados donde se recogen las minucias y peculiaridades respecto de la última versión, y no simplemente limitándose a recoger materiales ya publicados tal como aparecieron. Desde luego, se trataba de su propia obra, pero algo semejante debe hacerse a favor de la ajena, particularmente en el caso de un clásico de su patria y su tiempo.

Los escritos de Julio Torri, a pesar del celo y empeño que debió poner su autor al intentar darles una forma definitiva, han corrido algunos avatares, los propios de las revistas y diarios donde vieron la luz, además de ciertos titubeos naturales por parte del autor en cuanto a grafía de nombres extranjeros. ¡Qué mejor revisor de los nombres y voces en francés que un parisino por nacimiento! Cosas de nada, como acentos que se fueron en epígrafes de autores, por cierto, galos. En «ensayos y poemas», un texto tomado de Rimbaud, dice: J’avais en effet, en toute sincerité d’esprit, pris l’engagement de le rendre a [à] son état primitif (p. 117). En este otro texto de Baudelaire se van incluso dos: Et néanmoins il n’a jamais réussi a [à] rien, parce qu’il croyait trop a [à] l’impossible (p. 121). Más adelante en «Prosas dispersas», en un artículo sobre Marcel Proust, se va en un título de libro: A [À] la Recherche. De hecho que Recherche vaya en altas es discutible, ya que ése es el uso común en títulos de libros en inglés, pero no en francés. La misma observación valdría para el latín o el italiano en Vitae Patrum, Gesta Romanorum, Disciplina Clericalis y Le Cento Novelle Antiche (p. 381). O bien epígrafes en alemán, como en el siguiente tomado del Don Juan de Nikolaus Lenau: Ich habe manches Weib mit starken krallen [Krallen] aufs Lager des Verlangens hingerissen (p. 318). En alemán todos los sustantivos, como se sabe, van en altas. Varias veces se alude a la ópera de Wagner como Tannhauser [Tannhäuser] (p. 360) o Lützowste [Lützowstr] (p. 419). Como queda dicho, muchas de estas erratas proceden de publicaciones periódicas. De nuevo títulos de obras: A Rebours [À rebours] de Huysmans, Le Carrilloneur [Le carrilloneur] de Rodenbach, Livre de Masques [Livre de masques], en las páginas 344 y 345.

Más adelante en El ladrón de ataúdes se lee «encargado de negocios ad interium [interim] en Francia» (p. 632). En los apéndices que contienen textos no coleccionados hasta la fecha es ilustrativo reparar en el uso del [sic] por parte del editor. Con este signo aparece connoîsseurs. Uno se pregunta la razón. Torri la mejor lengua que llegó a conocer y leer fue, sin duda alguna, el inglés. El diccionario en aquella lengua registra ya desde el siglo XVIII esta voz derivada del francés arcaico connoistre. «Sustituírlos [sic]» (p. 652) se justifica en tanto no observa las reglas más recientes de acentuación por parte de la Academia. Pero poner cosas como «también el el [sic] estudio y conocimiento» (p. 653). ¿No habría resultado más fácil suprimir el artículo sobrante, ya que ahí no surge la sospecha de otra frase o fragmento faltante; entonces hubiera sido necesario usar […]? Cierta confusión surge con los apellidos rusos: Trotzky [Trotski] (p. 316), Gorky [Gorki] (p. 383), Iván Ilich [Ílich], Gogol [Gógol]. «Valle Inclán» una vez aparece así, sin guión, y otras como «Valle-Inclán», como solía firmarse el autor gallego. «Castello Branco» italianizando el portugués, en lugar de «Castelo Branco». «Prosper Merimée» [Mérimée] aparece en varias ocasiones con un acento faltante (pp. 298, 385, 441). Ni es «Gustave Khan», sino «Gustave Kahn» (p. 441).

Las cartas de Torri a Alfonso Reyes, donde entre líneas se leen tantas ironías veladas, odios inconfesables y una envidia arrolladora, en general están bien editadas. Un tanto elemental, casi hecha para uso de escolares, llega a ser la aclaración en las notas de pie con los datos de los autores, en ocasiones de dominio público. Sirvan de ejemplo las siguientes: Francisco de Quevedo [y Villegas] (1580-1645), poeta español (p. 401); Luis de Góngora y Argote (1561-1621), poeta español; Heinrich Heine (1797-1856), poeta alemán; Ludwig van Beethoven (1770-1827), compositor alemán. Los errores ortográficos en las cartas o bien las peculiaridades de expresión, siempre que los detecta el editor, aparecen marcados: callejones en curba [sic], ojo de acha [sic], la exhuberante [sic] naturaleza, un pujilato [sic] diario, el siempre propable [sic] viaje. De manera lamentable y en contraste se van otras muchas cosas. En francés, mon cœur est plein d’émoi, mon esprit detrouble [de trouble] (p. 485), s’il vous plait [plaît] (p. 505), de quoi guerir [guérir] (p. 509), Adéle [Adèle] (pp. 558 y 559).

Julio Torri, a pesar de ser vástago de inmigrantes italianos, en cierta carta incluso se llega a afirmar que oriundos de Milán, jamás aprendió bien el toscano. Prueba de ello son frases como: «Sigo, en el fondo, más meridional y dilettanti [dilettante] que nunca, hélas!» (p. 458) y «una maddalena que sumerjo en la tasa [taza] del té del recuerdo» (p. 558). Tasa hubiera reclamado un [sic], pero bien impreso, y no [sic] entre paréntesis en cursivas, como de costumbre. Quizá una de esas críticas notas de editor pudo haber hecho a propósito de maddalena: italianismo macarrónico por madelaine en francés, pastel confeccionado de harina, huevos y azúcar. Una maddalena en italiano es usualmente, como en español, una magdalena, o sea, una mujer que llora sin consuelo. Notas y marcas pertinentes habrían reclamado infinidad de pasajes y no precisamente como ésta: Giovanni Jacobo Casanova (1725-1798), aventurero, jugador y amante italiano. O es castellanizado Juan Jacobo (Jean-Jacques como Rousseau) o bien, en el original es Giovanni Giacomo, pero así, queda como un híbrido inaceptable.

En una carta a Alfonso Reyes se va una curiosa errata en títulos de sus propias obras: Ifigenia, Todas las roras [horas], Crónica de Monterrey. ¡Era eso o el coloquialismo mexicano «todas las rorras»! Cosa que a Reyes, hombre casado pero tan afecto a las aventuras galantes, habría arrancado sin duda una gran sonrisa. En una carta a Torri se le escapa, como otras veces a Reyes e incluso a Paz, usar el acusativo personal con objetos inanimados: «Estuve en Veracruz hace poco, donde conocí al [el] mar» (p. 520). Siquiera el relativo de lugar es el correcto y no como en el caso del arcaico «Cuando salgo de una adonde [cursivas añadidas] Ezequiel habla por horas». Travels with a donkey [Donkey], se trata de un título de una obra en inglés, va en altas. Reyes a su vez, al solicitarle algunos números de la colección Cvltvra, escribe: Selma Lagerlof [Lagerlöf], Francfört [Fráncfort], «amores de cursis ya yancas de California» [cursis y yancas, femenino barbárico de yanqui] (pp. 500 y 501).

Una frase memorable aparece en una carta a Reyes, fechada en Madrid en septiembre de 1917: «Ya estoy demasiado corrido para disgustarme con las erratas, ya no tengo esa histeria de los escritores primerizos; ya sé, sobre todo, que todo el esfuerzo humano es inútil. La errata es un microbio, no se la puede destruir ni a la temperatura del plomo derretido de la linotipia.» Juicio incontrovertible que sigue siendo valedero aun en las ediciones que sin llevar el calificativo de críticas casi se presentan por tales, realizadas por académicos cuya lengua madre no es el castellano. Ése, desde luego, no es mayor problema, puesto que gran parte de las erratas señaladas (se quedan algunas en el prudente anonimato) están en lenguas extranjeras. Este desdoro viene a darse precisamente en un tiempo en que las modernas computadoras y la red mundial facilitan la consulta ininterrumpida y la aclaración inmediata de casi cualquier duda. Es sólo cuestión de tener la acuciosidad necesaria y tomarse el tiempo para ello.

Dirigiéndose a Reyes, siempre en tono socarrón, cargado de ironía, Torri escribe en una de sus misivas: «Tú eres muy noble para correr una piadosa cortina sobre los fracasos de tus hermanos menores. ¡Además, nuestra ridícula erudición de Torreón! (Torreón, como recordarás, no es sino un ruido infernal de platos en un restaurante chino, en medio de la noche)». Así es la erudición provinciana, siempre resulta risible, como en el caso de los reparos que aquí se presentan contra el magno esfuerzo que ejemplifica este volumen, tanto por parte de quien estuvo al cuidado del libro (incluyendo correctores y revisores técnicos) como por parte de la casa editora. Es la primera vez que se ve en un volumen prácticamente a todo Julio Torri. La única reserva que permanece es si deben ser eruditos extranjeros los que se ocupen de editar los mejores autores de México. ¿Quién se legitima más con ello: los propios o los ajenos? O más bien la pregunta sería, cuando se revisa el trabajo a conciencia casi con lupa, ¿la labor de quién resulta menos empañada?

 

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1 comentario

  1. Susana Hernández

    abril 6, 2013 at 7:51 pm

    Soy estudiante de Literatura Hispánica, por primera vez estoy conociendo la obra de Julio Torri, la cual me parece exquisita, muy bien lograda.

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