El conservadurismo que derrotó a los republicanos
El pasado 6 de noviembre, Barack Obama obtuvo su segunda victoria electoral por la presidencia de Estados Unidos en una competencia cerrada y un ambiente social polarizado. Bajo el desarrollo de las campañas y los resultados electorales se revela una tendencia de radicalización en el conservadurismo del pueblo estadounidense. Frania Duarte nos ofrece un panorama del pasado reciente y del futuro próximo.
Frania Duarte
Al igual que hace cuatro años, la elección presidencial en Estados Unidos ocurrió en un ambiente polarizado. Las encuestas de intención de voto desde el inicio del año mostraban levemente esta tendencia con una diferencia entre los dos candidatos que oscilaba entre tres y cinco puntos porcentuales. Sin embargo, la carrera se volvió todavía más reñida tras el primer debate presidencial, en el cual la temática (la crisis económica), así como el débil desempeño del demócrata Barack Obama, permitieron a Mitt Romney incrementar sus intenciones de voto en las subsecuentes encuestas. Desde entonces las tendencias no variaron mucho. Los siguientes debates no cambiaron drásticamente las preferencias: algunas encuestas daban la ventaja a Obama, otras a Romney (y eso por acaso uno o hasta dos puntos porcentuales), y algunas más les daban el empate. Así transcurrió octubre, el último tramo de la campaña de cara a la elección. En este último periodo, la atención se enfocó más en los llamados swing states, o estados columpio, los cuales, al igual que en elecciones previas, definirían al ganador.
El día de la elección la población dio la victoria a Obama tanto en el voto popular como en el voto electoral. No obstante, la brecha de la victoria que lo separó de Romney no fue tan grande en lo que respecta al primer rubro (61 907 639 vs 58 648 640 votos). En cuanto al voto electoral, la diferencia de votos fue amplia (332 vs 206), no obstante menor a la que hubo en la elección de 2008 (Obama, 365 vs McCain, 173). Esto significa que, al igual que entonces, la polarización fue un factor presente en la elección.
La polarización tuvo su origen, entre otras cosas, en la insatisfacción de la población ante las actuales condiciones económicas y lo que consideran un mal manejo de la economía desde la Casa Blanca. Los estadunidenses están descontentos porque la economía aún camina a una lenta tasa de crecimiento de 2.2 por ciento y la tasa de desempleo sigue muy cerca del orden del 8 por ciento (el último reporte del Departamento del Trabajo de octubre pasado señaló que se encuentra en 7.9 por ciento), lo cual se traduce en 12.3 millones de desempleados. Si bien existe el reconocimiento por parte de algunos sectores de que Obama no fue el causante de esta situación (públicamente se hizo hincapié en ello, siendo la última y notable intervención al respecto la de una ciudadana que se preocupaba por entender cuál era la diferencia entre Romney y Bush durante el segundo debate presidencial), desde luego desean que la condición económica mejore. De acuerdo con diversas encuestas, la mayor parte de los ciudadanos consideraba que Romney estaba más capacitado para lidiar con esta temática.[1]
A pesar de ello, la población volvió a depositar su confianza en Obama. Poco menos de la mitad de la población se inclinó hacia Romney, quien, no obstante, se echó al bolsillo los estados de Indiana y Carolina del Norte, en los cuales había triunfado Obama en 2008. La plataforma política representada por el dúo Romney-Ryan fue considerada y aceptada por el 48% de la población que votó a su favor, porcentaje que quería limitar el papel del gobierno, exaltaba el valor de la autosuficiencia (el «hágalo usted mismo» en su máxima expresión) e incluso daba cabida a mejorar la calidad de vida del sector con mayores ingresos, que apenas representa el 1 por ciento de la población; con respecto a temas sociales, tales como el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto, este porcentaje de la población estadunidense mostró posturas ultraconservadoras y recalcitrantes que significaban un retroceso en los avances de la democracia –en el sentido amplio del término– en la nación que se autoproclama como ejemplo a seguir en este aspecto.
¿Esta tendencia sería factor suficiente para considerar que una buena parte de la sociedad estadunidense es conservadora? O, más aún, ¿que Estados Unidos está ante un momento en el cual la sociedad está optando por posturas radicales de derecha frente a asuntos de carácter social? Si al analizar a la sociedad estadunidense uno se limita al aspecto social –es decir, sin incursionar en un análisis sobre el pensamiento conservador y liberal en Estados Unidos, el cual necesariamente llevaría a considerar en primera instancia a Edmund Burke–, no se puede aseverar que la población sea totalmente conservadora o completamente liberal.
A lo largo de la historia política de ese país, los dos principales partidos, Republicano y Demócrata, han estado al frente de la nación de manera variable, es decir, no ha habido periodos de más de 20 años en los que uno u otro partido se haya hecho con el ejecutivo (el periodo más largo fue precisamente de esa temporalidad, de 1933 a 1953, cuando los demócratas, representados por F. D. Roosevelt y H. Truman, estuvieron en la Casa Blanca). Sin embargo, pertenecer a uno u otro partido no es señal de ser conservador o liberal ya que, siguiendo el análisis que hace Louis Hartz en La tradición liberal en los Estados Unidos, este país no transitó por un periodo feudal, de tal forma que no tuvo necesidad de realizar una revolución que hiciera surgir un régimen político con las características que en su momento describiese Locke. Así, Estados Unidos nació siendo liberal y sus manifestaciones políticas se moverán en el plano del liberalismo (con el credo americano como su estandarte), estando ausente el conservadurismo de estilo europeo.[2]
Siguiendo la lógica de Hartz, los estadunidenses han dado por hecho la libertad, la igualdad, la democracia y el libre mercado, de tal forma que su comportamiento está orientado a la defensa de estos valores (el credo americano), dentro y fuera de su país. Sin embargo, la historia ha dejado entrever, a través de la lucha por la reivindicación de los derechos de las mujeres y de los negros, que la igualdad en que esta sociedad debiera vivir sigue siendo un supuesto. La opresión de las minorías ha sido una realidad en Estados Unidos y ha surgido, en parte, por el afán de defender la identidad WASP y los valores que, desde la perspectiva de sus abogados, involucra, que pueden ir desde la forma de gobierno que debiera seguirse, pasando por la manera en que debiera operar el sistema económico, hasta intentar permear sobre aspectos sociales y culturales.
De acuerdo con una encuesta llevada a cabo por Gallup para medir las tendencias políticas de la población en 2011, resultó que, en promedio, la sociedad estadunidense es conservadora, en segundo lugar es moderada y, en último lugar –con un porcentaje severamente menor–, es liberal. Pero lo que no indica esta encuesta es en qué aspectos o sobre qué temáticas la población estadunidense se considera conservadora, moderada o liberal. Y es que quizá no lo sea en todos los temas. De hecho, tampoco lo es en todos los estados. Por ejemplo, Mississippi, Utah, Wyoming, Alabama y Louisiana se mostraron como los estados más conservadores, mientras que el Distrito de Columbia, Massachusetts, Hawaii, Vermont y Rhode Island resultaron ser los más liberales.[3]
En cuanto a aspectos sociales existen indicios bastante reveladores. El más reciente surgió tras la votación por la que fueron aprobados el consumo de marihuana en Colorado y Washington, y el matrimonio entre personas del mismo sexo en Maine, Maryland y el mismo Washington. Cabe decir que el debate sobre esta última temática no es nuevo, ya que en seis estados y en la capital del país ese tipo de uniones ya habían sido reguladas: Connecticut y Massachusetts en 2008, Iowa, Vermont y el Distrito de Columbia en 2009, New Hampshire en 2010 y Nueva York en 2011. Asimismo, en Minnesota se votó contra una ley que pretendía prohibir los matrimonios entre homosexuales. Sin embargo, el otro indicio, que data aproximadamente de la misma temporalidad (2008) y se halla en el otro extremo, es el de los casos en que en Arizona, California y Florida se legisló para que sus constituciones políticas hicieran válidos únicamente los matrimonios entre personas de distintos sexos.
El trato de estas y otras temáticas, como el aborto, es delicado en el debate nacional, sin embargo, su mera inclusión ha sido un gran paso. No obstante, la insistencia reciente en situarlos como prioridades ha surgido de las filas del Partido Republicano, más específicamente del Tea Party, movimiento ultraconservador que, en palabras de la ex candidata a la vicepresidencia Sarah Palin, se ha propuesto «restaurar el honor de la nación y los valores estadunidenses», y que se ha planteado la misión de «atraer, educar, organizar y movilizar a [los] ciudadanos [estadunidenses] para afianzar una política pública consistente con nuestros valores de responsabilidad fiscal, gobierno limitado constitucionalmente y libre mercado».[4] El movimiento pareciera insertarse en el plano del liberalismo, sin embargo, la práctica dejará entrever que su postura más bien comulga con el libertarismo.
La preocupación del Tea Party no surgió precisamente de la complejidad de los temas sociales o de la crisis económica (frente a la cual hubo que discutirse el retorno al keynesianismo), sino de la elección de un político afroestadunidense como presidente de la nación –WASP. Para estos sectores, Obama es un outsider que no representa los valores ni los intereses de la nación. Se sienten amenazados ante lo que perciben como una dispersión del establishment, del poder WASP, y un posible empoderamiento de las minorías. Su actuación se resume a un discurso ultraconservador, racista y xenófobo… muy al estilo de la paranoia y xenofobia huntingtoniana frente a los mexicanos en Who are we?
Desde su inicio, el objetivo del movimiento fue claro: devolver la mayoría en las Cámaras al Partido Republicano y evitar la reelección de Obama. A partir de ese momento lo que comenzaría como una empresa política con miras a recuperar el poder en 2010 y 2012 se convirtió en un verdadero talk show en donde reinaban falsas acusaciones, ya no sólo contra las acciones políticas de Obama, sino contra su propia persona. Siguiendo a la corriente republicana que acusaba al presidente de no ser ciudadano estadunidense, en abril de 2011 el multimillonario que alguna vez coqueteara con la nominación republicana para competir por la presidencia, Donald Trump, retó al presidente a mostrar su acta de nacimiento y en octubre pasado ofreció donar cinco millones de dólares a una institución de beneficencia si éste mostraba los documentos que probaban que es ciudadano de ese país. El presidente también fue acusado de ser musulmán (por su segundo nombre y la religión de su padre) y comunista (a raíz de su postura de retomar las prácticas keynesianas para afrontar la crisis económica, así como por las reformas propuestas al sistema sanitario). Además, la cadena de televisión Fox, con las constantes apariciones y opiniones de personalidades como Sarah Palin o Karl Rove, persuadía a la población para adoptar su misma visión radical de la política y sociedad estadunidense.
Los ataques al actuar político de la administración demócrata fueron hechos contra las reformas a los sistemas financiero y sanitario, así como hacia lo que consideraron un descuido y mal manejo de la seguridad nacional. En este último respecto aludieron a la falta de protección de la frontera con México, y hay quienes podrían pensar que la máxima preocupación para los republicanos habría de ser la violencia e inseguridad mexicana a raíz de la lucha contra el crimen organizado, especialmente cuando el Departamento de Justicia estadunidense señala que las organizaciones criminales mexicanas han logrado penetrar mil ciudades de ese país. No obstante, el temor manifestado por las voces del nuevo conservadurismo radical republicano se limitó al asunto de la migración indocumentada. Intentaron capitalizar los falsos mitos de que los hispanos contribuyen al empeoramiento de la crisis económica y amenazan la identidad nacional –WASP. Fue así como en abril de 2010 la senadora de Arizona, Jan Brewer, promulgó la polémica ley antimigratoria SB1070, aludiendo a que el trabajo que no hacía Washington en materia de seguridad fronteriza ella lo haría. Ocurrió un efecto dominó y varias leyes similares fueron inmediatamente propuestas en casi una treintena de estados, sin embargo en varios de ellos no fueron aprobadas y en otros, al igual que como ocurriera con la SB1070, su aplicación fue parcial, previa orden de la Suprema Corte de eliminar algunas partes –las anticonstitucionales y controvertidas.
El Tea Party terminó por secuestrar al Partido Republicano. Logró representaciones populares para algunos de sus candidatos en las intermedias de 2010 (Marco Rubio, por ejemplo) y pretendió lo mismo en 2012. Los favoritos de este movimiento para la nominación republicana a la presidencia eran Michelle Bachmann, Newt Gingrich, Ron Paul, Rick Perry y Rick Santorum, sin embargo, sus posturas radicales disuadieron a los electores, que prefirieron optar por el aparentemente moderado Mitt Romney. Dicho movimiento no tuvo otra opción que apoyar al ex gobernador de Massachusetts, pero para evitar el apaciguamiento del discurso que habían ostentado le impusieron a Paul Ryan para el puesto de vicepresidente. Asimismo, continuaron alentando el discurso fundamentalista entre miembros del Partido en temas polémicos.
Dos de esos temas fueron el matrimonio entre personas del mismo sexo y el aborto, los cuales proponían elevar a rango constitucional y prohibirlos. En Estados Unidos el aborto está permitido por decisión de la madre, siempre y cuando se realice durante el periodo conocido como «viabilidad fetal», es decir, en los primeros tres meses de gestación. Sin embargo, en la carrera republicana por revertir esta situación, se escucharon una serie de declaraciones retrógradas al respecto. Tod Akin, candidato al senado por el estado de Missouri, aseguró que las violaciones legítimas hacían que el cuerpo de la mujer rechazara el embarazo. Antes de tales declaraciones él aventajaba a la demócrata Claire McCaskill con 11 puntos porcentuales, pero posteriormente la población mostró preferencias por la candidata. Finalmente, McCaskill ganó el escaño con el 55 por ciento de los votos. En la misma tónica se encontraba otro candidato republicano a senador por Indiana, Richard Mourdock, quien señaló que los embarazos producto de una violación eran decisión de Dios. El republicano también perdió la votación frente a su rival demócrata, Joe Donelly.
La radicalización del comportamiento republicano fue percibida por ciertos sectores de la población. Hubo quienes señalaron su responsabilidad en la crisis económica por la que atraviesa el país (el tardío e incompleto acuerdo por el cual se elevó el techo de la deuda en agosto de 2011 es una muestra), la cual ha impedido, parcialmente, que el país logre superar algunos de sus problemas, entre ellos, el mantenimiento y consolidación de su poder y, con ello, su hegemonía en el mundo, todo lo cual está provocando que se aproxime más rápidamente al declive. Por otro lado, la inferiorización de las minorías concluyó en la marginación del Partido entre esas bases de apoyo el día de las elecciones: el voto femenino, el hispano y el negro favorecieron a Obama (55 por ciento vs 44 por ciento; 71 por ciento vs 27 por ciento; y 93 por ciento vs 6 por ciento, respectivamente).
Los miembros del Tea Party y algunos republicanos ultraconservadores quizá se nieguen a reconocer que parte de su derrota se originó en su radicalismo. Pocos son los republicanos y conservadores que hacen una autocrítica y reconocen el fundamentalismo de sus posturas frente a temas sociales en pleno siglo XXI. Algunos conservadores y escritores para The American Conservative identifican la anomalía y reconocen que una cosa es querer conservar cierta ideología que da base al Partido Republicano, y otra es querer establecer una nueva corriente de pensamiento supuestamente conservadora que de ninguna manera se apega al conservadurismo de Burke. Previo a la derrota de Romney, en septiembre escribía Daniel McCarthy en esa revista: «los conservadores tomaron su definición de conservadurismo del Partido [republicano] y esa definición está basada más en lo regional y en el interés que en la filosofía».[5]
Así, algunos republicanos han intentado explicar la derrota. Unos opinan que se debió al apaciguamiento de la campaña a raíz del huracán Sandy, el cual dio más presencia al presidente (cabe recordar que el gobernador republicano de Nueva Jersey elogió a Obama por su actuación y apoyo ante el desastre natural). Hubo quienes culparon al propio Romney y su organización de la campaña, a la que calificaron como un obstáculo para la atracción y movilización de más votantes, en contraste con la campaña de Obama que, entre otras cosas, se caracterizó por su importante y creciente uso del internet, como ocurriera en 2008. A través de ello los demócratas podían conocer los movimientos y decisiones de los electores ante actos de campaña de uno u otro candidato y, en ese sentido, desarrollaban estrategias que consiguieran acrecentar el interés en el presidente.[6]
Además de los temas sociales que disuadieron a algunos votantes de votar por Romney, la economía también desempeñó un factor crucial el pasado martes, pero no en el sentido en que algunos pensaban. De acuerdo con datos de la encuesta de salida del National Election Pool, los votantes seguían creyendo que Romney lidiaría mejor con la economía que Obama, pero la diferencia era tan sólo de un punto porcentual (49 por ciento vs 48 por ciento); sin embargo, cuando se les preguntaba sobre quiénes consideraban como responsables de las actuales condiciones económicas, el 53 por ciento citó a la administración Bush, mientras que el 38 por ciento culpaba a Obama. Finalmente, cuando se les pidió dar su opinión sobre el rumbo de la economía, el 39 por ciento dijo que estaba mejorando, el 30 por ciento señaló que estaba empeorando y el 29 por ciento consideró que seguía igual. Estas cifras muestran, por tanto, cierto reconocimiento de la población por la mejora de la economía durante la administración Obama.[7]
Ante estas tendencias, los republicanos tendrán que reformar su partido y pensar cuidadosamente en la estrategia que seguirán para 2016. Será importante que estén conscientes de los cambios por los que atraviesa el país a nivel nacional e internacional, tales como el de la demografía. Hoy por hoy los hispanos son la primera minoría, representando el 16.4 por ciento de la población estadunidense, y se prevé que la tendencia siga a la alza. De acuerdo con información del Pew Research Center, en 1960 el 85 por ciento de la población estadunidense era blanca, mientras que el 3.5 por ciento era hispana; para 2011 la tendencia cambió drásticamente, de tal manera que la población blanca pasó a constituir el 63 por ciento de la población, mientras que la hispana ascendió a 17 por ciento. Se prevé que para el año 2050 la tendencia siga en negativo para la población blanca, reduciéndose a 47 por ciento, y en positivo para los hispanos, llegando al 29 por ciento.[8]
Este fenómeno da cuenta de que temas como el de la reforma migratoria deberá ser aceptado por los republicanos para su discusión, tanto por necesidad del sistema migratorio estadunidense como por conveniencia política, ya que una cantidad representativa de hispanos se concentra en estados que poseen un considerable número de votos electorales, mientras que otros tantos se hallan en los swing states. Precisamente, fue en estos últimos donde el pasado 6 de noviembre se decidió la elección, y el voto hispano ayudó bastante a Obama. Por ejemplo, en el caso de Ohio obtuvo el 74 por ciento, cifra superior a la de 2008, cuando logró atraer el voto del 61 por ciento de los hispanos. Por otro lado, parece que los republicanos ya se dieron cuenta de algunos de sus errores, y a pocos días de la elección en el Senado han aceptado la posibilidad de una reforma migratoria.
Las cifras que muestran la actitud de los votantes a nivel nacional y a nivel estatal son muy reveladoras en cuanto a la satisfacción con el mandato de Obama y la confianza que algunos sectores de la población estadunidense estuvieron dispuestos a depositar en Romney. El voto de la población blanca disminuyó para Obama en 4 por ciento, en contraste el de la población hispana incrementó en la misma cantidad, ambos con respecto a 2008. Asimismo, el resultado final de la elección, en términos del voto popular, da cuenta de la gran inclinación por el republicano –pese a sus características políticas. Sin embargo, el hecho de que entre algunos sectores aumentara la preferencia por Obama, como fue el caso del hispano, no respondió precisamente a la amplia satisfacción con los casi cuatro años de gobierno demócrata, sino a los riesgos que para ellos implicaría votar por los republicanos.
En buena medida, ese conservadurismo regional y de interés, en vez de filosófico, del que habla McCarthy fue un gran obstáculo para que los republicanos regresaran a la Casa Blanca. Los republicanos y, más aún, los miembros del Tea Party, concentrados en desbancar a Obama de la presidencia, se apoyaron en la estrategia de la descalificación, así como en cualquier cantidad de argumentos opuestos a la visión y decisiones políticas del presidente. Dicha estrategia tuvo efectos positivos en 2010, cuando el Partido Republicano recuperó la mayoría en el Congreso, sin embargo cuando se trató de encontrar argumentos opuestos al actuar político de Obama, los republicanos cayeron en un fundamentalismo conservador propio del siglo XVII. Ellos mismos minaron la confianza en su partido y los ciudadanos prefirieron no arriesgarse a votar por una plataforma política que ya no sólo recordaba nítidamente los años de Reagan y G. W. Bush, sino que rebasaba su conservadurismo de pensamiento.
Si, como se señaló, los republicanos son conscientes de sus errores, los próximos dos años serán testigos no sólo de una vuelta a la doctrina y los principios de su partido, sino quizá hasta de un ligero replanteamiento de los mismos. Este partido tendrá que reformar su estructura y evitar que el Tea Party, o cualquier otro grupo ultraconservador, secuestren su plataforma y, por ende, su movilidad política. Asimismo, tendrá que asimilar los nuevos cambios dentro y fuera del país: asumir la grandeza estadunidense pero en un mundo donde la realpolitik sigue teniendo un papel importante pero no el único; asumir, como reconociera Hillary Clinton, que en el mundo globalizado e interdependiente actual Estados Unidos no puede afrontar los problemas globales por sí solo; asumir que nuevos temas se incorporan en las agendas nacional e internacional, tales como los sociales señalados o los medioambientales (Sandy recordó que el cambio climático es una realidad); asumir que lo interno está estrechamente ligado a lo externo y que el peor enemigo al interior es la división política.
Los republicanos tienen la libertad de argumentar que la solución a las actuales crisis política y económica en Estados Unidos está en el conservadurismo, sin embargo, una cosa es tomar los principios del conservadurismo e incluso modificarlos según la realidad de que se trate, y otra muy distinta es alterarlos en función de una visión distorsionada de la realidad. Ellos podrán seguir los principios del conservadurismo puro, o modificarlo y crear nuevos lineamientos si así lo desean. Pero el asunto radica en qué tipo de conservadurismo produzcan. Por lo pronto, el conservadurismo republicano sui generis fue contraproducente en este proceso electoral.
NOTAS
[1] Por ejemplo, en junio pasado Gallup señaló que la economía era el tema más importante de cara a las elecciones entre el total de la población estadunidense, incluyendo a los hispanos, que ponían este tema por encima de la reforma migratoria. Véase Lydia Saad, «Hispanic Voters Put Other Issues Before Immigration», Gallup, 25 de junio de 2012. Obtenido de: http://www.gallup.com/poll/155327/Hispanic-Voters-Put-Issues-Immigration.aspx.
[2] Véase Louis Hartz, La tradición liberal en los Estados Unidos. Una interpretación del pensamiento político estadunidense desde la Guerra de Independencia, Fondo de Cultura Económica, 1994.
[3] «Mississippi Most Conservative State, D.C. Most Liberal», Gallup, 3 de febrero de 2012. Obtenido de: http://www.gallup.com/poll/152459/mississippi-conservative-state-liberal.aspx.
[4] Obtenido de: Tea Party Patriots, http://www.teapartypatriots.org/.
[5] Daniel McCarthy, «Is the GOP Still a National Party?», The American Conservative, 24 de septiembre de 2012. Obtenido de: http://www.theamericanconservative.com/articles/is-the-gop-still-a-national-party/.
[6] Véase Cristina F. Pereda, «La primera campaña 100% digital», El País, 28 de octubre de 2012. Obtenido de: http://internacional.elpais.com/internacional/2012/10/28/actualidad/1351444600_808266.html.
[7] Paul Taylor, D’Vera Cohn, «A Milestone En Route to a Majority Minority Nation», Pew Research Center, 7 de noviembre de 2011. Obtenido de: http://www.pewsocialtrends.org/2012/11/07/a-milestone-en-route-to-a-majority-minority-nation/.
[8] Ibid.
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Frania Duarte (ciudad de México, 1989) es licenciada en Relaciones internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde se desempeña como profesora adjunta. Asimismo, es asistente de investigación en el Centro de Investigaciones Sobre América del Norte (CISAN) de la UNAM.













