Nosotras las pobres
La participación económica de las mujeres en México a la luz del enfoque de capacidades de Amartya Sen
¿Cuál es la relación entre escolaridad e inserción en el mercado laboral? ¿Es un vínculo directo y proporcional? En el caso mexicano, ¿el aumento de la escolaridad femenina se ha traducido en una mayor participación en las actividades económicas? ¿Cuáles son los factores que han influido en esto? Utilizando el enfoque de capacidades de Amartya Sen, Ana de Luca responde estas y otras preguntas, analizando la realidad escolar y laboral de las mujeres mexicanas en la actualidad y los factores que siguen limitando su participación igualitaria en el mercado laboral.
Ana De Luca
El hecho de que la brecha de escolaridad entre mujeres y hombres en México se haya reducido considerablemente y que, no obstante, la participación de las mujeres en los mercados de trabajo siga siendo tan desigual se explica por la discriminación masiva que responde al estereotipo social que considera a las mujeres como las principales responsables del cuidado de los hijos y las labores del hogar. Es por ello que las mujeres en México están expuestas a un tipo de pobreza que va mucho más allá de las desigualdades en el ingreso. Las mujeres no pueden ejercer plenamente su capacidad de hacer y de ser: están privadas sistemáticamente de sus libertades, así como de todos los beneficios y oportunidades que van de la mano con la participación equitativa en el mercado laboral. Lo último resulta relevante en la medida en la que la oportunidad de trabajar se relaciona con otras capacidades sociales como la salud y la nutrición, la autoestima y autonomía, y la participación política plena. Es decir, el trabajo es el potenciador de la inserción social.
Aplicando el «enfoque de las capacidades» de Amartya Sen al estudio de la inequidad, se puede entender de forma más integral la circunstancia de pobreza de las mujeres mexicanas. En este ensayo se utilizarán dos índices centrales en este enfoque, el de educación y el de participación en las actividades económicas, y se analizarán tanto por separado como relacionados entre sí. Se considerarán a través del Índice Mundial sobre la Brecha de Género, en el que se expone el ranking mundial de una serie de países en lo que se refiere a equidad entre géneros, así como en cuanto al nivel de participación de las mujeres en actividades económicas. Como se verá a lo largo del ensayo, resulta alarmante que algunos países del mundo cuyo ingreso per cápita es por mucho menor al nuestro tengan una brecha menor en el rubro de la participación económica. Así, estamos por debajo de prácticamente todos los países latinoamericanos e incluso de algunos africanos. Mientras que muchos países han logrado avances en la materia, México se ha quedado rezagado. De acuerdo al Índice Mundial de la Brecha de Género 2012, México ocupa el lugar 69 entre 135 países en términos de sesgo educativo, mientras que tiene el lugar 113 en cuanto a equidad en la participación económica. Lo último se debe a que las tareas domésticas siguen dependiendo fuertemente de las mujeres, a que la participación femenina en las actividades económicas es menor que la de los hombres y a que siguen existiendo roles de género muy marcados. Por último, se puede argumentar que los datos que arroja este índice también dejan a la luz la falta de políticas públicas en la materia y evidencian la dudosa calidad de la educación que se imparte, siendo que no está rompiendo con estructuras patriarcales, ni haciendo más flexibles los roles de género.
La pobreza y el enfoque de capacidades
La lucha por las capacidades básicas humanas no es sólo una construcción teórica. Para las mujeres de todo el mundo, y para todo el mundo que se preocupa por las mujeres y el bienestar, es una forma de vida.
Martha Nussbaum
Antes de comenzar el análisis es necesario explicar a grandes rasgos el enfoque de las capacidades de Amartya Sen. Históricamente la pobreza ha sido medida en términos de ingreso, lo que, de acuerdo con perspectivas más contemporáneas, deja de lado importantes factores que determinan el bienestar de las personas. Los trabajos de Amartya Sen permitieron identificar que la pobreza no se relaciona únicamente con los recursos de una persona, sino con los impedimentos que tiene para ejercer estos recursos. El enfoque de Sen considera prioritario estudiar lo que la gente puede o no hacer, por encima de sus capacidades de consumo.[1] De esta manera, la pobreza no representa únicamente la pérdida de ingreso, sino, en una perspectiva más amplia, la privación de las capacidades básicas que debería tener una persona.[2] Estas capacidades son, de manera general, las oportunidades para alcanzar salud, participación política, inclusión social, libertad de expresión, oportunidad de leer y escribir, entre otras.[3]
El enfoque de las capacidades de Sen otorga activos importantes para realizar evaluaciones del estado de la inequidad de género en diferentes países y regiones del planeta. De acuerdo con Ingrid Robeyns, existe un importante conjunto de estas capacidades que son particularmente valiosas en la medición específica de la inequidad de género. En el desarrollo del presente trabajo se analizarán dos: la educación y la participación de la mujer en actividades económicas.[4]
En términos educativos, las mujeres enfrentan inequidades sistemáticas prácticamente en todas las regiones del planeta. Las cifras de analfabetismo, por ejemplo, siguen siendo preocupantes. En 2001, mientras el 10. 1 % de los hombres eran analfabetos, la cifra se incrementaba a 12. 1 % en el caso de las mujeres.[5] De acuerdo con Sen, la oportunidad de educación debe ser la primera «capacidad» a tomarse en cuenta en términos de medición de la pobreza. En el tema de género, Sen ha demostrado que la alfabetización femenina tiene impactos en otros indicadores, como la mortalidad infantil,[6] por lo que es fundamental para la reducción de los índices generales de pobreza. Otro indicador importante es el de acceso a la educación, que permite a las mujeres reducir las tasas de fertilidad y su vulnerabilidad en casos de viudez, así como incrementar sus ahorros, tener menos hijos e invertir más en ellos. Adicionalmente, se ha demostrado que cuando las mujeres tienen acceso a la educación buscan que sus hijos también la reciban, lo que permite, a su vez, que pasen más tiempo con ellos al acompañarlos en la realización de sus tareas escolares.[7] De acuerdo con el Banco Mundial, la educación de las mujeres genera impactos benéficos en la salud de sus hijos, incluyendo mejoras en la inmunización, una nutrición más sana y menor mortalidad infantil.[8] Reducir las inequidades de género en términos de educación también tiene impactos en el crecimiento económico. De acuerdo con el Reporte de Desarrollo Mundial del Banco Mundial 2000/01, cerrar la brecha de género incrementaría significativamente, y en algunos casos incluso doblaría, el crecimiento económico en el África subsahariana, el sur de Asia, el Medio Oriente y el norte de África.[9]
En cuanto a la participación en las actividades económicas y a la equidad de los ingresos por el mismo trabajo, las mujeres en todo el mundo, independientemente de su país de origen, tienen una gran desventaja, incluso en los países más desarrollados. Por ejemplo, en Gran Bretaña, las mujeres que trabajan tiempo completo ganan 72. 7 % del salario promedio semanal de los hombres,[10] y las mujeres que trabajan medio tiempo ganan sólo dos tercios del dinero que un trabajador masculino de tiempo completo ganaría por hora.[11] La discriminación por sexo en la contratación persiste tanto en los países desarrollados como en aquellos que están en vías de desarrollo, incluso en casos en que los trabajos requieren las mismas habilidades para ambos géneros.[12] En la actualidad, a nivel mundial, el 50 % de las mujeres laboran en trabajos no pagados o con bajos salarios, y la diferencia entre los salarios de hombres y mujeres sigue siendo de entre el 10 y el 30 %.[13]
Capacidades básicas de las mujeres en México
El caso mexicano es muy particular, especialmente porque, aunque se han dado pasos agigantados en la reducción de la brecha entre mujeres y hombres en términos educativos, esto no ha tenido un impacto positivo en la participación femenina en las actividades económicas. En este sentido, las mujeres no solamente se enfrentan a circunstancias de desventaja y a la pobreza en términos monetarios, sino que asumen un tipo de pobreza mucho más profundo en la medida en la que no pueden desarrollarse plenamente en el ámbito laboral. Este último fenómeno podría ilustrar algunas conclusiones con respecto a la situación de discriminación ‒en la que el rol de género juega un papel fundamental‒ y podría mostrar los retos que México enfrenta en comparación con otros países del mundo.
Educación
En el caso de México, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de las Mujeres, las mujeres que habitan en comunidades con menos de 2 500 habitantes tienen en promedio menos años de escolaridad (5. 9) que las que residen en ciudades con más de 100 000 habitantes (9. 79). Sin embargo, es importante acotar que en el rubro de brecha de género las diferencias no son tan grandes. De acuerdo con estadísticas de Inmujeres, las comunidades con menos de 2 500 habitantes tienen una brecha de 3. 09 % en los años de escolaridad de hombres y mujeres, cifra no muy lejana al 4. 39 % que separa a los diferentes géneros en ciudades con más de 100 000 habitantes.[14] Esto queda ejemplificado en la práctica generalizada de los hogares con muchos hijos e ingresos insuficientes de enviar a los niños a la escuela y dejar a las niñas en casa.[15]
En el año 2000 la tasa de analfabetismo en México fue de 7. 4 % para los hombres y 11. 3 % para las mujeres. Para 2010 estas cifras habían disminuido a 5. 6 y 8. 1 % respectivamente.[16] En ese mismo año se registró que los hombres mexicanos de más de 15 años habían ido a la escuela un promedio de 8. 8 años, mientras que las mujeres habían asistido 8. 5. A pesar de ello, las mujeres tienen mejores porcentaje de asistencia (93. 4 %, por encima del 92. 9 % de los hombres) y un mejor desempeño, en general, que sus contrapartes masculinas (sólo el 9. 6 % de las mujeres tiene problemas en la escuela, contra el 12. 7 % de los hombres que se encuentra en esta situación).[17] En nivel de escolaridad, de acuerdo con el Índice sobre la Brecha de Género Mundial, México se encuentra en la posición número 69, con un nivel de .9914, el cual podría considerarse como alto.[18]
México ha logrado sólidos avances en términos de alfabetización, aunque siguen existiendo brechas de género que es necesario superar. No obstante, a pesar de los logros en materia de educación, México sigue teniendo serios problemas en el tema de la inclusión de la mujer en el mercado laboral. Esto significa que aunque las mujeres lo hagan igual de bien que los hombres en el nivel educativo, el cambio en el mercado laboral no ha sido el esperado.
Actividades económicas y oportunidades
De acuerdo con el Índice sobre la Brecha de Género Mundial, el cual mide las diferencias entre recursos y oportunidades, incluso Islandia, el país más «equitativo», mantiene niveles de inequidad en rubros como empoderamiento político (0.732) y participación económica y oportunidad (0.75). En términos de participación económica, México tiene el lugar 113 de 135 países, debajo de la mayor parte de los países latinoamericanos (por ejemplo, Honduras, Uruguay, Venezuela, Colombia, Argentina y Ecuador) y de algunos africanos (Mozambique, Uganda y Ghana).[19] Pese a que México califica en el número 52 en el ranking respectivo a la participación de las mujeres en el ámbito de la legislación, la brecha es inmensa cuando se habla del ingreso recibido en promedio: 9 516 dólares anuales para las mujeres contra 21 325 dólares para los hombres. Además, con el tiempo, México ha ido retrocediendo en el ranking, dado que en 2006 era el número 98, el 110 en 2010 y el 113 en 2012.[20] Lo último demuestra los serios retos que enfrentan las mujeres en nuestro país para insertarse en el mercado laboral.
Aunque México ha tenido algunas mejoras en las últimas décadas en términos de participación femenina en actividades económicas, sigue existiendo una brecha enorme entre hombres y mujeres.[21] De acuerdo con estadísticas de Inmujeres, en 2012, mientras 77 de cada 100 hombres participaron en actividades económicas, sólo 43 de cada 100 mujeres hizo lo mismo. Esto tiene que ver con varios fenómenos, entre los que podemos destacar la discriminación, bajos salarios para las mujeres, falta de oportunidades para obtener trabajos mejor remunerados, la existencia de pocas guarderías, entre otros. A pesar de su creciente inserción en el mercado laboral, esto no ha implicado una reducción en la carga de sus tareas domésticas, sino que, al contrario, las ha obligado a llevar turnos dobles, al seguir siendo las principales responsables de las actividades en el hogar.[22]
Para ejemplificar la fuerte carga que siguen teniendo las mujeres en el hogar, podemos destacar que en promedio los hombres dedican 15.2 horas a la semana a estas labores, en comparación con las 42.3 horas que invierten las mujeres.[23] En el hogar, asimismo, siguen existiendo roles muy específicos que desempeña cada género. Por ejemplo, con relación a las tareas domésticas, el 87.6% de las actividades de cocina las realizan las mujeres, así como el 82. 5 % de las labores de limpieza. Por el contrario, cuando se necesitan reparaciones, una tarea doméstica considerada como masculina, los hombres las realizan el 82. 3 % de las veces.[24] Incluso cuando la mujer aporta el mayor ingreso del hogar, contribuye realizando un porcentaje más alto de las tareas domésticas. Esta información demuestra tres puntos con relación a la participación en actividades económicas de las mujeres en México: que las tareas domésticas siguen recayendo principalmente en las mujeres, que la participación femenina en las actividades económicas es menor que la de los hombres, y que siguen existiendo roles de género muy marcados.
Un cambio en esta tendencia podría traer importantes resultados. De acuerdo con trabajos recientes, existe evidencia de que cuando el sesgo de género se reduce, el crecimiento económico se incrementa. En un estudio de 2008, Janet Costa y Elydia Silva analizaron los posibles cambios económicos que habría en varios países latinoamericanos si se redujera la brecha de género. Sus hallazgos son muy interesantes:
Si no hubiera barreras de género diferenciadas para entrar al mercado laboral, el crecimiento del nivel medio de ingresos variaría 6 % en Brasil y 11 % en Chile y El Salvador. Asimismo, aumentarían 2 % en El Salvador y 8 % en Brasil los ingresos si no existiera discriminación de género en los salarios.[25]
Cuando las mujeres reciben salarios bajos o no reciben nada, son más vulnerables, menos resistentes y mantienen sus niveles de pobreza. En cambio, si el ingreso de una mujer aumenta, éste tiene un impacto positivo no sólo en su bienestar personal, sino en la salud y educación de sus hijos, incluso más que cuando el ingreso del hombre se incrementa.[26] Al respecto, Sen señala que la libertad de buscar y tener trabajos fuera del hogar puede contribuir a la reducción de la privación relativa y absoluta de las mujeres y que la libertad en un área (posibilidad de trabajar fuera del hogar) ayuda a promover la libertad en otras (libertad del hambre, la enfermedad y privación relativa).[27] El empleo fuera del hogar tiene una estrecha relación con la mejora en la salud y la nutrición; así también, con frecuencia, la tiene con la participación política (Nussbaum, 1995, p.3).
Finalmente, cuando las mujeres obtienen trabajos remunerados y salarios competitivos, tienden a ser más independientes y a tener una voz más decisiva en la toma de decisiones en el hogar. La participación de la mujer en la fuerza de trabajo ha demostrado jugar un rol determinante en el amortiguamiento del impacto de los shocks macroeconómicos y ha evitado que los hogares caigan en la pobreza.[28] Un ejemplo de esto último lo demuestran los proyectos de microempresas encabezados por mujeres. Estudios han demostrado que cuando las mujeres reciben préstamos se empoderan a varios niveles, al permitirles proporcionar un mayor bienestar a sus familias, y particularmente a sus hijos.[29] Asimismo, se ha descubierto que los programas de crédito llevan a que las mujeres tomen un rol mayor en la toma de decisiones en el hogar, al permitirles tener mayor acceso a recursos económicos y financieros, e incrementar sus redes sociales y capacidad de negociación frente a sus esposos.[30]
Conclusión
Con la información proporcionada a lo largo del texto, es posible concluir que México enfrenta el gran reto de reducir su brecha de género, especialmente en la participación de las mujeres en actividades económicas y oportunidades. En este rubro, México mantiene la posición 113 de 135 países en un índice que considera a todo el mundo, cifra que contrasta fuertemente con los lugares que ocupa frente a otros países en términos de PIB (14)[31] y PIB per cápita (65). Siguiendo la metodología de Sen, esto demuestra que en términos de ingresos, México, aunque puede considerarse un país de ingresos medios, tiene una fuerte pobreza social que necesita ser tratada. Lo último a causa del estereotipo social que considera a las mujeres como las principales responsables del cuidado de los hijos y las labores del hogar.[32]
Aunque las oportunidades laborales para las mujeres sean mucho mayores a las que tenían hace una generación, esto no se ha traducido en mejores condiciones en sus lugares de trabajo. Este fenómeno debe ser tratado por los tomadores de decisiones mediante políticas audaces. Algunos países han implementado cuotas de género no sólo para incrementar la representación política, sino para promover la participación femenina en el sector privado. Esta última opción podría ser un paso adelante para aminorar la inequidad en los mercados labores.
Trabajos recientes han demostrado que cuando las mujeres tienen cubiertas sus capacidades y libertades básicas, como empleo, salud y acceso a la educación, se da un mayor desarrollo económico y se promueve la consolidación de libertades. Sin embargo, como señala Sen, la inequidad de género no sólo debe ser eliminada para reducir la pobreza; para Sen, por ejemplo, la participación económica de las mujeres no sólo es una recompensa en sí misma, sino una forma de influir en el cambio social en general.[33] Este último es uno de los muchos puntos que hacen pensar que las mediciones de pobreza convencionales deben ser desafiadas. Incluso si un PIB per cápita como el de México nos indica que las necesidades humanas básicas de sus habitantes se encuentran cubiertas, la pobreza sigue presente cuando la población femenina es privada de capacidades básicas como la igualdad de oportunidades en el lugar de trabajo. Las políticas de desarrollo relacionadas con la participación de la mujer en actividades económicas necesitan ser atendidas, en virtud de que la equidad de género mejora no sólo la vida de las mujeres, sino de las sociedades en su conjunto. Garantizar a las mujeres las mismas oportunidades que las que tienen los hombres en los lugares de trabajo les permitirá ser más independientes, menos vulnerables y contribuir de forma más positiva a sus familias y sociedades.
También habría que destacarse que si bien las mujeres en México tienen el mismo acceso a la educación que los hombres, esto no significa que la educación no debe ser replanteada. El hecho de que puedan tener el mismo acceso a la educación, pero sin una participación equitativa en el ámbito laboral, aunado a que sigan dedicando más horas al trabajo doméstico que los hombres, pone en tela de juicio la calidad de la educación, en el sentido de que no está sirviendo para romper con los moldes preestablecidos de género y no está más que reproduciendo la discriminación entre hombres y mujeres.
NOTAS
[1] Ingrid Robeyns, «Sen’s capability approach and gender inequality: selecting relevant capabilities», Feminist Economics, vol. 9, núm. 2-3, 2003, pp. 61-62.
[2] Amartya Sen, Development as Freedom. Oxford: Oxford University Press, 1999, p. 20.
[3] Ibid., p. 36.
[4] Ingrid Robeyns, op. cit., pp. 71-72.
[5] CEPAL-Unifem, op. cit., p. 13.
[6] Amartya Sen, op cit., p. 197.
[7] Mayra Buvninic y Ursula Casabonne, «Gender, Poverty and Demography: An Overview», World Bank Economic Review, vol. 23, núm.. 3, 2009, p. 349.
[8] Banco Mundial, «Gender Equality and Development Report», World Development Report, p. 5. Disponible en: http://siteresources.worldbank.org/INTWDR2012/Resources/7778105-1299699968583/7786210-1315936222006/Complete-Report.pdf.
[9] Denis Drechsler et al., «Gender Institutions and Development: Better data, better policies», en Gender Equality. Poverty in Focus, International Poverty Centre, núm. 13, enero 2008, p. 10.
[10] Susan Buckingham, Gender and Environment. Nueva York, Routledge, 2000, p. 85.
[11] Natasha Walters, Living Dolls. The Return of Sexism. Gran Bretaña, Virago Press, 2010, p. 10.
[12] Karen Christopher et al., «Gender Inequality in Poverty in Affluent Nations: The Role of Single Motherhood and the State», Gender Equality. Poverty in Focus, International Poverty Centre, núm. 13, enero 2008, p. 3.
[13] Unifem, 2011, p. 12.
[14]Inmujeres, «Tarjetas temáticas. Educación», 2013. Disponible en: http://estadistica.inmujeres.gob.mx/formas/tarjetas/Educacion.pdf.
[15] Imran Sharif Chaudhry y Aaeed ur Rahman, «The Impact of Gender Inequality in Education on Rural Poverty in Pakistan: An Empirical Analysis», European Journal of Economics, Finance and Administrative Science, vol. 15, 2009, pp. 175-176.
[16] Inmujeres, op. cit.
[17] Inmujeres, «Indicadores Básicos de Educación», 2013. Disponible en: http://estadistica.inmujeres.gob.mx/formas/panorama_general.php?menu1=2&IDTema=2&pag=1.
[18] Índice Sobre la Brecha de Género Mundial, 2012.
[19] Índice Sobre la Brecha de Género Mundial, 2012.
[20] Índice Sobre la Brecha de Género Mundial, 2012.
[21] El rango de participación de las mujeres mexicanas en la fuerza laboral urbana aumentó del 29% en 1984 a 41% en 1996. Oxford Analytica, Daily Brief Service. «Mexico: Gender Politics», octubre 1999.
[22] Idem.
[23]INMUJERES, “Indicadores Básicos de Uso del Tiempo”, 2013. Disponible en http://estadistica.inmujeres.gob.mx/formas/panorama_general.php?menu1=9&IDTema=9&pag=1
[24] INMUJERES, “Tarjetas temáticas de trabajo doméstico”, 2013. Disponible en http://estadistica.inmujeres.gob.mx/formas/tarjetas/Trabajo_domestico.pdf
[25] Joana Costa y Elydia Silva, “The burden of Gender Inequalities for Society”, Gender Equality. Poverty in Focus, International Poverty Centre, núm. 13, enero 2008, p. 9.
[26] Banco Mundial, op. cit., p. 5
[27] Amartya Sen, op. cit., p. 194
[28] Andrew Morrison, “Gender Equality Is Good for the Poor”, Gender Equality. Poverty in Focus, International Poverty Centre, núm. 13, enero 2008, p. 17.
[29] Ranjula Swain Bali y Fan Yang Wallentin. “Empowering Women through Microfinance: Evidence from India”, Gender Equality. Poverty in Focus, International Poverty Centre, núm. 13, enero 2008, p. 20.
[30] Ibid., p. 21
[31] Banco Mundial, op. cit., 2011.
[32] Francine D Blau et al, Gender, Inequality and Wages. Reino Unido, Oxford, 2012. p. 2
[33] Amartya Sen, op. cit., p. 201.
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Ana De Luca (Ciudad de México, 1983) estudió una maestría en Medio Ambiente y Desarrollo en la London School of Economics and Political Science y es egresada de la carrera de Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Amante de la naturaleza, pero aún más del ser humano. Defensora de la justicia social y ambiental.












