Intelectuales y artistas a través del «Viaje al país de la errata» de Gabriel Bernal Granados
Rolando Ramiro Vázquez Mendoza
Hace tan sólo algunos meses Carlos Fuentes falleció repentinamente. En lo personal, no me lo esperaba —creo que nadie— y la noticia me sorprendió. Por diversas cuestiones, tema de otra nota, el autor mexicano representativo del Boom hispanoamericano gozaba de un público bastante amplio, es decir, se había convertido en un referente inmediato de la literatura mexicana. Hoy en día, todavía quedan nombres de larga trayectoria y peso en el Parnaso de las letras, unos con menor reconocimiento con respecto a otros. Sin embargo, ¿quién es el heredero de la estafeta que alguna vez llevaron Alfonso Reyes u Octavio Paz?
Gabriel Bernal Granados, en su libro Viaje al País de la Errata (Libros Magenta, 2011), por medio de ensayos temáticamente diversos, expone un análisis de la figura del intelectual, del letrado, aquel que tiene la facilidad de regir desde la cúpula de cristal de la ciudad letrada. No vayamos lejos, el abanderado posterior a Reyes, Octavio Paz, encarnó a un monstruo de la literatura, no sólo por su vasta bibliografía ensayística y poética, sino por todo lo que él representó en el ámbito del poder y la cultura.
Paz, el dictador, tuvo el peso suficiente para desterrar parcialmente del campo literario a figuras como Jorge Cuesta y desdeñar a otros como Gorostiza. A Paz no le importó deberle «a los Contemporáneos más de lo que estaba dispuesto a reconocer», él encarnó el parricidio muy conocido el ámbito de la literatura. Es muy sabido el rechazo generacional que suele existir entre algunos escritores de una década a la otra, ya sea en la poética que desarrollan o, incluso, en el tratamiento personal.
Gabriel Bernal, dentro de su visita al tan violentado País de la Errata, habla de otras figuras, como las de Juan José Arreola, Salvador Elizondo, Gabriel Zaid y el mismo Jorge Cuesta. Cada uno distinto frente al resto. En El Viaje al País de la Errata se goza de una gran variedad de personalidades que dejaron huella en la cultura de México, y cuya influencia aún permea y, muchas veces, pesa sobre las nuevas generaciones de intelectuales y artistas.
En el ensayo, «Arreola: cuando las palabras sepultan a la prosa» describe las peripecias del ahora escritor de culto Juan José Arreola. En el texto, enmarca dos figuras de cierta manera antagónicas: Paz y Arreola y su experiencia con los medios televisivos. Fue la perspectiva que cada uno tenía, con respecto a la programación en pantalla, la que los condujo a distintos finales. Es interesante el destino que, a partir de esos dos ejemplos, augura Gabriel Bernal para la construcción del intelectual moderno, o contemporáneo, si es que se cree desgastada aquella palabra. Si antes era trabajo de críticos, reseñas, índices de revistas, entre otros, ir construyendo un gusto literario en el público lector, la televisión se consagra como otro medio para lograrlo a finales del siglo pasado. En este nuevo entorno mediático se volvía natural que «los escritores e intelectuales […] se sintieran con la necesidad de aparecer en la tele para participar de un espectáculo que garantizara la difusión de una expectativa y franqueara el acceso a cierta ilusión de eternidad o Parnaso».
En «Zaid: perfil ausente», paradójicamente, Bernal dibuja una perspectiva sobre la apuesta de Gabriel Zaid con su escritura. A diferencia de la estrategia tele-espectacular de Paz para «consolidar su reino», Zaid optó por un tipo de anonimato visual. Su confianza la depositó en las palabras y la lectura. Zaid, autor de El secreto de la fama, es hoy en día un crítico «conservador» y de «sangre fría que podría helar la espina dorsal de cualquiera».
Viaje al País de la Errata peca de ser un libro enorme, no en extensión de páginas, sino por todo lo que pretende aglutinar: la tradición de la traducción, críticas a la figura y construcción del intelectual, revistas literarias, relación entre crítica, teoría, literatura y artes plásticas, así como ficciones que, además de trastocar algunos temas ya mencionados, contienen analogías de crítica social. Sin embargo, Gabriel Bernal logra un libro legible que retoma cuestiones poco analizadas, como la producción de revistas en los últimos años del siglo XX y la mil veces re-nombrada generación de los setenta.
En su ensayo «Don Gato y su pandilla», Gabriel Bernal habla de lo que él llama «la piedra angular de mi filosofía», la cual se resume en la teleserie animada que da título al breve texto. En escasas páginas, el ensayista traza, además de una interpretación de la caricatura, parte de una iconografía de su generación. No le pretende dar nombre a sus «compañeros de viaje», sin embargo, expone el sino de su generación frente a algunos embates de la crítica, sin importar que estas acometidas también puedan imputárseles de igual forma a los nacidos antes o después de los setenta.
La década de los setenta podrá ostentar listas y listas de nombres generacionales, pero también presume un largo elenco de escritores: Antonio Ortuño con su reciente Ánima, Jorge Vázquez Ángeles con El Jardín de las Delicias, Los esclavos de Alberto Chimal, Guadalupe Nettel, David Miklos, Geney Beltrán Félix, Juan José Rodríguez, Jaime Mesa, Gabriel Bernal Granados, Heriberto Yépez o Federico Vite, por sólo mencionar algunos.
Todos ellos, quizá juntos, pero no revueltos, deambulan en el País de la Errata con las sombras y los fantasmas de sus antecesores, tanto vivos como muertos, respectivamente. Gabriel Bernal reflexiona, a lo largo de varios ensayos, sobre la figura del artista y del intelectual que los precedió. «La generación de los setenta está de moda», sin embargo, ¿cuál de ellos cargará la estafeta en algún momento de la historia literaria mexicana?
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Rolando Ramiro Vázquez Mendoza (Ciudad de México, 1990) estudia Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y ha colaborado en Palabras Malditas y Cuadrivio.












